jueves, 8 de marzo de 2012

Los Yanquis de la mediocridad tuvieron su propio extraño carisma

Dan Barry. The New York Times. 25-02-2012
En alguna parte entre el interminable espiral de aspiraciones de Long Island, un padre se sienta en la sala, toma varias veces de su cáliz de cerveza mientras considera las distintas amenazas financieras que se ciernen sobre su castillo de clase media. Por otro lado, en el piso de arriba, su hijo mayor pondera asuntos más urgentes mientras yace sobre el piso de su habitación, atrapado en la fiebre juvenil que lo envuelve:
El pantalón blue jean sucio y ajustado; las pelotas grises de originales medias blancas, los suplementos rotos de comiquitas; la dispersión de varias monedas de colección, algunas de las cuales costaban más del doble de su valor. Hasta el aire, cargado de un sándwich de boloña perdido y olvidado, pasan desapercibidos.
Larguirucho, con dientes prominentes, acostumbrado a las chanzas diarias, el muchacho analiza con fruición pilas de pequeños documentos rectangulares desperdigados frente a él, busca respuestas a porque le ha sido negada la oportunidad de seguir un equipo campeón. Está confundido más allá de la confusión que implica tener 11 años.
Gracias a la herencia del padre que está sentado en planta baja, él aupa con cada gramo de su cuerpo a un perenne equipo de mitad de la tabla: Los Yanquis de Nueva York.
Mientras escribo esto, oigo el clamor público a través del continente, los gritos de molestia en ciertos lugares de largo sufrimiento: las colinas mojadas de lluvia de Seattle, el desastre del Distrito de Columbia, la zona norte de Chicago, el lago de Cleveland. Hasta Boston, forzado por dos recientes victorias de Serie Mundial a ocultar el estatus de perdedor meticulosamente cultivado por varias generaciones, tiene su lugar.
¿Los Yanquis de Nueva York un equipo de mitad de la tabla? ¡No puede ser!
Ah, pero la citada documentación fue desplegada en el piso de aquella habitación en el verano de 1969, y el muchacho todavía la tiene. Así es, todavía la tengo guardada en una caja de zapatos Rockport cuya ubicación permanecerá en secreto: cientos de barajitas viejas de béisbol, salvadas con empeño de los esporádicos frenesíes de limpieza que barrieron nuestro hogar del desorden natural.
La mayoría de las barajitas valen menos de la mitad del valor de las monedas de colección; algunas hasta tienen marcas de deterioro por fuego. (Es extraño como no recuerdo haberle quemado los ojos al jardinero de los Angelinos de California Rick Reichart con una lupa). Mantengo las barajitas como evidencia, junto con las guía de medios de aquellos Yanquis que ilustran la casi olvidada era pre Steinbrenner, Mike Burke, y unos pocos recortes de periódicos de comienzos de 1969, cuando Mickey Mantle, mi ídolo roto, anunció que no podía jugar más, noté entonces, que el Mick nunca se adaptaría por completo a un trabajo sin grama.
Las barajitas de los Yanquis de mi colección, son como exhibiciones de fotografías sospechosas, preparadas para presentarlas ante lo Corte de Beligerancia. Desde Jake Gibbs, un catcher sin bate, hasta Walt Williams, un jardinero sin cuello, ellas confirman mi estatus de fanático de un equipo de mitad de la tabla. Aquí está Bill Robinson, un supuesto fenómeno, bateando .196; aquí está Steve Whitaker, otro, bateando un poco mejor. Aquí está el primera base Joe Pepitone mostrando su peluquín de juegos diurnos. Aquí está el segunda base Horace Clark, quién esquivaba tanto los contactos corporales que a menudo fallaba los relevos hacia primera base de potenciales dobleplays.
Aquí están Roger Repoz y Rubén Amaro, Andy Kosco y Charley Smith, Fred Talbot y Hal Reniff, Frank Tepedino y Gene Michael y Joe Verbanic y Thad Tillotson y Johnny Callison y Danny Cater y Curt Blefary y Jerry Kenney y Jimmy Lyttle y Celerino Sanchez, pobre Celerino Sanchez, y muchos otros que usted no recuerda.
Tan hueco como pueda sonar, estos fueron mis héroes. Sufría y aupaba a cada uno de ellos mientras fallaban en el Broadway del béisbol, Yankee Stadium, enfrentaban dos oponentes cada vez que salían al campo: El equipo de turno de la Liga Americana y los Yanquis del pasado. Los Yanquis de mi padre.
¿Quién sabe cuando un niño empieza a ser consciente del béisbol? Empecé a seguir el juego a los 7 años, en el invertido año de 1965. Mi madre venía de la rural Irlanda, donde el deporte significaba fútbol, rugby, lanzamientos y sangre; ella veía al béisbol como algo pastoral, cási como cortar la grama, sólo que con uniforme. Aún así, se hizo conocedora de nuestra afición central por los héroes post-Mantle, Bobby Murcer, Mel Stottlemyre, Roy White y Steve Hamilton, porque era esposa y madre, resolvió mantener la paz doméstica que ocasionalmente lograba alcanzar.
Mi padre en cambio era un neoyorquino hasta la médula, sin importar cuantas veces la ciudad le diera la espalda. Creció en medio de la Depresión, fue de tropiezo en tropiezo, nunca permaneció lo suficiente en una escuela para desarrollar amistades, nunca encontró raíces urbanas. Terminó la secundaria de noche, obtuvo su educación superior en el ejército durante la guerra de Corea, y regresó a trabajar en Wall Street, literalmente en la calle, como vendedor de puerta en puerta.
Pero atesoraba su pisacorbatas de los Yanquis como un anillo de diamantes. Eso le daba un toque de elegancia a sus camisas manchadas de sudor, sus zapatos de suelas gastadas, sus carreras. Un niño de padres alcohólicos, cuyas opciones de crianza incluían amarrarlo a un árbol del patio, él ahora aupaba al mejor equipo de béisbol en el día y socializaba con los peloteros en la noche en Toots Shor’s o el Copa con aquella pandilla de Billy Martin, Whitey Ford y Mickey Mantle. Todos ganadores.
Cuando yo tenía 7 años, sabía que Mickey Mantle había nacido el 20 de octubre de 1931, diez días después que mi padre. Que mi padre había visto a Don Larsen lanzar su juego perfecto en la Serie Mundial de 1956. Que Ruth predijo un jonrón en la Serie Mundial de 1932; que Gehrig fue el hombre más sortario en la faz de la tierra, pero no completamente; que DiMaggio una vez bateó imparables en 56 juegos seguidos; que Berra era el mejor y Maris era el mejor y Mantle era el mejor, siempre, aún con las piernas lesionadas



Y de pronto, los Yanquis perdieron la Serie Mundial de 1964 en siete juegos. Regresarán hijo, porque, son ganadores, no segundones. Los mejores, los mejores, mejores absolutos.
Pero justo cuando tenía la edad para entender mejor el béisbol, en la primavera de 1965, mi preciosa herencia se rompió en pedazos como algún pequeño juguete de una tienda de descuentos: los reverenciados y de repente mediocres Yanquis de Nueva York.
Las estadísticas, incluyendo aquellas del revés de aquellas barajitas, contaban el condenado cuento.
En 1965, cuando tenía 7 años, los Yanquis terminaron bajo .500 por primera vez desde 1925, 6 años antes que naciera mi padre.
En 1966, cuando tenía 8 años, terminaron en último lugar por primera vez desde 1912, tan lejos en el tiempo que entonces se llamaban los Highlanders, tenían un equipo con nombres como Hippo Vaughn, Cozy Dolan y Klondike Wilson.
Y en 1967, cuando tenía—si lo adivinaron—9 años, ellos de nuevo perdieron muchos más juegos de los que ganaron y completaron un trío de descalabros desconocido en la organización desde los días de Woodrow Wilson.
De hecho, los Yanquis de Nueva York de mis años formativos estuvieron plagados de fallas y mediocridad, con ocasionales relumbrones de competitividad, por 11 temporadas consecutivas. Este período fue tan negativo, tan impropio de los Yanquis, que hay que regresar a tiempos prehistóricos para hallar algo parecido, esto es aquellos años oscuros anteriores a la adquisición de Babe Ruth en 1919, dos décadas que son generalmente desestimadas en la narrativa histórica del equipo como un tipo de entrenamiento primaveral frustrado.
Es cierto que los Yanquis pronto pasarían por una sequía aún mayor: la era Mattingly, podría llamarse, cuando la impresionante carrera del corazón de león Don Mattingly, el Sísifo del Bronx, coincidió con 13 años de futilidad, entre 1982 y 1994, que no terminó hasta que el equipo clasificó para los play offs de 1995. Pero la anterior década de fallas, mi década, todavía estaba fresca en la memoria colectiva de los Yanquis. De muchas maneras, esto preparó a los aficionados del equipo para su descenso a las humillaciones sostenidas.
Como el colapso de otros imperios antes de éste, la caída de los Yanquis ha sido sometida a un intenso escrutinio académico, aunque al final las causas son esencialmente las mismas: envejecimiento, autosatisfacción, prejuicio. En 1965, los Yanquis adquirieron a un buen catcher defensivo de nombre Doc Edwards, quién saludó a sus nuevos compañeros con efusividad, pero de inmediató reconoció que aquellos hombres vendados a su alrededor ya no eran los famosos, dominantes Yanquis de años pasados.
“Ya no eran los Mickey Mantle y Whitey Ford y el Roger Marias que conocimos”, dijo Edwards. “Ellos habían alcanzado un punto de sus vidas donde todos estaban adoloridos. No se puede reemplazar a muchos purasangres con ponys, y en mi caso, un caballo de ocasión. No se puede hacer eso”.
No se puede hacer. Pero yo no entendía eso. ¿No eran los mismos los apellidos de los box scores de cuando el equipo dominaba octubre? ¿El sólo hecho de usar el uniforme de rayas no le imbuía a los peloteros el poder de Ruth y la gracia de DiMaggio? No sabía, por ejemplo, que Mantle estaba pagando el precio por años de abuso alcohólico, o que Ford y Elston Howard, a los 36 años, eran los Matusalén del béisbol.
Debido a las curiosidades del tiempo, y a las alianzas heredadas, me convertí en fanático de un equipo segundón. Y estoy muy agradecido.
De otra manera, no habría apreciado la necesidad de encontrar equilibrio cuando el mundo está patas arriba, como cuando una monja llevó un televisor al salón de sexto grado del Cyril and Methodius School para que viéramos un evento más espiritual que la visita papal de 1965: la Serie Mundial de 1969, que fue ganada por el otro equipo de Nueva York.
Los una vez sotaneros Mets estaban arriba, los una vez invencibles Yanquis estaban abajo, y los hijos e hijas de aquellos abandonados hacía una década por Dodgers de Brooklyn y los Gigantes de Nueva York secaron sus lágrimas y volvieron al estadio. Encasillado entonces como un yanquista perdedor, aprendí a ser buen deportista; a ver las maravillas del béisbol más allá de las algunas veces claustrofóbicas barras de las rayas del uniforme de los Yanquis.
A comprender por completo los poderes restauradores inherentes a la derrota, o la profunda resonancia del cliché que invitaba a esperar hasta el próximo año. Mientras otras familias se vinculaban a la victoria, mi familia se vinculaba a la derrota, un sentido persuasivo de estar fuera de lugar que se agudizaba por el conocimiento de la grandeza que hubo alguna vez.
Los nativos de Nueva Inglaterra de seguro recordarán donde estaban cuando sus amados Medias Rojas ganaron el banderín en 1967. Yo nunca he olvidado un domingo de principios de esa temporada, en junio, cuando los Yanquis ganaron el primer juego de una doble cartelera contra los Tigres de Detroit, e iban por la barrida.
¡Imagínense! ¡Ganar el doblejuego significaba acercarse más a jugar para .500, donde reside la mediocridad oficial! ¡Existía la posibilidad!
Mi hermano menor y yo entrábamos y salíamos de la casa en carreras infantiles, veíamos un inning en televisión, luego íbamos a jugar en la grama de enfrente, veíamos un inning en blanco y negro, jugábamos un inning en colores, y molestábamos a nuestro padre sobre lo que nos habíamos perdido. Fritz Peterson, el pitcher de los Yanquis, había permitido 6 carreras temprano en el juego, pero el equipo reaccionó hasta que con un out en el noveno inning, Jake Gibbs rompió el libreto y bateó un jonrón como emergente para empatar el juego.
Nuestro momento a la Bobby Thomson: ¡un batazo que se escuchó alrededor de la sala!
Ahora la modesta fortuna de nuestro equipo dependía del relevista Dooley Womack, cuyo nombre nunca nos pareció tonto; era sólo Dooley Womack. Mantuvo el juego igualado a través del décimo, undécimo y duodécimo innings, mientras las sombras del atardecer se adentraban sobre la grama de nuestro estadio, y nuestras peticiones telepáticas fallaron una vez más en mejorar las actuaciones de tipos como Bill Robinson (roletazo) y Steve Whitaker (roletazo para dobleplay).
Entonces, en la parte de arriba del décimo tercer inning, los Tigres llenaron las bases, y vino a batear con dos outs su segunda base, Dick McAuliffe, con aquel estilo de bateo gloriosamente excéntrico, con las piernas totalmente abiertas, nosotros lo imitábamos cuando jugábamos chapita. Dick McAuliffe. No era precisamente lo que se llamaba una amenaza. No era un Al Kaline o un Norman Cash. Sólo Dick McAuliffe.
Bien, bateando a la zurda, Dick McAuliffe le sacó un jonrón con las bases llenas a Dooley Womack por las gradas del jardín derecho.
Casi 45 años después, todavía recuerdo el dolor que me causó la derrota de aquel juego inconsecuente: el deprimente momento del contacto de McAuliffe; el marcador final, 11-7, números que en otros contextos son considerados sortarios; la sensación de insignificancia, muerte súbita en nuestra sala; y la reflexión de que el equipo de mi niñez simplemente no era lo suficientemente bueno, y nunca lo sería. Y estoy agradecido.
Los contínuos descalabros de los Yanquis hacían del juego de béisbol algo dulce. Se convirtió en un tipo de agente aglutinador para una familia suburbana que necesitaba una distracción compartida, un recurso siempre a la mano para cambiar la conversación. Cuando mi padre perdía su trabajo, o su compostura; cuando las discusiones domésticas de nuestro hogar subían tanto de tono que toda la vecindad las disfrutaba (Todos eran fanáticos de los Mets); cuando los perros se deslizaban debajo de la cerca y se escapaban de nuevo, siempre había algo como esto:
Papá, ¿viste que los Yanquis van a conseguir a Rocky Colavito?
Papá, ¡mira como levanto el pie alto como Lindy McDaniel!
Papá ¿sabés qué? ¡Bobby Murcer es un Todos Estrellas!
Papá, aquí dice que Mickey Mantle va a participar en el juego de los veteranos. ¿Podemos verlo juntos?
Cuando Chris Chambliss acabó con la década de sinsabores de los Yanquis con un jonrón para terminar el juego que envió al equipo a la Serie Mundial de 1976, yo era un estudiante de primer año en la universidad y tenía 18 años, técnicamente un hombre, quién brincó de su silla con la pasión de un niño de 11 años en el instante cuando la pelota se llevó la cerca.
Pero en los años siguientes, mientras los Yanquis volvieron a coleccionar campeonatos de Series Mundiales como yo una vez coleccionaba monedas, mi sangre Yanqui batallaba contra mi naturaleza de apoyar equipos débiles. Había sido condicionado por las burlas y el béisbol a resistir, a no dominar. Me encontré aupando por momentos a equipos de pequeños mercados, como los Mellizos de Minnesota, y equipo de cinturón oxidado, como los Tigres, como una manera de honrar a mi padre: fanático de los Yanquis de toda la vida, un subestimado toda la vida.
La familia hace tiempo se fue de Long Island. La madre irlandesa se marchó, y el padre de los Yanquis también. De vez en cuando abro la vieja caja de zapatos, agarro unos cuantos rectángulos de cartón, y despliego mi orgullosa herencia ante mí.

Traducción: Alfonso L. Tusa C.

martes, 6 de marzo de 2012

Un momento emocional para Varitek y su familia

Peter Abraham. The Boston Globe. 01-03-2012



Fort Myers, Fla. _ Jason Varitek tenía sus emociones controladas hasta que levantó la mirada y vio a muchos de sus compañeros alineados detrás de las sillas donde se sentaron sus padres.

Estaban Jon Lester y Clay Buchholz, dos de los cuatro pitchers a los que guió a lanzar sin hit ni carrera. Tim Wakefield, su compañero por 15 años quién había anunciado su retiro dos semanas antes, estaba ahí. También Josh Beckett, el tejano terco que insistía en que Varitek fuera su receptor.

Una docena o más estaban ahí, todos para rendirle homenaje.

Ahí fue donde lo sacudió la marea y por primera vez que alguno de ellos pueda recordar, su capitán, el pelotero más duro que conocían, rompió a llorar.

“Muchachos, ustedes no tienen idea de lo que esto significa”, dijo Varitek antes de hacer una pausa y enjugarse las mejillas.

Varitek habló desde un podio en frente del “home” de JetBlue Park, una nueva facilidad donde nunca jugará. Su esposa, Catherine, y sus tres hijas, Alexandra, Kendall y Caroline, se sentaron a pocos metros de distancia.

“Él ha estado muy emocional toda la semana”, dijo Catherine Varitek. “Es algo muy duro para él. Los muchachos significan mucho para él”.

Beckett dijo: “Es dificil ver llorar a un hombre. No tengo palabras para hablar de él y de lo que significó para nosotros”.

Los Medias Rojas le ofrecieron a Varitek un contrato de ligas menores y no le podían garantizar un puesto en el equipo grande. Él tenía ofertas de otros equipos pero no estaba dispuesto a cambiar de uniforme. Eso llevó a Varitek a ponerse un flux gris y pararse frente al plato donde hubiese querido agacharse a llamar el juego.

“Él estaba muy consciente de que está dejando un legado. Fue muy importante conocerlo”, dijo Scott Boras, el agente por mucho tiempo de Varitek. “Él lideraba un cuerpo de pitcheo y marcaba el paso de una organización, se identificaba con éste equipo”.

“Fue más que un uniforme, o un trabajo, o un lugar. Para él, se trataba de ser parte de la tela”.

Joe Varitek quién crió a Jason y otros tres hijos, dijo que era un momento de orgullo para su familia. Él y su esposa Donna, vieron a su hijo hablar con una cajita de toallas al alcance de la mano.

“Si lideras por ejemplo, que es lo que él hace, siempre es bueno ver a otras persones notarlo y reflexionar sobre eso”, dijo. “Es un gran sentimiento. Es algo que valoras toda la vida”.

El dueño John Henry dijo que ver retirarse a Varitek y Wakefield se sentía como el fin de una era para los Medias Rojas.

“Esto habla más de ellos, del tipo de persona que son, que de cualquier otra cosa.”, dijo. “Estos son dos jugadores extraordinarios que lo dieron todo. Cuando se tienen dos jugadores de su estatura que han sido parte de esta organización por tanto tiempo, cuando ellos se van, comienza un nuevo capítulo”.



Traducción: Alfonso L. Tusa C.

viernes, 24 de febrero de 2012

Omar Bencomo Jr, pitcher de béisbol profesional atracado para arrebatarle el carro.

El sábado 18 de febrero de 2012 leí en la primera página de Ciudadanos, de El Nacional: “Pitcher de Magallanes herido en atraco”. Me fui a la página 7 y encontré que el pitcher relevista, quién pensé lanzaría este año con Magallanes, había sido víctima del hampa para despojarlo de su automóvil en la ciudad de Valencia. El atraco ocasionó la pérdida de un riñón y la incertidumbre de si Bencomo podrá iniciar la temporada de ligas menores en abril, o si podrá volver a jugar béisbol.
La temporada pasada revisé varias veces la actuación de Omar Bencomo con los Hot Rods de Bowling Green en la Midwest League Clase A, filial de los Rayas de Tampa Bay. A pesar de una marca de 4-5 y 3.97 de efectividad, se aprecia el principal valor de Bencomo, utilizado hasta ahora como relevista intermedio, un control afilado al punto de conceder sólo 13 boletos en 79.1 episodios en 2011 y un promedio de 1.1 boleto por cada 9 innings lanzados en sus 5 temporadas de ligas menores. En ese momento me pareció que podía ser un candidato a considerar para el bull pen de los Navegantes del Magallanes en la temporada 2011-12, al menos durante las primeras semanas.
Llamé a José Rafael Rodríguez para profundizar sobre los pormenores de las consecuencias del evento delictivo en la salud de Omar Bencomo y por consiguiente en la continuidad de su carrera en el béisbol profesional. Me confirmó que de acuerdo con el reporte médico, la situación de Bencomo es de cuidado, más se espera una recuperación progresiva. La pérdida del riñón no debería afectar su vida futura, a excepción de ciertas precauciones a guardar. La reconstrucción del colón también se espera que evolucione con toda normalidad.
En cuanto a la continuación de la carrera de Bencomo en el béisbol, es muy probable que a partir de junio empiece a lanzar pelotas. De ahí en adelante empezarán los trámites para buscar equipo en el béisbol de ligas menores, ligas independientes, Japón, Italia, España, México,etc.
“Bencomo había sido dejado en libertad por Tampa Bay, lo cual me resultó sorpresivo”, comentó Rodríguez.
Esperamos que la recuperación sea un éxito y que Bencomo sea al menos considerado dentro de los candidatos a integrar el bull pen de los Navegantes del Magallanes para la temporada 2012-13.

Alfonso L. Tusa C.

Carlos Silva encuentra una oportunidad con los Medias Rojas

Peter Abraham. Boston Globe. 24-02-2012

Fort Myers, Fla..- Los Medias Rojas estuvieron interesados en firmar al derecho Carlos Silva en noviembre. Pero él no estaba listo para tomar una decisión en ese momento.
“Me alegró que llamaran”, dijo ayer. “Pero quería estar seguro de lo que quería hacer. Tenía que estabilizar mis sentimientos. Por eso esperé”.
Lo que lo convenció más fue la presencia del coach de pitcheo de los Medias Rojas, Bob McClure, en uno de sus entrenamientos en Florida.
“Eso me llamó mucho la atención”, dijo Silva. “Me dijo lo que pensaba y cuales eran mis oportunidades. Estaba muy excitado de jugar con este equipo”.
Para Silva, la idea de que un equipo lo quisiera era suficiente, debido a la forma como han transcurrido los últimos años de su carrera.
Fue un abridor confiable con los Mellizos entre 2004 y 2007, dejó marca de 47-45 y 4.42 de efectividad con un promedio ligeramente inferior a los 200 innings por temporada.
Eso motivo a que Seattle le extendiera un contrato de cuatro años por 48 millones de dólares. Silva tuvo marca de 5-18 y 6.82 de efectividad. Sólo efectuó 34 aperturas en dos temporadas con los Marineros. Fue cambiado a los Cachorros por el jardinero Milton Bradley en un intercambio de contratos infructuosos.
Los Marineros estaban tan ansiosos de salir de Silva que agregaron 9 millones de dólares a la negociación.
En principio Silva lanzó bien con los Cachorros, pero tuvo efectividad de 6.15 en sus últimas 10 aperturas y fue despedido en el entrenamiento primaveral la temporada pasada. Reclamó que los Cachorros no le habían dado suficientes oportunidades.
Eso provocó la ira de Jim Hendry, el entonces gerente general de los Cachorros. Dijo que Silva actuaba fuera de la realidad.
Los Yanquis firmaron a Silva en un contrato de ligas menores. Sólo hizo cinco apariciones debido a dolores en el hombro.
Ahora tiene la oportunidad de empezar de nuevo con los Medias Rojas, quienes tienen deficiencias en su rotación. Silva está en el campamento con contrato de ligas menores. Ganará un millón de dólares si hace el equipo.
“Siento que tengo la oportunidad de probar que me queda algo. Estoy sano y mi hombro se siente muy bien, como nunca lo he sentido en años”.
Silva, quién cumplirá 33 años en abril, es lo suficientemente joven para creer que puede recuperar su forma. Siempre ha dependido más de ubicar sus lanzamientos, que de la velocidad, lo cual ayuda a su causa.
“Aún puedo lanzar. Puedo ayudar a este equipo”, dijo Silva.
Silva, Aaron Cook y Vicente Padilla podrían competir por un puesto en el equipo. Pero su verdadera oportunidad podría llegar más tarde, si comienzan la temporada con el Pawtucket AAA.
“Este no es un lugar para impresionar. Este no es el momento de impresionar y hacer el equipo”, dijo el manager Bobby Valentine. “Ellos están en un proceso por demostrar que pueden ayudar en los juegos, que pueden llegar al lugar donde tendrán la oportunidad de brillar”.

Traducción: Alfonso L. Tusa C.

Autopsia de una temporada

Transcurrido el tiempo suficiente para decantar todas las emociones, ahora si se puede analizar a profundidad los vestigios de la temporada 2011-12. Aún cuando muchos pensamos que Magallanes debió llegar a la serie final, esta expedición tiene más elementos positivos que de otra índole. En primer lugar la gerencia deportiva demostró su diligencia y conocimiento de la esencia del juego. Luis Blasini se las ingenió para informarse de la presencia de Adonis García en el país y logró una adquisición que más allá de la recién concluida temporada, puede significar grandes logros futuros para el buque magallanero. La demostración de poder y vergüenza deportiva de Mario Lisson que lo convirtió en un pelotero esencial en esta temporada, perfectamente puede extenderse en el futuro. Lisson es el tipo de pelotero que siempre será muy importante en esta liga. La contratación de Ricardo Hernández trajo otro relevista zurdo al equipo que tapó muchas averías y que en el futuro pudiera convertirse en abridor. Por otro lado la gestión de Blasini ha adolecido de un pitcheo abridor estable. Conociendo las restricciones que pesan sobre prospectos y lanzadores de otras categorías, el horizonte por explorar a fondo son las ligas independientes de Estados Unidos, España, Italia, Holanda; sólo allí se pueden conseguir los lanzadores importados que permanezcan al menos toda la temporada regular con el equipo. En cuanto a los pitchers criollos habría que ajustar el plan de sustituciones, para mantener el nivel del pitcheo abridor y también del bull pen a lo largo de la temporada. Sería interesante evaluar si Fernando Nieve piensa volver a pitchear con Magallanes. Evaluar la posibilidad de pasar a Joel Hernández a relevista largo o abridor. También determinar si Carlos Hernández puede regresar a abrir juegos. Sería de gran ayuda si pudieran conseguir un instructor de receptores de la talla de Clemente Álvarez, Rafael Cariel o Alfredo Torres. La recién finalizada temporada se observó como se repitió varias veces, que le robaban la tercera base a los catchers magallaneros.
Me parece que a pesar del famoso juego de la semifinal ante La Guaira, donde Carlos García tomó decisiones discutibles respecto a sus relevistas, en líneas generales su labor fue más que aceptable por cuanto fue capaz de levantar un equipo prácticamente sin pitcheo abridor para meterlo en la semifinal y en esta instancia nuevamente a punta de motivación y conocimiento del juego, revivió al Magallanes y lo llevó a forzar un desempate que casi los metió en la serie final. Su mejor atributo trasciende el saber motivar a sus jugadores. Aún cuando haya podido cometer errores en la estrategia del juego ¿Quién no los ha cometido? Todos los grandes managers han pasado por esas situaciones y han aprendido de los errores para mejorar sus aptitudes. Carlos Garcia debería regresar a dirigir al Magallanes en la temporada 2012-13.
Hay peloteros que desde ya se ganaron su puesto en el buque para la próxima temporada. Luis Landaeta demostró que su bate aún tiene unos cuantos cartuchos por explotar en LVBP. Su actuación en la ronda semifinal comprueba que de haber recibido más oportunidades en la temporada regular de seguro habría respondido con más contundencia. Tanto él como Jesús Merchán deben ser considerados como integrantes de una reserva que puede venir al rescate ante cualquier imprevisto, además de estar en la lista de los principales candidatos a venir de emergente hacia finales del juego.
Entre los jugadores lesionados que podrían ayudar al Magallanes la próxima temporada se debería seguir de cerca las actuaciones de Reggie Corona, que viene de dos operaciones en el brazo, podría regresar a la segunda base con su explosivo madero. También será bien importante contar con un Robinson Chirinos a plenitud de condiciones, así al alternarse con Jesús Flores y Salomón Manriquez se garantizará un mejor rendimiento de los tres.
En cuanto a los jardines Magallanes deberá determinar desde bien temprano el futuro inmediato de Johermyn Chávez. Si lo van a cambiar deberían considerar solicitar a cambio un lanzador abridor probado en la liga y que esté disponible para lanzar al menos dos meses de la temporada. Alguien de las características de Johan Pino, Ronald Uviedo o Luis Avilán. Si piensan conservarlo, deberían conversar con él desde ahora y comunicarle los planes que hay para la próxima temporada. También se debería evaluar la posibilidad de que prospectos como Albert Martínez y Yorman Rodríguez formen parte de la alineación en las primeras semanas de la temporada.
En el cuadro interior será bien interesante conocer si Francisco Martínez recibirá el permiso para actuar con el Magallanes en la próxima campaña. En los juegos donde actuó mostró un gran nivel defensivo y un madero respetable. También será importante conocer cual será el campocorto, Darwin Pérez demostró tener cualidades ofensivas para ocupar el primer lugar de la alineación., todavía debe hacer algunos ajustes en su defensa. Argenis Díaz mostró que sigue siendo un gran torpedero defensivo, sin embargo debe probar que puede mantener su nivel de juego a lo largo de la temporada.
Son situaciones que variarán a lo largo de los próximos nueve meses, allí deberá conjugarse en mayor medida, el trabajo del gerente deportivo, que de repetir Blasini, debería servir para demostrar los aprendizajes de las experiencias vividas, con las observaciones del manager y las diligencias de el gerente general.

Alfonso L. Tusa C.