lunes, 6 de abril de 2015
El Cy Young que nunca fue
05-11-2014. Owen Watson. The HardBall Times
A Mike Norris, de acuerdo, le fue robado el premio Cy Young de la Liga Americana en 1980. (via John Morgan)
Hace dos años, cuando los Atléticos de Oakland se encontraban inmersos en la intensidad de una remontada de septiembre que culminaría con el título de la división Oeste de la Liga Americana en el último día de la temporada, yo había ido a una tienda de comestibles cercana a mi vecindario en Oakland. Iba para el juego de los Atléticos ese día y entré allí para comprar algún bastimento en mi ruta al estadio. Detrás de mí en la cola estaba un hombre mayor quién notó mi gorra de los Atléticos, empezamos a hablar del equipo. Discutimos la trayectoria de la temporada, si podíamos ganar la división, como nuestros abridores y el bull pen estaban lanzando muy bien en la recta final, tópicos normales de aficionados, hasta que él sacó su cartera para pagarle al cajero.
“¿Quieres ver algo? Me preguntó, luego de entregarle un billete de veinte al cajero.
Sacó una barajita de beisbol de su cartera y me la ofreció. Estaba bien desgastada: el cartón se había suavizado, los bordes estaban doblados y rasgados, y el anverso estaba desteñido, como una película en Technicolor de hace décadas que fuese colocada en el estante de un almacén y se hubiesen olvidado de ella.
Pude leer el nombre, a pesar de la decoloración.
“Mike Norris”. Lei la barajita. ¿Este es usted?
“Así es”, dijo él.
Comparé al tipo flaco del bigote delgado en la barajita con el hombre parado frente a mí. El parecido era evidente, pero el no lucía como un antíguo pitcher de Grandes Ligas, o lo que yo pensaba de como debía lucir un antíguo pitcher de Grandes Ligas. No era muy alto, no tenía una complexión particularmente fuerte, y sus brazos era de tamaño normal, tal vez un poco largos.
Al momento, no pensé en preguntarle porque llevaba una barajita de beisbol de si mismo para mostrarla a extraños. No pensé en preguntarle porque usaba muletas permanentes, o porqué estaba en la tienda, o qué transpiró en los 31 años entre la foto del él a mitad de windup en la Topps de 1981 en mi mano y aquel día de septiembre de 2012.
No pensé en preguntarle nada, porque había volteado la barajita y veía la línea de su temporada de 1980.
Los números: 22 victorias, 284.1 innings lanzados, 180 ponches, 2.53 de efectividad, 1.04 de WHIP.
Veinticuatro juegos completos.
Fue un año de ensueño: del tipo que solo llega cuando un joven, delgado derecho con talento de primera ronda tiene la epifanía, el click, y es casi imbateable desde entonces.
“Santo cielo”, dije.
Mas adelante ese día, luego del juego, me fui a casa para revisar su temporada de 1980 a profundidad, una temporada que siguió haciéndose mejor y mejor mientras avancé en las estadísticas. Por las medidas tradicionales, su temporada fue ejemplar; por sabermetría, fue mejor. Entre los pitchers de la Liga Americana, él se ubicó así:
-Tercero en Fielding Independent Pitching (Fildeo independiente del pitcheo)
- Primero en Adjusted Pitching Runs (Carreras ajustadas de pitcheo)
- Primero en Adjusted Pitching Wins. (Victorias ajustadas de pitcheo)
- Primero en Wins Above Replacement en pitcheo (Victorias por encima de reemplazo)
Sin embargo, había un número que sobresalía más que cualquier otro en la página de su perfil en Baseball Reference: un CYA-2 bajo la sección “Premios”. Al marcar en el link, vi la votación del Cy Young de la Liga Americana de 1980 por primera vez, y las palabras que Mike Norris dijo temprano en el día resonaron en mi cabeza.
“Me robaron”, me había dicho, tomó la barajita para mirarla, como si hubiera algo de lo que se hubiera perdido en los 30 años que había estado en su cartera. “Debí haber ganado el Cy Young”.
Fue una votación muy cerrada. Steve Stone, abridor de los Orioles de Baltimore y ganador de 25 juegos, empató con Norris con 13 votos de primer lugar. Quienes no votaron por Norris para ganar lo colocaron muy abajo en la elección (Stone recibió 10 votos de segundo lugar por siete de Norris), lo cual le dio una cantidad menor de puntos totales para determinar la entrega del premio a Stone.res electores dejaron a Norris fuera de la votación.
Sin embargo, la carrera no fue cerrada. La campaña de 1980 no fue un caso como el de la carrera por el Cy Young de este año (2014) entre Felix Hernández y Corey Kluber, en la cual las estadísticas de ambos pitchers están separadas por márgenes milimétricos. Norris había aventajado a Stone en cada categoría de pitcheo en 1980, excepto dos: victorias y porcentaje de victorias. Stone jugó para un equipo que ganó 100 juegos; Norris jugó para un equipo que ganó 83. Como resultado, Stone tuvo marca de 25-7 y Norris 22-9. Aparentemente esas fueron las únicas estadísticas que los votantes tomaron en cuenta.
A través de los dos años transcurridos desde que conocí a Morris en aquella tienda de comestibles de Oakland, no he podido dejar de regresar al Cy Young de la Liga Americana en 1980. ¿Qué fue de Norris después de 1980? O más importante aún ¿Por qué no he oído más de él, la víctima de uno de los escamoteos más grandes de la historia del Cy Young?
Empecé por el comienzo.
Mike Norris fue seleccionado en la escogencia 24 de la primera vuelta del draft amateur de 1973 por los Atléticos de Oakland en el City College de San Francisco. Su primera apertura con el equipo de Grandes Ligas de los Atléticos fue en 1975, y en los próximos cuatro años tuvo relativamente poco éxito, dejó números de 12-25 con 4.67 de efectividad y 1.53 de WHIP hasta la conclusión de la temporada de 1979.
Muchos de los reveses que Norris sufrió pueden ser atribuidos a la actuación del equipo, el cual, luego de ganar tres series Mundiales seguidas entre 1972 y 1974, pasó por una seria etapa de reconstrucción mientras Norris ascendía en la clasificación. Despues de ganar 98 juegos en 1975, Oakland perdió 74 juegos en 1976, 98 en 1977, 93 en 1978, y 108 en 1979.
Algo cambió en 1980 para los Atléticos y Norris, cuando la rotación de abridores estaba llena de jóvenes ases bajo el mando del nuevo manager Billy Martin: Rick Langford ganó 19 juegos con 3.26 de efectividad (así como 28 juegos completos), Matt Keough ganó 16 con 2.92 de efectividad (20 juegos completos), y Norris emergió como el mejor de todos. Steve McCatty y Brian Kingman redondearon la rotación, cada uno lanzó más de 210 innings y tuvo efectividad por debajo de 4.00.
Bajo Martin, los primeros tres abridores lanzaron un combinado de 824.1 innings en 1980, se convirtieron en el último equipo con tres lanzadores que pitchearon por lo menos 250 innings cada uno con efectividad por debajo de 3.30. La pesada carga de trabajo de los abridores vendría a formar parte del estilo de dirigir de Martin, coloquialmente conocido como “Billyball”, y fue la sospechada causa de que todos los cinco abridores de la rotación de 1980 tuvieran sus carreras recortadas debido a lesiones en los años venideros.
Como Norris le diría a L.A.Times en 2011 respecto a las visitas de Billy Martin al montículo, “Si le decías que estabas cansado, te miraba como si fueras poco hombre”, dijo Norris. “Por eso le decía que se fuera de ahí”.
Y casi siempre, Martin se iba de ahí. El joven derecho Norris, lanzaría 284.1 episodios en su especial temporada de 1980, la segunda cantidad más alta en la Liga Americana. El punto más alto de la temporada, para aquellos inclinados a los exigentes y dolorosos maratones de fortaleza atlética, fue un juego de 14 innings ante Jim Palmer y los lideres Orioles. Norris cubrió la distancia, permitió 12 imparables, dos boletos, y dos carreras limpias, enfrentó 51 bateadores. Finalmente se apuntó la victoria luego que Antonio Armas bateara un jonrón con las bases llenas en el cierre del décimocuarto inning.
Hacia el final de la temporada, el rumor del Cy Young perseguía al nuevo as de la rotación. Luego de su apertura final de 1980, un triunfo 11-3 sobre los Medias Blancas de Tony LaRussa en el cual Norris lanzó su quinto juego completo seguido, LaRussa diría, “Este muchacho que nos venció hoy tiene que ser el candidato principal del Cy Young. Martín fue más allá, luego de la victoria dijo “…si ellos no pueden tomar su decisión basados en lo que él ha hecho hasta ahora, nunca lo harán”.
El derecho terminaría la temporada con logros sobresalientes: de las 33 aperturas que hizo, 24 fueron juegos completos, incluyendo cinco en extra-inning de 11, 14, 10, 11 y 11 episodios. Agenció una tasa de porcentaje de boletos de 7.3 (la mejor de su carrera), ganó el primero de sus dos guantes de oro (el único pitcher de los Atléticos que ha ganado ese premio), y terminó entre los tres mejores de la Liga Americana en WHIP, hits por cada nueve innings lanzados, innings lanzados, ponches, victorias y Fielding Independent Pitching.
Con sólo las estadísticas, Norris parecía el seguro ganador del Cy Young. Stone terminó fuera de los cinco mejores de la Liga Americana en la mayoría de las categorías de arriba (WHIP, H/9, IP, Ks, y FIP); en algunos casos, ni siquiera estuvo entre los 10 mejores (WHIP, FIP). Parecía haber un claro ganador al final de la temporada. Como diría Norris en septiembre de 1980, “…basado en mis estadísticas, no hay duda de que he hecho un mejor trabajo que él”.
Sin embargo, Norris no ganó el Cy Young. Tres votantes llegaron tan lejos como dejarlo fuera completamente de la elección. Esos miembros de la BBWAA eran de Kansas City, Detroit y Anaheim. Norris tuvo una marca combinada de 5-1, con 1.41 de efectividad y 0.92 de WHIP contra Reales, Tigres y Angelinos en 1980.
No es un secreto que el prejuicio de las victorias y el porcentaje de victorias ha dominado la elección del Cy Young hasta hace muy poco, pero ¿cuales fueron las otras razones por las cuales el premio le fue entregado a Stone en vez de a Norris?
Existe la posibilidad de un prejuicio hacia Baltimore y la Costa Este. Empezando en 1973, los pitchers de los Orioles ganaron cuatro de los próximos siete premios Cy Young: Jim Palmer en 1973, 1975 y 1976, junto a Mike Flannagan en 1979. Los votantes pudieron haber condicionado sus elecciones, debido a que Baltimore fue una franquicia exitosa durante los años ’70. Stone también abrió el Juego de las Estrellas por la Liga Americana y lanzó tres innings perfectos, y los Orioles eran los favoritos de la Liga Americana desde el comienzo de la temporada. Stone también estaba al final de su carrera, y Norris empezaba la suya.
Como diría Norris al conocerse la decisión del Cy Young, “Me parece que pensaron que Steve era quien más merecía el premio. Puedo aceptar eso… Tengo muchos años por delante. Espero poder ser considerado otro año”.
No habría otro año como 1980 para Norris.
Con la pesada carga de trabajo de Martin, no sorprende que todos los cinco abridores de Oakland en 1980 se hayan desvanecido con una variedad de asuntos de codo y hombro en las temporadas siguientes. Langford tuvo sólo dos temporadas exitosas más antes de ser dejado libre en 1985, Keough nunca más superaría los 100 innings lanzados en una temporada luego de 1982, McCatty estaba acabado a los 31 años, y Kingman tambien después de 1982.
Para Norris, se trató de la confluencia de dos influencias dañinas que afectaron su carrera luego de su gran temporada: la aparición de una lesión en el nervio de su hombro de lanzar y la epidemia rampante de cocaína que plagó al beisbol a comienzos de los ’80. 1981 fue una temporada interrumpida por una huelga con mucho tiempo libre para actividades extracurriculares y una pérdida de fuerza en el hombro, seguida por una temporada de 1982 que vio la introducción de “Billyball” en todos los niveles de la organización de los Atléticos luego que a Martín le fuera entregada la responsabilidad de las operaciones de beisbol en Oakland.
En 1982, los pitchers jóvenes estaban lanzando juegos completos en el lugar de los abridores de Grandes Ligas durante los juegos del entrenamiento primaveral, lo cual llevó a una falta de preparación para los exigentes cotejos de nueve innings que los esperarían a partir del juego inaugural. Norris llegó a la lista de incapacitados con tendinitis de hombro en junio de 1982 como el resto del cuerpo de lanzadores, sufría bajo la intensa carga de trabajo, y tuvo cirugía en el hombro en noviembre de 1983 luego que el dolor y la inefectividad habían arreciado. Su lesión también aumentó su dependencia de las drogas, lo cual lo sacó de la liga y lo llevó a rehabilitación de las drogas. Tendría un corto regreso en 1990 con los Atléticos y lanzó bien, pero fue dejado en libertad luego de solo 27 innings de trabajo.
Dos años después de nuestro encuentro en la tienda, decidí que era el momento de preguntarle a Norris por su carrera, la carrera por el Cy Young de 1980, y su vida actual. Durante el mes que anduve buscándolo, encontré unas pocas sorpresas, incontables historias sobre leyendas e inquilinos del Salón de la Fama, y un programa para jóvenes en riesgo que usa al beisbol como herramienta para movilidad social y hábitos de salud.
Con una rápida investigación, hallé que el antíguo as ahora lidera un programa llamado Mike Norris School for Baseball and Wellness, una sociedad con una institución sin fines de lucro en el Area de la Bahía que busca comprometer a los jóvenes urbanos mediante un curriculum de beisbol y ejercicios/dieta apropiados. El programa está en las etapas iniciales de su sociedad con la institución sin fines de lucro Peacemakers, Inc., pero sirve como programa post escuela para ayudar a los niños ante algunas de las repercusiones negativas de vivir en areas urbanas de bajos ingresos.
A partir de ahí, llamé a números que resultaron estar desconectados, envié correos electrónicos a direcciones que nunca respondieron, y llamé a la institución sin fines de lucro y dejé un mensaje. Pocos días después, conseguí una pista, hablando con el fundador, Hank Roberts. Habló algo del gran trabajo de guía que la organización está haciendo en Oakland y condados vecinos. Dijo que me pondría en contacto con Mike.
Minutos después recibí una llamada.
“Es Mike Norris”.
Dos días despues, me senté frente a él en un café de Oakland. Es más alto de lo que recuerdo. Sus manos son grandes. Tiene la sonrisa fácil y los modales afables de alguien quién ha sido entrevistado miles de veces.
Luce en toda su esencia, como un pitcher de Grandes Ligas.
Por las próximas tres horas, hablamos de su primera aparición en las ligas menores, del agarre de su screwball, de cuando Dave Winfield lo atacó luego de acercarle la pelota. Me cuenta de un Rickey Henderson de 19 años y una discusión con Bob Gibson. Discutimos de su School of Baseball and Wellness, un programa de compromiso para la juventud de Oakland. Cuando nos despedimos, hacemos planes para reunirnos de nuevo.
Luego de salir del café, camino a casa y me siento en mi escritorio. Sacó el reproductor de cintas, lo reviso y tengo tres horas de historias, presionó el botón play.
He lanzado nueve innings, pero regresaré para el décimo. Apenas comenzamos.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
jueves, 12 de febrero de 2015
Emilio Cueche primer pitcher venezolano en derrotar a Cuba en una Serie del Caribe.
Siempre ha significado un reto vencer al equipo cubano en cualquier categoría de béisbol. A las representaciones venezolanas les ha significado una especie de monstruo inexpugnable del cual alcanzan los dedos de las manos y pies para cuantificar las veces que han logrado resistir las duras batallas hasta tocar el tesoro de la victoria. Las Series del Caribe, en su primera etapa, resultaron fatales para las novenas venezolanas en su enfrentamientos ante los cubanos. Desde 1949 hasta 1953 Venezuela salió derrotada en los primeros diez encuentros ante Cuba.
Entonces llegó el primer juego de la Serie de 1954, efectuada en el estadio Sixto Escobar de San Juan, Puerto Rico. Pastora de Occidente, en representación de Venezuela versus Alacranes de Almendares por Cuba, 18 de febrero. Almendares llegó ganando 5-1 al noveno episodio. Allí tronaron los maderos de Johnny Temple, Wally Moon, Luis Camaleón García y Luis Oliveros para que Pastora se llevara la primera victoria venezolana ante Cuba en Series del Caribe. Ralph Beard se apuntó el triunfo, con salvado para Howie Fox. Junior Walsh cargó con el revés. En el Almendares había peloteros como: Willie Miranda, Forrest Jacob, Angel Scull, Sam Chapman. Héctor Rodríguez, Julio Bécquer y Ray Orteig.
El 11 de febrero de 1955, en la Serie del Caribe efectuada en el estadio Universitario de Caracas, Magallanes por Venezuela enfrentaba al Almendares de Cuba. Joe Hatten por los cubanos y Emilio Cueche por Venezuela se trenzaron en trepidante duelo de lanzadores. La pizarra permanecía en blanco hasta el séptimo episodio, entonces hubo una jugada polémica en primera base y el juego permaneció detenido unos 45 minutos debido a disturbios de fanáticos que saltaron al terreno a reclamar por la sentencia del árbitro. Al reanudar las acciones Cuba se había adelantado en el marcador y ganó 1-0. Cueche apenas permitió 2 imparables.
El 14 de febrero de 1955, Cueche salió con 2 dias de descanso a enfrentar nuevamente a Hatten y Almendares. Los cubanos salieron adelante en el segundo inning mediante boleto a Héctor Rodríguez (pasó a tercera cuando Bob Skinner no pudo atrapar un envío de Cueche intentando sorprenderlo en primera base) y elevado de sacrificio de Gus Triandos. Magallanes igualó en el cierre de la tercera entrada con sencillo de Skinner, por error de Lee Walls pasó a la intermedia, Luis St. Clair salió de segunda a primera y Skinner llegó a tercera. Luego de boleto a Cueche, Alfonso Carrasquel elevó a la izquierda para que Skinner marcar la igualada al pisa y corre.
Cuba pareció despegarse en la parte alta del cuarto tramo, a través de sencillos de Rocky Nelson y Rodríguez, más cuadrangular de Gus Triandos.
Magallanes descontó una en el cierre de la entrada con triple de Pablo García y rodado por tercera base de Dalmiro Finol. En el cierre del quinto St. Clair abrió con imparable. Cueche siguió con otro petardo a la derecha. Carrasquel se apareció con imparable a la derecha para remolcar a St. Clair, pero Cueche fue revenmtado en el plato con tiro de Mejías a Triandos a Rodríguez a Triandos. En la jugada Carrasquel ancló en la antesala. Jack Lorhke siguió con triple que trajo a Carrasquel con el empate. George Wilson salió de segunda a primera sin que se moviera Lorhke. Luego Pablo García descargó imparable al bosque izquierdo que impulsó a Lorhke con la ventaja. En el cierre del sexto marcaron otra rayita, Camaleón García detapó doblete, Skinner explotó a Hatten con infieldhit por el campocorto. Vino a relevar Raul Sánchez. St. Clair la rodó por segunda, mientras èl era out en primera, Camaleón anotaba.
En el noveno epìsodio Almendares amenazó, pero Cueche apretó el brazo. Rodriguez empezó con triple, Triandos abanicó el tercer strike, Earl Rapp negoció boleto, Willie Miranda corrió por él. Cueche ponchó a Carlos Paul y retiró a Juan Vistuer con rodado a la inicial. Así se concretaba el primer triunfo de un pitcher venezolano ante un equipo cubano en Series del Caribe.
Luego de esa victoria Ramon Monzant lanzando para Industriales del Valencia en la Serie de 1958 (Estadio Sixto Escobar, San Juan Puerto Rico) venció 8-1 a los Tigres de Marianao el 11 de febrero. Mike Fornieles cargó con la derrota.
En la Serie de 2014, escenificada en el estadio Nueva Esparta, Margarita. Daryl Thompson lanzando para Magallanes venció 8-5 al Villa Clara el 2 de febrero.
Y en la Serie de 2015 escenificado en el estadio Hiram Bithorn, San Juan, Puerto Rico. Cesar Valdez venció 6-2 a Vegueros de Pinar del Rio. Y. Yera salió derrotado.
Alfonso L. Tusa C.
lunes, 9 de febrero de 2015
El juego de sufrir y esperar.
La pelota saltó rauda del bate, Felipe recogió el madero contra su pecho. La cinta adhesiva zumbaba tangencial en la pelota como un cigarrón azuzado por ráfagas de aire caliente. Apenas percibí el comienzo del grito de Felipe. La diáspora de piedras sobre el asfalto propulsó la pelota y en menos de dos segundos acentuó su trazo sobre el lienzo inmaculado que dibujaba el sol en la mañana de arbustos y pajaritos libando el rocío en sus hojas desde la calle Bolívar hasta un lugar indefinido al fondo del solar paralelo al cañaveral de la curva donde la calle La Florida se convierte en Pichincha. De pronto oscureció, un alambre ígneo fluyó por mi pómulo izquierdo, solté el guante y me llevé las manos a los ojos.
¡Hermano! ¿Qué te pasó, hermano? Seguro papá me va a dejar sin merienda ni cine varios días.
Mientras regresábamos a casa, apenas si veía el porche, sentía un tropel de punzadas entre el pómulo y el ojo izquierdo.
En menos de tres minutos mamá consiguió unas hojas de mango y la puso a hervir en agua. Tomó mi rostro entre sus manos, sus ojos parecían a punto de vaciarse, sus palabras tasajeaban el oxígeno. ¡Muy bonito quedaste ahora! Vas a pasar un buen tiempo sin jugar pelota.
En el mismo tono de voz, quizás más cortante, papá sentenciaba a Felipe a una semana sin cine y ese sábado pasaban una película que él esperaba hacía mucho tiempo, “Al maestro con cariño”, con Sidney Poitier.
A pesar del cataplasma de hojas hervidas de mango en el ojo, me detuve un momento frente a papá. No sabía como hablar con él. Cuando él tenía aquella mirada incandescente, apenas si yo podía enhebrar las palabras. Papá yo fui quien no movió rápido el guante. Yo le dije que bateara duro.
Solo después de dos días de tristeza profunda, papá accedió a que fuéramos al cine, aunque el levantamiento de la pena fue solo por esa noche. Pasamos la próxima semana encerrados en la casa esperando las ocho de la noche para escuchar los juegos del Magallanes. Casi siempre perdían por falta de pitcheo, deficiencias defensivas o incapacidad para dar el batazo oportuno. Apenas cuando lanzaba el Látigo Chávez, el equipo lucía diferente y hasta ganaba. Por eso nuestra prisión parecía de doble seguridad.
Al terminar la temporada, el balance siempre era negativo, ante las bromas que recibía de mis amigos en la escuela, le preguntaba a Felipe cuando había sido la última vez que Magallanes ganó el campeonato. 1955 era un año remoto para mí. Habían pasado más de 10 años. Como nos viera muy tristes, casi sin movernos en el porche, papá intentaba llevar alguna palabra de esperanza. El próximo año será mejor. Mucho después supe que en aquel año de 1955 los Dodgers de Brooklyn habían ganado la Serie Mundial luego del sufrimiento y la ignominia de perder año tras año ante los poderosos Yanquis de Nueva York. Doris Kearns escribió un libro titulado “Wait ‘till next year” (Espera hasta el año que viene) donde refiere los pormenores de todos esos años cuando su padre la consolaba ante las sucesivas derrotas de los Dodgers ante los Yanquis en la Serie Mundial. Entonces llegó aquella jugada fantasmal de Sandy Amorós ante un peligrosísimo batazo de Yogi Berra y el liderazgo incansable de un segunda base llamado Jackie Robinson.
Cuando el abismo parecía más profundo, llegó 1969, una mañana de febrero o marzo vi a Felipe ladeando la cabeza frente a las páginas deportivas, Magallanes había cambiado de dueño y de sede. Sin embargo las bromas de los caraquistas y aficionados de otros equipos sonaban lapidarias. Ni que se muden a jugar en Yankee Stadium…ni que contraten a Roberto Clemente… quizás cuando el hombre llegue a la luna y los Mets ganen la Serie Mundial ese equipo tenga alguna oportunidad de rozar el trofeo de campeón de la liga venezolana. Cuando le pregunté a Felipe si estaba de acuerdo con esas sentencias, me respondió que Magallanes tenía quince años sin ser campeón y que debía demostrar muchas cosas que hasta ahora le había costado mucho ejecutar sobre el diamante. Bajé la cabeza y me fui a buscar información de Roberto Clemente en la revista Sport Gráfíco. Una noche de julio a eso de las 10 vi a Felipe frotarse las manos, el Apolo 11 estaba por llegar a la luna, en el momento cuando Neil Armstrong marcó su bota espacial sobre el polvo de El Mar de la Tranquilidad, emitió un grito tan duro y aplaudió hasta que me levanté asustado. ¡Bueno ya se dio la primera condición! el rostro de Felipe burbujeaba a escasos centímetros del televisor.
Hacia finales de septiembre y principios de octubre la conducta de Felipe me resultaba incomprensible, llegaba del liceo sumergido en el Sport Gráfico, papá debía arrancarle la revista de las manos para que fuese a cenar, una noche lo escuché murmurar algo así como, de verdad son milagrosos esos Mets. Al día siguiente lei en la página deportiva de El Nacional que los Milagrosos Mets habían ganado la división este de la Liga Nacional desplazando a los favoritos Cachorros de Chicago de Ernie Banks, Ron Santo, Billy Williams, Ferguson Jenkins, Glenn Beckert, Don Kessinger. Luego dejarían en el camino a los Bravos de Atlanta de Henry Aaron y en la Serie Mundial, aun burbujean las dos atrapadas de Tommie Agee, la visión de Ron Swoboda rodando por la grama del jardín derecho en una jugada fantasmal y el pitcheo de Tom Seaver, Jerry Koosman, Gary Gentry, Nolan Ryan y Tug McGraw, habían despachado en cinco juegos a los archi favoritos Orioles de Baltimore de Brooks y Frank Robinson, Miguel Cuellar, Boog Powel, Paul Blair, Mark Belanger, Andy Etchebarren, Elrod Hendricks, Jim Palmer, Dave McNally.
Tan pronto se consumó el out 27 de esa Serie Mundial, vi a Felipe hablar solo, y hasta en las madrugadas lo escuchaba, ¡ajá ya el hombre llegó a la luna y ganaron los Mets, ahora falta ver si es verdad que Magallanes va a ganar el campeonato! En aquella temporada 1969-70, los expertos y entendidos del juego apenas si asomaban a los Navegantes como un equipo con posibilidades de clasificar, los grandes favoritos para acceder a las instancias decisivas eran La Guaira y Caracas. Sin embargo sobre el terreno de juego, los hechos fueron otros y el 01 de febrero de 1970 cuando Delio Amado León anunciaba en el noveno episodio de un juego diurno, que estaba montada la olla para el hervido de tiburones, apenas si me dio tiempo levantar el radio cuando me sumergieron en un tambor de agua en la calle Ayacucho de Cumaná. Entonces, en la Serie del Caribe, nos quedamos mudos con el jonrón de Armando Ortíz ante el flamante premio Cy Young de la Liga Americana, Miguel Cuellar y aquella jugada cardíaca de Dámaso Blanco, que desactivó el squeeze play intentado por Santos Alomar.
Entonces vino aquella inmensa sequía de los ’80 e inicios de los ’90, varios años con la película de la mudez ante la derrota y de aguantar el chaparrón ¿y tú todavía sigues a ese equipo? Apenas sobrevivía las chanzas con cada imagen recuperada de aquellos largos días de espera a que el hematoma bajase en mi pómulo, a que las manchas coloradas desaparecieran de mi esclerótica izquierda. El acceso hasta aquellos días de los ’60 era más fácil mediante la voz de Lulú cantando “To Sir with love” (Don Black, Mark London.1967) (Al Maestro con cariño). “If you wanted the sky…I would write across the sky in letters… That would soar a thousand feet high… To sir, with love…”Veía el radio ubicado en un lugar estratégico del cuarto, Felipe conectaba un cable desde la antena hasta la reja de la ventana para sintonizar mejor la emisora. Entonces en medio de los falsetes de entonaciones y silbidos de la canción, él empezaba a doblarse sobre las rodillas flexionadas, el guante en la mano izquierda, la mirada clavada en la pared del frente cual si la pelota fuese hacia él en un roletazo incandescente, metía la mano en el guante, llevaba el brazo a la altura de la oreja y lanzaba. Eso, es lo que tienes que hacer, fijar la vista en la pelota hasta que la tengas en el guante, así evitarás otro morado en la cara.
En asuntos de afición beisbolera trataba siempre de dirigir el tema hacia las Grandes Ligas o el beisbol amateur, pero siempre me acorralaba la echadera de broma de las tres eliminaciones seguidas de comienzos de los ’80. Luego vino el período de Tommy Sandt, la primera clasificación terminó en una barrida contundente de las Águilas del Zulia en una semifinal directa. El año siguiente al menos el buque ganó dos juegos en la semifinal ante La Guaira, en una de las derrotas alcancé a una banda de trompetas y saxofones acompañada de un coro que mostraba un cántico nostálgico y melancólico, propio de quienes recuerdan momentos gratos. Luego vino otra experiencia con el periodista Rodolfo J. Mauriello en la gerencia general. Se abrió un horizonte de grandes esperanzas con el anuncio de Felipe Rojas Alou como manager. Toda su experiencia, conocimiento del juego en todos sus niveles y circunstancias, hacía abrigar al menos la posibilidad de regresar a una final. Solo se llegó a una semifinal todos contra todos sin pena ni gloria y otra eliminación. En ese momento no lo apreciábamos, pero el equipo había empezado su evolución.
Tanto le rogué a Felipe que saliéramos a practicar en el solar de asfalto, que una mañana sabatina cuando papá salió con mamá en viaje de trabajo hacia Caripe de El Guácharo, luego de revisar muy bien los restos del hematoma y que hubiesen desaparecido las venitas rojas en mi esclerótica izquierda, asintió con la cabeza. Pero solo con la condición de que: cuando te diga que es suficiente, nos regresamos a casa. Mi alegría burbujeaba en tropel en mis pies y manos, atiné a decir, está bien, cuando volaba sobre la baranda del jardín con mi visión enmarcada en aquel espacio de superficie oscura rodeado de matorrales. El primer roletazo casi llega al mismo pómulo, en el último instante moví el guante con una agilidad desconocida y Felipe se quitó las manos de la cara. Caramba chico, me vas a matar de un susto. Solo silbando la canción de “Al maestro con cariño”, recobró la tranquilidad y seguimos practicando.
Hacia inicios de los ’90 resultaba todo un acertijo dinámico, conocer hasta donde llegaría el Magallanes ese año, en octubre siempre hay grandes expectativas, en aquellas temporadas, los sueños se desvanecían a mediados de enero. Entonces llegó la campaña 1992-93 y el equipo llegó a la final, pero hasta ahí, luego vino una barrida estrepitosa propinada por las Águilas del Zulia. Entonces vinieron a mi mente los Orioles de Baltimore que en sus inicios debieron esperar desde 1954 hasta 1966 para alcanzar un título de Serie Mundial, solo que desde 1979 hasta 1993 habían transcurrido 14 años. Entonces vino a mi mente un libro escrito por Herbert F. Crehan y James W. Ryan. Lightning in a bottle. The Sox of ’67. Allí se habla de la gesta de los Medias Rojas de Boston y su Sueño Imposible de 1967. Pasaron 21 años desde su última presencia en la Serie Mundial (1946) para regresar a ella luego de una temporada fantástica. Sin embargo en la calle sólo escuchaba el martillo de los caraquistas en referencia al “traje de quinceañera” que estrenaría Magallanes aquella temporada 1993-94. Mientras el equipo avanzaba en la temporada, sentía el tic tac de una bomba de tiempo, ¿se quedarían en la ronda eliminatoria? Pero se notaba cierta obstinación en los jugadores y mucha entrega de los pitchers. Dudaba de la experiencia del manager nuevo Tim Tolman, aunque conocía la liga como jugador. Por eso me sorprendí con algo de incredulidad cuando Magallanes trascendió a la final, nada más y nada menos que ante los Leones del Caracas. Entonces arreció más el cuento de los quince años, sobre todo cuando perdieron el primer juego, y dos días después la portada de Meridiano decía: “El segundo por el pecho”. Entonces vino la reacción y cuando el Caracas ganó el quinto alguien dijo que el buque olía a formol. Y llegó aquel sexto juego de pólvora y adrenalina de dientes desintegrados de Pulido y Lugo de un fantasma llamado Melvin Mora que atrapó una pelota imposible y de un Carlos García aplastado en el plato por la felicidad de sus compañeros y el éxtasis de la afición. Allí me vino a la mente los Filis de Filadelfia, los Whiz Kids de Richie Ashburn y Robin Roberts que fueron barridos por los Yanquis en 1950 y regresaron en 1980 para ganar la Serie Mundial ante Kansas City de la mano de Mike Schmidt, Pete Rose y Steve Carlton.
Existen mil mundos de diferencia entre el sufrimiento relacionado a los seres queridos de cada persona y lo que se pueda sentir por el desempeño del equipo deportivo donde juega o tiene sus simpatía enfocadas. Quizás resulte absurdo hacer esta comparación, sin embargo hay cierta conexión en los momentos cuando se ve al equipo fallar con las circunstancias que nos dislocan la vida cuando nuestros familiares pasan momentos difíciles. Seguramente la diferencia en latidos cardíacos y pulso sanguíneo es abismal, pero por más que se niegue, la ansiedad tiene mucha similitud. Mientras en las noches veía al Magallanes fallar los fundamentos del juego a lo largo de la temporada 2014-15, en los días me enfrentaba a las dificultades de Miguelín para adaptarse a las reglas de la maestra de segundo grado, una veces sin argumentos, otras veces debía ir a conversar con la maestra porque el niño reclamaba un derecho válido. Notaba como el equipo de beisbol empezaba a dar lo mejor de sí por avanzar a los play offs y lo conseguía. Sin embargo sentía que faltaba algo y no podía clasificar ese momento como sufrimiento porque Magallanes venía de ganar el campeonato dos veces seguidas.
Algo muy distinto a lo ocurrido en los diez años comprendidos entre 2002 y 2012, donde el equipo llegó a dos finales, en la primera de ellas encajó una derrota muy dolorosa al permitir alrededor de 8 carreras mientras el bull pen se derrumbaba y nunca se trajo a otros pitchers abridores tomando en cuenta que ese era un juego de vida o muerte. La otra fue la tercera entre Caracas y Magallanes en la cual tuvo mucha incidencia el jonrón de Gregor Blanco ante Francisco Rodríguez, allí probablemente cambió la orientación de la brújula de la serie. Ver al equipo fallar luego de dos campeonatos, deja la duda de si fue un parpadeo de una temporada o el inicio de otro período de sufrimiento. Y aunque pueda estar conforme con todo lo que dieron los peloteros en el campo, eso dista mucho de sentirme orgulloso de esa actuación.
Alfonso L. Tusa C.
lunes, 5 de enero de 2015
La actitud del pitcher
Luego de aquel séptimo episodio traumático del primer juego, me pareció bastante difícil que los Navegantes del Magallanes pudieran enderezar el rumbo en medio de una senda espinosa que se extendió por toda la temporada regular 2014-15. Aun cuando el equipo logró sobrevivir a los descalabros de esa instancia, observar que de alguna manera reaparecían en el primer juego del todos contra todos, hacía presumir momentos muy duros debido a que esta fase equivale a solo una cuarta parte de la anterior.
El primer indicio de luces encendidas en el barco ocurrió en el cierre del segundo inning. Balbino Fuenmayor se embasó por error del antesalista Jonathan Herrera, Felix Pérez despachó imparable al jardín central. Cuando parecía que el error haría mella en el ánimo del pitcher Chris Leroux, éste se fajó con Oscar Salazar y lo obligó a roletear por las paradas cortas, dobleplay de Ronny Cedeño a Henry Rodríguez a Ramón Hernández. Con Fuenmayor en tercera, Leroux siguió su discurso de positivismo y dominó a José Gil con otro rodado a las paradas cortas.
Observando la manera como José Álvarez hacía estragos en la alineación magallanera, visualicé un duelo de lanzadores, donde temía por como el desempeño de la defensiva y el bull pen podría afectar el trabajo de Leroux. Los pitchers pueden o no resistir a carecer de algún lanzamiento esencial o de alguna jugada de rutina, depende de la profundidad mental, de la disposición a salir delante de incendios que chamuscan los zapatos. Esa actitud la volvió a mostrar Leroux en el tercer inning. William Astudillo se poncha, más por wild pitch llega a la inicial. A continuación Gorkys Hernández suena imparable a la izquierda. Otra vez hombres en primera y segunda sin outs. Otra vez las fauces de la hecatombe en el ambiente. Niuman Romero toca la pelota y avanza a los corredores a tercera y segunda base. Leroux consigue que Ehire Adrianza la ruede por primera donde Ramón Hernández jugando adelantado toma la esférica y realiza el segundo out. En un turno muy disputado Alexi Amarista negocia boleto. Con las bases llenas, Leroux sigue empeñado en buscar la ruta victoriosa y Fuenmayor la rueda por tercera para salir de aquella turbulencia.
En el quinto episodio, cuando Álvarez lucía más dominante, Juan Apodaca, un pelotero firmado a principios de temporada debido a la urgencia por la repentina carencia de receptores experimentados en la nómina navegante, fruto de la pupila y la dedicación investigadora del gerente Luis Blasini, siguió hasta el último milímetro una sinker y la devolvió esta vez sí, a las gradas de la derecha (en el inning anterior Jonathan Herrera había largado un batazo también hacia la banda derecha pero la pelota solo rebasó la pared sin tocar la franja amarilla que determina los cuadrangulares). La emoción contenida se reflejaba en cada paso del máscara mientras recorría las almohadilla, nadie mejor que el receptor para pulsar la intensidad de un juego y la tensión de sus lanzadores.
La parte de abajo del quinto inning sirvió para ilustrar en detalle la presencia de Apodaca y el compromiso de Leroux. Luego de un out, Niuman Romero destapa doble a la izquierda, Adrianza recibe pasaje gratis. Cuando el transcurso del juego podía indicar el cansancio del lanzador, Leroux metió el brazo para dominar a Amarista con roletazo al short con el cual no se pudo hacer el out en segunda pero si el de primera. En medio de aquel nuevo vaporón, Leroux reiteró la responsabilidad que tiene un pitcher abridor en el logro de una victoria y quemó el madero de Fuenmayor en elevado al centro.
Hacia el tercio final del partido, el manager Carlos García manejó a sus lanzadores como muy pocas veces lo ha hecho esta temporada y tuvo el tino de traer a Amalio Díaz en el séptimo episodio, luego de la gran disertación de Leroux. Díaz respondió al llevarse la entrada a paso de conga. Para el octavo El Almirante trajo al zurdo Junior Noboa para retirar a Amarista con elevado al centro. Luego vino Máximo Nelson para ponchar a Fuenmayor y a Pérez. Para el noveno llegó el cerrador Hassan Pena y aunque William Astudillo despachó imparable al centro, Pena dominó a Hernández con rodado por segunda base.
Alfonso L. Tusa C.
miércoles, 31 de diciembre de 2014
Año viejo
Si es un día cualquiera ¿Por qué el ajetreo? ¿Por qué la ansiedad? ¿Por qué la sensación de nostalgia? ¿Por qué el desespero por buscar un lugar apartado donde purgar lágrimas y reflexionar balances? Desde siempre experimenté una efervescencia estomacal cuando escuchaba lñas primeras palabras de mamá al amanecer el 31 decembrino.- Había que viajar a Cumaná a mediodía. Apúrate que cuando tu papá salga de la oficina nos vamos. Podía sentir las garras de un monstruo al acecho y apenas escapa soltando la vista hacia el fondo del solar de asfalto, escenario de infinitos juegos de pelota.
El 31 siempre fue laborable, lo cual aumentaba el encanto y la esperanza de muchas personas de poder resolver algún asunto relacionado a la celebración de la noche vieja antes del mediodía, de salir a la calle y sentir que siempre había una bodega o tienda abierta donde solventar aquella necesidad de última hora.
Momentos antes de que papá saliera de la oficina, mis hermanos hablaban de un juego, si, un juego que comenzaría a las once de la mañana del 31 de diciembre de 1967. Papá apuró el paso hacia el Plymouth negro, aplastó el cigarrillo en el cenicero y giró la llave, un estruendo de carburador oxidado estremeció la calle. En el radio sonaba un himno muy familiar a mis hermanos: “En los deportes Radio Rumbos presente está…” Una sarta de trompetas acompañaba la voz del locutor comercial. Hoy les llevaremos el encuentro entre Leones del Caracas y Navegantes del Magallanes. Diego Seguí invicto en ocho salidas, enfrentará a Bill Fisher quién iniciara la campaña con los Tiburones de La Guaira. Papá presionó una de las teclas del radio y el juego desapareció entre las notas de “Por eso y muchas cosas… más…ven a mi casa esta Navidad…” Intenté articular algún reclamo para que volviera a sintonizar el juego, mis hermanos me persuadieron con la mirada.
Cuando el Plymouth avanzaba raudo en las curvas de Tataracual un silbido estridente antecedió al desnivel del neumático izquierdo trasero. Papá sacó un triángulo rojo me indicó que lo colocara a unos veinte metros de distancia, luego se inclinó en el baúl y sacó el neumático de repuesto. Bajo la sombra de los jabillos perforada de aguijones solares, mis hermanos se fajaron con las tuercas, mientras yo rodaba el neumático pinchado hacia el baúl. Al regresar a la carretera había interferencias radioeléctricas y al tocar una tecla en medio de su atención al control del carro, papá sintonizó “…y es out en la goma amigos. Armando Ortíz ha lanzado perfecto a la mascota de Ed Herrmann para completar el dobleplay. Ortíz también es responsable de la carrera que mantiene el juego 1-1 al remolcar a Oswaldo Blanco con un triple.
Al estacionar el Plymouth en la calle Ayacucho cumanesa, corrí en medio de la música a todo volumen de la casa de enfrente, hacia el pasillo de matas de cambur. Abuelo revisaba el grado de fermentación de los ponsigué en medio de una montaña de azúcar fundida al sol. ¡Qué va, esto no va a servir para esta noche! Me llamó mientras sacaba dos botellas de ron blanco del seibó de la sala. Sacó tres reales del bolsillo estrujado del pantalón de caqui. Anda a ver si consigues dos potes de leche condensada. Si no se pudo con el ron de ponsigué, por lo menos vamos a tener leche de burra. Con los tres reales apretados en la mano me dispuse a tomar camino de la copita, pensaba dobla en el callejón La Paz para registrar las bodegas de la calle Sucre hasta llegar al abasto Barlovento. Con los ojos cerrados tuve que emprender camino hacia la plaza Andrés Eloy Blanco, ese remanso de penumbras donde retumba el torio y el cobalto de su poesía. En la esquina de María Gómez, Pedro Augusto y Cuchillo de Mesa terminaban de llenar un tambor para jugar carnaval. Pedro subió el volumen de su radio portátil: “…Armando Ortíz sigue en una jornada de ensueño, acaba de sacar otro out en la goma, el solo es la razón de que Seguí no esté ganando este juego…”
Ni loco me voy por ahí. Casi salí corriendo antes de que me vieran. Desde la esquina de la librería San Pablo oía una euforia desbordada sin que mis ojos percibiesen algo que la ilustrara. Un ulular lejano me hacía estirar el cuello hacia la esquina de la arepera “19 de abril”. “…jooooooooooonrooooooooooooon de Armando Ortíz, señores…él solo se ha echado al Magallanes al hombro con el guante y el madero para vencer a ese portento de pitcher que es Seguí. Magallanes 2…Caracas 1….” La ebullición de ese momento, las arepas en el aire, triquitraquis y silbadores entre la caña brava de las paredes rotas, el tropel de los carros que paraban a preguntar si había arepa de morcilla con chicharrón. Todo un ambiente festivo que atravesé por la urgencia, la efervescencia de conseguir la leche condensada para abuelo. Detrás de la catedral me vendieron los dos potes. Corrí por toda la calle Ayacucho y entré al pasillo justo cuando abuelo mezclaba las yemas de huevo con el ron blanco ¿En qué calle se habrá quedado jugando ese muchacho del carrizo?
Alfonso L. Tusa C.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




