viernes, 17 de febrero de 2012

Gary Carter: El Niño Perenne

El hombre que compartió con Johnny Bench, Thurman Munson y Carlton Fisk la élite del receptor más completo de las Grandes Ligas en los años setenta y ochenta, Gary Carter, se marchó este jueves 16 de febrero de 2012, víctima de un cáncer cerebral. Tal vez sus hazañas más recordadas datan de su paso por los Mets de Nueva York y la Serie Mundial de 1986.
Las imágenes que impregnaron mis retinas al enterarme del deceso de Carter pertenecen a la época de los Expos de Montreal. Gary Edmund Carter nació en Culver City, Calif., cerca de Los Ángeles, el 08 de abril de 1954. Él estaba detrás del plato el 10 de mayo de 1981 para recibir los envíos de Charlie Lea en el segundo juego de una doble cartelera ante los Gigantes de San Francisco quienes habían ganado el abrebocas 5-1. De seguro Carter intensificó sus conversaciones previas al juego con Lea para transmitirle la confianza y esas ganas de dar lo mejor que le ganaron el mote de “El Niño Perenne”. El lanzador venía de dos aperturas tormentosas donde había sido bateado a placer. Lea empezó retirando los primeros nueve bateadores. Cuando Billy North negoció boleto en la cuarta entrada, Carter se encargó de tranquilizar a su pitcher. Soltó un balín a segunda para enfriar el intento de robo de North. Más adelante Lea concedería 3 boletos más, Carter desde el plato o en el montículo transmitía todo el entusiasmo infantil que animaba al pitcher. Los Expos ganaron 4-0. Al caer el out 27 Lea se acreditaba el primer juego sin hit ni carrera lanzado en el estadio Olímpico de Montreal.
Carter era el líder de aquellos Expos. La temporada de 1981 fue recortada por una huelga de peloteros que ocasionó un play off especial que enfrentaba a los ganadores de la primera mitad ante los vencedores de la segunda. Montreal venció a Filadelfia. Luego cayeron ante los futuros campeones de la Serie Mundial, los Dodgers de los Angeles en la serie por el campeonato de la Liga Nacional.
Tal era la popularidad de Carter en Montreal que el entonces primer ministro de Canadá, Pierre Trudeau llegó a decir que por ningún motivo se le ocurriría competir contra él en una elección.
Hacia finales de los años setenta o comienzos de los ochenta disfruté a través de “Lo mejor de la semana” un episodio muy ilustrativo del amor de Carter por el juego. Johnny Bench desde la tercera base y él en el plato jugaron un corre y corre con el filifanático, aquel oso hormiguero gigantesco, se pasaron la pelota como siete veces y cuando el oso casi pisa el plato Carter se le plantó cual muro de contención, rodaron por el suelo y Carter se levantó con la pelota en la mascota. Saltaba como si hubiese sido el último out de la Serie Mundial.
Siempre le preguntaban por el origen de “El Niño Perenne”. Carter refería que en su primer entrenamiento primaveral, Tim Foli, Mike Jorgensen y Ken Singleton se quedaban con la boca abierta y se daban codazos porque el catcher novato quería ganar todas las carreras que hacían en los jardines y sacar de jonrón todas las pelotas. “Parece un niño de las pequeñas ligas”.
“El Niño Perenne”, convivió siempre con Carter, hasta los novatos como el catcher Tim Laker se maravillaban verlo jugar como si fuera la primera vez que se ponía un uniforme de béisbol.
A Carter le sobreviven su esposa Sandy, su hija Kimmy Bloemers, su hijo Douglas a quién lamman D.J., su otra hija Christy Kearce, y tres nietos.

Alfonso L. Tusa C.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Ray Fosse: Un catcher que siempre recordaré

A mediados de la temporada 1969-70, o quizás antes, apareció un receptor en la alineación de los Navegantes del Magallanes que poco a poco hizo olvidar el gran desempeño realizado por Walter Hriniak la campaña anterior. En esta oportunidad Hriniak tuvo dificultades con el pitcheo de la liga. El nuevo máscara, todo disposición, empezó por adaptarse a Orlando Peña, Dick Baney, Danny Morris, Jay Ritchie, y Gregorio Machado entre otros.
Me sobresaltaba cada vez que el transistor de mis hermanos tronaba en un rincón del cuarto. “Ahí está otra vez Ray Fosse corriendo a hablar con su lanzador. Ahora antes de agacharse da señas para ubicar a los jardineros”. Más adelante en los juegos, cuando el marcador estaba más apretado se aparecía con un batazo que cepillaba la grama más recóndita de los jardines y llenaba las bases de adrenalina.
En el play off semifinal ante los Tigres de Aragua y en la serie final ante los Tiburones de La Guaira recuerdo como Fosse dirigió y logró establecer una comunicación sólida con el cuerpo de lanzadores y con el resto de sus compañeros para cementar una defensiva que llegó a merecer el remoquete de “la muralla de oro”. Cada vez que un corredor salía a robar una base, el disparo de Fosse llegaba certero y en un porcentaje apreciable realizaba el out en segunda, tercera o primera base. Cada vez que salía un rodado al cuadro sin corredor en la antesala, Fosse corría a hacer la asistencia en primera base como si el peto, las rodilleras fuesen de seda, y después regresaba con toda su rapidez a ubicarse detrás del plato. Cuando terminaban los innings venía quitándose los aperos al trote. El manager Patato Pascual le decía: “Hold your horses Ray”.
Uno de los dos momentos indelebles que guardo de Fosse pertenece al juego decisivo de la Serie del Caribe de 1970 escenificada en el estadio Universitario de Caracas. Magallanes por Venezuela y Ponce por Puerto Rico llegaron igualados en el marcador al inning nueve. En la parte de arriba de aquel episodio, con corredores en tercera y primera y un out, el manager Jim Fregosi ordenó el “squeeze play” al bateador Sandy Alomar padre. Dámaso Blanco jugaba algo adelantado en tercera base y empezó a adelantarse a medida que el pitcher Aurelio Monteagudo seguía las señas del catcher Ray Fosse. Cuando salió el toque, Dámaso arrancó en paralelo con el corredor Jorge Roque, agarró la pelota con la punta de los dedos de la mano derecha y en el impulso se la pasó a Fosse. Delio Amado León desbordó su modulación, “¡Fosse recibe la pelota y se planta como una pared ante el empuje de Roque y que clase de out señores!” Aquella jugada resultó esencial para la victoria magallanera que se concretaría dos innings más tarde.
Más adelante en 1970 llegó el juego de estrellas de mitad de temporada. La intensidad del enfrentamiento me mantuvo despierto hasta el cierre del episodio duodécimo. Después de dos outs, Pete Rose, Billy Grabarkewitz y Jim Hickman sencillearon. Rose pasó por tercera como una flecha y siguió hacia el plato. Fosse estaba adelantado y recibió la pelota fuera de la línea de carrera de Rose. Miré con tristeza y rabia como Pete Rose se encimaba sobre Fosse con una furia tal que lo hizo dar una vuelta de carnero sobre su cuerpo. Siempre había admirado el empuje y la entrega de Rose en el campo, pero esa vez me fui a la cama con la idea muy clara de que Rose pudo anotar la carrera sin siquiera rozar a Fosse. Ni siquiera tenía la justificación del que corre hacia segunda base porque este se le encima al segunda base o campocorto para evitar el dobleplay. Aquí hablamos de un catcher que tuvo que salir del home a buscar el disparo.
Aquella noche pasé como dos horas con aquel arrollamiento en la mente. Quería llegarme hasta el Riverfront Stadium para reclamarle a Pete Rose porque había entrado de esa forma al home. Si era posible estaba dispuesto a liarme a puñetazos con él. Y después de enterarme de las consecuencias sucesivas que tuvo aquella jugada, más deseé encontrarme cara a cara con Rose para reclamarle. Fosse siguió jugando casi el resto de la temporada con una fractura en la clavícula que le detectaron al final de la campaña. Por supuesto nunca volvió a ser el mismo catcher, ni en la segunda mitad de la temporada de 1970, ni en el resto de su carrera. Por si fuera poco cuando le preguntaron a Rose porque había arrollado a Fosse, respondió que no hubiera podido mirar a su padre a la cara de haber evitado el choque con Fosse. Por supuesto que eso molestó a Fosse. Cuando lo leí estrujé el periódico.

Alfonso L. Tusa C.

miércoles, 1 de febrero de 2012

“…yyy Armando Ortíz se la sacó a Miguel Cuellar…”

Los días previos a una Serie del Caribe siempre han significado una emoción contenida por conocer los refuerzos del equipo campeón, como en este momento los Tigres de Aragua y sus aficionados viven la ilusión y la cinética de todo lo que podrían lograr con el apoyo de refuerzos como Gustavo Molina, Luis Jiménez, Ramón Ramírez y Brian Sweeney entre otros. Los sueños de campeonato pretenden extenderse y un ambiente de feria engrincha la piel.
Todo esto aumenta la intensidad, cuando el equipo que acude a la serie caribeña es el de las simpatías de toda la vida. Conozco muy bien la sensación, quedó grabada en mi piel de 8 años en febrero de 1970. Magallanes había derrotado a los poderosos Tiburones de La Guaira contra todos los pronósticos. La serie final fue a cinco juegos y los Navegantes ganaron 3 seguidos. Los días previos al evento a efectuarse en el estadio Universitario de Caracas resultaron un hervidero de análisis y expectativas.
Los Leones de Ponce venían con Tany Pérez, Sandy Alomar padre, Bernie Carbo, Wayne Simpson, y un pitcher de nombre Miguel Cuellar entre otras estrellas. Los Tigres del Licey llegaron con Ricardo Carty, Cesar Cedeño, Manuel Mota, Elvio Jimenez. Al igual que en el inicio de la temporada regular, y los play offs, Magallanes salió al ruedo en aparente desventaja. De hecho, en el primer juego debía enfrentar a Cuellar, un zurdo que con los Orioles de Baltimore había dejado record de 24-8 con 3.48 de efectividad, lo cual le valió compartir el Cy Young de la Liga Americana con Denny McLain.
Los analistas del juego, a pesar de considerar la inspiración magallanera, terminaban inclinándose ante los pergaminos de pitcher cubano. Aquel 05 de febrero Ponce derrotó a Licey en el juego inaugural y en el segundo encuentro todo pareció refrendar los vaticinios de los expertos cuando se embasaron los tres primeros bateadores borícuas. A continuación Orlando Peña ponchó a Tany Pérez y obligó a Santiago Rosario a rodarla para dobleplay. Esa jugada es lo que recuerdo haber escuchado de aquel juego. De pronto cerré los ojos y entre los primeros destellos del viernes siguiente y las voces eufóricas de Felipe y Jesús Mario hice volar la cobija sin importarme el frío matinal. Felipe hablaba con el cepillo dental en la boca. “Si, César Tovar había empujado a Dámaso Blanco con la carrera que tenía adelante a Magallanes. Pero el verdadero suspenso del juego llegó en el séptimo inning…”
Felipe volvió a enjuagar el cepillo entre sus dientes mientras Jesús Mario corría la cortina de la ducha. Salté tres veces sobre la cama. “¿Qué fue lo que pasó en el séptimo inning Jesús Mario?” En medio de las dudas de meterse bajo las espinas de la regadera Jesús Mario sonrió, ni siquiera el frío le impidió reconstruir la escena. “Gustavo Gil se embasó por infield-hit. Pero Jim Holt lo forzó en segunda. Entonces Miguel Cuellar ponchó a Ray Fosse. Empecé a prepararme para una recta final con el juego 1-0 cuando de pronto escucho aquel grito infalible de Delio Amado, ‘la bola se va, se va, se va, se va, joooooooooooooooonroooooooon de Armando Ortiz ante Miguel Cuellar’. ¡Manito! me pellizqué como siete veces para ver si no estaba soñando y después llamé a Felipe, ‘¿Es verdad lo que estoy oyendo?’ Cuando me dijo que sí, iba a empezar a saltar en la cama, pero Felipe me dijo que si papá nos escuchaba nos podía quitar el radio”.
Felipe escupió la espuma de pasta dental y se secó la cara. “Este equipo tiene algo especial mi hermano. Puede venir el pitcher más encopetado y no se amedrentan. Y ese batazo de Armando Ortiz fue decisivo, porque en el noveno inning Bernie Carbo soltó doblete y Tany Pérez siguió con imparable, y Santiago Rosario empujó a Carbo con rodado al cuadro, eso significaba el empate. Quizás el juego se hubiera ido a extrainning”.
Los Tigres agregaron unos cuantos refuerzos más para aumentar las expectativas de un nuevo título caribeño para Venezuela. En aquella Serie de 1970, Magallanes se reforzó con los lanzadores Mike Hedlund, Larry Jaster y Aurelio Monteagudo y todos resultaron importantes. Ignoro si habrá un estacazo como el de Armando Ortiz, lo que si se siente es esa mezcla de expectativas con optimismo que ebulle en la piel antes del inicio de la Serie del Caribe.

Alfonso L. Tusa C.

sábado, 28 de enero de 2012

Buster Keaton versus Adalberto Martínez (Resortes)

Ambos destacaron como excelsos actores cómicos. Uno a principios del siglo veinte en plena época del cine mudo, el otro en la famosa edad dorada del cine mexicano. Sus cualidades sobre el escenario dejaban sin estómago a más de uno, más allá de eso pudiera hablarse de un relativo punto común que comprobé hace unos días mientras leía el boletín de la Sociedad Americana de Investigadores de Béisbol (SABR). En el ejemplar titulado Endless Seasons, editado por Jean Hastings Ardell y Andy McCue, Rob Edelman escribió el artículo: Buster Keaton, Baseball Player. Me sorprendió mucho que el atleticismo desarrollado por Keaton desde sus tempranas prácticas beisboleras le permitió resistir las exigencias físicas del acto de vaudeville que protagonizaba con su padre. Debía resistir los empellones de su progenitor por todo el escenario para condimentar la comicidad del acto.
De Resortes desconozco su afición por el deporte de las cuatro bases, sólo que fue inevitable recordar las escenas de “El beisbolista fenómeno”, película de mediados del siglo veinte donde mientras encarnaba a un mendigo recibió un pelotazo mientras dormía detrás de un estadio y empezó a escuchar voces de un pelotero difunto. La manera como estira los brazos y entabla conversación con el fantasma hace pensar en que al menos algo de pasión debía sentir Resortes por el juego.
Como actor principal en las películas siempre les preguntaba a los potenciales miembros del reparto actoral si eran capaces de actuar y de jugar béisbol. Cuando llegó a tener la Keaton Production Company, esta también era un equipo de béisbol listo para jugar en cualquier parte. Por eso cuando ocurría cualquier imprevisto en las grabaciones, Keaton anunciaba oficialmente que se iban a jugar béisbol. Cuando se resolvía el imprevisto y debían reanudar la grabación era difícil traer de vuelta al elenco al set.
Resortes agarró la pelota que lo golpeó y la lanzó de vuelta al estadio y golpeó al dueño del equipo. De inmediato ordenaron buscar al autor del lanzamiento. Al llevar a Resortes al estadio le pidieron que hiciera unos envíos y decidieron contratarlo para jugar en la Liga Mexicana de Béisbol Profesional. Entonces empezó un diálogo con el pelotero fallecido. Acordaron que el pelotero jugaría a través de Resortes para alcanzar el campeonato que nunca logró en vida. Empezó a realizar unos lanzamientos que dejaban paralizados a los bateadores. Pronto se convirtió en la estrella del equipo y de la liga. En la película hacen sonar una guaracha que decía más o menos así: “Bola de humo… Bola de humo… Pone la bola mamita, como ninguno..” En la pantalla desplegaban imágenes de Resortes en el montículo enfrentando a los bateadores más peligrosos.
Keaton también filmó dos películas relacionadas con el béisbol. “College”, donde ofrece una explicación humorística de los fundamentos del juego y “The Cameraman”, aquí hace una pantomima del sueño de cada aficionado al béisbol de montarse en un montículo o entrar en el cajón de bateo de un estadio de Grandes Ligas.
En el momento cumbre de la película Resortes se enoja con el fantasma porque este le reclama su afición por el alcohol. Su ascenso al estrellato se derrumba y cuando está casi ido pide una última oportunidad que coincide con el juego por el campeonato. Empieza a rogar y a llamar al fantasma y hasta promete que dejará la bebida. Entonces reaparece el fantasma y juntos empiezan a dominar a los contrarios hasta ganar el campeonato.
Keaton escribió en su autobiografía que cada septiembre apuraba la filmación de su película de otoño para poder asistir a la Serie Mundial en octubre.
La pasión con que Resortes hacía en wind up y las encendidas conversaciones de béisbol que sostenía con el fantasma demuestran que sentía alguna simpatía por el juego.

Alfonso L. Tusa C.

lunes, 9 de enero de 2012

Dusty Rhodes recuerda su corta carrera en Grandes Ligas.

Sus hazañas como bateador emergente ayudaron a los Gigantes de Nueva York a ganarle a los favoritos Indios de Cleveland en la Serie Mundial de 1954.

Bill Madden. New York Daily News

Solo ahora, los ecos del hecho, a 54 años y 2500 millas, resuenan finalmente en Dusty Rhodes, quién nunca se creyó una leyenda del béisbol, sino un tipo común y corriente a quién le gustaba beber whiskey con los vecinos en la taberna de la esquina luego de empuñar su bate en Polo Grounds.
“No podía pagar un trago en Nueva York “, cuenta Rhodes. “Nadie me dejaba”.
Una tarde decembrina gris y fría, en un conjunto residencial a 30 millas de Las Vegas, James Lamar “Dusty” Rhodes está sentado en una silla de ruedas frente a la mesa del comedor, intercambia memorias con algunos visitantes.
Una gorra de los Gigantes de San Francisco cubre su calva y pide no tomar en cuenta las manguerillas de oxígeno en su nariz. “Tengo diabetes, por eso las necesito. No es nada de gravedad. Tampoco necesito la silla de ruedas. Sólo me facilita la movilidad. Por lo demás estoy bien. Es divertido. Nunca me enfermé un solo día de mi vida hasta que dejé de beber”.
Además de la gorra y una pelota autografiada guardada en una caja sobre la chimenea, no hay señales visibles de que este curtido hombre de 81 años pueda haber tenido conexión con el juego. Pero, vaya si tuvo más de una conexión. Fue parte de la tradición beisbolera.
Un arrojado muchacho del campo procedente de los algodonales de la rural Alabama, llegó a las Grandes Ligas y la gran ciudad. Se levantó de la oscuridad para casi ganar por su cuenta la Serie Mundial de 1954 para los Gigantes sobre los Indios de Cleveland con su bate letal.
Ha sido una larga travesía hasta esta pacífica comunidad del desierto desde aquel lejano otoño y aquellos tres mágicos días en los cuales él gano el primer juego con un jonrón de tres carreras como emergente en el décimo inning ante Bob Lemon, y el segundo con un sencillo empujador como emergente y otro jonrón ante Early Wynn, y finalmente dos carreras empujadas más con otro sencillo impulsor como emergente.
Luego de retirarse del béisbol, después de siete temporadas con los Gigantes, Rhodes trabajó como guardia Pinkerton en el World’s Fair de 1964. Después trabajó 25 años como capitán de una lancha remolcadora en la bahía de Staten Island. “Hice viajes largos hasta Detroit y Miami en esa lancha”, relató, “pero después de ir a Boston y tener que lidiar con aguas turbulentas de olas de cuatro metros, me abstuve de salir de Nueva York”.
Aunque estaba muy ligado a Nueva York en aquellos días, Rhodes había vuelto a ser un hombre normal. Sólo cuando lo apremiaba la camaradería de sus amigos de bebida, hablaba de sus habilidades con el bate, nunca buscó aprovecharse de su fama de Serie Mundial.
Dos atracadores le robaron su anillo de la Serie Mundial de 1954 en el metro durante los años ’60, nunca intentó reemplazarlo. Para él, sus hazañas en la Serie no fueron nada más que unos días de trabajo. Además, él hizo más en un mes con la lancha remolcadora de lo que hizo en cualquier año de los que jugó beisbol.
Apareció en solo 82 juegos en la temporada de 1954, principalmente como bateador emergente debido a que sus destrezas defensivas fueron degradadas por el manager de los Gigantes Leo Durocher.
En su autobiografía de 1975 Nice Guys Finish Last (Los chicos buenos llegan de últimos), Durocher describió a Rhodes como el “peor fildeador que alguna vez jugara un juego de Grandes Ligas”, además agregó “él hizo que se olvidaran las reglas de entrenamiento”. De aquella temporada del campeonato de 1954, en la cual Willie Mays regresó luego de dos años en la armada para batear .345 y ganar el premio del jugador más valioso de la Liga Nacional y Rhodes bateó para .341 con 15 jonrones y 50 carreras empujadas en sólo 164 turnos al bate, Durocher dijo: “Dusty era el tipo de bufón que mantenía a un equipo unido y feliz. Entre él y Mays, mantuvieron el clubhouse lleno de risas toda la temporada. ¿Presión? Ellos la escupían”.
Quizás lo que es más notable, dada la época, en la cual había mucha segregación en el beisbol, es que Rhodes y Mays eran muy diferentes, aún cuando habían nacido y crecido en Alabama.
De hecho, el equipo entero de los Gigantes era una bofetada para la época, su núcleo estaba compuesto de tres jugadores negros, Mays, Monte Irvin y Henry Thompson, y un grupo de blancos sureños que incluía al nativo de Louisiana, Alvin Dark, el segunda base Davey Williams de Texas, Whitey Lockman de Carolina del Norte y Rhodes.
“Para ser honesto, nunca pensabamos en eso”, dijo Rhodes. “En mi caso, crecí con negros. Cosechábamos algodón hombro a hombro. Nunca tomé en cuenta la segregación racial. Willie, Monte y Henry fueron probablemente mis amigos más íntimos en aquel equipo. Hasta el presente, Monte es como un hermano para mí. Y ¿Henry? Que Dios le de descanso a su alma.
Él falleció joven (de un ataque cardíaco a los 43 años en 1969, después de pasar varios años en una cárcel de Texas por atraco a mano armada de una licorería). Después que terminaron nuestras carreras, trabajamos juntos en el hotel Casa Grande en Arizona donde entrenaban los Gigantes. Henry trabajaba en el pool y yo atendía el bar. ¡Que par hacíamos!”
Dusty Rhodes reconocía ser incorregible. Los Gigantes lo soportaban en primer lugar porque, por más tarde que se fuera a la cama por la noche, nunca llegó tarde al estadio y, segundo, bateaba de verdad. Y había otra cosa: Uno de sus compañeros de bebida más frecuentes era el dueño de los Gigantes Horace Stoneham.
“Durante un juego de aquella temporada, teníamos hombres en primera y segunda, me toca batear y el coach de tercera base , Herman Franks me da la seña de toque”, recordó Rhodes. “Lanzo la mirada hacia Durocher y grita, ‘Dale duro’. Así que le tiré el bate a la pelota y despaché un sencillo. Al terminar el inning, regresé al dugout y Leo dice, ‘Caramba Jim, sólo estaba tratando de robarme una carrera’. Le dije, ‘¡Si me hubieras dejado batear te habría dado tres!’ Pienso que Leo siempre me tuvo un poco de miedo”.
En el octavo inning del primer juego de la Serie de 1954, con dos corredores de Cleveland embasados, Mays corrió hasta las profundidades del jardín central de Polo Grounds, casi 480 pies, para atrapar un enorme batazo de Vic Wertz y mantener la pizarra empatada 2-2.
Dos innings más tarde, con un out y Gigantes en primera y segunda, y Lemon el as de los indios, en el montículo, Durocher envió al zurdo Rhodes a batear por Irvin. Al primer pitcheo, Rhodes levantó un elevado al right field que cayó en los asientos justo a la izquierda del poste de foul, a 290 pies. Luego de ver como la pelota apenas sobrepasó la pared, Lemon bataqueó su guante frustrado.
“El guante de Lemon fue más lejos que mi jonrón”, dijo Rhodes con un sonrisa. “No me dejé impresionar por la situación. Solo empuñé mi bate sobre el plato. Nada me molestaba. Siempre dije que podía salir de una tumba y batear un hit”.
La historia se repitió el próximo día cuando Durocher llamó otra vez a Rhodes para que emergiera por Irvin, esta vez en el quinto inning contra el otro as de los Indios, Wynn, con corredores en primera y tercera. Su sencillo al centro empujó a Mays para empatar el juego 1-1 y luego en el séptimo bateó otro jonrón por la derecha para la rayita final de los Gigantes en una victoria 3-1 sobre los Indios.
Cuando la Serie se mudó a Cleveland para el tercer juego, Durocher sacó de emergente a Rhodes una vez más por Irvin, esta vez en el tercer episodio con las bases llenas, Dusty respondió con sencillo impulsor de dos carreras que resultó decisivo en la victoria de los Gigantes 3-2.
En los cuatro juegos de la Serie, Rhodes se fue de 6-4 con dos jonrones y siete carreras remolcadas. Como Irvin fue uno de los mejores bateadores de las Ligas Negras y llegó al Salón de la Fama, es extraño que no se hubiese molestado por ser sustituido tantas veces en aquella temporada de 1954 por Rhodes. Pero como él contestó en una entrevista telefónica: “Bajo otras circunstancias, quizás me hubiera molestado, pero Dusty fue el bateador natural más grande que haya visto”.
“He escuchado que Monte dijo eso”, dijo Rhodes con una sonrisa de satisfacción en su cara. “No fue hasta hace unos pocos años, cuando celebramos nuestro Aniversario 50 en San Francisco, todos estaban sentados contando historias, empecé a pensar: ‘¡Caramba era muy bueno!’”
Todo empezó con un juego informal en Montgomery, Alabama, en 1946. Rhodes, quién recién había salido del ejército luego de servir en Okinawa durante la segunda guerra mundial, viajaba con una amigo a Miami cuando un cura de la parroquia le preguntó si quería jugar para su equipo, le faltaban dos jugadores para la caimanera de aquel día.
“No tenía implementos para jugar. Jugué en el jardín central, descalzo y con un guante prestado. Bateé un jonrón dentro de una casa, otro sobre la casa y un par de triples”, recordó Rhodes. “Un cazatalentos del equipo de Nashville en la Southern Association llamado Bruce I. Hayes estaba en la tribuna y me firmó allí mismo”.
Aunque su carrera en las Grandes Ligas haya sido breve y nunca garantizará una placa en Cooperstown, por lo menos durante tres brillantes juegos en otoño y un par de temporadas como un extraordinario jugador de reserva, Dusty Rhodes fue un beisbolista muy bueno con un bate en las manos.
Polo Grounds y los Gigantes de Nueva York son sólo un recuerdo distante ahora, y en la quietud del desierto, casi a un continente de distancia, Dusty Rhodes, quién nuca ha sido sentimental, se mueve en la silla de ruedas hacia la chimenea y agarra al caja con la pelota. Es el único souvenir que tiene de su carrera, hace años le regaló a Frank Scalzi, su primer manager con el Hopkinsville Clase D en 1947, el bate que usó en la Serie Mundial de 1954.
“Es de la reunión”, dice al sacar la pelota de la caja. “Nunca me importaron los libros, bates o lo que sea. Pero esto es especial para mí. Todos la firmamos, luego unos meses después Marv Grissom (relevista de los Gigantes) falleció”.
Se queda pensativo un momento, frota la pelota.
“Muy pronto”, dice Rhodes suavemente. “Todos caeremos por la pendiente”.

Traducción: Alfonso L. Tusa C.

__Dusty Rhodes falleció el 17 de junio de 2009 en Las Vegas.