miércoles, 25 de mayo de 2022

Jesús Aristimuño: In Memoriam

El muchacho de 15 años se agazapó detrás de la puerta del sótano con el dibujo de La Tierra rodeada de dióxido de carbono agonizando tocando sus fosas nasales. Había demasiados vapores de naftalina, alcanfor y humedad mezclados en la tenue luz de un bombillo casi intermitente. El estornudo hizo que el tipo de cabellos platinados apretara los periódicos amarillentos al tiempo que sostenía la tapa del baúl. Hizo un par de señas con la mirada y el muchacho trascendió la puerta. A la distancia podía distinguir un álbum de barajitas de beisbol, la portada de una revista Sport Gráfico y el titular de la página deportiva de El Nacional. Las yemas de los dedos apartaban el polvo hasta descubrir la hazaña de un equipo que había ganado el campeonato de la liga venezolana de beisbol profesional y la Serie del Caribe contra todos los pronósticos. El muchacho no entendía porque su padre había bajado por tercera vez en una semana para buscar los méritos beisboleros de Jesús Aristimuño con los Navegantes del Magallanes. Aunque Prócoro intentó explicarle a Nicanor que Aristimuño era un pelotero que aquella temporada 1969-70 se convirtió en uno de los héroes anónimos de los Navegantes del Magallanes, Nicanor seguía sin entender como un pelotero que casi no bateaba podía ser importante para un equipo. “Sin Aristimuño, Magallanes difícilmente hubiera ganado ese campeonato, el campocorto es clave para las aspiraciones campeoniles de un equipo”. Prócoro seguía apilando todos los periódicos amarillentos. Sabía de lo crucial que había sido el cátcher Ray Fosse, las grandes jugadas de Gustavo Gil en segunda base, su pivoteo magistral. Las atrapadas escalofriantes de Dámaso Blanco en tercera base, o los engarces monumentales de Clarence Gaston en el jardín central. Cuando Aristimuño aparecía en escena encajaban todos los engranajes y se conseguían victorias inimaginables, impensables. Nicanor miraba los recortes de periódicos, examinaba los libros de estadísticas y no entendía como Prócoro profesaba aquella pleitesía y guardaba todos esos detalles de un pelotero que casi no nombraban en las reseñas de los juegos. “Solo te digo lo que les diría a los directivos actuales de los Navegantes del Magallanes para que recuerden planificar el correspondiente homenaje al héroe anónimo más escondido entre tantos que tuvo aquel equipo, más aún que Armando Ortiz. Un equipo para tener sólidas aspiraciones a ser campeón debe contar con una muy buena línea central (cátcher, segunda base, jardinero central y campocorto) y dentro de esa línea el campocorto es determinante”. Las manos se le dispararon cuando un álbum de barajitas se precipitó desde un taburete cargado de periódicos viejos y revistas. Las páginas de ese álbum eran pesadas, las barajitas eran de cartón, las editadas por la revista Sport Gráfico para la temporada 1969-70. Cuando casi le decía a Prócoro que Aristimuño no aparecía en ese álbum, la mano se le paralizó ante la imagen: el campocorto se estiraba corriendo hacia detrás de la base para tomar la pelota en la punta de la malla. Prócoro se apresuró a desempolvar la barajita, recitaba de memoria los jonrones agónicos de Clarence Gaston, el pivot excepcional de Gustavo Gil en lo dobleplays, las jugadas escalofriantes de Dámaso Blanco sobre la raya de tercera base, la inteligencia con que Ray Fosse llamaba los juegos, el oportunismo de Jim Holt, la sangre fría de Armando Ortíz; pero Aristimuño siempre tendría un lugar especial en ese equipo. Nicanor seguía sin entender como un pelotero que casi no bateaba podía ser tan esencial para un equipo. Prócoro estuvo un rato escarbando entre las revistas y los periódicos, la polvareda formaba un cono bajo el bombillo, “cada vez que los periodistas le preguntaban al manager Patato Pascual cual era el jugador clave de su equipo decía que todos pero que no le quitaran a Aristimuño de las paradas cortas”. La gran mayoría de los managers campeones dice que la diferencia la hacen los jugadores que parece que no mojan pero empapan, porque los “caballos” siempre van a rendir. Prócoro contestaba con la pasión con que seguía los juegos aquella temporada 1969-70. No hubo un solo juego donde el narrador dejara de mencionar a Aristimuño llegando hasta el fondo del cuadro interior para tomar lo que parecía un imparable y convertirlo en dobleplay o out en primera o tercera base. “¿Serías capaz de levantarle una estatua a Jesús Aristimuño en el estadio José Bernardo Pérez?” Nicanor colocó el album de barajitas sobre la mesa central del sótano y observó el cromo desde varios ángulos. Prócoro bajó la voz, “Tampoco es para que exageres con ironía y cinismo”. Nicanor bajó la voz hasta casi murmurar: “¿Con cual jugador de las grandes ligas lo compararías guardando las distancias?” Prócoro respiró profundo y avanzó tres pasos hasta la pared del fondo. “Con Dick Green, el segunda base de los Atléticos de Oakland que ganaron tres series mundiales desde 1972 hasta 1973. Green con su defensiva fue esencial para ese equipo, principalmente en la serie mundial de 1972 ante Cincinnati”. Cuando Nicanor trató de hablar Prócoro esforzó la voz: “También con Mark Belanger el short stop de los Orioles Baltimore a finales de los años1960 y buena parte delos 1970s”. Como pasara mucho tiempo con las barajitas, Nicanor preguntó que tanto veía. Prócoro sostuvo la página del album y suspiró: “Esto me hace recordar un artículo que leí hace mucho tiempo de un coleccionista que solo guardaba barajitas de jugadores casi desconocidos, que jugaron pocas temporadas, pero que fueron clave para sus equipos. Eso me hizo repasar todos los peloteros que había conocido de esas características y aprendí a entender, apreciar mucho mejor el aporte de esos gallos tapados, de esos héroes anónimos que por un puñado de juegos o quizás un par de temporadas resultaron mucho más que esenciales para sus equipos casi sin ser advertidos. Es indiscutible que el beisbol tiene grandes deudas con ellos, y m entristece que la gran mayoría de quienes podrían saldarlas se hacen de la vista gorda, como que no se puede hacer nada, más bien que son ellos los que deben agradecer al beisbol. Es cierto ellos deben agradecer, pero también quienes los vieron dejar todo sobre el terreno por su equipo”. Un estornudo estalló sobre la mano izquierda de Nicanor justo antes que la saliva se estrellara contra la pared. “Papá ¿si tu fueras el gerente general de los Navegantes del Magallanes que harías para homenajear a un pelotero como Jesús Aristimuño? Prócoro inspiró hasta que se le marcaron todas las costillas bajo la camisa de fibra sintética. “Yo desde ya mandaría a pintar el número de Aristimuño, que si mal no recuerdo era el 24 el el lugar del campocorto del cuadro interior del José Bernardo Pérez, o si recortar la grama justo detrás de ese lugar con ese número para que se mantenga allí durante toda la temporada venidera. También colocaría un parcho en el hombro izquierdo de los uniformes con las letras JA. Es lo menos que se puede hacer por el primer campocorto que fue campeón de la Serie del Caribe con un equipo venezolano y también del primer Magallanes que fue campeón siendo anfitrión en Valencia. Alfonso L Tusa C. 25 de mayo de 2022. ©

lunes, 4 de abril de 2022

Jesús Aristimuño en el campocorto

La voz de Carlitos González anunciaba tal vez al pelotero más representativo de aquellos Navegantes el Magallanes de la temporada 1969-70, un equipo aparentemente en desventaja sobre el papel que se crecía sobre el terreno una vez que el árbitro principal gritaba “Play Ball”. La noticia del fallecimiento de Jesús Aristimuño este 1 de abril de 2022, hace rebobinar una película de 53 años. Aristimuño fue quizás el más anónimo de los peloteros que conformaban aquella alineación. González en su peculiar estilo polémico indicaba que no se olvidasen de Aristimuño a la hora de elegir al mejor torpedero defensivo de aquella temporada. “En principio este muchacho de Casanay está medio escalón por debajo de David Concepción, Enzo Hernández, Teodoro Obregón, etc; pero lo que ha demostrado a lo largo de este torneo es que no es segundo de nadie en esta liga. Aristimuño se ha cansado de hacer las jugadas de rutina, los más relampagueantes dobleplays con Gustavo Gil, y también ha ido al fondo del abanico para borrar imparables cantados o venido hasta los predios del montículo para tomar ratoncitos y meter el rifle hacia primera base. Para mí Aristimuño tiene muchísimo que ver con la posición que ocupan los Navegantes del Magallanes en esta recta final de la temporada, sin quitarle méritos a los otros peloteros”. Aristimuño saltó al profesional con los Navegantes del Magallanes en la Liga Venezolana de Beisbol Profesional y Howie Haak lo firmó para los Piratas de Pittsburgh en el beisbol organizado. Tal vez uno de los primeros momentos resaltantes de Aristimuño en la liga venezolana profesional ocurrió en la temporada 1967-68, el 17 de octubre, en el estadio de la UCV, cuando los Navegantes enfrentaron a los temibles Industriales del Valencia. Fred Klages abrió por los eléctricos y Dick Le May por los pájaros verdes. Los Pericos picaron adelante con dos carreras amparadas en la ofensiva de Teolindo Acosta, Gustavo Gil y Tom Murray. Sin embargo hacia mediados del encuentro el marcador indicaba que los Navegantes ganaban 4-2, gracias a los maderos de Sid O’Brian en el segundo tramo y Merrit Ranew, César Gutiérrez y Jim Hicks en el quinto episodio. Gustavo Espósito había empezado jugando en el jardín derecho, en el séptimo inning, el manager Les Moss, tal vez porque Espósito se había ido de 3-0, lo sustituyó con Aristimuño buscando más defensiva: En esa séptima entrada, con corredores en primera y segunda con dos outs; Luis Rodríguez despachó una línea peligrosísima entre el jardín derecho y el central, rumbo a la parte baja de las gradas, lo cual presagiaba la igualada valenciana. Aristimuño persiguió la pelota con determinación, y cuando vio que se le escapaba se lanzó a lo largo de toda su humanidad y la atrapó cuando esta amenazaba con aterrizar incogible. En 1968 Aristimuño jugó con los Comodoros de Decatur en la Midwest League A. En esa oportunidad logró establecerse como torpedero regular del equipo de tal manera que al final de la temporada fue elegido el mejor campocorto defensivo de la liga al conformar el equipo de todos estrellas. Los Comodoros ganaron la temporada regular con marca de 69-48. Eso seguramente motivó al manager Napoleón Reyes a entregarle la titularidad en los Navegantes del Magallanes en la temporada 1968-69. Aristimuño aprovechó la oportunidad al punto de participar en 47 juegos, anotar 14 carreras y empujar otras 10. Luego en 1969 con el uniforme de Fresno en la California League A apareció en 122 encuentros, 485 turnos al bate, 124 imparables, .256 de promedio, 72 carreras anotadas, 41 remolcadas,12 dobles, 1 triple, 2 jonrones. Fresno terminó tercero con marca de 72-68. Tal desempeño con el madero animó al nuevo manager del equipo: Carlos Patato Pascual a alinear a Aristimuño de abridor en el orden al bate en la temporada 1969-70, posición que ocupó en la buena parte de la ronda eliminatoria con resultados más que aceptables: .263 de promedio, 57 imparables en 217 turnos al bate, 21 carreras anotadas, 14 empujadas. Era imperceptible, los juegos avanzaban y él podía hacer hasta seis o siete asistencias, cuatro o cinco outs, tres dobleplays; o podía tocar para sacrificarse, ejecutar el bateo y corrido, abrir el inning con imparable, anotar o empujar carrera dentro de un rally y siempre quedaba mimetizado en el trabajo de equipo, en la dinámica del juego, en la épica de sus compañeros. Sus errores resultaban tan dispersos que casi nadie los recordaba. Las jugadas de Aristimuño quedaban marcadas como con tinta invisible en el box score o las hojas de anotación, solo las podían percibir las mentes analíticas como Carlitos González. En 1980, mientras estudiaba primer año de Química Aplicada en el Instituto Universitario Tecnológico de Cumaná, me sorprendí una tarde de miércoles cuando me acerqué al campo de softbol y vi que el entrenador era Jesús Aristimuño. Varias veces intenté preguntarle por aquella temporada 1969-70, el campeonato de la Serie del Caribe, él siempre se excusaba diciendo que tenía trabajo que hacer. Entonces me conformaba con observar las prácticas. Una tarde, el campocorto del equipo del IUT tenía dificultades para atrapara los roletazos de frente. Aristimuño había tratado varias opciones y ante la persistencia de la falla, él mismo se fue hasta los predios de aquellas paradas cortas polvorientas de las charas cumanesas. “Párate en el home y batéame unos rollings suaves”, le dijo al muchacho que jugaba como torpedero. “¿Y usted va a jugar así, a mano limpia?” “¡Que voy a hacer con un guante, si lo que quiero es mostrarte como te tienes que cuadrar ante los roletazos!” Aristimuño atacaba la pelota con plasticidad y decisión. A medida que se sucedían los roletazos, Aristimuño le pedía a su discípulo que bateara más duro, hasta que en una de esas, el batazo fue tan contundente que le ocasionó una honda herida en la mano izquierda. El muchacho salió corriendo a ver que le había sucedido a su mentor: “¡Coño, de la que se salvó el guante!” “Pero entrenador, ¿como va a preferir lastimarse usted por proteger un guante?” “Es que ese guante es un regalo muy especial para mí”. “¿Quién se lo regaló?” “Alfonso Chico Carrasquel”. Luego en el juego inaugural de la temporada 1984-85, en el estadio Universitario, estoy en la baranda del bullpen del jardín izquierdo viendo calentar al pitcher abridor de los Navegantes del Magallanes, cuando veo que se acerca Jesús Aristimuño. Hablamos un rato, y al despedirse me alerta: “Observa bien a ese muchacho en el juego, es un novato, pero es muy enfocado, está muy pendiente de las señas y los detalles de su cátcher, también de los compañeros que juegan detrás de él. Ese muchacho puede llegar lejos…” El muchacho era Omar Bencomo y esa noche estuvo lanzando sin hits ni carreras hasta el noveno inning cuando Norman Carrasco le bateó el único imparable de los Tiburones de La Guiara a quienes derrotó 9-1. Aristimuño fue el mejor campocorto defensivo de la LVBP en la temporada 1969-70. Junto a Dámaso Blanco (3b) y Gustavo Gil (2b) conformó la espina dorsal defensiva de aquel Magallanes. En la Serie del Caribe Aristimuño, junto a Blanco y Gil volvieron a formar parte del todos estrellas. Ese infield fue llamado “la muralla de oro” y también “el ABG del Magallanes”. En el juego decisivo de esa Serie del Caribe, en la apertura del noveno inning, Ponce estuvo a punto de romper el empate a 3 carreras. Con hombre en segunda y un out, Ramón Conde conectó la pelota sobre segunda base hasta donde llegó Aristimuño para detener el batazo e impedir que anotase el corredor de segunda. Alfonso L. Tusa C. 3 de octubre de 2022.©

viernes, 25 de septiembre de 2020

Cuando Cesar Gutiérrez bateo de 7-7 con los Tigres de Detroit.

Todavía recordaba la portada de la revista Sport Gráfico: “Tigre aquí y Tigre allá”. Lo que nunca recordé con precisión fue si Cesar Gutiérrez aparecía con el uniforme de los Tigres de Aragua, el de los Tigres de Detroit, o si era una dicotomía de fotografías donde aparecía con ambas camisetas. Gutiérrez había debutado en la Liga Venezolana de Beisbol Profesional en la temporada 1960-1961 con los Leones del Caracas luego pasó al Magallanes a mediados de la justa 1964-65, y llegó a los Tigres de Aragua a principios de la campaña 1968-1969. En tanto que en el beisbol organizado de Estados Unidos, Gutiérrez firmó con la organización de los Gigantes de San Francisco y debutó en las mayores en 1967, fue cambiado a los Tigres de Detroit a finales de la temporada de 1969. En 1970 el manager Mayo Smith le dio la oportunidad de ser campocorto regular y Gutiérrez la aprovechó porque supo combinar una defensiva solvente con los requerimientos mínimos ofensivos exigidos a un campocorto.
Gutiérrez había terminado la temporada de ligas menores con el Phoenix AAA y como siempre se preparaba para viajar cuanto antes a Venezuela, entonces recibió una llamada de la oficina de los Gigantes de San Francisco y le comunicaron que había sido cambiado a los Tigres de Detroit y ese equipo quería que se presentara en Tiger Stadium. Gutiérrez empezó a estudiar la situación y se dio cuenta que con los Tigres si iba a tener más oportunidades de jugar con el equipo grande. Ese septiembre jugó casi veinte encuentros con Detroit y empezó a sospechar que venían cosas muy buenas, principalmente porque al manager le había gustado su desempeño en el campocorto y también estaba conforme con sus habilidades con el madero. Tal era el ánimo de Gutiérrez que tuvo su mejor temporada hasta ese momento en la liga venezolana al batear para .279, con 50 imparables, 20 carreras anotadas y 10 empujadas. Se notaba que era un jugador muy distinto al que se había visto hasta ese momento. Mientras se vestía para aquel juego del domingo 21 de junio de 1970 en el Municipal Stadium de Cleveland, Cesar Gutiérrez saboreó un caramelo relleno de coco en el club house. Eso le trajo recuerdos de Cabimas, de cuando salía a vender conservas de coco que hacía su hermana. Ajustó los cordeles de su guante y sonreía por todas las veces que había tenido que explicar que si había nacido en Coro, estado Falcón, pero lo habían llevado a Cabimas desde muy niño. Aquella tarde en Cleveland, el manager Smith alineó a Gutiérrez de segundo detrás del jardinero central Mickey Stanley y delante del inicialista Al Kaline. En el primer inning luego que Stanley negoció boleto, Gutiérrez despachó imparable a la derecha ante el debutante Rick Austin, lo cual permitió que Stanley llegara hasta la antesala. Kaline roleteó por tercera y Stanley fue forzado en el plato, por lo cual el bateador se embasó por fielder’s choice mientras Gutiérrez pasaba a la intermedia. Willie Horton recibió boleto para llenar las bases. Jim Northrup la rodó por el montículo, Gutiérrez anotó mientras Northrup era retirado de pitcher a primera. Maddox terminó el inning ponchándose. En el cierre de ese episodio los Indios explotaron al abridor Kilkenny con jonrones de Tony Horton y Chuck Hinton para pasar adelante 5-1, vino a relevar Patterson. En el segundo inning Ted Uhlaender despachó otro cuadrangular que puso el marcador 6-1. Gutiérrez sonreía en el círculo de prevenidos mientras observaba como Stanley se ponchaba. Recordaba los días en Cabimas cuando jugaba en el equipo juvenil donde Victor Davalillo era dueño, cuarto bate y novio de la madrina, él apenas si veía el juego porque era pequeño para esa categoría. Entonces se cuadró en la caja de bateo y largó sencillo a la izquierda. Luego anotó amparado en el jonrón de Kaline. Willie Hortón sencilleó a la izquierda y Northrup la sacó para poner el juego 6-5. Dennis Higgins relevó a Austin y retiró a Elliot Maddox en elevado al campocorto y a Brown con ponche cantado. Aunque no le gustaba hablar ni pensar en eso Gutiérrez empezó a recordar escenas difíciles que había experimentado en la última temporada de beisbol profesional venezolano. Mientras tomaba su madero de la batera de pronto volvía a sentir el impacto de una batería de linterna en la cabeza que recibió en el estadio de Barquisimeto luego de atrapar una buena línea de José Tartabull que llevaba etiqueta de imparable. Dio dos manotazos sobre el casco cuando se encaminaba a tomar turno en la parte alta del quintó inning. Se apuntó sencillo de piernas con rodado a las paradas cortas. Luego Kaline se ponchó. Willie Horton bateó imparable a la derecha que llevó a Gutiérrez hasta la intermedia. Northrup sorbió ponche cantado. Maddox entregó el out final con machucón que tomó el pitcher para retirarlo en primera. Cuando llegó al dugout y tomó el guante sentía con nitidez el impacto de la batería como si aun estuviese en el estadio barquisimetano. En el cierre de ese inning Ray Fosse descargó doble a la derecha y llegó hasta la antesala mediante passed ball del cátcher Jim Price. Luego anotó con el elevado de sacrificio de Tony Horton hacia el jardín central. Cleveland 7 – Detroit 5. Esa ventaja fue ampliada con una carrera adicional en el cierre del sexto inning, donde Fred Scherman entró a relevar. Craig Nettles soltó imparable a la derecha, pasó a segunda con toque de sacrificio de Higgins y a tercera mediante wild pitch de Scherman, desde allí anotó con elevado de sacrificio de Jack Heidemann al centro. Cuando Gutiérrez se ejercitaba para ser el primer bateador del séptimo episodio, vinieron imágenes muy movidas de una pelea, luego de un juego en Valencia tuvo que fajarse con cuatro fortachones que molestaban a su compañero de equipo en los Tigres de Aragua, Roberto Muñoz. Aún cuando recibió algunos golpes, se fajó con tanto coraje, que los tipos terminaron por abandonar. Quizás esa imágenes lo motivaron a despachar doblete a la izquierda, desde allí anotó con jonrón de Northrup, para poner el marcador Cleveland 8 – Detroit 7. Mientras veía como sus compañeros atacaban al relevista Fred Lasher en el octavo inning, mediante doble de Gates Brown y sencillo de piernas de Stanley por tercera base que llevó a Brown hasta la antesala, luego que Norman Cash había emergido por Price para fallar en elevado de foul a la receptoría y Dick McAuliffe se había ponchado. Gutiérrez sonreía, imaginaba como sería aquel turno en Maracay, donde la temporada anterior los fanáticos le pedían tres hits si en el juego anterior había bateado dos, y si había conectado tres le pedían cuatro. Como respondiendo a aquel publico despachó sencillo a la derecha para traer a Brown al plato con el empate a 8 carreras. Cuando llegó a primera las imágenes de Gutiérrez se mudaron varias temporadas atrás cuando en un cierre del noveno o extra inning había decidido un juego a favor del Magallanes, ante los eternos rivales del Caracas, quienes también tenían una cuenta pendiente con Gutiérrez puesto que lo habían cambiado al Magallanes y eso en el beisbol no se perdona. En el décimo inning ya algunos de sus compañeros lo miraban muy atentos y hasta le deseaban buena suerte. Gutiérrez siguió pensando en Cabimas, en todos aquellos episodios de las conservas de coco y como el dinero de las ventas no cuadraba con las cuentas de su hermana. Entonces él confesaba que se había comido una o dos conservas, porque ella nunca le daba nada de las ganancias. Con esa sonrisa en los labios fue a batear ante Dick Ellsworth, luego del imparable de Don Wert y el elevado de McAuliffe a la izquierda. Esta vez se apunto sencillo de piernas por el campocorto, luego Kaline falló con rodado al cuadro y el juego siguió igualado. Hasta ese momento solo Wilbert Robinson, de los Orioles de Baltimore en la Liga Nacional el 10 de junio de 1892, había largado siete-siete en un juego de grandes ligas. Aunque Gutiérrez notaba cierta reverencia de sus compañeros, cierto misterio similar a cuando un pitcher está lanzando sin hits ni carreras, él prefería abstraerse en sus imágenes de Cabimas y en los episodios cómicos que había experimentado en la liga venezolana cuando jugaba para managers como Regino Otero o Alfonso Carrasquel. En la apertura del inning doce, Phil Hennigan entró a relevar por los Indios y McAuliffe salió con elevado a la izquierda. Stanley descargó jonrón para poner a ganar a los Tigres 9-8. Gutiérrez consiguió el séptimo imparable con línea al centro, luego resultó out en segunda base al intentar robar esa almohadilla. Kaline caminó pero Willie Horton elevó a la derecha. Timmerman completó un buen relevo en el cierre de la entrada para validar la victoria. Luego de felicitar a Stanley por su jonrón, Kaline abrazó y estrechó la mano de Gutiérrez, Horton chocó ambas manos abiertas con él y Northrup estuvo a punto de levantarlo en hombros. Al campo Gutiérrez estuvo impecable con cuatro asistencias y dos outs. Al batear de 7-7 estableció una marca para la Liga Americana e igualó la de las grandes ligas. Alfonso L. Tusa C. © 19 de junio de 2020.

viernes, 7 de febrero de 2020

La Serie del Caribe que siempre recordaré.

Aquella noche elegían la reina del carnaval de Cumanacoa en la plaza Montes. Fui a regañadientes obligado por mamá a presenciar las festividades carnavalescas. El juego de ese 10 de febrero de 1970 podía representar el título del torneo caribeño para los Navegantes del Magallanes en representación de Venezuela, un galardón que había resultado esquivo a los equipos venezolanos en la primera etapa de esa competencia. En medio de mi tristeza por no quedarme en casa a escuchar el juego con mis hermanos en el radio de bulbos incandescentes del comedor, logré escabullirme hasta el escaparate y tomé el radiecito de Felipe de su compartimiento, lo metí hasta el fondo del bolsillo izquierdo de mi pantalón y lo disimulé prácticamente soldando mi mano izquierda en ese lugar. Había escuchado todos los juegos, parcialmente, pero los había escuchado. En el primero me quedé dormido, la mañana siguiente Jesús Mario me contó que Armando Ortíz le había bateado un jonrón al mismísimo Miguel Cuellar, si el flamante ganador del Cy Young de la Liga Americana junto a Denny McLain y los Navegantes habían terminado venciendo a los Leones de Ponce 3-1 ____________________________________________ Cada vez que mamá se descuidaba, yo sacaba el radiecito, cuando anunciaban a la primera aspirante a reina, el juego estaba empatado 1-1 en el cierre del tercer episodio. A lo largo del torneo, nunca tuve la oportunidad de escuchar un juego completo, o era tarde en la noche, o tenía que estudiar porque si no tenía prohibido escuchar los juegos, o si era fin de semana, tenía que ponerme el disfraz de mexicano para salir en la comparsa que habían conformado en el vecindario. __________________________________________________ Debido a que solo participaban tres equipos, la serie fue diseñada a cuatro rondas, cada equipo efectuaría ocho juegos, por eso no los recuerdo todos. Si me quedó grabada la derrota ante los Tigres de Licey, porque fue un juego muy cerrado, si la memoria no me falla llegó empatado al noveno inning o fue a extrainning y el momento decisivo fue una apretada jugada en el plato donde participó el pitcher Don Eddy, los dominicanos ganaron 5-4 ese tercer juego de la divisa magallanera. La competencia fue muy disputada, cuatro de las victorias magallaneras ocurrieron por diferencia de una carrera. No era para menos, en el equipo borícua había luminarias como Tany Perez, Miguel Cuellar y Bernie Carbo, la representación quisqueyana contaba entre otros con Ricardo Carty, Manuel Mota y Cesar Cedeño. _____________________________________________________________ Hacia más allá de la mitad del juego cada vez me iba hacia un grupo de hombres que escuchaban el juego en el escalón del busto de Domingo Montes. La última vez que mamá me fue a buscar, me resistí un momento hasta que terminó el inning, en ese cierre del octavo Magallanes había empatado la pizarra 3-3 con dobletes de Ray Fosse y Armando Ortíz. Cuando más emocionante estaba el juego, terminó la elección de la reina de carnaval y mamá decidió acompañar a unas amigas hasta la casa de la maestra Berenice en la calle Las Flores. Yo tenía una mezcla de tristeza y disgusto, quería convertirme en invisible y quedarme escuchando el juego en la plaza. Como persistiera en mi tristeza, la maestra Berenice preguntó que me ocurría, cuando mamá le habló de mi afición por el béisbol, ella fue un momento al interior de la casa y trajo uno de aquellos radio-tocadiscos portátiles y me dijo que ahí podía escuchar el juego. En medio de mi emoción se me olvidó darle las gracias y mamá de inmediato me lanzó aquella mirada intensa por lo cual levanté la voz para agradecer aunque sin apartarme del radio-tocadiscos. _____________________________________________________ En el cierre del noveno subí el volumen del radio porque la conversación de mamá y sus amigas era muy efusiva. Los Leones de Ponce tenían corredores en tercera y primera con un out, entonces Delio Amado León fue subiendo el tono de su voz hasta alcanzar niveles de tenor: “Santos Alomar intenta el squeeze play suicida pero Dámaso Blanco intuye la jugada y viene corriendo como en una carrera de cien metros planos, junto al corredor Jorge Roque, toma la pelota a mano limpia y se la pasa al receptor Ray Fosse…out en la goma…amigos, que jugada de feria ha ejecutado Dámaso Blanco, que manera de bloquear el plato de Fosse…escuchen al público…el estadio Universitario es un manicomio…” Yo quería saltar y gritar, pero la impresión de la jugada, lo cerca que estuvo el equipo puertorriqueño de irse adelante, me hipnotizó. ___________________________________________________________ Para el cierre del undécimo inning el carnaval seguía incrementando el humor y la inventiva de los espontáneos que ideaban cualquier tipo de disfraz y salían a desfilar en los capós de los carros. Pero la intensidad del juego llegó a su clímax cuando Dámaso Blanco abrió la entrada con sencillo a la izquierda que flumbeó el jardinero Jorge Roque para que Blanco anclara en la intermedia, de seguidas Aurelio Monteagudo se sacrificó para llevar a Dámaso a la antesala. En ese momento la adrenalina hervía en el estadio y en todos los rincones donde había un radio, estaba muy cerca el ansiado título de una Serie del Caribe para un equipo venezolano. El manager Jim Fregosi ordenó boletos intencionales para Cesar Tovar y Chico Ruiz. Entonces le tocó el turno a Gustavo Gil y despachó un roletazo imparable por el medio del campo que trajo el mensaje que desató la alegría desbordada por todo el país. _____________________________________________ Alfonso L. Tusa C. 07 de febrero de 2020.

sábado, 1 de febrero de 2020

Ecos cincuentenarios de aquel carnaval magallanero.

Aquel domingo primero de febrero de 1970 lo único que me apartaba por instantes de la transmisión del juego de beisbol, eran las incidencias del carnaval con agua desatado en la calle Ayacucho, desde la librería San Pablo hasta La Copita. Papá detuvo el Plymouth Century negro frente a la casa de mis abuelos en Cumaná. Tomé el radio transistor de algunos veinte centímetros de largo, embutido en una carcasa de cuero con sus respectivos orificios por donde emergían la antena, y los controles de volumen y sintonizador, además de un círculo de agujeros por donde salía el sonido de la corneta. Lo metí por debajo de la franela para evitar que alguna bombita de agua lo mojara. No quería perderme ni un detalle de aquel juego que Magallanes ganaba 2-1 en el cierre del séptimo inning. Si ganaban serían campeones. Era como una especie de repetición de lo que había ocurrido en la Serie Mundial entre los Milagrosos Mets de Nueva York y los archifavoritos Orioles de Baltimore. En el primer juego de esa final Orlando Peña maniató a la ofensiva de los Tiburones de La Guaira, mientras Gregory Sims, Jim Holt y Gonzalo Marquez castigaban al estelar Mike Hedlund (líder en efectividad de LVBP esa temporada con 0.75 si mal no recuerdo). En el segundo Don Eddy también blanqueo a La Guaira para vencer 1-0 al también estelar Larry Jaster, amparado en sencillo remolcador de Hiraldo Chico Ruiz para traer la anotación de Dámaso Blanco en el cierre del tercer episodio. _______________________________________________________________ Protesté porque cuando precisamente empezaba el cierre del noveno inning, mamá me pidió que fuese a comprar dos papeletas de pimienta en la bodega de María Castillo. Desde la entrada de la casa se escuchaban los gritos de los jugadores de carnaval. Sabía a lo que me enfrentaba, no podía dar ningún rodeo porque el carnaval con agua estaba prendido igual en todas las calles. Traté de correr lo más fuerte que pude pero igual Pedro Augusto y Ramoncito me sostuvieron en la esquina del callejón La Paz y me sumergieron con todo y radio en un tambor de agua. No me molestaba que me hubieran mojado, lo que me hizo mirarlos con fuego en los ojos fue que dejaron mudo al radio. Igual corrí con todo lo que daban mis piernas, María Castillo pasó como dos minutos preguntándome que quería, mi voz no se escuchaba, tuve que señalar las papeletas de pimienta. Entonces me aventuré a regresar por la calle Boyacá, y aprovechando que en ese momento estaban cargando los envases de agua, corrí como si me persiguieran los toros más furiosos de San Fermín. “¡Muchacho, te mandé fue a la bodega, no a darte un baño en la playa!” Mamá quiso llevarme a secar en el baño, pero yo corrí hacia la sala y encendí el radio de tubos incandescentes de mi abuela, la voz de Delio Amado León retumbaba en la corneta: “…cierre del noveno…dos outs…Magallanes tiene montada la olla para el sancocho de Tiburones,,,ahí viene el lanzamiento de Jay Ritchie y es strike cantado, los Navegantes del Magallanes son los campeones de la temporada 1969-70, luego de una larga espera de quince años.” ___________________________________________________________________ Alfonso L. Tusa C. 01 de febrero de 2020.©

lunes, 23 de diciembre de 2019

Luis Peñalver: El Pitcher de las Ocasiones Trascendentales.

Entrar a la pagina web de la Liga Venezolana de Beisbol este sábado, 21 de diciembre de 2019, activó un mecanismo de máquina cronológica y de pronto escuchaba una voz entre ronca y entusiasta en cada una de las tres ocasiones que hablé con él vía telefónica. Luis Peñalver, el lanzador de tantas oportunidades satisfactorias con los Leones del Caracas, el pitcher ganador del juego decisivo de los Juegos Panamericanos de Chicago en 1959, el cumanés que no perdió una pizca de su gentilicio a pesar de emigrar hacia Caracas cuando tenía 7 años de edad, había fallecido presumiblemente este 20 de diciembre. Revisé mi cuenta Twitter y confirmé la noticia en las publicaciones del historiador Javier González, el narrador deportivo Alfonso Saer y los comunicadores sociales Humberto Acosta y Carlos Abreu. Hacía poco estuve buscando su número telefónico para refrescar algunas de las anécdotas que me había referido en cada una de aquellas llamadas telefónicas. _____________________________________________________ “Me fui de Cumaná con mi mamá, cuando tenía 7 años de edad. Salimos en un barco desde Puerto Sucre y cuando íbamos frente a Cabo Codera se desató una tempestad bravísima que nos hizo temer que nos habíamos perdido. Mi mamá me tomó la mano y me dijo que no le bajara la mirada nunca al monstruo…que cuando más difícil era la situación, había que apretar la mirada y salir adelante. Entonces, en medio de aquella niebla, me escurrí hasta la sala de mandos y escuché al capitán decir que ‘no se ve nada…no sé si estamos frente a la costa venezolana o en pleno mar Caribe afuera…’. Cuando regresé con mi mamá, me abrazó muy fuerte y preguntó donde me había metido. Le dije que le estaba mirando el rostro al monstruo y aunque era muy feo, no le bajé la mirada. Me dijo ‘tú si tienes vainas Luisito, me diste un buen susto…menos más que la Virgen del valle me escuchó’, la voz de Luis Peñalver sonaba profunda aquella mañana de septiembre de 2009 cuando lo llamé para hablar de los Juegos Panamericanos de 1959, cuando fue integrante del equipo de beisbol venezolano que ganó la medalla de oro contra todos los pronósticos. ______________________________________________ Para el juego por la medalla aurea de aquellos Panamericanos de 1959, el manager José Antonio Casanova estuvo reflexionando, discutiendo y ponderando sus opciones junto a cuerpo técnico y luego de más de tres cuartos de hora de escuchar y analizar planteamientos, llamó a Luis Peñalver y le dijo “prepárese porque usted será el pitcher abridor mañana ante los puertorriqueños”. Luego de un momento de silencio, se escuchó un suspiro, luego un carraspeo, finalmente Peñalver esbozó una sonrisa y levantó los brazos como si fuese a iniciar el wind up de levantar el pie izquierdo al más genuino estilo de Juan Marichal, “No se arrepentirá de haberme dado la pelota para abrir este juego. Voy a dar lo mejor de mí”. Ese domingo 6 de septiembre de 1959, Peñalver asumió el reto en Wrigley Field y cumplió lo que había prometido a Casanova, espació media docena de imparables boricuas y lanzó completo, mientras sus compañeros lo respaldaron desde el primer episodio mediante triple de William Troconis y sencillo de Eduardo Amaya. En el cuarto inning Francisco “La Manca” López descargó cuadrangular para llevar la ventaja a 2-0. Marcaron otra rayita en el quinto mediante dobletes de Domingo Martín Fumero y del propio Peñalver. Troquelaron dos carreras más en el octavo. Peñalver, quien llegó a retirar hasta nueve puertorriqueños en fila, mantuvo inmaculado el plato hasta el cierre del octavo cuando concedió un boleto y permitió doblete a Carlos Nazario. En la apertura del noveno los venezolanos lograron otra anotación para darle algo más de respiro a Peñalver. En el cierre de ese inning Reinaldo Vásquez despachó jonrón, pero Peñalver completó su labor y Venezuela alcanzó la medalla de oro, la única presea de ese metal que ganó la delegación criolla en esos Panamericanos, ante el júbilo de los peloteros y los atletas venezolanos que presenciaban el juego en las tribunas. __________________________________________________ Uno de los relatos donde más comprobé la efusividad cumanesa de Peñalver, fue cuando habló de su salto al beisbol profesional, “firmé con los Indios de Oriente antes de la temporada de 1960-61. Ellos me dieron un bono por una cantidad de dinero del cual me pagaron la mitad al momento de la firma, entonces al final del documento escribí Luis, de inmediato me preguntaron cuanto iba a escribir mi apellido y les contesté ‘cuando ustedes me entreguen la otra parte del bono’. Esa primera temporada participó en 16 juegos, de los cuales completó 3 y relevó en otros 9. Tuvo marca de 2 y 3 en 61 innings lanzados. Permitió 64 imparables, ponchó 42 bateadores, concedió 28 boletos y su efectividad fue de 3.98, nada mal para un novato. _______________________________________________________ “Compartimos entrenamientos en nuestro primer año en el beisbol organizado (1961) con el equipo Sun Kings de El Paso en la Liga Sophomore Clase D, filial de los Gigantes de San Francisco. Cuando terminamos los entrenamientos primaverales viajamos desde Casa Grande hasta El Paso. El autobús se detuvo frente al hotel, cuando me iba a bajar el manager George Genovese me dijo ‘No Dámaso, aquí solo se quedan los peloteros blancos. Pero no te preocupes esto debes tomarlo como algo que fortalecerá tu carácter’. Luis Peñalver que pudo quedarse en el hotel prefirió quedarse conmigo y los otros peloteros negros y latinos como José Cardenal, James Perkins, Bob Chance, Jerry Pedroso. Ese gesto nunca lo olvidaré”, Dámaso Blanco rememora uno de los rasgos de la personalidad de Peñalver. Cuando le referí el episodio, Luis respondió: “Fui compañero de Dámaso en el Intendencia Naval, fuimos juntos a clases de inglés animados por el dueño de ese equipo. Después compartimos en los Panamericanos de Chicago en 1959, ¿Cómo lo iba a abandonar en un momento tan duro? Después en esa temporada alquilamos un carro que echaba humo por todos lados y los policías nos paraban en todas las esquinas”. ____________________________________________________ Cuando falleció Sparky Anderson lo llamé para preguntarle que recordaba de su manager en los Navegantes del Magallanes en la temporada 1964-65. “Sparky era un manager muy sensible. Siempre estaba pendiente del último de los peloteros. Él mismo fongueaba en la práctica de infield. Cuando me lesioné el codo, él salió al montículo, le dije que no podía lanzar más. Me dio dos palmadas en el hombro y me dijo: ‘Dont’t worry boy. You’re gonna recover from this’. No pudo ganar con Magallanes, pero los peloteros lo respetaban mucho porque él los tomaba en cuenta. Era un gran tipo”. _______________________________________________ En la temporada de 1968 mientras lanzaba para el Dallas-Fort Worth de la Liga de Texas AA, Luis Peñalver abrió el primer juego de una doble tanda efectuada el 26 de mayo ante el Memphis. Solo permitió dos corredores a lo largo del juego. En ambas ocasiones fue el jardinero Ray Foster. Primero por error, luego por boleto. Ganó 3-0 en 7 innings. Concedió un boleto y ponchó 3. Con el madero remolcó una carrera. Había lanzado sin hits ni carreras con lo cual se estableció un record para la Liga de Texas con dos juegos consecutivos para lanzadores de un mismo equipo por cuanto Bob Watkins había lanzado otro no-hitter el 24 de mayo cuando los Spurs de Dallas-Fort Worth venciera 2-0 a los Blues de Memphis. El 25 de mayo el también venezolano Pablo Torrealba lanzó otro no-hitter de 7 innings para vencer al Salisbury 6-0 mientras lanzaba para los Braves de Greenwood en la West Carolinas League, Clase A. Peñalver se había operado del brazo de lanzar en 1966 por lo cual no lanzó ese año. El manager Hub Kittle dijo que un ajuste en la forma de lanzar la forkball ayudó a que Peñalver lanzara el sin hits ni carreras. “Le dije que lanzara más suave el forkball para que tuviese más control en el pitcheo. Cuando él puede controlar ese envío, con el tipo de wind up que tiene, es muy difícil batearle”. ______________________________________________ Peñalver fue un lanzador muy controlado, lo cual le permitía economizar lanzamientos, aunque ese tipo de lanzadores corre el riesgo de recibir cierta cantidad de jonrones, no todo el mundo le bateaba cuadrangulares porque el acordaba un intrincado plan de lanzamientos que desconcertaba a los toleteros, había que ser un buen bateador para sacarle la pelota del parque. A través de su trayectoria en LVBP (1516.1 innings) ponchó 748 bateadores y solo concedió 337 boletos, lo cual arroja un radio de ponches/boletos de 2,21. En su paso por las ligas menores del beisbol organizado estadounidense (1105 innings lanzados) recetó 797 ponches y apenas concedió 260 boletos (3,07 radio K/BB), solo le batearon 81 jonrones. ___________________________________________ Sus mejores actuaciones en LVBP ocurrieron en las temporadas 1969-70 y 1976-77 cuando obtuvo idéntica marca de 9 ganados y 3 derrotas. En la primera oportunidad lanzó en 135.1 innings, con 60 ponches y 13 boletos, más efectividad de 1.40. En la segunda ocasión trabajó en 121.2 innings, con 60 ponches y 22 boletos, la efectividad fue de 2.81. _______________________________________ Respecto a las ligas menores, Peñalver logró su mejor temporada en 1973 mientras lanzaba para los Brewers de San Antonio en la Texas League AA, entonces tuvo marca de 9-5, con 1.78 de efectividad en 76 innings de labor. ____________________________________________ Ingresó al Salón de la Fama del beisbol venezolano en 2008 junto a Héctor Benítez Redondo, jardinero central del equipo venezolano ganador del campeonato mundial de beisbol en La Habana, Cuba, en 1941, Gualberto Acosta, Gustavo Gil, Gonzalo Márquez, Luis Leal y Oscar Prieto Ortíz. ___________________________________________ Durante 23 temporadas en LVBP, Peñalver jugó 3 temporadas con Oriente (1960/1963), 1 con Orientales (1963-64), 2 con Magallanes (1964/1966), 15 con Caracas (1966/1975 y 1976/1982), Zulia (1975-1976) y Aragua (1982-1983). Participó en 384 juegos (segundo en LVBP hasta 2006), logró 45 juegos completos (quinto en LVBP), 84 victorias (tercero en LVBP hasta 2006) , 70 derrotas (tercero en LVBP hasta 2006), 24 juegos salvados, 1516.1 innings lanzados (segundo en LVBP hasta 2006), 1615 imparables permitidos, 748 ponches (cuarto en LVBP hasta 2006), 337 boletos (décimo en LVBP hasta 2006) y 3.13 de efectividad. _________________________________________ En 11 temporadas en ligas menores dejó marca de 74-58, con efectividad de 3.39 en 1105 innings lanzados, lanzó 31 juegos completos, 7 blanqueos, se acreditó 33 juegos salvados, 1139 imparables permitidos, 260 boletos, 797 ponches. ______________________________________ Luis Antonio Peñalver nació en Cumaná. Sucre. Venezuela, el 20 de noviembre de 1941. Falleció en Caracas, el 20 de diciembre de 2019. De acuerdo a información publicada en el blog El Emergente del periodista Ignacio Serrano, la causa del deceso fue cáncer de páncreas. ________________________________________________________ Alfonso L. Tusa C. 23 de diciembre de 2019 ©. __________________________________________________ Referencias __Daniel Gutiérrez, Efraim Álvarez, Daniel Gutierrez (h). La Enciclopedia del Beisbol en Venezuela. Liga Venezolana de Béisbol Profesional. Caracas 2006. __baseball-reference.com __Alfonso Tusa. Pensando en Ti Venezuela. Una Biografía de Dámaso Blanco. Caracas. 2011. Pp 64. __Lloyd Johnson & Miles Wolff. The Enciclopedy of Minor League Baseball. Second Edition. Baseball America Inc. Durham, North Carolina. 1997. Pp. 503.

viernes, 13 de diciembre de 2019

Johan Santana, ecos del Salón de los Inmortales magallaneros (2019). Aquel juego de un solo imparable.

Siempre he rememorado un atardecer de finales de la década de 1990 ¿ya era 2000? Habíamos acordado asistir al estadio Universitario con José Luis Rodríguez, no el cantante, ni el jinete, hablo de mi compañero de trabajo en aquel INTEVEP de tantos logros y satisfacciones. Todavía a las seis de la tarde estábamos en los laboratorios, llegamos a pensar que tendríamos que conformarnos con escuchar el juego por radio. Sin embargo, la expectativa, la curiosidad, el suspenso por comprobar en vivo lo que habíamos escuchado del nuevo novato maravilla del Magallanes, nos hizo aventurarnos a bajar a Caracas cuando ya eran las seis y cincuenta de la tarde, además habíamos comprado las entradas por internet. Pepe disecó todas las curvas de la carretera Panamericana con más pericia que Ayrton Sena, en el IVIC los neumáticos chirriaron sobre el pavimento, en el IUT la fuerza centrífuga hizo que el carro oscilara hasta casi rozar la isla, mientras la velocidad se incrementaba. Apenas entramos a la tribuna central cuando el árbitro empuñaba la mano derecha luego del ceremonioso Play Ball, casi me tropecé mientras subía los escalones, trataba de mirar hacia el dugout de tercera base. En los primeros innings los Tiburones de La Guaira marcaron una anotación y a partir de ese momento se estableció un duelo de pitcheo de manos estrujadas y gritos ahogados, Pepe bromeaba con una hermosa aficionada guairista, “celebra todo lo que quieras, a ese novato no le anotan una carrera más”. Ciertamente, el imberbe Johan Santana manejaba con tal propiedad la recta y sorprendía con una magia inesperada el cambio de velocidad, que no le anotaron más carreras en el resto del juego, no recuerdo si terminó el juego, lo más probable es que no, pero al menos lanzó hasta el octavo episodio. Aún así al terminar la apertura del noveno episodio todas las casillas tenían ceros en la línea del Magallanes, la samba retumbaba y mirábamos intermitentemente las caderas cimbreantes de la aficionada guairista y hacia el dugout, desde el ángulo incómodo que tenía a pesar de moverme muchos metros en ambas direcciones, logré ver a Santana sentado en el banco con las manos y el rostro sobre las rodillas. Dentro del sinsabor y el malestar de la derrota, me dije que “ese novato le va a dar grandes satisfacciones al Magallanes y a todo el beisbol venezolano”, aunque preferí no comentarlo con nadie. __________________________________________________________________________ Poco tiempo pasó para empezar a comprobar aquel pronóstico personal. En la temporada 2000-2001 agenció efectividad de 1.99, aunque no reunió los innings para ingresar al cuadro formal de líderes de la competencia. Como abridor aceptó solo 4 carreras en 29.2 innings, con efectividad de 1.21 con marca de 2-1. Como relevista le marcaron 5 carreras en 11 innings para efectividad de 4.09. En el round robin de esa temporada fue líder en efectividad con 1.19. Venció al Pastora 8-6 el 7 de enero de 2001 y luego 2-1 el 22 de enero, en ambas ocasiones con juego salvado para Oscar Henriquez. Apenas permitió 2 carreras en 13 innings, 1 limpia. La segunda victoria significó el pase del Magallanes a la serie final. En la temporada 2001-2002 siguió tomando desquite de los Tiburones de La Guaira al reducirlos a cuatro imparables en 7 episodios, mientras ponchaba a 9, en el desafío efectuado el 5 de diciembre de 2001, luego el 22 de diciembre volvió a derrotar a los escualos al permitirles solo una carrera y cuatro imparables en seis entradas, aunque concediese seis boletos. Esa temporada lideró al Magallanes en efectividad con 1.76. Y en la serie final ante Tigres de Aragua consiguió el segundo triunfo de los Navegantes, 6-1, en trabajo de 7 innings donde permitió una carrera, cinco imparables y ponchó 7. ______________________________________________________________ Luego vinieron los 2 premios Cy Young como mejor pitcher de la Liga Americana, mientras lanzaba para los Mellizos de Minnesota (2004 y 2006), los 20 triunfos en la temporada de 2004, el juego sin hits ni carreras ante los Cardenales de San Luis (01 de junio de 2012) , mientras lanzaba para los Mets de Nueva York, para convertirse en el primer pitcher de los metropolitanos que conseguía esa hazaña, algo que ni el propio Tom Seaver había podido lograr, aquella victoria 1-0 ante Freddy García (23 de agosto 2005 y los futuros campeones Medias Blancas de Chicago en agosto de 2005), Santana lanzó 8 innings en los que permitió solo 3 imparables, concedió 1 boleto y ponchó 7, Joe Nathan se apuntó el salvado. ___________________________________________________________________________________ Cuando los Mellizos obtuvieron a Johan Santana en cambio con los Marlins de Florida luego que estos lo habían reclamado en la regla V para diciembre de 1999, recordamos con Pepe aquel juego que bajamos a ver sobre la hora, sí, el que se perdió 1-0, pero Santana demostró de qué estaba hecho, ¿que se podía esperar de él?, hasta donde podía llegar. Sin importar el resultado, había valido la pena ir a ver ese juego, como valió la pena que Andrés Reimer tomara el riesgo de insistir ante Bob Watson, el gerente general de los Astros, quien ante la negativa de sus superiores terminó suministrándole 400 $ a Reimer para que viajara a Mérida, a fin de observar a aquel mozalbete. Los Astros habían visto jugar a Santana en 1994, en un torneo nacional junior, entonces se desempeñaba como primera base y jardinero. ________________________________________________________________________ En medio del desarrollo de las pruebas de laboratorio siempre discutíamos con Pepe acerca de la mejor actuación de Santana con los Navegantes del Magallanes, aunque siempre salía a relucir aquel juego ante La Guaira, afortunadamente hubo uno mejor, el del 23 de diciembre de 2000, cuando maniató a los Cardenales de Lara, solo les permitió un imparable (de Miguel Cairo en el primer inning) en 8 innings, mientras ponchaba 6, en ruta a una victoria 1-0, que salvó Rubén Quevedo. ____________________________________________________ Alfonso L. Tusa C. 13 de diciembre de 2019.©

jueves, 12 de diciembre de 2019

Reportes desde el Salón de la Inmortalidad de los Navegantes del Magallanes, (diciembre de 2019): El Juego de Willie Horton que siempre recordaré.

No se trata de ninguna de sus gestas de la temporada de grandes ligas de 1968, cuando los Tigres de Detroit ganaron el banderín de la Liga Americana y luego la Serie Mundial ante el implacable Bob Gibson, tampoco de la justa de 1972 cuando los Tigres conquistaron la división este del joven circuito. Me refiero a la temporada de 1978-79, cuando ante mi incredulidad tuve que aceptar que Horton había venido a reforzar a los Navegantes del Magallanes, me parecía una broma adelantada de los Santos Inocentes, pocas veces un pelotero consagrado y establecido en las mayores accedía ir a jugar al Caribe. Eso fue lo primero que recordé cuando leí que Willie Horton había sido exaltado al Salón de la Fama magallanero. ______________________________________________________________________ Horton había debutado con los Navegantes el 12 de noviembre de 1978, cuando el equipo pasaba momentos difíciles que terminaron con la salida del manager Octavio Cookie Rojas. En medio de una reunión de la gerencia con los peloteros, Horton se ofreció para dirigir el equipo y los directivos aceptaron probarlo. A medida que el equipo empezó a recomponerse y ganar juegos seguidos, el período de prueba se convirtió en estadía y Horton empezó a desplegar la magia que maravillaba a muchos y a veces escandalizaba al comentarista Carlitos González por la heterodoxia ante el famoso librito del beisbol. _______________________________________________________________________ Se recuerda mucho el juego del 8 de febrero de 1979, el penúltimo de la Serie del Caribe, cuando Horton trajo a Rafael Cariel de bateador emergente en el cierre del décimo inning ante el relevista grande liga de los Cerveceros de Milwaukee, William Castro. Si, el mismo donde el jardinero derecho Oswaldo Olivares realizó dos doble matanzas con disparos para hacer out en el plato primero a Omar Moreno o Miguel Diloné en el tercer inning y luego a Nelson Norman en el décimo, ambos outs con intervenciones magníficas del catcher Baudilio Díaz. El mismo donde Pablo Torrealba y Mike Norris se enzarzaron en tremendo duelo de lanzadores ante Nino Espinosa y Al Holland para llevar el juego igualado 1-1 hasta el décimo episodio. Cariel respondió con metrallazo al jardín derecho para dejar sobre el terreno a las Águilas Cibaeñas. ______________________________________________________________________ O el del 19 de enero de 1979, en el tercer desafío de la serie semifinal ante Cardenales de Lara, cuando con el juego igualado 5-5 en la apertura del noveno inning, Horton se sacó desde el propio quinto turno de la alineación y trajo de emergente a Cariel quien descargó imparable al centro ante Greg Minton para remolcar la carrera que ponía al frente a su equipo en el triunfo 7-5 que dejaba al Magallanes adelante en la serie 2-1. _________________________________________________________________________ Otro encuentro muy evocado de Horton es el segundo de la serie final ante las Águilas del Zulia, escenificado en el José Bernardo Pérez de Valencia el 27 de enero de 1979. El juego llegó igualado 1-1 al cierre del noveno inning. Luego del primer out, Alexis Ramírez se embasó por infield hit y Rodney Scott despachó doble que dejó hombres en segunda y tercera, lo cual forzó al manager Tony Taylor relevar a Tom Brennan con el zurdo Chuck Kniffin para enfrentar a Oswaldo Olivares, a lo cual Horton respondió enviando de bateador emergente a Rafael Cariel, quien fue boleado intencionalmente. Luego Mitchell Page entregó el segundo out. Steve Ratzer relevó a Kniffin para enfrentar a Horton y ante el primer lanzamiento el manager-jugador tronó linietazo al jardín izquierdo para dejar en el terreno a los aguiluchos en las zancadas de Alexis Ramírez. _____________________________________________________________________________ Sin embargo el juego que más centellea en mi recuerdo cuando se habla de la estadía de Willie Horton en el barco magallanero, ocurrió el 29 de diciembre de 1978 ante los Tigres de Aragua. Mike Norris lanzó completo un juego de 2 carreras limpias, 6 imparables, 8 ponches y 2 boletos. Aún así Magallanes llegó perdiendo 2-1 al cierre del noveno inning. Por los Tigres abrió Steve Luebber, George Capuzzello lo relevaría en el séptimo tramo. Los bengalíes marcaron sus anotaciones en el tercer y cuarto inning. Los Navegantes descontaron con doble impulsor de Jerry White en el sexto episodio. En aquel cierre del noveno Horton trajo de emergente al joven Alfredo Torres, en sustitución de Alexis Ramírez para enfrentar a Dave Campbell, y Torres respondió con imparable para igualar el marcador. De seguidas no le tembló el pulso para reemplazar al propio Oswaldo Olivares con Rafael Cariel y este le sonó imparable a Mark Daly para remolcar la carrera que dejaba sobre el terreno a los Tigres. Esa temporada salía una versión vespertina del diario Meridiano que se llamaba “Meridiano en la tardecita” o algo por el estilo. El día posterior a ese juego, en la portada había una fotografía de Cariel y en la contraportada una de Torres. ____________________________________________________ Alfonso L. Tusa C. 09 de diciembre de 2019 ©.

sábado, 7 de diciembre de 2019

Tres Momentos Cumbres de Gregorio Machado en el buque magallanero.

Siempre ha existido ese contraste en la vida y el beisbol, el negocio y lo pragmático y la historia y lo sentimental, esa atmósfera narrativa que llena cada uno de los compartimientos de la memoria cuando ocurre algo que desde la subjetividad objetiva del ser humano, tiene todas las características de una injusticia. Eso es más o menos lo que experimenté a principios de esta que llaman temporada de la liga de beisbol profesional venezolana 2019-2020, que para mí no es otra cosa que un torneo de 42 juegos donde hay más espacio para el azar y la casualidad que para la regularidad y la dedicación. ________________________________________________________________________ Cuando la gerencia de los Navegantes del Magallanes decidió prescindir de los servicios del receptor Jesús Sucre y del lanzador Pedro Rodríguez antes del inicio de la temporada 2019-2020, dentro de mi perplejidad pude entender razones de bajo rendimiento, quizás entendidas en la gerencia como el inicio del declive propio del paso del tiempo. En cuanto a la decisión de no renovar el contrato de Gregorio Machado, no quise entrar en detalles, ya el equipo había cometido ese error en el pasado y de alguna manera fue subsanado cuando Carlos García solicitó su asesoría y compañía cuando asumió su primera estadía como manager en la temporada 2009-2010. Todo un caleidoscopio de imágenes, todo un atlas de rutas borrascosas atravesadas, toda una colección de revistas, hojas de anotación, tickets de juegos, se atragantaron en mi disgusto. De pronto encontré similitud con la situación venezolana de mucho tiempo, el desconocimiento de la historia nos ha llevado por la senda de innumerables tropiezos repetidos periódicamente, experimentados sistemáticamente, padecidos obstinadamente. Por más que haya razones administrativas, pragmáticas o gerenciales, cuando las mismas no son confrontadas ante la historia, la trayectoria, la dedicación de un individuo dentro del organigrama de una institución, terminan claudicando frente a los fantasmas de los grandes logros sobre los cuales descansa el nombre de la organización que se dice representar. _____________________________________________________________ Gregorio Machado empezó su periplo en la nave magallanera desde la temporada 1968-69. En la campaña siguiente fue novato del año, con marca de 3-1, en 48 innings lanzados y 3.19 de efectividad. El 23 de enero de 1970, con la serie semifinal ante los Tigres de Aragua igualada a un juego, Machado entró a relevar a Danny Morris en el sexto inning. Los Tigres habían saltado adelante con una rayita en el segundo episodio mediante doble de John Bateman y sencillo de Elio Chacón. El ataque ante Morris continuó en el cuarto inning mediante vuelacercas de Bateman, Jim Williams impulsó a Dennis Paepke desde la inicial con imparable más error del jardinero central Cesar Tovar. Magallanes replicó en el quinto tramo con doble de Gregory Sims, luego que Ray Fosse saliera con elevado a primera base, Jesus Aristimuño destapó petardo al centro para poner corredores en los ángulos. El manager Patato Pascual trajo de bateador emergente al zurdo Gonzalo Márquez por Morris y este respondió con sencillo impulsor de dos ante Luis Peñalver. En la apertura del sexto Jim Holt la sacó de cuadrangular para igualar la pizarra 3-3. En la apertura del decimocuarto inning Machado logró embasarse ante Roberto Muñoz y de seguidas Gustavo Gil largó triple a las profundidades del jardín derecho con el cual Machado desplegó la más vertiginosa carrera desde primera base hasta aterrizar en el plato con la carrera de la ventaja, la chaqueta que usaban los pitchers cuando estaban embasados, llegó abierta hasta el abdomen en medio de la euforia y las manos empuñadas. Por si fuera poco, Machado salió a lanzar el cierre de ese inning y completó un relevo de 10 innings, en los cuales apenas permitió 5 imparables para darle al Magallanes la victoria que lo ponía adelante 2 juegos a 1 en la serie. _____________________________________________________________________ ¿Verdad que resulta reluciente, maravilloso y fabuloso ese episodio? Pues el 25 de enero de aquel 1970, el relevista novato Gregorio Machado volvió al montículo para el quinto juego de aquella semifinal que los Tigres habían igualado en el encuentro anterior. En la apertura del segundo inning, el abridor de los navegantes, Orlando Peña encontró las bases llenas (Gregory Sims por imparable, Ray Fosse por error del jardinero central Jim Williams, Dámaso Blanco por boleto intencional) con dos outs y bateó linietazo imparable hacia la izquierda bueno para remolcar dos carreras (¿no que lo pitchers no batean?). En la apertura del tercer episodio Gonzalo Márquez, Gustavo Gil y Jim Holt despacharon imparables y Sims remolcó a Márquez con elevado de sacrificio al jardín central. En el cierre del cuarto episodio, mientras Peña lanzaba sin hits, ni carreras, César Gutiérrez comenzó con infieldhit, RichScheinblum continuó con imparable a la derecha que llevó a Gutiérrez hasta la antesala, John Bateman impulsó la primera carrera aragüeña mediante imparable. Cuando Peña parecía solventar la situación obligando a Paepke a roletear por el montículo para forzar a Scheinblum en tercera y ponchando a Jim Williams, Elio Chacón se embasó por error de Dámaso Blanco y David Concepción remolcó el empate con Texas Leaguer detrás de primera base. Los Tigres tomaron la delantera en el cierre del séptimo inning, con las bases repletas, Scheinblum conecto elevado a la izquierda y Sims lanzó con tiempo al plato, pero Fosse soltó la pelota y Roberto Muñoz anotó la de irse arriba. En la apertura del noveno inning Fosse se reivindicó al despachar el primer imparable que le bateaban a Muñoz en 5.2 innings de labor. De inmediato el manager Roger Craig trajo a relevar a Gary Ross, quien concedió pasaje gratis al emergente Hiraldo Chico Ruiz. Dámaso Blanco adelantó los corredores con toque de sacrificio por el montículo. A continuación Armando Ortíz emergió por Orlando Peña y despachó una tiza ceñida a la almohadilla de tercera base que se internó en el jardín izquierdo para impulsar las carreras que le daban la ventaja de vuelta a su equipo. Para el cierre del noveno episodio, el manager Patato Pascual le dio nuevamente la confianza a Gregorio Machado y este respondió de nuevo, apoyado por gran jugada de Dámaso Blanco en la esquina caliente ante batazo difícil del emergente Virgilio Mata. Luego Gustavo Gil fue hasta la grama del jardín derecho corto para tomar roletazo candente de Charles Day y retirarlo en primera. En 48 horas Machado había puesto a su equipo dos veces a la delantera en la serie. _________________________________________________________________________________________________________________ Ante el análisis más reflexivo de cualquier gerencia ¿Cómo ignorar que luego de 26 años de aquellos dos pasos gigantescos dentro del empeño de un equipo aparentemente en desventaja en el papel seguiría fajado por llegar a la serie final, luego de toda una trayectoria de aprendizajes, ajustes, frustraciones y empeños obstinados, aquel novato se haya convertido en parte esencial de la historia del equipo y aparecido como el sustituto inesperado de Tim Tolman en la serie final de la temporada de 1995-96 ante un crecido equipo de Cardenales que dominaba esa instancia 3 juegos por uno? Pues ante todos los pronósticos, Machado se plantó ante la responsabilidad y con mucha determinación y temple pero también con mucha sangre fría y dientes apretados, logró controlar todo el remolino de emociones y compromiso que ardía en alguna parte entre la región consciente del cerebro y la zona más etérea del corazón, desde allí Gregorio Machado empezó a gestar la alineación que intentaría lo imposible a partir de aquel agonizante quinto juego. Entonces tuvo las agallas para sentar a Álvaro Espinoza y pasar a Eddy Díaz al campo corto para poner en la intermedia al joven Carlos Tapón Hernández , además de subir a José Francisco Malavé al quinto turno desde donde tuvo oportunidad de largar aquel inolvidable jonrón, mientras bajaba al sexto al bateador designado, que ese día fue Tyronne Woods; por otro lado supo manejar adecuadamente el bull pen al sustituir a Rich Loiselle con Ifraín Linares, quien limitó a Cardenales a una carrera en 1.1 innings luego de haber marcado 5 en los tres primeros episodios, entonces trajo a Manuel Barrios quien recibió otra anotación pero se mantuvo par de entradas lo cual le permitió apuntarse el triunfo, y remató con Melchor Pacheco, Oscar Henríquez y Dave Evans para completar el triunfo 8-7 que pondría la serie 3-2. _________________________________________En el sexto juego Machado mantuvo a Eddy Díaz como abridor de la alineación pero lo pasó al jardín derecho, regresó a Álvaro Espinoza al campo corto y lo ubicó como quinto bate detrás de Luis Raven (bateó de 5-3 con 2 empujadas) y bajó a Malavé al sexto turno quien bateó de 6-2 con 4 remolcadas y 2 anotadas; luego supo incluir a Richard Hidalgo por Díaz, Carlos Guillén por Espinoza y Raúl Chávez por Clemente Álvarez, para reforzar la defensa hacia el final del partido que ganó Juan Francisco Castillo en trabajo completo mientras Magallanes igualaba la serie a tres juegos. ______________________________________________________ Para el juego decisivo, pasó a Díaz al jardín izquierdo manteniéndolo como abridor de la alineación, introdujo a Andrés Espinoza como inicialista y sexto bate en sustitución de Alejandro Freire. Supo sacar a Juan Carlos Pulido luego de algún parpadeo en el séptimo tramo, y cuando Oscar Henríquez concedió dos boletos seguidos para empezar el octavo, recurrió a Dave Evans quien contra viento y marea logró lanzar los dos episodios finales inmaculados para alcanzar un título impensable 96 horas antes. __________________________________________________________ Hizo falta un conocimiento, un dominio de la escena, una arqueología del equipo que solo tenía Machado, integrante constante y dedicado de una historia que no debe pasar desapercibida, porque luego castiga a los gerentes deportivos que pretenden pasar sobre ella, olvidando el significado y el tremendo valor de un personaje que hizo escuela, constancia y metodología, eso pasa factura, porque el fantasma de ese personaje aparecerá todas las noches que se pierda un juego por falta de conocimiento de la estructura del equipo, de la naturaleza de los peloteros, del empeño por buscar la mejor configuración del equipo a lo largo del juego y aún después de las victorias porque solo manteniendo la humildad después de estas se puede evitar muchas derrotas. Ese es el asistente de banca que los Navegantes del Magallanes han extrañado en medio de los juegos y luego de cada derrota de esta temporada 2019-2020. _____________________________________________________________ Alfonso L. Tusa C. 07 de diciembre de 2019. ©

jueves, 28 de noviembre de 2019

Dwight Evans: La Radiografía de aquella Atrapada.

Sexto juego de la Serie Mundial de 1975. Los Medias Rojas habían regresado de la tumba con aquel increíble cuadrangular del emergente Bernie Carbo para igualar el marcador en el cierre del octavo inning ante el relevista Rawly Eastwick. Los Rojos de Cincinnati ganaban 6-3 y solo necesitaban cuatro outs para alcanzar el campeonato. De pronto Fenway Park pasó de un silencio sepulcral al momento más histérico y escandaloso desde la temporada del Sueño Imposible de 1967. Cuando el juego se fue a extrainning, parecía que era un asunto de tiempo para que los Rojos ganaran la Serie Mundial. En la apertura del undécimo inning, Pete Rose recibe pelotazo de Dick Drago. Ken Griffey toca la pelota hacia la raya de tercera base, cerca del plato. Carlton Fisk toma la pelota a mano limpia, algo fuera de balance, y dispara un balín hacia segunda base. Tal vez es mejor cuando está algo fuera de control; porque su disparo es perfecto, Rose es out en segunda. Entonces Joe Morgan espera una recta de Drago y conecta una línea que lleva etiqueta de sobrevolar la barda del jardín derecho. Dwight Evans corre hacia atrás, más y más. _____________________________________________________________________________ Dwight Evans nunca tuvo una gran velocidad, era una especie de regreso a las épocas de Al Kaline, Carl Furillo y hasta Babe Ruth. Pero ningún jardinero derecho, desde Roberto Clemente, ha jugado la posición por tanto tiempo con tanta maestría. Logró apoderarse de ocho guantes de oro, su presencia en los juegos de estrellas fue perenne, y en jerga de ajedrez, fue el maestro. Cualquiera haya sido su edad, rapidez o fuerza de brazo, nadie como él ha expresado tan sistemáticamente lo que hacen los jardineros derechos. Desde que tiene uso de razón, Evans dice que siempre tuvo una pelota en sus manos. Como jugador de futbol americano, en la escuela, fue un gran recibidor, porque según él, le gustaba atrapar la pelota. Durante la temporada de beisbol, siempre tenía un guante y una pelota, hasta cuando salía a pasear. Cuando se hizo profesional en 1969, todavía hacía eso, para entrenarse acerca de cómo pasar la pelota apropiadamente desde el guante hacia su mano derecha antes de lanzarla. La meta era tomar la pelota por las costuras para efectuar un lanzamiento más rápido desde los jardines que pudiese rebotar en lugar de rodar cuando aterrizara. Eso es fundamental para los tiros desde los jardines, pero muchos jardineros tienen dificultades con eso. ‘He llegado al punto de pensar que lanzo la pelota a través de las costuras noventa porciento de las veces’, dijo Evans. “Atrapar la pelota y sacarla del guante, atrapar la pelota y sacarla del guante, ahora no hace falta mirar las costuras de la pelota, es como si hubieses entrenado tu mano a pensar por su cuenta”. La ventaja que Evans tiene sobre otros jardineros va más allá de su fuerte y preciso brazo; siempre sabe que hacer con la pelota. ‘Hay un propósito con cada pelota bateada hacia mí’. Evans piensa que su juego siempre ha estado basado en su habilidad para anticipar correctamente. ‘La anticipación es la parte más importante de jugar en los jardines’, dijo Evans. Eso parece fácil en términos generales, pero no lo es cuando la especificidad del jardinero para anticipar es tomada en cuenta. ______________________________________________________________ Primero está el fenómeno del sonido del bate con la pelota. Nadie puede calcular en ese momento con precisión, hacia donde va la pelota. Hasta las mentes más intuitivas necesitan fracciones de segundo para descifrar la información recibida. A pesar de eso, en el transcurso de ese segundo, el jardinero supremo apreciará el ángulo en el cual la pelota sale del bate y entiende al menos en cual dirección debe empezar a correr. También entenderá que tan fuerte ha sido el batazo, de acuerdo a si el lanzamiento fue recta o un envío quebrado, que tan completo fue el swing y si el sonido de contacto fue explosivo o seco. Una vez en movimiento, volteará la cabeza para confirmar que se mueve en la dirección correcta a la velocidad adecuada, y repetirá eso, modificando su zancada si es necesario, hasta llegar al punto donde ha imaginado que la pelota caerá. En el momento final, estirará su brazo y espera que la pelota aterrice en su guante. Es una extraordinaria secuencia compleja de decisiones y ajustes; el tiempo disponible para hacer eso varía, por ejemplo la trayectoria de una pelota alejándose de un jardinero puede ser percibida físicamente en cerca de medio segundo mientras que una bateada directo a él requiere de un segundo completo para ubicarla, pero siempre es pequeña; y hay mucho terreno que cubrir. Tomemos una pelota bateada directamente hacia un jardinero ubicado a 65 pies de una cerca que está a 350 pies del plato y digamos que, si no es interceptada, esa pelota se estrellará contra la cerca a una altura de 9 pies y medio. En el primer segundo completo, el jardinero no puede saber con certeza si correr hacia adelante o atrás (lo cual podría ocasionar el ocasional elevado mal calculado, donde se arranca en la dirección equivocada). Pero se asume que hace el cálculo correcto, se voltea, y empieza a correr hacia atrás, perdiendo solo la mitad de ese segundo en el proceso. Se asume también que, medio segundo después, es capaz de ajustar su carrera mientras nota que la pelota se aleja de él. Y se concede que es un corredor muy rápido. La cantidad de tiempo que le tomará a la pelota alcanzar la cerca es afectada por el viento, por supuesto, pero en promedio será poco menos de cinco segundos. Nuestro jardinero, arranca desde la inmovilidad y ajusta su dirección para alcanzar el vuelo de la pelota, tiene que cubrir quizás setenta y cinco pies en la misma cantidad de tiempo. Una vez en la cerca, tiene que frenar, ubicarse, saltar tan alto como pueda, extender su guante justo hacia el lugar correcto, y atrapar la pelota. Eso es físicamente posible de hacer en el tiempo disponible (o el beisbol no existiría) pero apenas probable. No hay margen de error. Aun así, eso ocurre regularmente, exitosamente, y a veces de manera aún más espectacular. Evans también desea impresionantemente que cada pelota sea bateada hacia su posición. ‘Anticipo lo peor y lo mejor que puede ocurrir. Me preparo para lo peor e imagino lo mejor’. Para Evans una anticipación correcta significa moverse cuando está en el terreno. ‘Quiero moverme porque sé lo que hago’, dice Evans. Eso significa que estará en movimiento en cualquier dirección desde 15 centímetros hasta 4 metros, con cada bateador y a veces con cada lanzamiento. Y casi siempre, su momento, su salto hacia la pelota, será correcto. Evans ha aprendido la mecánica de buscar la pelota tan bien como cualquiera. Con esas pelotas bateadas entre dos, correrá hacia atrás diagonalmente, tratará de rodear la pelota para alinear su hombro con el lugar donde tiene que lanzar. Estima a que distancia está de la cerca para saber como se tiene que mover cuando empiece a correr hacia atrás, y tratará, cuando pueda, correr en paralelo a la cerca con su mano enguantada hacia el terreno, para estar mejor preparado para lanzar y evitar soltar la pelota si choca contra la cerca. Hizo de todo esto un movimiento automático hace mucho tiempo. Lo que Evans agrega, yendo hacia atrás o viniendo a tomar la pelota, es una manera especial de mantener su cuerpo alineado cuando hace la transición desde la atrapada hacia el lanzamiento. No atrapa la pelota exactamente en una posición erguida, Evans toma la pelota con su cuerpo semi flexionado y ligeramente inclinado hacia un lado. Esto podría parecer solo un toque de estilo, como una atrapada con una mano, pero tiene una razón de ser. Al tomar la pelota en un plano más bajo , se mantiene abajo mientras lanza la pelota, lo cual le permite tener la fuerza en su pie posterior, por eso puede controlar mejor su cuerpo y la pelota mientras se mueve hacia adelante. Evans usa su movimiento alineado, cerca del suelo, cada vez que puede. Durante su giro en el rincón, no completa la vuelta y lanza, en vez de eso, se mantiene cerca del suelo, mientras toma la pelota de su guante para tener la mejor posición para lanzar. Cuando ataca la pelota y la toma, en vez de mantenerse erguido, se dobla hacia adelante como un pitcher, catapultando su pie posterior en un movimiento largo y fluido hacia la diana. En realidad, es la imagen del pitcher, lo que Evans ha mantenido en mente mientras entrena su cuerpo a través de los años para ejecutar naturalmente este movimiento de alineación. ____________________________________________________________________ A través de muchos años, en cada entrenamiento primaveral, Evans ha ido al rincón más lejano del terreno con un balde lleno de pelotas. Allí, cuando nadie lo mira, ordena una línea de pelotas sobre la grama. Entonces estira sus piernas hasta cierta distancia, la izquierda hacia adelante, la derecha bien hacia atrás, cercana a la primera pelota. Después, en un movimiento muy lento, para que el cuerpo pueda recordar, toma la pelota, mueve su cuerpo hacia adelante como un pitcher empezando su wind up, lleva su cuerpo hacia atrás sobre su pie posterior, entonces viene hacia a delante, cercano al suelo y lanza la pelota, mientras evalúa cada etapa de la transición, el movimiento de su brazo, el punto donde suelta la pelota, el final del movimiento. Entonces sigue con el resto de las pelotas hasta terminar la línea. Evans continúa esos ejercicios de baja velocidad al pedirle a un coach que le batee conexiones de todos los calibres. Toma pelotas en el rincón, frente a él, donde sea que sienta la necesidad de trabajar con su lanzamiento alineado. Siempre hay algunos pequeños ajustes que prologarán su rutina. Con los rodados que tendrá que atacar, prefiere tomar la pelota a un lado del pie izquierdo en vez de al frente de este. Su tiro perderá algo de poder debido al peso del movimiento hacia adelante y atrás, pero soltará la pelota más rápido y el lanzamiento será más preciso. En cuanto a los elevados bateados de frente a él, se ha enseñado que cuando el viento y las condiciones climáticas son buenas, se debe preparar para lanzar mientras realiza la atrapada, no después, como hacen todos los jardineros. La meta es hacer una rutina de esos movimientos, pero una vez sometidos a la memoria muscular, le dan a Evans una ventaja sobre los peloteros más jóvenes y rápidos. A los 38 años de edad, Evans puede o no estar cerca del final del camino. Nadie en esta época de Nautilus y Neptuno se mantiene en mejor forma, nadie estudia con más meticulosidad cada aspecto del juego, observando cuidadosamente los fundamentos, para ganar ese centímetro extra, ese giro adicional. Pero este hombre, un devoto infinito de la técnica, al final está motivado por algo más profundo. __________________________________________________________________ Mientras crecía en California, hogar del aeroespacio y la industria de alta tecnología, el ídolo de la niñez de Evans fue Willie Mays, quien sabía más de volar y soñar que Howard Hughes. Evans es uno de pocos peloteros que usa hoy el mismo número de uniforme, 24 (Rickey Henderson, Barry Bonds, y Ken Griffey Jr. son los otros) y, como su ilustre predecesor, siempre ha sabido que el juego que practica está determinado, antes que nada, por lo que ocurre en su mente. Él, como Willie Mays, ha descubierto el secreto de inventar el espacio que ocupa. Si Evans juega o no otro juego en el jardín derecho, su manera de jugar permanecería como un modelo sobre como debería ser jugada esa posición. ______________________________________________________________________ Llega a la zona de seguridad, salta y hace una atrapada increíble sobre su hombro antes que la pelota cayera en la primera fila de asientos. Entonces cae y choca contra la cerca. Ha hecho la atrapada. La atrapada del juego y la serie, pero sabe que su trabajo aun no termina. Inmediatamente rebota desde la cerca y lanza la pelota al cuadro interior. El tiro está desviado tres metros de la línea de primera base hacia el dugout. No importa. Carl Yastrzemski está ahí, y Rick Burleson ha cruzado el cuadro interior para cubrir primera base. Griffey prácticamente se ha entregado, estaba a medio camino entre primera y segunda base, Yaz lanza la pelota a Burleson para completar el dobleplay. Esa jugada fue la mejor prueba de lo que Don Zimmer le dijo a Doug Hornig en una entrevista para su libro “The Boys of October”; “¿Qué tan bueno era Dwight Evans como jardinero derecho?” Zimmer contestó con otra pregunta: “¿Conoces la diferencia entre un doble por reglas y otro por la interferencia de un aficionado?” Hornig dijo que un doble por reglas era la consecuencia de que la pelota rebotara hacia la tribuna. Y que habría interferencia si un aficionado tocaba la pelota antes que esta saliera del parque. “Bien”, dijo Zimmer. “Si la pelota se va a las gradas por su cuenta, el bateador consigue dos bases ¿Qué obtiene el bateador si un aficionado interfiere?” Hornig estaba dudoso “¿Un doble?” “Incorrecto”, dijo Zimmer. “El árbitro principal, en su mejor juicio, coloca los corredores donde piensa deberían estar. Cuando jugaba Boston y había una interferencia de un aficionado sobre una pelota bateada hacia la línea del jardín derecho, ¿sabes que pasaba? Hornig encogió los hombros. Zimmer cruzó las manos. “El bateador era enviado a primera base. Punto. Bien, el manager rival siempre se quejaba, gritando como un pandillero. . “¡Eso es un doble! ¡Eso es interferencia del aficionado! ¡Tiene que ser un doble!” El árbitro principal sonreía, señalaba hacia el jardín derecho y decía: “Ah, ah ¡No con ese tipo ahí!” Lo que quería decir era que a menos que la pelota pasara sobre su cabeza, Evans siempre la convertía en sencillo. Si tratabas de alargarlo, él te ponía out en segunda base”. ____________________________________________________________ Hubo un juego en la temporada de 1984 donde los Medias Rojas de Boston visitaban a los Atléticos de Oakland en El Coliseo. Boston ganaba 2-0 en el cierre del noveno inning. Con dos outs, Carney Lansford bateó un doble para empujar a Donnie Hill. Entonces Bruce Bochte despachó imparable al jardín derecho, el coach de tercera base envió a Lansford al plato ¡Suicidio! Evans puso out a Lansford con un disparo magnífico. “Duele en el alma perder un juego de esa manera pero no teníamos alternativa”, defendió Jackie Moore su decisión de enviar a Carney Lansford al plato. “por supuesto que sabíamos del brazo de Evans. Pero él tenía que lanzar de manera perfecta. Totalmente perfecto”. _________________________________________________________________ Jim Burton le dijo a Doug Hornig: “Yo estaba en el bull pen, así que tenía uno de los mejores asientos del estadio. Y lo más sorprendente para mí fue la reacción de Dwight. Se volteó y empezó a correr en el instante que la pelota fue bateada. No podía creerlo”. __________________________________________________________________ Se trata de un jonrón, o de un batazo que pegara en el tope de la cerca del jardín derecho que tiene una altura que solo llega hasta la cintura. Griffey anota, Morgan o trota hasta el plato o se detiene en segunda base o tercera. Los Rojos toman la delantera. Evans va hacia atrás. Atrás, atrás, corriendo completamente inclinado. Alcanza la zona de seguridad, salta en el aire, y sobre su hombro, de alguna manera, improbablemente, hace una atrapada increíble justo antes que la pelota caiga en la primera fila de asientos. Cae y se estrella contra la cerca. Evans recordó la jugada. “Tuve un buen salto”, dijo. “Pero había repasado eso en mi mente que haría si Morgan bateaba la pelota. Yo estaba observando cuidadosamente el tipo de lanzamiento y como se movía el bate. Estaba preparado. Sin embargo cometí un error. Si se mira el video, se puede notar. Yo estaba cargado hacia la línea de foul, porque usualmente cuando un bateador zurdo hala la pelota le confiere un efecto que va de izquierda a derecha. Solo que en esta ocasión, Morgan la bateó directa. Así, que si se mira cuidadosamente, se puede ver que cuando salto, tengo que echar hacia atrás para compensar. En realidad atrapé la pelota un poco detrás de mi cabeza”. ______________________________________________________ Alfonso L. Tusa C. _________________________________________________________ Referencias: __Hornig Doug. The Boys of October. McGraw Hill. 2003. __Falkner David. The Nine Sides of the Diamond. Times Books. 1990. __ baseball-reference.com __retrosheet.org

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Ansiedad, depresión, desorden de pánico: El pitcher de los Reales, Danny Duffy revela su dolor silencioso.

Sam McDowell. The Star. 20 de septiembre de 2019. _________________________________________________________________ Cinco cosas a saber del pitcher zurdo de los Reales Danny Duffy. __________________________________________________________________ Cuando tenía tres semanas en su primer entrenamiento primaveral con los Reales, Danny Duffy pasó una mañana temprano fildeando elevados, llevando implementos hacia el bullpen y cumpliendo con otras obligaciones de los novatos. Cualquier cosa con tal de salir del clubhouse. Un grupo de veteranos del cuerpo de pitcheo del equipo había convertido su casillero en un pipote de basura, envolvían comida en papel de aluminio y la metían en el morral de Duffy. Los episodios diarios iban más allá de las típicas chanzas hacia los novatos, el grupo de cinco acosaba a Duffy, un prospecto de pitcheo del alto vuelo, mientras se aprestaban a asumir sus labores. Le decían que se callara cuando hablaba. Lo llamaban acomplejado cuando los ignoraba. Duffy había llegado a temer ir al estadio, ansioso por lo que le podía estar esperando. “Venía con la idea de hacer nuevos amigos”, dice él. “Y me iba con la idea de no tener ninguno”. Duffy había sufrido de ansiedad por años. Nunca sintió que pertenecía por completo en ninguna parte. En la escuela secundaria, el beisbol ayudó a sortear ese vacío, aunque no completamente, aunque sobresaliera como estrella en Lompoc, California, usualmente se sentía más cómodo a solas que con sus compañeros. Pero al acercarse a su primer entrenamiento primaveral a comienzos de 2010, Duffy le dijo a sus padres que nunca se había sentido más emocionado. A los 21 años de edad, no esperaba quedarse con el equipo, pero esa sería su primera experiencia en el beisbol de grandes ligas, la oportunidad de conocer algunos de sus ídolos. En tres días, sin embargo, se sintió destrozado mentalmente. Los compañeros de equipo lo molestaban a cada momento. Con cada palabra. Cada noche, durante horas de largas conversaciones telefónicas con su madre, Duffy le dijo que no estaba hecho para eso. Quería regresar a casa. En este día particular, se había apurado para llegar al estadio de Surprise, Arizona, antes de las 6 am, esperaba vestirse y salir al campo antes que llegaran los pitchers veteranos. Y lo logró. Pero cuando regresó a su casillero después del entrenamiento, sus ropas estaban cubiertas por una sustancia roja. Alguien había manchado su franela con salsa de tomate. No había llevado más ropa, lo cual no le dejó otra alternativa que ponerse la franela manchada y caminar solo de vuelta al hotel. Pocos días después, Duffy, quien fue nombrado pitcher del año en la categoría Clase A de los Reales en su primera temporada completa y después representó al equipo en el All- Star Futures Game, se presentó en la oficina del gerente general, Dayton Moore. “Estoy fuera, hermano”, le dijo. “Esto no es para mí”. Enfrentando el Estigma Antes de un juego a principios de ese mes, Duffy se recostó a propósito en una silla frente a su casillero dentro del clubhouse de los Reales. La conversación derivó hacia la ansiedad y la depresión, los compañeros de equipo estaban cerca de él, su voz se tornó susurrante. En una época cuando los retos de salud mental ganan más empatía y aceptación a través del país, este tipo de conversación aún es poco vista en los clubhouses, camerinos y deportes en general. Con algunas pocas excepciones. Luego de años de ignorar su ansiedad, el jugador estrella de la NBA, Kevin Love dijo que pensaba que “iba a morir”, en la cancha de baloncesto, después supo que estaba teniendo un ataque de pánico. “Todos pasamos por algo que no podemos ver”, escribió para The Players’ Tribune en 2018. El antiguo ganador del premio Cy Young de los Reales, Zack Greinke, renunció al beisbol antes de la temporada de 2006, esperaba no regresar nunca. Una vez que lo hizo, reveló un diagnóstico de desorden de ansiedad social. Las antiguas estrellas de baloncesto de Kansas, Markieff y Marcus Morris hicieron públicas sus batallas con la depresión proveniente desde una niñez de supervivencia en las calles de Filadelfia, aunque como escribiera el autor Jackie MacMullan, Markieff luego se hizo inaccesible para declarar sobre el tema. “A la mayoría de los atletas no les gusta hablar de eso, y la razón es simple: el miedo”, dice Bill Cole, experto en psicología deportiva y entrenador de salud mental de atletas profesionales y olímpicos en todo el mundo.“El deporte es una cultura donde se supone que eres mentalmente duro, tienes que ser el tipo grande, la chica grande; nada debería molestarte. Hay casos donde un atleta pierde su titularidad o la confianza de sus entrenadores o siente como si hubiese desilusionado a sus compañeros de equipo. Entonces ¿Qué ocurre? Ellos permanecen tranquilos”. La Alianza Nacional por la Enfermedad Mental estima que uno de cada cinco adultos en Estados Unidos experimenta enfermedad mental. Así que en un camerino de 53 futbolistas de Chiefs de Kansas City, habría 10. En un clubhouse de 25 peloteros de los Reales, habría cinco. No se trata solo de que los atletas no están exentos de la enfermedad mental, en realidad son más susceptibles de enfrentar retos monumentales, aunque se oiga menos frecuentemente de ellos, dice Natalie Durand-Bush, profesora de psicología deportiva en la University of Ottawa. “Se requiere que tengan una identidad fuerte; tienen un exigente horario de trabajo, y hay mucha evidencia de ambientes tóxicos (en el deporte), acoso, abuso, intimidación”, dice ella. El pasado noviembre, Durand-Bush co-fundó el Canadian Centre for Mental Health and Sport (CCMHS). Los atletas pueden contactar la organización y revelar sus dificultades. Muchos equipos universitarios y profesionales ahora incluyen un especialista conductual en su cuerpo de trabajo, como hacen los Reales. Pero por el miedo a que sus empleadores, universidades o compañeros sepan de sus visitas, ellos prefieren pagar de su bolsillo y van al CMMHS. Comparten sus historias con una candidez variable. Algunos son abiertos. Otros son reservados, aun después de firmar voluntariamente para someterse a las sesiones. Cuando fue abordado por The Star para este trabajo, Greinke amablemente declinó hablar acerca de sus tribulaciones. Solo concede un puñado de entrevistas acerca de cualquier tema en el transcurso de la temporada. “Las personas se extrañan de oir que algunos de los atletas más exitosos del mundo pueden tener dificultades con la salud mental”, dice Durand-Bush. “Pero las tienen”. Duffy ganó la Serie Mundial de 2015 con los Reales. Lideró la rotación de pitcheo de los Reales de 2014 en efectividad. Cuando su contrato de cinco años termine después de la temporada de 2021, habrá ganado más de 70 millones de dólares jugando beisbol. Durante todo ese tiempo, mantuvo la severidad de sus retos en privado. Hoy, solo un puñado de compañeros de equipo sabe lo que Duffy ha resistido. La mayoría no sabe que él regularmente ve un terapista en Kansas City. Que ha sido diagnosticado clínicamente con depresión y ansiedad. Que este verano, antes de un juego, sufrió un ataque de pánico en la sala de conferencias del Kauffman Stadium. “Les cuento esto porque quiero que alguien más quien lo haya experimentado entienda que no solo le ocurre a ellos”, dice Duffy. “No estoy tratando de proveerles una historia lacrimógena. Solo trato de decirles que esto es algo real, y algunos de nosotros estamos lidiando con eso, hombre”. __________________________ Donde empezó eso ___________________________ Duffy yace en el piso de un baño en una sala de bowling, con poco aliento y sollozando. Minutos antes, ha experimentado su primer rechazo. A petición suya, la sala de bowling reprodujo una de sus canciones favoritas y anunció que Duffy se la había dedicado a una muchacha. Ella lo despreció. De inmediato, Duffy no podia respirar. Sentía que su corazón resonaba en su pecho. El baño de caballeros fue su escapatoria, después de empujar la puerta, Duffy colapsó sobre el piso. Estaba teniendo un ataque de pánico. Tenía 13 años de edad. Era el primero que experimentaba. Y era solo el comienzo. “Solo esperaba que todo se nivelara y pudiera vivir una existencia normal”, dice Duffy. “Pero eso nunca ocurrió”. Eso se incrementó hasta ser agotador, Duffy empleaba mucha de su energía para evitar cualquier cosa que lo dejara en ridículo ante sus pares. En casi cada oportunidad, el evitaba los encuentros prolongados. Asistió a solo un baile de la escuela secundaria en cuatro años, y pasó toda la noche sentado solo. Sus compañeros de clase podían notar su incomodidad social, como la sangre en el agua, y los llamados estudiantes populares se reían de él a diario por eso. Eventualmente la burla se convirtió en física. “Viví esa incomodidad en la escuela secundaria”, dice él. Antes de empezar su primer año, el entrenador de beisbol de Cabrillo High School le dijo a Duffy que había quedado en el equipo. Poco después, el equipo de beisbol tuvo una aparición en el desfile de recibimiento en casa, y Duffy asumió la asignación de repartir caramelos a los niños a lo largo de la ruta. “Finalmente sentí que era parte de eso ¿sabes?” dice él, “Me dije, ‘Hombre esto es maravilloso’”. Lejos de la escuela, durante los veranos en California, el beisbol ha ayudado a Duffy finalmente a adaptarse. Los equipos itinerantes lo reclutaban por su talento en el terreno. La promoción al equipo formal de beisbol, esperaba él, comenzaría a delinear una adaptación similar en la escuela. Pero cuando el desfile estaba en su apogeo, mientras Duffy buscaba algo en su morral, oyó pisadas detrás de él. Sobre la marcha, un compañero de equipo de último año lo golpeó en la espalda. La fuerza del impacto tumbó a Duffy. Eso le dejó el manotazo marcado en la piel, los muchachos alardeaban que eso era un “five star”. Mientras yacía en el pavimento, Duffy se volteó para ver quien había presenciado aquello. Los muchachos le devolvieron la mirada, riendo. El mismo compañero de equipo lo golpeó en varias ocasiones, dice Duffy. En la escuela. En el bullpen en la práctica de beisbol. En el estacionamiento. Años despues, él se disculparía. Duffy abandonó el desfile aquel día. Prácticamente corrió a su hogar. Detrás de su casa, desmontó los separadores de las flores del jardín respecto a la grama del patio. Ladrillos. Los amontonó, los metió uno a uno en un morral, y se lo colocó en ambos hombros. Luego arrancó a correr por la calle. “Solo quería sentirme como Rocky, hermano”, dice él. Empezó en Serious Avenue. Subió la colina en Aldebaran. Dobló en Galaxy. Giró de vuelta hasta Titan. Y terminó en Constellation. Noche tras noche tras noche, Duffy corría, solo. Esperaba después del atardecer, las luces de los postes guiaban sus zancadas. La carrera se convirtió en su terapia, dice él. Hasta que ya no fue suficiente. ________________________________________ Desde Lompoc hasta las ligas menores. _______________________________________ Las pistolas de radar se alineaban detrás del plato cada vez que Duffy subía al montículo durante su último año de secundaria. Su recta llegaba normalmente a las 90 mph. En 2007, los Reales de Kansas City utilizaron su escogencia de la tercera ronda para seleccionarlo en el draft amateur de beisbol. No tuvo que ir a la universidad, normalmente habría requerido asistir a la escuela de verano para calificar, e inmediatamente se reportó a las menores. Duffy creció en Lompoc, una especie de comunidad campesina con asomo de pueblo pequeño. Había crecido rodeado de personas similares a él culturalmente. Las ligas menores fueron un ambiente de contrastes. Algunos de sus mejores amigos eran los peloteros latinoamericanos, el actual compañero de equipo Salvador Pérez, el cátcher de Venezuela, fue uno de los primeros peloteros que conoció. El ajuste fue fácil. Pero Duffy tenía 18 años de edad. Muchos prospectos había sido drafteados en la Universidad a los 22 o 23 años. Ese ajuste se hizo difícil. “Fui una especie de solitario en las menores”, dice él. Los seleccionados en la Universidad frecuentaban bares después de los juegos. Ellos se burlaban porque Duffy rechazaba unírseles. Esperaba su cheque de pago cada dos semanas y se iba a Best Buy para comprar música y juegos de video. “No quiero pintar un paisaje malo del beisbol de ligas menores. Hay adversidad en cada paso de la vida”, dice él ahora. “Hay algunos tipos quienes piensan que deberían estar jugando en un nivel más alto o que deberían haber firmado por más dinero. Eso no se debe decir entre los peloteros. Pero es inevitable. Esos viajes en bus son largos. Esos veranos son calcinantes. Es duro. No todo es playas de arena y conchas marinas”. La meta final mantuvo a Duffy intentando. Cuando era un niño de 11 años, una chaqueta de los Dodgers de Los Angeles colgaba en su armario, había hablado de su interés por jugar en las ligas mayores. Y mientras se acercaba a esa realidad, la conversación matizó el sueño. “Siempre pensé que todo cambiaría una vez que llegara a las grandes ligas”, dice él. _______________________________________ Finalmente un diagnóstico. ____________________________________ De vuelta al hotel del equipo, mientras Duffy se reunía con la plana mayor de la oficina principal de los Reales, sus bolsos ya estaban llenos con sus pertenencias.Había empacado todo. Por años, Duffy ha citado los asuntos privados como su razonamiento para renunciar al juego en 2010. Era más fácil de esa manera. También usó esa excusa con Moore y la gerencia de los Reales, temeroso por la respuesta de los pitchers veteranos si decía la verdad. La cual es esta: Aunque hubo algunas relaciones externas fuera del beisbol que llamaron su atención, si no hubiese sido por sus experiencias en el clubhouse, “no hay manera de que hubiese renunciado al beisbol”. Mientras salía del complejo de entrenamiento de los Reales en Surprise, se topó con tres de sus compañeros de equipo favoritos en el estacionamiento, Perez, Eric Hosmer y Jarrod Dyson. Les dijo que planeaba estudiar meteorología. Tal vez se decidiría por el baloncesto recreativo. Le rogaron que se quedara. Pero ellos solo sabían una porción de la historia. Él necesitaba ayuda. Duffy rechazó nombrar a los peloteros que lo atormentaban diariamente, un grupo de cinco con un director, asi los describía, pero enfatizaba su falta de prominencia con los Reales. Tres días antes de renunciar, Duffy los enfrentó. Ustedes no son mis entrenadores; no son mi padre; déjenme en paz. “A partir de ahí, eso empeoró”, dice él. En cuanto regresó a Lompoc a vivir con sus padres, Duffy dejó atrás ese problema. Sin embargo no podía ignorar más el otro. Poco después de llegar a casa, buscó terapia profesional. En ambientes íntimos, Duffy esconde poco. Sus experiencias de las semanas previas estaban cercanas ante las de la década pasada. Finalmente, se dio cuenta de que estaban intercaladas. Un terapista le diagnosticó ansiedad, depresión y desorden de pánico. “Lo más grande que he aprendido en terapia, y suena a cliché, es que no te puede ir mal siendo tu mismo”, dice Duffy. “Es una declaración más profunda de lo que parece. Nunca fallarás si actúas como lo que eres. Fuimos hechos de esta manera por una razón. Toma cierto nivel de confianza hacerlo. Yo no tenía esa confianza”. Los Reales estaban pendientes. Duffy había escondido el tormento del clubhouse de ellos. Moore llamaba regularmente. Nunca hablaba de beisbol. El asistente del gerente general JJ Picollo lo visitó en persona, lo cual Duffy considera un “día clave” para su crecimiento personal. Agradece a los Reales profusamente cuando cuenta esta parte de la historia. Cree que la mayoría de los equipos su hubiese cansado de él. Solo tenía 21 años de edad. Nunca había hecho un pitcheo de grandes ligas. “Para ese momento, lo que sabíamos de él era que tenía un gran corazón”, dice Moore. “Si él sentía que no podía dar su mejor esfuerzo en ese momento por la razón que fuera, era mejor para nosotros dejarlo encontrar su camino y apoyarlo a lo largo de este. Todos estos tipos están genéticamente acondicionados para jugar aquí. Ese es el otro material que hay que trabajar”. Alrededor de un mes después que renunció al beisbol, Duffy se sentó en el sofá una noche y se paseó por los canales de su TV. Se detuvo en ESPN, que estaba mostrando un episodio de Baseball Tonight. El tema principal: el veinteañero Jason Heyward había jonroneado ante el as de los Cachorros, Carlos Zambrano, en su primer turno de grandes ligas. Un año antes, Duffy había enfrentado a Heyward en un juego de ligas menores. Lo ponchó. “Sentí otra vez el llamado de la competencia”, dice Duffy. “Me dije, ‘Vamos hombre’”. Sabía que necesitaba más tiempo. Entrar a ese clubhouse seguía siendo una preocupación. Pero la terapia había empezado a cambiar lentamente su vida, dice él. Por primera vez, tenía confianza en sí mismo. Más que tratar por todos los medios de adaptarse, aceptó que tal vez estaba bien ser diferente. Semanas después, llamó a Moore. El gerente general de los Reales le pidió que esperara otras dos semanas. Quería que Duffy estuviese seguro de su decisión. Exactamente 14 días después, el teléfono de Moore sonó de nuevo. “Estoy listo”. ___________________________________ ‘Finalmente me siento cómodo’ __________________________________ Una tarde a las 4, días después que había regresado al beisbol, Duffy abandonó abruptamente su habitación en el hotel. No le dijo a nadie hacia donde iba, ni siquiera a su compañero de habitación, Kelvin Herrera, y francamente, tampoco lo sabía él. Solo salió. En los días y semanas antes que regresara a la organización de los Reales, este fue el plan que se propuso, un método aprobado por un terapista. Había optado por un tratamiento natural para su depresión y ansiedad. Las pastillas lo atontaban. Las caminatas tarde en la noche habían afectado sus nervios en la secundaria, y creía que eso podía ocurrir de nuevo. Esa noche, Duffy viajo de vuelta por carretera desde Tempe, Arizona, hasta Surprise. Solo llevaba una tarjeta del hotel, su cartera y un teléfono celular. El reloj Garmin en su muñeca indicaba 26.8 millas. Miró el atardecer. Vio la luna ir y venir. Cuando llegó al estadio, al terminar el viaje, revisó el reloj: 6:30 am. Había estado afuera por más de 14 horas. “Estuve realmente presionado, especialmente el primer par de días (después de volver al equipo)”, dice él. “Sabía lo que esto implicaba. Sabía que si iba a llegar donde quería ir, eso implicaría un verdadero reto fuera del campo”. En una tarde calurosa del pasado verano, Duffy caminó desde el centro de Kansas City hasta el Kauffman Stadium en chancletas. Cuando The Star lo llamó la semana pasada, contestó su teléfono, hacía una caminata de siete millas hasta Guaranteed Rate Field en Chicago. Las caminatas son más habituales que curativas ahora. A través de la terapia en curso, junto con el apoyo de su esposa y padres, ha aprendido a aceptar quien es, “con arrancadas y todo”. En la superficie, es difícil imaginar a Duffy incómodo en un clubhouse. Está entre los mejor recibidos dentro de este. Pocos son más comprometidos con sus compañeros, visitantes del clubhouse, medios, quien sea. Ha sido de esa manera desde 2013, cuando el pitcher y amigo nativo de California, James Shields llegó en un cambio desde los Rays de Tampa Bay, se volteó hacia Duffy y dijo, ¿Estás listo para ser cruel, hermano? Moore ha priorizado la cultura de clubhouse durante su estadía, y Duffy dice que eso ha resultado en una diferencia de “el cielo a la tierra” respecto a su experiencia en el campamento de grandes ligas en 2010. “Finalmente me siento cómodo en mi propia piel”, dice él. “Gracias a Dios, amigo”. Pero se trata de una lucha diaria, una realidad que el sabe podría nunca terminar. Sufre de insomnio y a menudo duerme menos de unas pocas horas por noche. La ansiedad siempre será parte de él. Siempre lo perseguirá. En 2017, fue arrestado por manejar bajo influencia en Overland Park. “Tuve una cantidad brutal de destrezas para manejar las situaciones”, dice él. “Pienso que tener que sentir ciertas cosas con claridad me ha hecho afrontarlas mejor”, dice él. Pienso que al no huir del dolor mental, desarrollé el hábito de ser capaz de absorber la adversidad de mi vida, aquella con la cual lidia cada quien”. Había tenido tres ataques de pánico ese año. “Sólo tres”, dice él. En una tienda por departamentos de Kansas City. Temió que había sido rudo con alguien que trató de tomarle una fotografía. Cuando la alarma se activó, Duffy se desplomó, era físicamente incapaz de mantenerse de pie. Ese verano, experimentó otro en Kauffman Stadium, mientras atendía a los aficionados en la sala de conferencias. Duffy dobló la esquina, y sorprendido por el tamaño de la multitud, maldijo nerviosamente frente a las cámaras de televisión. Temió que eso sería transmitido en las noticias y maldijo de nuevo. Sus manos se pusieron insensibles. Ese siempre es el primer indicador de lo que viene. Se fue a la carrera de vuelta al túnel en un carrito de golf. Tenía miedo de poner su historia a la luz pública. La vulnerabilidad sigue siendo un detonante de su ansiedad. Cree que su candor ha regresado para morderlo. Pero despues de 74 minutos de compartir con The Star en un sábado reciente dentro del dugout del home club en Kauffman Stadium, cuando la grabación del iPhone se desactivó, Duffy hizo una pausa y ofreció un pensamiento final. “Está totalmente bien que grabes esto”, empezó él. “Recé por esto, hombre, porque tener esta conversación me hace vulnerable. Pero si alguien allá afuera se siente como yo, y puede leer lo que sea que ustedes publiquen y se siente mejor acerca de donde está en la vida, me siento bien haciendo esto, 100 por ciento”. “Quiero que las personas sepan que también estuve perdido. Quiero que sepan que hay una salida sana. A veces hay que investigar duro y fajarse a través de eso”. _____________________________________________________________ Traducción: Alfonso L. Tusa C. 24 de septiembre de 2019.