domingo, 13 de enero de 2013

Un tiburón en el barco

La transmisión radial dio paso a un crepitar de agua sobre aceite hirviente. En la mente seguí escuchando el turno de Renny Osuna, con Argenis Dìaz corriendo en primera base, el pitcheo caraquista había maniatado la ofensiva magallanera desde mediados de juego y parecía que el inning terminaría sin carreras, la pizarra marcaba 3-3. Mi imaginación empalmó con el regreso de la señal en el momento cuando Carlos Feo masticaba el micrófono. Me alegró saber que Magallanes se había reforzado con Ronny Cedeño en el draft de sustituciones. Por eso cuando se anunció su deserción, la escogencia de Renny Osuna me pareció en principio inadecuada, pensaba que carecía de la experiencia para afrontar un round robin. Luego recordé varios pasajes de Osuna en la temporada regular en los cuales había enseñado un gran rendimiento ofensivo con los Tiburones de La Guaira. Quizás me había equivocado. ¡Y vaya equivocación! En el primer Caracas-Magallanes del todos contra todos, descargó un vuelacercas que pudo significar la victoria magallanera. Se ha encargado de demostrar lo que dijo Luis Blasini al optar por él. “Tiene el mismo perfil de Ronny Cedeño, juega short, segunda, tercera y además batea”. Agregaría que tiene a su favor la juventud. Osuna podría ser una alternativa para la tercera base cuando el panda Sandoval deba abandonar el barco. “…es un batazo a lo profundo del jardín central…allá va aDuarte…y no puede alcanzar… la pelota se estrella contra la pared…viene Díaz para la goma con la ventaja y Osuna se mete hasta tercera con un triple. Ahora Magallanes 4, Caracas 3. Duarte a punto de realizar una jugada espectacular, pero Osuna le dio muy bien a la pelota”. En el cierre del décimo episodio, casi entierro la barbilla en el esternón. Luego que Juan Rincón ponchara a Asdrubal Cabrera, Jesús Guzmán despachó un estacazo dantesco. Carlos Feo estremeció el radiecito. “Es un batazo inmenso por la izquierda, allá va Ezequiel Carrera… no puede capturar…¡esperen, si atrapó la pelota entre todo lo que le lanzaron desde la grada!” Osuna saltaba de emoción en los camarotes del barco. “Los juegos entre La Guaira y Caracas son intensos, pero estos se viven pitcheo a pitcheo. Nunca había vivido algo así”. Alfonso L. Tusa C.

sábado, 12 de enero de 2013

La corte de los canguros

En medio de los pellizcos de ver elevados de rutina caer entre los jardineros e infielders magallaneros, el colmo de un beisbol lleno de imprecisiones donde pareciera que Luis Rodríguez puede batearle con los ojos cerrados a cualquier lanzador navegante, que Josh Kroeger se embasa en todos los turnos y los relevistas carecieran de suficientes recursos para cumplir su trabajo, imaginé por un instante el juego de los años 60 y comienzos de los 70, Earl Weaver, Dick Williams, Danny Murtaugh, Frank Robinson, Don Baylor. Entonces, además del liderazgo activo del manager, existía una especie de tribunal entre los peloteros que llamaban la Corte Canguro. Resultaba muy esporádico observar peloteros fallando en los fundamentos del juego. Weaver estaba pendiente de cada jugada de los Orioles de Baltimore segundo a segundo. Al terminar cada episodio siempre tenía algún comentario para tal o cual jugada. Y al terminar el juego los peloteros liderados por Robinson, se reunían para analizar las jugadas deficientes, nunca debes ser out en tercera con dos outs, nunca debes vender la pelota en cuenta de 0 bolas y dos strikes, siempre debes estar atento al sonido de la pelota con el bate y comunicarte con tus compañeros en todo el juego, con cada análisis venía una multa para el infractor, ese dinero iba a un pote que los jugadores usaban para realizar alguna fiesta al final de la temporada o lo donaban a instituciones benéficas. En un entrenamiento primaveral en 1969 o 1970, Baylor dio unas declaraciones a la prensa. Dijo que aquel iba a ser su año y que sería jardinero titular de aquellos Orioles que entre otros tenían a Robinson, Paul Blair, Don Buford, Merv Rettenmund. Que él había encontrado su momento con el guante y el bate. Al dia siguiente Robinson leyó las declaraciones en la corte canguro. Aquí todo el mundo se ha fajado durísimo para ser regular, y lo mismo debes hacer para comprobar lo que declaraste. En el dugout de los Piratas de Pittsburgh, Murtaugh hablaba con las miradas, cada vez que sus peloteros regresaban al dugout luego de un episodio difícil, solo con graduar la brillante, al menos los que habían protagonizado los errores se sentaban a su lado y reflexionaban lo que debían hacer para mejorar. Tony Gwynn recuerda mucho que en uno de sus primeros juegos con los Padres de San Diego se le cayó un elevado de rutina en el jardín izquierdo. Al llegar al dugout Dick Williams lo llamó. Le dijo que se quitara el uniforme y lo esperara en su oficina hasta que terminara el juego. Eres un gran pelotero, llegarás lejos, hoy nos hiciste mucha falta al final del juego. Pero hay algo que debes entender, los errores físicos son parte del juego. Los mentales hacen ver al beisbol horrible. Debemos cuidarnos mucho de eso. El propio Baylor multó a Roger Clemens el día que ponchó a 20 Marineros de Seattle en 1986. En medio de la corte canguro posterior al juego le dijo que por haber hecho un lanzamiento inadecuado en determinado momento se había hecho acreedor de la pena. Aquel lanzamiento pudo haber significado un momento difícil para el equipo. Al terminar el juego de anoche (11 de enero de 2013) respiré profundo. A mitad de madrugada me desperté varias veces. Había una reunión en el dugout del Magallanes. Luis Sojo caminaba ente Jean Machí, Enrique Gonzalez, Gabriel Alfaro y Luis Chirinos. Despues llamó a Elvis Andrus, Endy Chavez, Juan Rivera y Ezequiel Carrera. Las voces subieron y bajaron. Afuera varios canguros husmeaban la grama de los jardines. Alfonso L. Tusa C.

miércoles, 9 de enero de 2013

Hasta el octavo

Si dejas de jugar tanto tiempo con el ds saldremos a pasear. Miguelin bajó la cabeza y se alejó. Cada vez que quitaba los ojos del libro, apretaba las teclas de la caja azul. Cuando Gustavo Chacín salió este 8 de enero al montículo del José Bernardo Pérez una duda pendía sobre los entendidos y aficionados. ¿Hasta cual inning llegaría? ¿Sería capaz de mantener la pelota en la zona de strike y burlar a los bateadores? El primer inning estuvo a punto de revolcar aquella esperanza. Le batearon 3 imparables pero logró el cero. Miguelin pasó como 3 minutos embojotado en la cama. Por más que lo llamaba seguía con la cara debajo de la almohada. Chacín forcejeó con José Álvarez y sus lanzamientos empezaron a martillar los límites del pentágono. Rectas y curvas atravesaban maderos o salían batazos manejables. Hasta que a mediados del juego en el barco aprovecharon un parpadeo de Álvarez y el panda Sandoval trajo la primera rayita. Los episodios pasaban y se esperaba la crisis de control, Chacín recetaba ponches y cantaba strikes para adelantarse en la cuenta ante la sorpresa de muchos. Además de grandes jugadas defensivas de Juan Rivera. De pronto llegó el séptimo y el octavo inning. Parecía un juego de hacía 20 años por lo menos. Retiraba un rival y amedrentaba al siguiente con envíos inesperados. Por momentos soñé con el blanqueo. Luis Sojo rompió la ilusión al traer a Jean Machí para el noveno. Ha podido al menos darle el primer bateador del inning, para ver si había oportunidad de apreciar esa rara ave en que se ha convertido un juego completo. Magallanes volvía a ganar con pitcheo y defensa. Miguelin salió de abajo de la almohada y saltó para darme la mano. Vamos a pasear. El ds quedó abierto debajo de la cobija. Alfonso L. Tusa C.

sábado, 5 de enero de 2013

Un gallo en la bodega.

La brisa marina incidía junto a las olas en la línea de flotación. Muchos graznidos de gaviotas arropaban el canto de un gallo. La brújula y el astrolabio oscilaban sobre el timón ante la afluencia de fallas defensivas, y ahora, minutos antes de zarpar en busca de las águilas, Sergio Pérez sentía espasmos estomacales. Por eso aparecía Orangel Arenas en el bull pen. De pronto las olas parecían abrir orificios en el maderamen. El canto del gallo llegaba con más claridad, cuando Pérez salió hacia el montículo entre los graznidos y la sorpresa de la tripulación. A pesar de que Pérez tenía una seguidilla de ceros, siempre da la impresión de que solo tiene fuerzas hasta el tercer episodio. Por eso la brisa parecía descoser las velas del mástil. Maracaibo semejaba un escollo que arrancaría dos pedazos del barco. A escasas millas de la costa, la nave corcoveó. Luego siguió el rumbo cuando Pérez sacó strikes de entre la crisis de control. Entonces salieron candelazos de los cañones del Panda y Juan Rivera. Back to back, uno tras otro, este y este también, zambombazo y astazo, detonaciones incandescentes. Y el canto del gallo subía junto a las gaviotas. Un rumor de cadenas oxidadas se quebró al pie del mástil tras una atrapada de Elvis Andrus detrás de segunda base, dos lances de Mario Lisson en la antesala y un salto de Ezequiel Carrera en el bosque izquierdo. Ahora si se escuchaba el kikiriki en todo el barco y en muchas millas a la redonda. Sergio Pérez logró lo que muy pocos en la nave esta temporada, llegó a sacar un out en el séptimo episodio y extendió la seguidilla de ceros. Atahualpa Severino y Jean Machí terminaron de sellar el blanqueo. Si es así, bienvenidos los espasmos estomacales y la integridad de salir a darlo todo por el equipo a pesar de los malestares. Alfonso L. Tusa C.

miércoles, 2 de enero de 2013

….en el right field Roberto Clemente.

Aquella tarde de julio de 1972 Carmen lamentaba la muerte del bolerista Felipe Pirela en tierras boricuas. Me dijo que antes que se terminara el año los puertorriqueños también llorarían a alguien muy querido. ¿Quién? ¿Roberto Clemente? No, ni se te ocurra. Cada vez que el narrador anunciaba la presencia del puertorriqueño en el jardín derecho de los Piratas de Pittsburgh, la esperanza burbujeaba en los rostros de los aficionados de Pensilvania. El orgullo inflamaba el rostro de los latinoamericanos. El concierto de atrapadas contra la pared, hacia la raya, hacia el callejón del right center, hacia delante de cordón de zapato, el brazalete capaz de pintar un strike en la mascota del cátcher desde el rincón más remoto de la derecha. La posición alejada del plato a la hora de empuñar el madero, sin embargo despachaba linietazos entre dos ante lanzamientos en la esquina de afuera. En ese momento del juego los latinos se sentían reivindicados; eran vistos con respeto legítimo. La imagen de Clemente volando hacia tercera base con el mensaje de un triple sacaba toda la solidaridad entre los latinos. Ya no temían que los señalaran por pronunciar mal el inglés, el color de la piel o la efusividad. La Serie Mundial de 1971 resultó una de mis primeras experiencias de como la voluntad de un hombre puede cambiar un juego y una competencia. Clemente dejó el alma sobre el terreno y los Piratas ganaron el título. Por eso todos sus compañeros viajaron a Puerto Rico antes de la temporada de 1973. Todos tenían una frase, una mirada, hasta un guante donde refulgía el rostro de Roberto. Un turno de más de 21 lanzamientos ante Juan Marichal para terminar rechinando la pelota contra la pared del jardín central, un jonrón en la Serie Mundial de 1971, una clínica con niños en Puerto Rico, refulgieron todos aquel 1 de enero de 1973 cuando la fanfarria de NotiRumbos anunció que Roberto Clemente había fallecido al precipitarse al mar Caribe un avión donde viajaba para llevar ayuda humanitaria a los damnificados del terremoto de Managua. Carmen bajó la cabeza y lloró a Clemente igual que a Felipe Pirela, se quedó muda el resto del día. Steve Blass, Manuel Sanguillén, Richie Hebner, Al Oliver, Bob Moose, Rennie Stennett, Doc Ellis, Steve Giusti, Danny Murtaugh y todos sus compañeros de los Piratas recorrieron las calles de San Juan en busca de los batazos y las carreras, de las atrapadas y los disparos de Roberto Clemente, entraron a la catedral y allí sintieron la presencia del jardinero derecho al fondo de la nave central. Los latinos levantaron el rostro y enfrentaron la realidad, recordaban a Clemente reclamar a los periodistas “…mi nombre es Roberto, dejen de llamarme Bob”. Alfonso L. Tusa C.