La noticia me puso en las manos el Meridiano de comienzos de octubre de 1976. En un juego de preparación un jugador importado llamado Mitchell Page había largado un estacazo que sobrevoló la cerca del estadio “Rafael Kinsler” de Cagua. La pelota cayó bien lejos del estadio. Aquella temporada tuve la oportunidad de comprobar la clase de bateador que era Page. Él y Dave Parker conformaron un one-two de terror que llevó a los Navegantes del Magallanes al campeonato de la temporada 1976-77. Esa temporada actuó en 63 juegos, 245 turnos al bate, 48 carreras anotadas, 76 hits, 14 dobles, 4 triples, 14 jonrones, 57 empujadas, 36 boletos, 39 ponches, 9 bases robadas, .310 promedio ofensivo. Volvió en las campañas 77-78 y 78-79 cuando acompañó al Magallanes hasta el título de la Serie del Caribe con aquel vuelacercas decisivo ante México.
Page tuvo una temporada de novato fantástica con los Atléticos de Oakland en 1977. Entonces participó en 145 encuentros, 85 anotadas, 75 empujadas, 21 jonrones, 42 bases robadas .307 de promedio al bate, terminó segundo de Eddie Murray en la votación del Novato del Año.
Jugó 7 temporadas con Oakland y la última con Pittsburgh en 1984. Luego se convirtió en instructor de bateo de los Cardenales de San Luis.
Aquella combinación con Parker hacía del Magallanes un equipo temible, porque lo que se le pasaba al primero el segundo no lo perdonaba. Aquella dupla era conocida como la “Doble P”. El 17 de enero de 1976 Magallanes llegó perdiendo 1-0 al noveno inning ante Gilberto Marcano y las Águilas del Zulia en el segundo juego de una semifinal a 7 juegos. Marcano dominó a Jimmy Sexton con rolling a sus manos. Parker negoció boleto. A continuación Page descargó una línea estridente hacia el left field que en principio hizo anotar a Parker el empate, luego fue regresado a tercera porque el batazo de Page fue considerado doble por reglas. Cuando bateaba Steve Nicosia, Marcano intentó sorprender a Parker y voló la pelota permitiendo que entraran las dos anotaciones y Magallanes ganó 2-1. El 21 de enero de 1976, en el quinto juego de la
semifinal, Zulia llegó ganando 2-0 al octavo inning. Oswaldo Olivares emergió por Alexis Ramírez y se apuntó infield-hit. Gary Woods siguió con imparable al centro que hizo parpadear a Leonel Carrión y Olivares se metió hasta la antesala. Bateando Remigio Hermoso, Roy Lee Jackson incurrió en wild pitch y los spikes de Olivares pusieron el marcador 2-1. Hermoso salió con rolling al pitcher y el manager Luis Aparicio trajo a Jesús Reyes Barrios para que ponchara a Parker con una curvita
que lo desesperaba. Entonces llegó Mitchell Page al cajón de bateo, cuando Reyes Barrios intentó pasarle una recta, descargó un estacazo de triple a las profundidades del jardín derecho para traer la igualada en los zapatos de Woods. Tom Hausman relevó y Ken Macha lo recibió con doblete que puso el juego 3-2. Zulia empató en la parte alta del noveno inning. En el cierre del noveno Sexton inició con sencillo a la izquierda. Nelson Paiva se sacrificó. Woods recibió boleto intencional. Hermoso recibió un boleto del cual Hausman lanzó 3 bolas y Manny Seoane la cuarta. Parker se ponchó para el segundo out. Page se puso en dos strikes sin bolas. El próximo envío golpeó uno de sus spikes y así remolcó la carrera que dejaba en el terreno al Zulia y le daba el pase al Magallanes a la serie final de la temporada 76-77.
Los Cardenales dicen que Page falleció el sábado 12 de marzo de 2011. El vocero del equipo Brian Bartow dijo este domingo que el equipo fue informado del deceso por el agente de Page. La causa de la muerte se desconoce.
Page se retiró con promedio ofensivo de .266, 72 jonrones y 259 empujadas. Fue el instructor de bateo de los Cardenales de San Luis entre 2001 y 2004. Albert Pujols estuvo entre sus discípulos. Recientemente Page sirvió como instructor de bateo de un equipo de ligas menores de los Cardenales en los entrenamientos primaverales del año pasado. Pero este año no tenía trabajo con el equipo, dijo Bartow.
Hace alrededor de 3 años estuvo en Valencia junto a Willie Horton durante la celebración de los 90 años del Magallanes y más allá del homenaje que le rindió el equipo Page recibió muchas muestras de aprecio en cada lugar de la ciudad que visitó.
Alfonso L. Tusa C.
domingo, 13 de marzo de 2011
sábado, 12 de marzo de 2011
Encuentro de bocazas: Ozzie Guillen-Muhammad Ali.
Jeff Passan. Yahoo Sports.09 Marzo 2011
Glendale Ariz. Su boca se abrió este martes 08 de marzo. Por mucho tiempo, emitió las cosas más gloriosas. Si acaso habrá 5 personas en la historia que puedan aguantar el ritmo verbal palabra a palabra de Ali. Hablaba cantando. Ali sin voz es como B.B. King sin Lucille.
Ali pasó este martes 08 de marzo en el clubhouse de los Medias Blancas de Chicago. Estuvo ahí con Athletes For Hope, una organización que pide a los peloteros que encuentren una causa y donen tiempo y dinero. Su esposa, Lonnie, y su cuñada Marilyn Williams lo ayudaron con la silla de ruedas. Su peso lo encorvaba. Una expresión de vacío congelaba su rostro. El Mal de Parkinson es implacable.
Mirar su boca abierta era cruel, porque no lo hacía para hablar, para bendecir el lugar con críticas. Lo hacía porque Ali no lo podia controlar. Cuando Lonnie notó su mandíbula caida, la empujó hacia arriba.
Parado al otro lado de Ali estaba Ozzie Guillén, el manager de los Medias Blancas, y gústele o no, su heredero en oratoria. ¿Blasfemia? Difícilmente. El atleta moderno no habla. Evita involucrarse. Se cura en salud con mensajes de 140 caracteres. Se adhiere a lo políticamente correcto. Ciertamente no habla en verso.
Y aún el mínimo asomo de humor es raro, así que ver a Guillén, quién habla hasta por los codos, y quien se involucra en política, y hace del Twitter una diversión, además de ser tan políticamente incorrecto como es posible, haciendo chistes con impunidad, puede ser lo más cercanos que estemos de Ali. Nadie debería equivocarse nombrándolo
embajador universal en lo inmediato, no desde su relativamente anónima posición de manager de béisbol. Y aún él recibe crédito por mucho más que eso que el que él mismo se da.
“Soy el Charlie Sheen del béisbol”, dijo Guillén, “sin drogas ni prostitutas”.
Sonrió. Hablaba del doble patrón con él, si el manager de los Cachorros de Chicago Mike Quade y Guillén decían la misma declaración controversial, la reacción contra Guillén sería de diez páginas. Su nombre es un multiplicador de sus palabras. El entiende eso. Pero no se detiene.
Para Guillén y muchos otros en la actualidad, Ali de 69 años, representa mucho de lo que era positivo de los deportes. La mayoría, por supuesto, no entiende el contexto de las palabras duras, los enfrentamientos mediáticos, los alardeos legendarios, como sus
grandes momentos y palabras que proveen una referencia cronológica para los Estados Unidos en los años 60 y 70.
El martes se cumplió el cuadragésimo aniversario de la primera pelea Ali – Frazier. La Pelea del Siglo, que ocurrió justo después de los tres años y medio de cárcel por negarse a enlistarse en el ejército. De todas sus famosas declaraciones, la mejor no es sobre quién es él (“Soy el más grande”) o sobre lo que puede hacer (“Flotar como una
mariposa y picar como una abeja”), sino la que explica porque se negó a ir a la guerra. “No tengo ningún enfrentamiento con el Viet Cong”.
Detrás de los matices políticos y el desorden gramatical sus declaraciones eran punzantes y críticas. Así fue siempre Ali: claro, conciso y al grano, como cualquier gran orador. No hablaba entrecortado. Lo hacía tan perfectamente que era imposible de ignorar.
Guillén es igual. Deje atrás el acento, recuerde, el inglés es su segundo idioma, y las groserías cada cinco palabras, y encontrará que sus ideales son similares a los de Ali. No le da la mínima importancia a las autoridades. Se opone verbalmente a Hugo Chávez, el presidente/dictador de su país, Venezuela. Hace lo que hace porque quiere hacerlo, y sus palabras le dan sentido a su ideal de vida.
“He hablado de eso con él”, dijo Kenny Williams el gerente general de los Medias Blancas, un viejo amigo de Ali quién planificó el encuentro. “Hemos conversado sobre eso. Pero no desde la perspectiva del béisbol. Más desde algunas de las cosas que él hace en Venezuela y aquí, que no son apreciadas porque la gente está cegada por las otras cosas”.
Por las otras cosas él se refiere a las peleas de Guillén con Williams. Y sus imprecaciones de Magglio Ordóñez. Y de Buck Showalter. Y de Bobby Jenks. Y del Wrigley Field. Guillén ha hecho cosas muy estúpidas. Llamar marico a Jay Mariotti era innecesario. Por esa razón estaba llamando “gorila” a Joe Frazier, lo cual hizo Ali por casi media década.
Los errores de Ali no definen quién es él, tampoco deberían los de Guillén. Hay suficiente sustancia en su presencia social para balancear sus desplantes. Guillén siempre ha criticado la hipocresía de pagarle relativas migajas a los adolescentes latinoamericanos para firmar con los equipos para luego no ofrecerle un plan de compensación cuando, como es el caso de la gran mayoría, sus carreras se estancan. Esas palabras no son gratas en las oficinas de Major League Baseball. Provocaron llamadas de Bud Selig. Y Guillén las repetirá una y otra vez hasta que ocurra algún cambio porque son las palabras apropiadas, así como nada detuvo a Ali de decir lo que era justo en una época más difícil.
“Antes era peor”, dijo Guillén. “Era una cuestión racial, religiosa. Pienso que ahora es más fácil. Ahora dices, que lo sientes y sigues adelante. Antes, era difícil abrir la boca”.
Que no daría el mundo por sólo un día del viejo Ali, una metralla de aforismos y palabras afiladas. Todo el que ve al Ali de hoy imagina aquella versión. Después que terminó la presentación a los Medias Blancas, Ali fue llevado al medio del clubhouse para las fotografías. La fila crecía a través de la habitación. Casi todos los jugadores y el personal administrativo caminaron hacia Alí y se arrodillaron. Algunos chocaron puños con él. Otros mantuvieron la cara de asombro. Unos pocos sonrieron. Ali era poco más que un apoyo.
Cuando los clic de las cámaras terminaron, Lonnie lo tomó de un brazo, Marilyn del otro brazo y juntos caminaron hacia una Range Rover blanca. Marilyn llevaba una camiseta de los Medias Blancas con el número 40 en la espalda, para conmemorar el aniversario. El letrero decía: CAMPEÓN. Cuando Williams se la entregó, Ali mostró su única vivacidad del día. La mención del nombre de Frazier lo hizo saltar.
Todos sonrieron. Lo sabían: La personalidad, la emoción y especialmente las palabras estaban atrapadas dentro de una celda que se resistía a cooperar.
“Que malo que Ali no pudiera (grosería) hablar”, dijo Guillén. “Hubiera sido maravilloso”.
De vez en cuando, él puede. “Te dará un poco de sabiduría”, dijo Williams, y en esos días especiales cuando su cuerpo muestra la fuerza suficiente para decir unas pocas palabras, los que están cerca de él no tienen que soñar sobre como era Ali. Lo experimentan.
Ali se deslizó en el asiento de los pasajeros de la Range Rover. Agarró una taza y empezó a sorber. Marilyn pasó una servilleta bajo su barbilla y sobre el tope de su camisa. El carro arrancó. Dentro del clubhouse, mientras los Medias Blancas se alistaban para un juego de entrenamiento, Guillén iba de locker en locker. Hablaba en español. Hablaba en inglés.
¿El Charlie Sheen del béisbol? Por favor. Es el Muhammad Ali del béisbol, la voz que deberíamos salvar mientras aún esté allí.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
Glendale Ariz. Su boca se abrió este martes 08 de marzo. Por mucho tiempo, emitió las cosas más gloriosas. Si acaso habrá 5 personas en la historia que puedan aguantar el ritmo verbal palabra a palabra de Ali. Hablaba cantando. Ali sin voz es como B.B. King sin Lucille.
Ali pasó este martes 08 de marzo en el clubhouse de los Medias Blancas de Chicago. Estuvo ahí con Athletes For Hope, una organización que pide a los peloteros que encuentren una causa y donen tiempo y dinero. Su esposa, Lonnie, y su cuñada Marilyn Williams lo ayudaron con la silla de ruedas. Su peso lo encorvaba. Una expresión de vacío congelaba su rostro. El Mal de Parkinson es implacable.
Mirar su boca abierta era cruel, porque no lo hacía para hablar, para bendecir el lugar con críticas. Lo hacía porque Ali no lo podia controlar. Cuando Lonnie notó su mandíbula caida, la empujó hacia arriba.
Parado al otro lado de Ali estaba Ozzie Guillén, el manager de los Medias Blancas, y gústele o no, su heredero en oratoria. ¿Blasfemia? Difícilmente. El atleta moderno no habla. Evita involucrarse. Se cura en salud con mensajes de 140 caracteres. Se adhiere a lo políticamente correcto. Ciertamente no habla en verso.
Y aún el mínimo asomo de humor es raro, así que ver a Guillén, quién habla hasta por los codos, y quien se involucra en política, y hace del Twitter una diversión, además de ser tan políticamente incorrecto como es posible, haciendo chistes con impunidad, puede ser lo más cercanos que estemos de Ali. Nadie debería equivocarse nombrándolo
embajador universal en lo inmediato, no desde su relativamente anónima posición de manager de béisbol. Y aún él recibe crédito por mucho más que eso que el que él mismo se da.
“Soy el Charlie Sheen del béisbol”, dijo Guillén, “sin drogas ni prostitutas”.
Sonrió. Hablaba del doble patrón con él, si el manager de los Cachorros de Chicago Mike Quade y Guillén decían la misma declaración controversial, la reacción contra Guillén sería de diez páginas. Su nombre es un multiplicador de sus palabras. El entiende eso. Pero no se detiene.
Para Guillén y muchos otros en la actualidad, Ali de 69 años, representa mucho de lo que era positivo de los deportes. La mayoría, por supuesto, no entiende el contexto de las palabras duras, los enfrentamientos mediáticos, los alardeos legendarios, como sus
grandes momentos y palabras que proveen una referencia cronológica para los Estados Unidos en los años 60 y 70.
El martes se cumplió el cuadragésimo aniversario de la primera pelea Ali – Frazier. La Pelea del Siglo, que ocurrió justo después de los tres años y medio de cárcel por negarse a enlistarse en el ejército. De todas sus famosas declaraciones, la mejor no es sobre quién es él (“Soy el más grande”) o sobre lo que puede hacer (“Flotar como una
mariposa y picar como una abeja”), sino la que explica porque se negó a ir a la guerra. “No tengo ningún enfrentamiento con el Viet Cong”.
Detrás de los matices políticos y el desorden gramatical sus declaraciones eran punzantes y críticas. Así fue siempre Ali: claro, conciso y al grano, como cualquier gran orador. No hablaba entrecortado. Lo hacía tan perfectamente que era imposible de ignorar.
Guillén es igual. Deje atrás el acento, recuerde, el inglés es su segundo idioma, y las groserías cada cinco palabras, y encontrará que sus ideales son similares a los de Ali. No le da la mínima importancia a las autoridades. Se opone verbalmente a Hugo Chávez, el presidente/dictador de su país, Venezuela. Hace lo que hace porque quiere hacerlo, y sus palabras le dan sentido a su ideal de vida.
“He hablado de eso con él”, dijo Kenny Williams el gerente general de los Medias Blancas, un viejo amigo de Ali quién planificó el encuentro. “Hemos conversado sobre eso. Pero no desde la perspectiva del béisbol. Más desde algunas de las cosas que él hace en Venezuela y aquí, que no son apreciadas porque la gente está cegada por las otras cosas”.
Por las otras cosas él se refiere a las peleas de Guillén con Williams. Y sus imprecaciones de Magglio Ordóñez. Y de Buck Showalter. Y de Bobby Jenks. Y del Wrigley Field. Guillén ha hecho cosas muy estúpidas. Llamar marico a Jay Mariotti era innecesario. Por esa razón estaba llamando “gorila” a Joe Frazier, lo cual hizo Ali por casi media década.
Los errores de Ali no definen quién es él, tampoco deberían los de Guillén. Hay suficiente sustancia en su presencia social para balancear sus desplantes. Guillén siempre ha criticado la hipocresía de pagarle relativas migajas a los adolescentes latinoamericanos para firmar con los equipos para luego no ofrecerle un plan de compensación cuando, como es el caso de la gran mayoría, sus carreras se estancan. Esas palabras no son gratas en las oficinas de Major League Baseball. Provocaron llamadas de Bud Selig. Y Guillén las repetirá una y otra vez hasta que ocurra algún cambio porque son las palabras apropiadas, así como nada detuvo a Ali de decir lo que era justo en una época más difícil.
“Antes era peor”, dijo Guillén. “Era una cuestión racial, religiosa. Pienso que ahora es más fácil. Ahora dices, que lo sientes y sigues adelante. Antes, era difícil abrir la boca”.
Que no daría el mundo por sólo un día del viejo Ali, una metralla de aforismos y palabras afiladas. Todo el que ve al Ali de hoy imagina aquella versión. Después que terminó la presentación a los Medias Blancas, Ali fue llevado al medio del clubhouse para las fotografías. La fila crecía a través de la habitación. Casi todos los jugadores y el personal administrativo caminaron hacia Alí y se arrodillaron. Algunos chocaron puños con él. Otros mantuvieron la cara de asombro. Unos pocos sonrieron. Ali era poco más que un apoyo.
Cuando los clic de las cámaras terminaron, Lonnie lo tomó de un brazo, Marilyn del otro brazo y juntos caminaron hacia una Range Rover blanca. Marilyn llevaba una camiseta de los Medias Blancas con el número 40 en la espalda, para conmemorar el aniversario. El letrero decía: CAMPEÓN. Cuando Williams se la entregó, Ali mostró su única vivacidad del día. La mención del nombre de Frazier lo hizo saltar.
Todos sonrieron. Lo sabían: La personalidad, la emoción y especialmente las palabras estaban atrapadas dentro de una celda que se resistía a cooperar.
“Que malo que Ali no pudiera (grosería) hablar”, dijo Guillén. “Hubiera sido maravilloso”.
De vez en cuando, él puede. “Te dará un poco de sabiduría”, dijo Williams, y en esos días especiales cuando su cuerpo muestra la fuerza suficiente para decir unas pocas palabras, los que están cerca de él no tienen que soñar sobre como era Ali. Lo experimentan.
Ali se deslizó en el asiento de los pasajeros de la Range Rover. Agarró una taza y empezó a sorber. Marilyn pasó una servilleta bajo su barbilla y sobre el tope de su camisa. El carro arrancó. Dentro del clubhouse, mientras los Medias Blancas se alistaban para un juego de entrenamiento, Guillén iba de locker en locker. Hablaba en español. Hablaba en inglés.
¿El Charlie Sheen del béisbol? Por favor. Es el Muhammad Ali del béisbol, la voz que deberíamos salvar mientras aún esté allí.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
viernes, 11 de marzo de 2011
El ascenso de J.P. Arencibia fue aprobado por mamá
Tim Brown. Yahoo Sports. 08 Marzo 2011
Dunedin. Fla. La voz de Irene Arencibia era tensa, su tono sospechoso. “¿Cómo sé que eres quién dices ser?”, demandó ella. Un extraño había llamado a su teléfono, le preguntaba algo sobre su hijo J.P., el próximo gran pelotero de los Azulejos de Toronto, un receptor a quién le darán la oportunidad de ser titular. “Soy muy protectora con mi hijo”, dijo ella de una vez firme y decidida. “Espero que me entienda”. Se excusó desde el teléfono, colgó, llamó a su hijo, a quién alternativamente llama J.P. o Jonathan (su segundo nombre es Paul), interrumpió su día de pesca, confirmó que le había dado el
número de ella a un reportero, le dijo que lo quería mucho, colgó, y volvió a la llamada original.
”No sé en quién puedo confiar”, dijo ella. “Espero que me comprenda”. Ella crió a J.P. y su hermana mayor, tambien llamada Irene, principalmente sola desde que el muchacho tenía 8 años, lo llevaba por todo Miami, por todo Florida y más allá, en busca de su ambición. Había dejado atrás los juguetes de los niños normales antes del kindergarten, dijo ella, por un bate y una pelota, cuando era más grande que los demás. También jugaba baloncesto y fútbol Americano, y aunque le gustaban esos deportes, Irene sabía que su J.P. era un beisbolista, un catcher, por simple intuición materna. “Estaba nerviosa hasta los huesos cada vez que estaba en el campo de fútbol americano”, dijo ella. “El entrenador de béisbol y yo nos sentábamos juntos y temblábamos”.
Vivían en un vecindario del Suroeste de Miami llamado Westwood Lakes, en una casa que daba por la parte trasera hacia el hogar de los padres de Irene, quienes habían emigrado de Cuba cuando su hija tenía sólo 2 años. J,P asistió a Westminster Christian, la secundaria que produjo a Alex Rodríguez y Doug Mientkiewicz. En los días especiales regresaba de la práctica a comer el pollo horneado de la abuela Julia,
su favorito.
Jugó para el altamente reconocido equipo Florida Bombers para jugadores de 18 o menos años. Allí coincidió con Gaby Sánchez, Yonder Alonso, Jon Jay. Se alistó en Tennessee junto a Chase Headley, Luke Hochevar y Julio Borbón. Jugó dos veranos con el equipo nacional de Estados Unidos, en 2006 ganó la medalla de oro y el premio al Jugador Más Valioso en el Campeonato Mundial Universitario de La Habana. Los
Azulejos lo seleccionaron en la primera ronda del Draft de 2007, 20 escogencias detrás de David Price, su compañero de equipo el verano anterior en Cuba.
La madre de Arencibia mantuvo una posición de alta gerencia en el ramo de la salud por más de dos décadas, luego se cambió al negocio de bienes raíces cuando los cazatalentos de béisbol empezaron a superar en número a los aficionados en los juegos de J.P. El nuevo trabajo le dio más tiempo libre y flexibilidad financiera, y cuando J.P viajaba, ella a menudo también lo hacía.
“Imagínese”, dijo ella, “vivir con ellos sus sueños más deseados. Mientras Jonathan crecía, daba miedo ver a un niño crecer con la pasión por algo específico, como la que tenía Jonathan. Siempre estaba encaminado y siempre sabía que hacer. Como padre, te sientas y rezas porque nada interfiera con alcanzar esa pasión.. Cualquier cosa puede
pasar, pero él no tenía miedo”.
Sumergido en sudor luego de seis innings detrás del plato contra los Filis de Filadelfia, y todavía con trabajo pendiente nueve horas despues de llegar al viejo estadio de Douglas y Beltrees en Dunedin, J.P. está a pocas semanas de un trabajo estable que su mama llama casualmente “Las Grandes”.
“Ella es una gran parte de mi vida”, dice él. “Ella hacía todo lo que podia para mantenerme jugando beisbol. Algunas veces también era duro, porque siempre quería que las cosas se hicieran bien y yo siempre fui duro conmigo. Quiero ser tan perfecto como sea posible. Y eso es un proceso”:
”Un día particular a principios de agosto pasado, J.P. la llamó. Era un jueves. “Mamá”, dijo él. “Me llamaron de las Grandes Ligas. Me voy mañana”. “Oh, Dios mío”, ella gritó. “Cuéntame, ¿cuando vas a jugar?”
“No sé”.
Horas después, el teléfono de ella sonó otra vez. Él estaba en Toronto.
“Te compré los pasajes aereos. Quiero que vengas”.
Él comenzaría el juego del sábado ante los Rayas de Tampa Bay. Batearía de noveno y recibiría al zurdo de los Azulejos Brad Mills. Ella se alojaría en el hotel de Rogers Centre, y se sentaría en la sección para familiares detrás del home plate, donde prefieren las mamás de los catchers.
Mientras se acercaba el turno de J.P., ella rezaba, pedía protección para él, que se sintiera fuerte, y tal vez para que diera un hit. Pensaba en su madre, quién había fallecido mientras J.P. estaba en Tennessee, y sonrió consigo cuando notó una bandera colgando de una de las ventanas del hotel, una gran T naranja. Tomó una foto de ella. J.P. fue a batear en el segundo inning. Al primer lanzamiento de James Shields, la sacó por el jardín izquierdo. En su próximo turno descargó un doble. La próxima vez bateó un sencillo. Y después largó otro jonrón. “Me imaginaba a mamá en el cielo muy emocionada”, dijo Irene. Hubo llamados del público para que J.P. saliera del dugout, y rugidos que ella nunca había oído. Cuando terminó el juego él se quitó la camiseta y llamó a su madre para que bajara al campo donde se abrazaron.
“Lo hiciste”, le susurró ella. “lo hiciste, tu abuela te está bendiciendo desde el cielo”.
En el clubhouse, sus compañeros invitaron a J.P para una noche de celebración. “No gracias”, dijo él. “Quiero salir con mi mamá”.
Fueron a un restaurant de carnes donde los televisores de las paredes estaban obsesionados con el debut del catcher novato. El receptor miraba alrededor, tratando de no impresionarse.
“Estaba en la novena nube”, dijo ella. “Todos los momentos difíciles, los sacrificios que hicimos, Dios me ha recompensado”.
J.P. Arencibia cumplió 25 años en enero, menos de dos meses después el catcher veterano John Buck dejó a los Azulejos para firmar con los Marlins de Florida. El puesto era de Arencibia, después de cuatro temporadas de ligas menores, las últimas dos en Triple A, y a pesar del hecho de que bateó de 30-1 con Toronto luego del debut memorable.
Bateó 53 jonrones en dos temporadas en Las Vegas, y bateó .301 en 2010, cuando fue el Jugador Más Valioso de la Liga de la Costa del Pacífico. Los scouts lo catalogaron como una fuerza ofensiva que necesitaría mejorar la defensiva, por eso Arencibia está obsesionado con liderar el cuerpo de lanzadores de los Azulejos que en un año perdió por la vía de los cambios a Roy Halladay y a Shaun Marcum, por lo cual será joven y vulnerable en el zumbido de sierras que es la División Este de la Liga Americana.
“Este es su momento”, dijo John Farrell, el nuevo manager de los Azulejos. Seguro que lo es. Con el veterano reservista José Molina como su mentor, Farrell como su conciencia y el coach de banca Don Wakamatsu como su guía, Arencibia tiene un cuerpo de lanzadores que aprender, una temporada que jugar, una carrera que ganar.
“Definitivamente estoy listo”, dijo él. “he estado listo”.
Su mama también está lista. Tiene sus boletos para el día inaugural, primero de abril en Toronto, los Azulejos contra los Mellizos de Minnesota.
Estará sentada detrás del catcher.
“Le rezo a mamá”, dijo ella, “que lo guíe para que nunca cambie”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
Dunedin. Fla. La voz de Irene Arencibia era tensa, su tono sospechoso. “¿Cómo sé que eres quién dices ser?”, demandó ella. Un extraño había llamado a su teléfono, le preguntaba algo sobre su hijo J.P., el próximo gran pelotero de los Azulejos de Toronto, un receptor a quién le darán la oportunidad de ser titular. “Soy muy protectora con mi hijo”, dijo ella de una vez firme y decidida. “Espero que me entienda”. Se excusó desde el teléfono, colgó, llamó a su hijo, a quién alternativamente llama J.P. o Jonathan (su segundo nombre es Paul), interrumpió su día de pesca, confirmó que le había dado el
número de ella a un reportero, le dijo que lo quería mucho, colgó, y volvió a la llamada original.
”No sé en quién puedo confiar”, dijo ella. “Espero que me comprenda”. Ella crió a J.P. y su hermana mayor, tambien llamada Irene, principalmente sola desde que el muchacho tenía 8 años, lo llevaba por todo Miami, por todo Florida y más allá, en busca de su ambición. Había dejado atrás los juguetes de los niños normales antes del kindergarten, dijo ella, por un bate y una pelota, cuando era más grande que los demás. También jugaba baloncesto y fútbol Americano, y aunque le gustaban esos deportes, Irene sabía que su J.P. era un beisbolista, un catcher, por simple intuición materna. “Estaba nerviosa hasta los huesos cada vez que estaba en el campo de fútbol americano”, dijo ella. “El entrenador de béisbol y yo nos sentábamos juntos y temblábamos”.
Vivían en un vecindario del Suroeste de Miami llamado Westwood Lakes, en una casa que daba por la parte trasera hacia el hogar de los padres de Irene, quienes habían emigrado de Cuba cuando su hija tenía sólo 2 años. J,P asistió a Westminster Christian, la secundaria que produjo a Alex Rodríguez y Doug Mientkiewicz. En los días especiales regresaba de la práctica a comer el pollo horneado de la abuela Julia,
su favorito.
Jugó para el altamente reconocido equipo Florida Bombers para jugadores de 18 o menos años. Allí coincidió con Gaby Sánchez, Yonder Alonso, Jon Jay. Se alistó en Tennessee junto a Chase Headley, Luke Hochevar y Julio Borbón. Jugó dos veranos con el equipo nacional de Estados Unidos, en 2006 ganó la medalla de oro y el premio al Jugador Más Valioso en el Campeonato Mundial Universitario de La Habana. Los
Azulejos lo seleccionaron en la primera ronda del Draft de 2007, 20 escogencias detrás de David Price, su compañero de equipo el verano anterior en Cuba.
La madre de Arencibia mantuvo una posición de alta gerencia en el ramo de la salud por más de dos décadas, luego se cambió al negocio de bienes raíces cuando los cazatalentos de béisbol empezaron a superar en número a los aficionados en los juegos de J.P. El nuevo trabajo le dio más tiempo libre y flexibilidad financiera, y cuando J.P viajaba, ella a menudo también lo hacía.
“Imagínese”, dijo ella, “vivir con ellos sus sueños más deseados. Mientras Jonathan crecía, daba miedo ver a un niño crecer con la pasión por algo específico, como la que tenía Jonathan. Siempre estaba encaminado y siempre sabía que hacer. Como padre, te sientas y rezas porque nada interfiera con alcanzar esa pasión.. Cualquier cosa puede
pasar, pero él no tenía miedo”.
Sumergido en sudor luego de seis innings detrás del plato contra los Filis de Filadelfia, y todavía con trabajo pendiente nueve horas despues de llegar al viejo estadio de Douglas y Beltrees en Dunedin, J.P. está a pocas semanas de un trabajo estable que su mama llama casualmente “Las Grandes”.
“Ella es una gran parte de mi vida”, dice él. “Ella hacía todo lo que podia para mantenerme jugando beisbol. Algunas veces también era duro, porque siempre quería que las cosas se hicieran bien y yo siempre fui duro conmigo. Quiero ser tan perfecto como sea posible. Y eso es un proceso”:
”Un día particular a principios de agosto pasado, J.P. la llamó. Era un jueves. “Mamá”, dijo él. “Me llamaron de las Grandes Ligas. Me voy mañana”. “Oh, Dios mío”, ella gritó. “Cuéntame, ¿cuando vas a jugar?”
“No sé”.
Horas después, el teléfono de ella sonó otra vez. Él estaba en Toronto.
“Te compré los pasajes aereos. Quiero que vengas”.
Él comenzaría el juego del sábado ante los Rayas de Tampa Bay. Batearía de noveno y recibiría al zurdo de los Azulejos Brad Mills. Ella se alojaría en el hotel de Rogers Centre, y se sentaría en la sección para familiares detrás del home plate, donde prefieren las mamás de los catchers.
Mientras se acercaba el turno de J.P., ella rezaba, pedía protección para él, que se sintiera fuerte, y tal vez para que diera un hit. Pensaba en su madre, quién había fallecido mientras J.P. estaba en Tennessee, y sonrió consigo cuando notó una bandera colgando de una de las ventanas del hotel, una gran T naranja. Tomó una foto de ella. J.P. fue a batear en el segundo inning. Al primer lanzamiento de James Shields, la sacó por el jardín izquierdo. En su próximo turno descargó un doble. La próxima vez bateó un sencillo. Y después largó otro jonrón. “Me imaginaba a mamá en el cielo muy emocionada”, dijo Irene. Hubo llamados del público para que J.P. saliera del dugout, y rugidos que ella nunca había oído. Cuando terminó el juego él se quitó la camiseta y llamó a su madre para que bajara al campo donde se abrazaron.
“Lo hiciste”, le susurró ella. “lo hiciste, tu abuela te está bendiciendo desde el cielo”.
En el clubhouse, sus compañeros invitaron a J.P para una noche de celebración. “No gracias”, dijo él. “Quiero salir con mi mamá”.
Fueron a un restaurant de carnes donde los televisores de las paredes estaban obsesionados con el debut del catcher novato. El receptor miraba alrededor, tratando de no impresionarse.
“Estaba en la novena nube”, dijo ella. “Todos los momentos difíciles, los sacrificios que hicimos, Dios me ha recompensado”.
J.P. Arencibia cumplió 25 años en enero, menos de dos meses después el catcher veterano John Buck dejó a los Azulejos para firmar con los Marlins de Florida. El puesto era de Arencibia, después de cuatro temporadas de ligas menores, las últimas dos en Triple A, y a pesar del hecho de que bateó de 30-1 con Toronto luego del debut memorable.
Bateó 53 jonrones en dos temporadas en Las Vegas, y bateó .301 en 2010, cuando fue el Jugador Más Valioso de la Liga de la Costa del Pacífico. Los scouts lo catalogaron como una fuerza ofensiva que necesitaría mejorar la defensiva, por eso Arencibia está obsesionado con liderar el cuerpo de lanzadores de los Azulejos que en un año perdió por la vía de los cambios a Roy Halladay y a Shaun Marcum, por lo cual será joven y vulnerable en el zumbido de sierras que es la División Este de la Liga Americana.
“Este es su momento”, dijo John Farrell, el nuevo manager de los Azulejos. Seguro que lo es. Con el veterano reservista José Molina como su mentor, Farrell como su conciencia y el coach de banca Don Wakamatsu como su guía, Arencibia tiene un cuerpo de lanzadores que aprender, una temporada que jugar, una carrera que ganar.
“Definitivamente estoy listo”, dijo él. “he estado listo”.
Su mama también está lista. Tiene sus boletos para el día inaugural, primero de abril en Toronto, los Azulejos contra los Mellizos de Minnesota.
Estará sentada detrás del catcher.
“Le rezo a mamá”, dijo ella, “que lo guíe para que nunca cambie”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
miércoles, 9 de marzo de 2011
Clayton Kershaw es tan bueno fuera del diamante como dentro de él
Jeff Passan. Yahoo Sports. 07 Marzo 2011.
Glendale, Ariz. El polizón en el equipaje de Clayton Kershaw era grande, azul y de dos dimensiones. Sin identificación a menos que se quisiera usar la impresa en su parte superior, y seamos honestos: Ni siquiera los padres más crueles llamarían a su hijo Catcher de Lienzo.
A mitad de camino en el globo terráqueo, rodeado de pobreza y enfermedad, tratando de hacer el trabajo del Señor, Kershaw no podía escapar del béisbol. A los 22 años y muy cerca de la cúspide del estrellato, el zurdo de los Dodgers de Los Ángeles se resistió a perder ni una semana de entrenamientos primaverales. Ni podía estar otro año sin acompañar a su esposa, Ellen, en el trabajo de su vida: ayudar a los niños huérfanos de Zambia enfermos de SIDA. Así que ajustó su propósito al de su novia y salieron de viaje con un bolso extra.
El equipaje de Kershaw incluía el Catcher de Lienzo, una lona gruesa pintada con la presencia de un bateador cuyo estilo recuerda al de Cal Ripken. Debajo de su codo y hasta la mitad de la pantorrilla, está una zona de strike ampliada que sirve de blanco a las pelotas lanzadas. Un soldador local hizo el marco, Kershaw fijó el lienzo y el hombre grande y místico de un lugar lejano, muy lejano, empezó a disparar pequeñas píldoras más duro de lo que cualquiera había visto.
El coach de pitcheo de los Dodgers Rick Honeycutt pensó que Kershaw estaba bromeando cuando le dijo que Ellen iba a llevar su guante. Pero ella lo llevó, y también lo hicieron otros amigos de la misión Arise Africa, entre ayudar a construir una escuela y jugar con los niños locales, Kershaw mantuvo su brazo bastante suelto.
“Estaba bien preparado allá”, dijo Kershaw, y ensayó una sonrisa irónica. Aún es suficientemente joven para resistirse a ponerse en forma en poco tiempo, no importa cuan naturales sean sus condiciones. Y cuando combina esto con una ética de trabajo que su veterano catcher, Rod Barajas, llama “La mejor que haya visto en alguien tan joven”, eso debe hacer de Kershaw un candidato al Cy Young este año y los que siguen.
Después que Kershaw afinó su control a mediados de junio pasado, pasó de ser un as potencial a uno indiscutido. Kershaw agregó un slider hace dos años, lo mejoró el año pasado y se regaló otra arma para acompañar su recta. La habilidad para lanzar dos pitcheos en strike permitió a Kershaw reubicar su segundo envío previo, una curva que nada más que Vin Scully llamó Enemigo Público Nº 1 por la ferocidad y la malicia de su sinuosidad, como una oferta al margen.
Los mismos bateadores que se sentaban a esperar las rectas del Kershaw de 20 años ahora no pueden hacerlo, él generó tantas miradas atontadas como cualquier pitcher de la Liga Nacional.
“No me justa proyectar”, dijo Honeycutt. “Pero él espera ser un pitcher completo. Otras personas se sienten satisfechas. Él cada día espera salir y mejorar, eso es lo grande de trabajar con él. Puede ser el mejor”.
Aunque solo es el comienzo de los entrenamientos primaverales, la forma como Kershaw dominó a Cincinnati en su apertura del sábado, mostró sus capacidades. En cuatro innings en blanco ponchó tres. Dos de ellos ante el actual Jugador más Valioso Joey Votto, el primero con un slider y el segundo con una curva. El tercero fue ante Brandon Phillips quién abanicó un cambio.
“Cuando eso cuente para la temporada”, dijo Kershaw, “Estaré más excitado”.
En 24 días contará. El manager de los Dodgers Don Mattingly ya designó a Kershaw su lanzador del juego inaugural. Con el actual campeón San Francisco visitando el Dodger Stadium, esto provee no sólo, con el debido respeto a CC Sabathia y Justin Verlander, el enfrentamiento más intrigante del día sino el más disputado. Hasta entonces, Kershaw, como dijo Barajas, “siempre tiene una pelota en su mano, siempre ha tenido las botas puestas, siempre está ejercitándose a toda velocidad. Y cuando está en su juego y tiene sus cuatro envíos funcionando, es tan bueno como cualquiera en el juego”. Viniendo de un catcher que recibió regularmente a Roy Halladay, Randy Johnson y Curt Schilling, no es un elogio simple.
Aún más impresionante, fue la expresión de Kershaw cuando Barajas llegó a través de un cambio el año pasado. Su educación, su conciencia, “él ayuda a construir escuelas en África”, dijo Barajas, y necesitaba decir más. “Kershaw dictó una clínica en el área de Dallas, donde creció, para recaudar dinero para Arise Africa, antes del viaje, luego pasó dos día para viajar de ahí a Lusaka, la capital de Zambia.
“Tratamos de darle algo de amor a los niños”, dijo Kershaw. “La mayoría de ellos son huérfanos. Muchos de la generación intermedia, entre los niños y los abuelos, han sido contagiados con SIDA. Ellen se sintió llamada a ir, y lo hizo, yo quería ver lo que ella había estado hablando todos estos años”.
Él irá otra vez, y quizás la próxima vez deberá dejar el Catcher de Lienzo en casa. Kershaw hace todo lo que puede para balancear su vida, el trabajo, la familia y los amigos, su fé se dispersa entre todos. Es una batalla para cada beisbolista, el camino que Kershaw transita necesita sacrificio todo el tiempo.
Después que él y Ellen se casaron este invierno, viajaron a México para su luna de miel. Duró cuatro días. Kershaw debía regresar a casa. Tienen muchos años por delante para ayudar al mundo. El béisbol no podía esperar.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
Glendale, Ariz. El polizón en el equipaje de Clayton Kershaw era grande, azul y de dos dimensiones. Sin identificación a menos que se quisiera usar la impresa en su parte superior, y seamos honestos: Ni siquiera los padres más crueles llamarían a su hijo Catcher de Lienzo.
A mitad de camino en el globo terráqueo, rodeado de pobreza y enfermedad, tratando de hacer el trabajo del Señor, Kershaw no podía escapar del béisbol. A los 22 años y muy cerca de la cúspide del estrellato, el zurdo de los Dodgers de Los Ángeles se resistió a perder ni una semana de entrenamientos primaverales. Ni podía estar otro año sin acompañar a su esposa, Ellen, en el trabajo de su vida: ayudar a los niños huérfanos de Zambia enfermos de SIDA. Así que ajustó su propósito al de su novia y salieron de viaje con un bolso extra.
El equipaje de Kershaw incluía el Catcher de Lienzo, una lona gruesa pintada con la presencia de un bateador cuyo estilo recuerda al de Cal Ripken. Debajo de su codo y hasta la mitad de la pantorrilla, está una zona de strike ampliada que sirve de blanco a las pelotas lanzadas. Un soldador local hizo el marco, Kershaw fijó el lienzo y el hombre grande y místico de un lugar lejano, muy lejano, empezó a disparar pequeñas píldoras más duro de lo que cualquiera había visto.
El coach de pitcheo de los Dodgers Rick Honeycutt pensó que Kershaw estaba bromeando cuando le dijo que Ellen iba a llevar su guante. Pero ella lo llevó, y también lo hicieron otros amigos de la misión Arise Africa, entre ayudar a construir una escuela y jugar con los niños locales, Kershaw mantuvo su brazo bastante suelto.
“Estaba bien preparado allá”, dijo Kershaw, y ensayó una sonrisa irónica. Aún es suficientemente joven para resistirse a ponerse en forma en poco tiempo, no importa cuan naturales sean sus condiciones. Y cuando combina esto con una ética de trabajo que su veterano catcher, Rod Barajas, llama “La mejor que haya visto en alguien tan joven”, eso debe hacer de Kershaw un candidato al Cy Young este año y los que siguen.
Después que Kershaw afinó su control a mediados de junio pasado, pasó de ser un as potencial a uno indiscutido. Kershaw agregó un slider hace dos años, lo mejoró el año pasado y se regaló otra arma para acompañar su recta. La habilidad para lanzar dos pitcheos en strike permitió a Kershaw reubicar su segundo envío previo, una curva que nada más que Vin Scully llamó Enemigo Público Nº 1 por la ferocidad y la malicia de su sinuosidad, como una oferta al margen.
Los mismos bateadores que se sentaban a esperar las rectas del Kershaw de 20 años ahora no pueden hacerlo, él generó tantas miradas atontadas como cualquier pitcher de la Liga Nacional.
“No me justa proyectar”, dijo Honeycutt. “Pero él espera ser un pitcher completo. Otras personas se sienten satisfechas. Él cada día espera salir y mejorar, eso es lo grande de trabajar con él. Puede ser el mejor”.
Aunque solo es el comienzo de los entrenamientos primaverales, la forma como Kershaw dominó a Cincinnati en su apertura del sábado, mostró sus capacidades. En cuatro innings en blanco ponchó tres. Dos de ellos ante el actual Jugador más Valioso Joey Votto, el primero con un slider y el segundo con una curva. El tercero fue ante Brandon Phillips quién abanicó un cambio.
“Cuando eso cuente para la temporada”, dijo Kershaw, “Estaré más excitado”.
En 24 días contará. El manager de los Dodgers Don Mattingly ya designó a Kershaw su lanzador del juego inaugural. Con el actual campeón San Francisco visitando el Dodger Stadium, esto provee no sólo, con el debido respeto a CC Sabathia y Justin Verlander, el enfrentamiento más intrigante del día sino el más disputado. Hasta entonces, Kershaw, como dijo Barajas, “siempre tiene una pelota en su mano, siempre ha tenido las botas puestas, siempre está ejercitándose a toda velocidad. Y cuando está en su juego y tiene sus cuatro envíos funcionando, es tan bueno como cualquiera en el juego”. Viniendo de un catcher que recibió regularmente a Roy Halladay, Randy Johnson y Curt Schilling, no es un elogio simple.
Aún más impresionante, fue la expresión de Kershaw cuando Barajas llegó a través de un cambio el año pasado. Su educación, su conciencia, “él ayuda a construir escuelas en África”, dijo Barajas, y necesitaba decir más. “Kershaw dictó una clínica en el área de Dallas, donde creció, para recaudar dinero para Arise Africa, antes del viaje, luego pasó dos día para viajar de ahí a Lusaka, la capital de Zambia.
“Tratamos de darle algo de amor a los niños”, dijo Kershaw. “La mayoría de ellos son huérfanos. Muchos de la generación intermedia, entre los niños y los abuelos, han sido contagiados con SIDA. Ellen se sintió llamada a ir, y lo hizo, yo quería ver lo que ella había estado hablando todos estos años”.
Él irá otra vez, y quizás la próxima vez deberá dejar el Catcher de Lienzo en casa. Kershaw hace todo lo que puede para balancear su vida, el trabajo, la familia y los amigos, su fé se dispersa entre todos. Es una batalla para cada beisbolista, el camino que Kershaw transita necesita sacrificio todo el tiempo.
Después que él y Ellen se casaron este invierno, viajaron a México para su luna de miel. Duró cuatro días. Kershaw debía regresar a casa. Tienen muchos años por delante para ayudar al mundo. El béisbol no podía esperar.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
martes, 8 de marzo de 2011
El Factor Humano aparece entre Medias Rojas y Yanquis
La rivalidad queda a un lado para que los Yanquis ayuden al coach de primera base Ron Johnson y familia
Joe McDonald.
ESPNBoston.com
Fort Myers, Fla. La añeja rivalidad entre los Medias Rojas de Boston y los Yanquis de Nueva York es una de las mejores de todos los deportes.
Siempre hay algo de que hablar cuando se enfrentan estos dos equipos, y siempre será así. Sobre el campo, han ocurrido batallas épicas, derrotas aplastantes, victorias gloriosas, colapsos históricos y peleas que han vaciado los dugouts.
Sin embargo fuera del campo, los jugadores y el personal de ambos clubes se respetan mutuamente. Creanlo o no, también hay mucho amor compartido entre los competidores.
Ese afecto se hizo evidente para el coach de primera base de los Medias Rojas y su familia el pasado septiembre.
Bridget, la hija de Johnson, perdió su pierna izquierda y casi la vida el 01 de agosto de 2010. En ese momento tenía 10 años. Bridget y su hermana mayor, Cheyanne, montaban sus caballos cerca de la granja de 15 acres de la familia en Morrison, Tenn., cuando Briget y su caballo, Rhonda, fueron embestidos por un automóvil.
Jonson estaba en Boston con los Medias Rojas e inmediatamente hizo los arreglos para ir a casa y encontrarse con su familia en el Vanderbilt Children's Hospital de Nashville. Durante los 34 días que pasó en el hospital, Bridget tuvo más de media docena de operaciones antes de regresar a casa el 04 de septiembre. Había perdido su pierna de la rodilla hacia abajo.
Johnson nunca se apartó del lado de su hija
Cuando la familia llegó a casa, había cartas, paquetes y regalos de todas partes. Mientras Johnson los revisaba, un paquete en particular llamó su atención.
“Durante ese tiempo todo era muy nublado”, dijo Johnson recientemente. “Llegamos a casa después que Bridget salió del hospital y llegó este paquete de los Yanquis. Yo me decía: ‘¿Qué carajo es esto?’”
Johnson abrió el paquete y vio que era del coach de bateo de los Yanquis Kevin Long.
Long y Johnson han sido amigos desde que “RJ” fuera el manager de Long en el Wichita AA (Reales de Kansas City) en 1995. Un temporada después, la carrera de Long había terminado y el empezó a dirigir con la ayuda de Johnson.
Ahora ambos son coaches en las Grandes Ligas y se mantienen en contacto.
Cuando los Yanquis recibieron a los Medias Rojas en Yankee Stadium en las semanas siguientes al accidente, Long se percató de que Johnson no estaba, entonces le preguntó al asistente de personal de los Medias Rojas Ron Leary que había pasado. Cuando Long supo lo que había ocurrido a Bridget, decidió ayudar.
Long llamó a una reunión con los Yanquis y explicó la situación. Los jugadores decidieron pasar el sombrero y recaudaron dinero para la familia Johnson.
“Busqué a los muchachos, tuvimos una reunión, hablamos de eso”, le dijo Long al periodista d los Yanquis Dan Barbarisi de The Wall Street Journal. “Los muchachos fueron muy solidarios y dieron el dinero que recogimos”.
Cuando Johnson abrió el paquete, había una carta de Long.
La nota decía: “Nunca olvidé lo que hiciste por mí. Se que estás pasando momentos difíciles, espero que esto ayude”. Los Yanquis Mariano Rivera, A.J Burnett y Jorge Posada, entre muchos otros, hicieron contribuciones.
Los jugadores de los Medias Rojas habían hecho lo mismo por Johnson, y se dice que el regalo de los Yanquis fue casi igual a la cantidad que los Medias Rojas recogieron.
“Fue increíble”, dijo Johnson. Se lo mostré a mi esposa Daphne y empezó a llorar”
Johnson llamó inmediatamente a Long para agradecerle por el generoso regalo. Durante su conversación telefónica, Long le dijo a Johnson que usara el dinero en lo que fuese necesario.
“El estaba muy agradecido y dijo que no tenía como retribuir lo suficiente”, dijo Long. “Somos grandes amigos. Desafortunadamente, no nos vemos tan a menudo como quisiéramos y tampoco lo hacen nuestras familias”.
Cuando los Yanquis reciban a los Medias Rojas este viernes en la noche en el Legends Field de Tampa, Johnson agradecerá a Long y a los jugadores de losYanquis en persona.
“Le dije a Theo (Epstein), “Cuando juguemos con los Yanquis y me veas agradeciéndole a ciertos tipos, no pienses que me vendí…”, dijo Johnson.
Mientras las organizaciones son rivales, lo que hicieron los Yanquis demuestra el elemento humano del juego.
“El apoyo que he tenido de la organización de los Medias Rojas es increíble
Existe la posibilidad de que Bridget Jonson lance la primera pelota el 08 de abril cuando los Medias Rojas reciban a los Yanquis en Fenway Park
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
Joe McDonald.
ESPNBoston.com
Fort Myers, Fla. La añeja rivalidad entre los Medias Rojas de Boston y los Yanquis de Nueva York es una de las mejores de todos los deportes.
Siempre hay algo de que hablar cuando se enfrentan estos dos equipos, y siempre será así. Sobre el campo, han ocurrido batallas épicas, derrotas aplastantes, victorias gloriosas, colapsos históricos y peleas que han vaciado los dugouts.
Sin embargo fuera del campo, los jugadores y el personal de ambos clubes se respetan mutuamente. Creanlo o no, también hay mucho amor compartido entre los competidores.
Ese afecto se hizo evidente para el coach de primera base de los Medias Rojas y su familia el pasado septiembre.
Bridget, la hija de Johnson, perdió su pierna izquierda y casi la vida el 01 de agosto de 2010. En ese momento tenía 10 años. Bridget y su hermana mayor, Cheyanne, montaban sus caballos cerca de la granja de 15 acres de la familia en Morrison, Tenn., cuando Briget y su caballo, Rhonda, fueron embestidos por un automóvil.
Jonson estaba en Boston con los Medias Rojas e inmediatamente hizo los arreglos para ir a casa y encontrarse con su familia en el Vanderbilt Children's Hospital de Nashville. Durante los 34 días que pasó en el hospital, Bridget tuvo más de media docena de operaciones antes de regresar a casa el 04 de septiembre. Había perdido su pierna de la rodilla hacia abajo.
Johnson nunca se apartó del lado de su hija
Cuando la familia llegó a casa, había cartas, paquetes y regalos de todas partes. Mientras Johnson los revisaba, un paquete en particular llamó su atención.
“Durante ese tiempo todo era muy nublado”, dijo Johnson recientemente. “Llegamos a casa después que Bridget salió del hospital y llegó este paquete de los Yanquis. Yo me decía: ‘¿Qué carajo es esto?’”
Johnson abrió el paquete y vio que era del coach de bateo de los Yanquis Kevin Long.
Long y Johnson han sido amigos desde que “RJ” fuera el manager de Long en el Wichita AA (Reales de Kansas City) en 1995. Un temporada después, la carrera de Long había terminado y el empezó a dirigir con la ayuda de Johnson.
Ahora ambos son coaches en las Grandes Ligas y se mantienen en contacto.
Cuando los Yanquis recibieron a los Medias Rojas en Yankee Stadium en las semanas siguientes al accidente, Long se percató de que Johnson no estaba, entonces le preguntó al asistente de personal de los Medias Rojas Ron Leary que había pasado. Cuando Long supo lo que había ocurrido a Bridget, decidió ayudar.
Long llamó a una reunión con los Yanquis y explicó la situación. Los jugadores decidieron pasar el sombrero y recaudaron dinero para la familia Johnson.
“Busqué a los muchachos, tuvimos una reunión, hablamos de eso”, le dijo Long al periodista d los Yanquis Dan Barbarisi de The Wall Street Journal. “Los muchachos fueron muy solidarios y dieron el dinero que recogimos”.
Cuando Johnson abrió el paquete, había una carta de Long.
La nota decía: “Nunca olvidé lo que hiciste por mí. Se que estás pasando momentos difíciles, espero que esto ayude”. Los Yanquis Mariano Rivera, A.J Burnett y Jorge Posada, entre muchos otros, hicieron contribuciones.
Los jugadores de los Medias Rojas habían hecho lo mismo por Johnson, y se dice que el regalo de los Yanquis fue casi igual a la cantidad que los Medias Rojas recogieron.
“Fue increíble”, dijo Johnson. Se lo mostré a mi esposa Daphne y empezó a llorar”
Johnson llamó inmediatamente a Long para agradecerle por el generoso regalo. Durante su conversación telefónica, Long le dijo a Johnson que usara el dinero en lo que fuese necesario.
“El estaba muy agradecido y dijo que no tenía como retribuir lo suficiente”, dijo Long. “Somos grandes amigos. Desafortunadamente, no nos vemos tan a menudo como quisiéramos y tampoco lo hacen nuestras familias”.
Cuando los Yanquis reciban a los Medias Rojas este viernes en la noche en el Legends Field de Tampa, Johnson agradecerá a Long y a los jugadores de losYanquis en persona.
“Le dije a Theo (Epstein), “Cuando juguemos con los Yanquis y me veas agradeciéndole a ciertos tipos, no pienses que me vendí…”, dijo Johnson.
Mientras las organizaciones son rivales, lo que hicieron los Yanquis demuestra el elemento humano del juego.
“El apoyo que he tenido de la organización de los Medias Rojas es increíble
Existe la posibilidad de que Bridget Jonson lance la primera pelota el 08 de abril cuando los Medias Rojas reciban a los Yanquis en Fenway Park
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
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