lunes, 18 de julio de 2011

Extra Innings. El lado humano del beisbol

Todd Pitock. Selecciones Reader’s Digest

El ex beisbolista de Ligas Mayores Dave Valle pudo haberse dedicado a jugar golf cuando decidió colgar su mascota de catcher, pero lo que hizo fue regresar a República Dominicana a cumplir una promesa.

El partido había terminado. Los últimos aficionados dejaban atrás los puestos de los vendedores, quienes guardaban sus mercancías, y cuando se apagaron las luces del viejo estadio de béisbol, todo el barrio quedó en las sombras.
Era 1985, y un joven estadounidense llamado Dave Valle estaba perfeccionando sus habilidades como jugador en la Liga Invernal de Béisbol de la República Dominicana. Vivía con su esposa, Vicky, y el bebé de ambos, Philip, en un hotel de Santo Domingo, la capital, y lo transportaban a los partidos en autobús.
Aquella noche el autobús se retrasó, y Valle, que jugaba para los Marineros de Seattle en los Estados Unidos, aún llevaba puesto el uniforme de su equipo dominicano, los Caimanes de San Cristóbal. Él y Vicky esperaban con su hijo. Siempre había niños alrededor de Valle. La popularidad era parte de la diversión, y a veces parte de la carga, de ser pelotero, sobre todo en la República Dominicana, donde la gente enloquece por el béisbol.
Sin embargo, pronto se dio cuenta de que esos niños no buscaban un autógrafo. No les importaba el béisbol ni quién era él. Tenían hambre. Habían hurgado entre la basura, y ahora los barrenderos se la llevaban. Era doloroso verlos. Valle, fornido catcher de 1.83 metros de estatura, no era ajeno al dolor. Cuando jugaba, tenía que atrapar los lanzamientos del pitcher aunque cayera de espaldas, y evitar como fuera no romperse el cuello y la cabeza cuando un jugador rival lo embestía a toda velocidad en el home. El sufrimiento era parte del oficio. Pero una cosa era aguantar un golpe en el pecho y otra muy distinta sentirlo en el corazón.
Había visto muchos niños pobres, pero nunca como ahora, sintiendo en sus brazos el peso de su pequeño hijo. El milagro de haberlo visto nacer había reforzado su fe religiosa y cambiado su manera de percibir el mundo. ¿Y si fuera mi hijo el que sintiera tanta hambre y desesperación?, pensó. Uno de los puestos vendía pollo y papas. Los Valle le dijeron a la dueña que cocinara lo que le había sobrado y les diera de comer a los niños.
Al principio se sintieron bien al ayudar, pero cuando reflexionaron sobre el incidente, se dieron cuenta de que se engañaban al pensar que habían cambiado algo. “Satisficimos su necesidad por el momento”, contó Vicky. “En unas cuantas horas esos chicos volverían a tener hambre”. La pareja hizo un pacto: si algún día llegaban a tener los medios para hacer algo más por esos niños, lo harían.
Después de dormir, Valle olvidó lo ocurrido y regresó al trabajo al día siguiente. Cuando un beisbolista tiene 25 años y está tratando de quedarse en las Grandes Ligas, se concentra en mejorar su bateo. Seis años después, siendo ya un jugador veterano, a Valle le sonrió la fortuna con un lucrativo contrato por tres años.
__Ha llegado el momento__le dijo su esposa.
__¿El momento de qué?__respondió él desconcertado.
__De ayudar a aquellos niños, como lo prometimos.

El plan de juego.

En noviembre de 2008 me reuní con Valle en la República Dominicana para ver la materialización de esa promesa: Esperanza, una organización sin fines de lucro que él y Vicky fundaron en 1995 con 30.000 dólares de sus ahorros. Es una agencia de microcréditos que ofrece préstamos de corto plazo e interés bajo __de unos 150 dólares o más__ a personas muy pobres para que inicien un negocio.
Aunque la banca de microcréditos existe desde los años 70, Esperanza agregó otros elementos al crear una escuela, varios centros de capacitación en informática, un programa de servicios de salud financiado por los socios, un sistema de tratamiento de aguas y un plan para el mejoramiento de viviendas. También ha patrocinado la construcción de cinco canchas de béisbol que serían la envidia de muchos poblados prósperos de Estados Unidos, con el fin de que este deporte cumpla su objetivo más amplio de desarrollo comunitario.
Valle, su hijo Philip, hoy de 23 años, el director ejecutivo de Esperanza, Carlos Pimentel, y yo empezamos nuestro recorrido en Santo Domingo, y nos dirigimos en auto hacia el norte para cruzar una cordillera que se alza 2.740 metros y que está cubierta por una vegetación exuberante.
A primera vista, el visitante podría pensar que todo marcha bien en este país. Además de contar con paisajes encantadores, la República Dominicana ha tenido recientemente un crecimiento económico de entre 7 y 10 % anual. Una sorprendente cantidad de camionetas transita por carreteras modernas, y los nuevos desarrollos inmobiliarios y turísticos, como Cap Cana, en la costa oriental, son coloridos y opulentos.
Sin embargo, no pueden ocultar la realidad de muchos dominicanos. De los 9.3 millones de habitantes del país, 2 millones viven con menos de 2 dólares al día. Veinte % de las muchachas se embarazan antes de los 19 años de edad, y el analfabetismo y la delincuencia abundan. A pesar de haber tenido un alentador progreso económico a principios del decenio, el producto interno bruto cayó 5 % en los últimos años. Y Haití, el país vecino, se encuentra en condiciones aún peores.
Esperanza se concentra, desde luego, en las personas extremadamente pobres, para las cuales la única posibilidad de acceso a un crédito es acudir a prestamistas y usureros, quienes cobran réditos exorbitantes.
El microcrédito funciona de esta manera: las personas que tienen ideas para emprender un negocio se juntan y como grupo solicitan un préstamo. Algunos negocios comunes son pequeñas tiendas, salones de belleza y puestos de comida. Los socios casi siempre son vecinos y se comprometen a responder solidariamente unos por otros. En las reuniones bimensuales de pago, entre todos cubren la parte de cualquiera de ellos que no pueda cumplir, lo cual fomenta el apoyo y la responsabilidad mutuos. La tasa de pago en la República Dominicana es de 98 %, al igual que en Haití, donde Esperanza inició operaciones a principios de 2006. Una vez que pagan sus adeudos, pueden negociar nuevos préstamos.
Al correrse la voz sobre Esperanza, aumentó la solicitud de préstamos. Desde 1995, cuando empezó a operar con 20 prestatarios, la organización ha distribuído unos 15 millones de dólares en 75.000 préstamos, incluídas casi 21.500 cuentas activas en 2008, y tiene 2.800 prestatarios en Haití. Esperanza calcula que por lo menos cinco personas se benefician con cada préstamo en la República Dominicana y seis en Haití.
“Los métodos tradicionales de ayuda social, las dádivas, no han funcionado”, señaló Pimentel, dominicano que antes trabajó en Somalia para la organización humanitaria CARE. La gente tiene que tomar el control del proceso y aprender a hacerse responsable. Èsa es la clave de nuestro método. Nosotros proporcionamos los recursos y la capacitación, pero las personas tienen que poner el espíritu y la responsabilidad”.
Ochenta y ocho % de los prestatarios son mujeres. Por lo general, el término “hogar monoparental o con un solo padre” se refiere a la madre. “Nuestro objetivo siempre fue ayudar a los niños”, dijo Valle, “y pensamos que para hacerlo necesitábamos ayudar a sus madres”.

Campos de sueños
Valle me llevó a conocer los rostros que hay detrás de las estadísticas. Fuimos a Hoyo de Bartola, un barrio de las afueras de Santiago, e iniciamos un recorrido por estrechos callejones donde había casas de una sola habitación con muros de ladrillos grises y techos de lámina acanalada. En la cuneta parcialmente descubierta del callejón principal había basura recién depositada y de varios días.
A sus 48 años, Valle es un hombre afortunado. Además de Philip, su esposa y él tienen dos hijas: Natalia de 19 años, y Alina, de 15. Sigue conectado con el béisbol como comentarista de los Marineros de Seattle, equipo con el que pasó la mayor parte de su carrera de 13 años en las Ligas Mayores. Cuando dispone de tiempo para otro trabajo, lo dedica casi totalmente a Esperanza, que empezó a pagarle un sueldo en 2008.
“Cuando uno empieza su carrera quiere tener éxito”, dijo mientras comíamos un almuerzo tradicional dominicano de pollo rostizado, plátano macho frito, arroz y frijoles, “pero una vez que lo alcanza, desea hacer algo más importante”.
Nunca dio por sentado que alcanzaría el éxito. Era el séptimo de ocho hijos de una familia del distrito neoyorquino de Queens, y tenía ocho años cuando su padre murió de un infarto. Su madre, que era enfermera, volvió al trabajo en el turno de la noche para poder estar en casa con sus hijos antes y después de la escuela. A Valle, cristiano devoto desde los 19 años de edad, había batallado para criar a sus tres hijos aún teniendo un matrimonio sólido y seguridad económica, le parecía asombroso que su madre se las hubiera arreglado para mantener un hogar estable. “Siempre nos decía que todo saldría bien”, recordó, “y así fue. No sé cómo lo logró”.
Ve muchos indicios de la fortaleza de su madre en las mujeres que ha conocido por medio de Esperanza, entre ellas Miguelina Suera, de 59 años, que tiene una pequeña verdulería en su casa de ladrillos grises y piso de concreto, cerca de la entrada a Hoyo de Bartola. El escaparate de la tienda es la ventana de su cocina, donde tiene berenjenas, chiles, pimientos y grandes manojos de perejil fresco, mercancías que pudo adquirir gracias a un préstamo de Esperanza.
Mientras conversábamos con ella, los vecinos se asomaban para vernos y niños descalzos se arremolinaban cerca. En cierto momento pasaron corriendo varios hombres armados y con chalecos a prueba de balas. En el barrio hay problemas con pandillas, y nos advirtieron que nos fuéramos antes de que oscureciera.
Nos dirigimos a otro barrio de Santiago bordeado por el lecho seco de un río que se había convertido en depósito de basura y refugio de perros callejeros. Ana Mercedes Martes, de 39 años, confecciona ropa y elabora dulces de coco que vende habitualmente a cuatro restaurantes, aunque sabe que, para crecer tendrá que arreglárselas para hacer más y encontrar otros canales de distribución, como las tiendas de abarrotes.
__Me gustaría darles una muestra de los dulces, pero por desgracia ya se me acabaron __nos dijo.
__¡Ninguna desgracia! __exclamó Pimentel__. ¡Qué bueno!
Ana Mercedes canalizaba sus ganancias a una casa que estaba construyendo en el campo. “Me gustaría tener una tienda”, comentó. “¡Me encantan los negocios! Es algo que estoy logrando con mi inteligencia. Todo esto es fruto de mi esfuerzo”.

Peloteros generosos

El béisbol fue el oficio de toda la vida de Valle, y es muy entretenido oirlo hablar del juego y de lo difícil que es atrapar los velocísimos lanzamientos de un pitcher como Randy Johnson. Este deporte también le ha permitido hacerse de importantes contactos y socios, entre ellos las Ligas Mayores de Béisbol, la Asociación de Jugadores de Grandes Ligas y beisbolistas dominicanos como Alfonso Soriano, jardinero izquierdo de los Cachorros de Chicago, y José Reyes, shortstop de los Mets de Nueva York. El gerente de este último equipo, Omar Minaya, es miembro de la junta directiva de Esperanza.
De regreso en Santo Domingo, Valle y Pimentel conversaron con otro beisbolista dominicano, Pedro Martínez, también de los Mets, y se sintieron felices de haberlo convencido para que se sumara a su labor.
Otros peloteros de las Ligas Mayores están apoyando una iniciativa de Esperanza para financiar y construir canchas de béisbol en comunidades pobres. Hasta la fecha se han terminado cuatro, y se está construyendo la quinta. Son campos estupendos, pero el beisbol en realidad es un medio para alcanzar un fin mayor: el desarrollo comunitario. “La idea no es forjar mejores beisbolistas”, señaló Valle. “es usar esta gran pasión y energía para movilizar a la gente”.
Esperanza consigue los terrenos por medio de contratos de arrendamiento de largo plazo con el gobierno, y proporciona la asesoría técnica y administrativa para construir las canchas. La comunidad aporta la mano de obra y, más adelante, el mantenimiento. Todo niño que participe en una liga o torneo tiene que estar inscrito en una escuela. El plan es que las canchas formen parte de complejos más grandes que incluyan, por ejemplo, escuelas de capacitación vocacional.
Un chico dominicano que ha triunfado en grande es Alfonso Soriano, cuyo subsidio ayudó a construir una cancha en San Pedro de Macorís, su provincia natal. Después de la ceremonia de inauguración, Valle se volvió hacia él y le dijo:
__Me muero de hambre.
__Te voy a llevar a comer el mejor pollo que hayas probado nunca__ le respondió Soriano.
Cuando llegaron al pequeño restaurante llamado Sazón de Mamá, Valle se enteró de que la dueña, Bienvenida Nina Santo, de 33 años, era clienta de Esperanza. Había sido compañera de escuela de Soriano, y los invitó a pasar a su casa, detrás del restaurante. Comparada con las casuchas de tablas del resto del barrio, la de Bienvenida parecía un palacio: una pintoresca construcción de dos plantas, con azulejos en la entrada y ribeteada de rosa y rojo vivos. Su esposo la construyó, pero ella la pagó con el dinero ganado con su negocio.
__Tienes que apoyar a Esperanza__ le dijo Bienvenida a Soriano__. Le está salvando la vida a la gente.
Este comentario no era una exageración ni un simple cumplido, como descubrió Valle cuando la hija menor de la dueña entró a la casa, se acercó a su madre y apoyó la cabeza sobre su hombro con desaliento. La niña tenía más o menos la misma edad que él cuando murió su padre.
__Está bien, está bien __la consoló la mujer__. Todo va a estar bien.
Valle se acordó de su madre y sintió que retrocedía en el tiempo cuando se enteró de que el esposo de Bienvenida había muerto y dejado huérfanos a sus cuatro hijos y un montón de deudas con altos réditos. El préstamo de Esperanza había permitido a la familia mantenerse a flote.
Ahora Bienvenida tiene ingresos de hasta 300 dólares a la semana, una suma impresionante en la República Dominicana, y sus tres hermanos, siguiendo su ejemplo, han abierto sucursales del Sazón de Mamá. Sus hijas tienen grandes aspiraciones. Carina de 15 años quiere ser psicólogo infantil; Daniela de 14, abogada, y Clara, de 9, médica. Con el ejemplo de su madre, no es difícil imaginar que harán realidad sus sueños.
__Sé que vamos a estar bien porque tengo mi negocio__ le dijo Bienvenida a Valle__. Sin la ayuda de ustedes, no sé donde estaríamos.

sábado, 16 de julio de 2011

El libro de Dick Williams.

Chad Finn. The Boston Globe. 12-07-2011.

Cada vez que debo limpiar el garaje o el ático o algún otro sitio lleno de telarañas y probablemente infectado de tarántulas en nuestro hogar, siempre encuentro un gran libro deportivo, como el reciente descubrimiento de uno que se había perdido.
Nunca estoy convencido de porqué compré esos libros, más allá de la usual obsesión deportiva que me llevó a comprar y leer otras joyas literarias como “Nails”, en el cual Lenny Dykstra demostró que es posible “escribir” más libros de los que hayas leído. Pero siempre recuerdo donde los compré. Ellos proceden de una vieja librería de ofertas de Cook’s Corner en Brunswick, Maine. Aunque el nombre del lugar se me escapa (¿Tal vez sea Nonesuch Books?), disfrutaba mucho el lugar y normalmente entraba ahí una o dos veces para llevarme algo de vuelta a casa cuando venía de la Universidad. La mayoría de los libros no valían el dólar o el par de dólares que costaban, pero para un aspirante a periodista deportivo eran una joya, y de vez en cuando alguno brillaba como oro puro.
Sobre mi escritorio está una de esas gangas entre las gangas: “No more Mr. Nice Guy: A Life of Hardball” by Dick Williams y Bill Plaschke. (No, no está escrito en párrafos de una oración). Es una memoria de uno de los principales managers de la historia del béisbol moderno, un inquilino del Salón de la Fama quién ganó dos Series Mundiales con los Atléticos de Oakland a comienzos de los años ’70, dirigió algunos equipos talentosos de los Expos de Montreal más adelante aquella década, y hasta llevó a los Padres de San Diego a la Serie Mundial de 1984. “(Esta mañana, Chris Jaffe en el Hardball Times hizo una mirada completa de los logros vitalicios de Williams)
Por supuesto, en esta esquina del universo beisbolero, sólo una línea, un año, una temporada de su impresionante currículo, importa. Como el maestro mental del dugout de los Medias Rojas de 1967, el irascible Williams fue más responsable que cualquiera, incluido Yaz, de sacudir el letargo y el estoicismo de la gestión de Tom Yawkey y hacer de la temporada del Sueño Imposible una realidad. Tuvo toda la razón cuando dijo que ganarían más de lo que perderían. Como los Grandes y Malos Bruins (el equipo de hockey de Boston), los Medias Rojas de 1967 son los héroes eternos de los fanáticos deportivos de Boston de cierta generación, el equipo que hizo posible todo lo que vino después. La muerte de Williams el pasado jueves 07 de julio de 2011, a los 82 años, fue un sombrío recordatorio de cuanto tiempo ha pasado desde aquella gesta y también trajo reminiscencias de un verano inolvidable en Fenway.
Más tarde aquella noche de jueves, saqué el libro de Williams, publicado en 1990, de un estante de la oficina de mi casa y empecé a hojearlo. Es una memoria sobresaliente para cualquiera, más allá de la figura deportiva, Williams se presenta como un gruñón agradable, divertido, terco, políticamente incorrecto, brillante. En otras palabras, como siempre era percibido. Pero es su candor sobre los jugadores famosos que dirigió, y con los que tuvo encontronazos en algún momento, lo que hace de este libro una lectura divertida.
Solo expresa elogio y admiración por Nolan Ryan, quién jugó para él con los Angelinos, o Tony Gwynn, quién subió al equipo grande de los Padres durante la estadía de Williams. Muchos de sus otros jugadores no fueron tan afortunados. Considere esto una edición especial del programa Nueve Innings, con nueve comentarios del libro de Williams sobre aquellos que jugaron para él. Podría haber listado 90.

1.- Sobre haberle quitado la capitanía a Carl Yastrzemski al asumir como manager: “Tal vez pude haberlo hecho con más gracia. Tal vez Yaz y yo hubiésemos tenido un mejor comienzo si lo hubiera llamado a mi oficina para pedirle que renunciara como capitán. Si, y tal vez debía preguntarle a cada quién en el equipo en cuantos juegos quería participar. Y tal vez habría durado sólo seis meses en Boston. Y habría recuperado mi condenada sala de estar. Al demonio con la gracia. Quería victorias… De todas formas Yaz no tenía las características ni el entusiasmo para ser cacique, pero podía ser un tremendo Indio. Y yo necesitaba a ese Indio”.

2.- Sobre Jim Lonborg, el eventual ganador del Cy Young de la Liga Americana en 1967, al probar su valor a Williams durante el juego del 21 de julio contra los Yanquis al darle un bolazo a Thad Tillotson, quién había golpeado a su compañero Joe Foy temprano en el juego: “Para Lonborg, estaba empezando la temporada de su vida. En ese incidente me probó a mí y al resto de la liga que no iba a ser otro muchacho talentoso lleno de miedo. Al no temblarle el pulso para lanzar adentro”.

3. Sobre cierto comentario en referencia al primera base George Scott: “Scott era un tipo agradable con un problema de peso, en su barriga y en su cabeza. Una vez dije, ‘Hablar con él es como hablar con un bloque de cemento’. Todos pensaron que estaba bromeando, hasta Yaz le dijo a alguien que era un chiste cruel. Pero no era una broma. Lo dije en serio”.

4. Sobre Tony C. “Al final él regresó (de su trágico pelotazo en el ojo en 1967) y yo estaba muy feliz por él, tanto como estuve profundamente afligido por su ataque cardíaco varios años después y por su muerte a comienzos de los ’90. Pueden decir lo que quieran, pero el tipo era un fajador. Al cruzar esas líneas de cal, no había nadie que jugara con más intensidad que él, así lo demuestra el año de su gran regreso. Él era un fajador y yo también, por eso probablemente tuvimos tantos enfrentamientos verbales. No estoy seguro de quién obtuvo lo mejor del otro, pero sé que al haber tenido a Tony Conigliaro fajándose ahí todos los días, el béisbol fue el ganador”.

5.- Sobre los Angelinos de 1975, que solo batearon 55 jonrones en toda la temporada: “Estos Angelinos estaban afectados por varias cosas, comenzando con lo que los reporteros aburridos llamaban un infield incubadora. Por supuesto, eramos jóvenes: el primera base Bruce Bochte estaba en su segunda temporada, el segunda base Jerry Remy era un novato, el campocorto Orlando Ramírez estaba en su segunda temporada, el tercera base Dave Chalk estaba en su segunda temporada completa. No me hubiera importado que su total combinado de jonrones fuese solo de siete, o que ninguno de ellos bateara más de .285 o empujara más de 82 carreras. Podía haber vivido con eso si hubiese visto una esperanza de mejoría en el futuro cercano. El problema era que solo uno de ellos, Remy, mejoró bastante. Era obvio que mis Angelinos eran los Peter Pan del béisbol, simpáticos chicos que nunca crecerían”.

6. Sobre Reggie Jackson y los Atléticos de Oakland de principios de los ’70 que ganaron tres Series Mundiales corridas, dos dirigidos por Williams: “El clubhouse tenía tres líderes. Reggie, (Sal) Bando, y Catfish (Hunter). Reggie era el tipo de los pulmones, la voz principal. Su constante habladera le daba a sus compañeros algo de que reirse y mantenerse unidos, lo mejor era que aquello era un acto. Lo sabía, porque yo solía ser el misto tipo de actor. Reggie realmente era talentoso pero muy sensible e inseguro. En otras palabras, si atravesabas sus embestidas, podías encontrar a un tipo que jugaría su condenado mejor béisbol para ti”.

7. Sobre los Expos de Montreal y su maravilloso trío de jóvenes jardineros de finales de los ’70, Andre Dawson, Warren Cromartie y Ellis Valentine: “Siempre mencionaré a Dawson de primero, porque era la tercera opción de todos. De los tres, él siempre fue el aprendiz lento, el que necesitaba trabajar más y no avanzaba mucho. Nuestros scouts se sentaban y se les llenaba la boca de espuma hablando de la habilidad natural de Valentine y del bate increíble de Cromartie. ‘Y’ ellos siempre decían, ‘siempre hemos tenido a Dawson’. Como si Dawson no perteneciera al mismo discurso. Ya saben lo que pasó. Podían haberse perdido de la escena beisbolera por un rato y aún saber lo que pasaría. Dawson, trabajando todos los días… se convirtió en un futuro guante de oro y Pelotero Más Valioso y unos de los embajadores principales del beisbol”.

8. Sobre Mark Langston, a quién Williams acusó de pedir que lo sacaran de los juegos cuando él dirigía en Seattle: “Percibí a Langston como siento todo el béisbol. Lo percibí finalmente cuando le costó un banderín a los Expos de Montreal a finales del verano de 1989 al colapsar en sus próximas salidas. Sin agallas. Cualquiera puede lanzar para un perdedor, lo cual Langston hacía muy bien con los Marineros antes de llegar yo. Pero dejanos a verte lanzar para un ganador. Esa es la señal de un verdadero competidor, lo cual Langston no es…Vamos Langston. Te quiero ver lanzar para un ganador. Déjanos verte ser un ganador”.

9. Sobre Bill Lee, a quién Williams dirigió como novato con los Medias Rojas y después en Montreal: “Una vez cuando necesitaba que Lee lanzara, llegó al clubhouse lleno de heridas y cortadas, parecía que acababa de hacer una pelea de diez rounds. Me dijo que un taxi lo había arrollado mientras trotaba. Le pregunté como había hecho para llegar así hasta el clubhouse. El taxista asustado lo había llevado. Lee dijo que hasta le dio una propina. Traté de controlarme antes de decirle que no iba a jugar. Más adelante en aquella temporada, durante una gira, lo ví trotando cerca de una marina y le grité: “Ten cuidado, no vaya a ser que uno de esos barcos salte y te arrolle”.

Traducción: Alfonso L. Tusa C.

jueves, 14 de julio de 2011

Sparky Anderson un manager y ser humano legendario

Merece cada uno de los homenajes que le han rendido desde su fallecimiento.

Terence Moore. MLB.com

Él era original y encantador. Ya era una persona del Salón de la Fama antes de convertirse en manager inquilino de ese lugar. Merece toda la atención póstuma que está recibiendo. Conozco mucho de George “Sparky” Anderson porque pasé años estudiando su escalada desde el anonimato beisbolero hasta el estrellato deportivo.
Primero, fui discípulo de la Gran Maquinaria Roja de Anderson, y vivía en Cincinnati cuando él llegó en la temporada de 1970 con el encabezado de un periódico local que decía “¿Sparky quién?”. Después, tuve que ver con Anderson a menudo como periodista deportivo del Cincinnati Enquirer y otros periódicos a través de su espléndido viaje a Cooperstown con los Rojos y después con los Tigres de Detroit.
Así, que aún cuando han transcurrido casi ocho meses desde la muerte repentina de Anderson a los 76 años, aquellos quienes fuimos tocados por este genio de cabello plateado con una sonrisa agradecida y la destreza de las personas inteligentes, deseamos celebrar su vida por tanto tiempo como sea posible.
En particular, los Tigres se están uniendo a los Rojos para tratar de mantener ardiendo la chispa en una llama eterna entre los aficionados al béisbol y allegados. Tiene sentido para ambos equipos. Por nueve temporadas, Anderson llevó a los Rojos a cuatro banderines de la Liga Nacional, cinco títulos divisionales y dos Series Mundiales. Luego pasó 17 temporadas en Detroit, donde se convirtió en un símbolo para una franquicia que tiene muchos. También logró una Serie Mundial con los Tigres y ganó dos veces el premio al Manager del Año en la Liga Americana.
Nadie se pregunta porqué las lágrimas fluyeron con tanta facilidad el domingo 26 de junio de 2011 en Detroit, donde los Tigres hicieron una ceremonia a la memoria de Sparky en Comerica Park antes de su juego ante los Cascabeles de Arizona. Los Tigres retiraron su número 11, y lo hicieron mientras transmitían un video en homenaje a Anderson, también contaron con la presencia de sus tres hijos para hacer los lanzamientos iniciales del juego.
Los Rojos comenzaron su serie de homenajes a Sparky en marzo en su campamento de entrenamientos primaverales de Goodyear, Ariz. Pasaron un video de Anderson en sus días con los Rojos, y luego guardaron un momento de silencio. También empezaron a usar una etiqueta que dice “Sparky”, en la manga derecha de sus uniformes. Y los homenajes siguen. Además, pintaron el número 10, que Sparky usó con ellos, sobre la grama de la línea de tercera base en Goodyear.
Pocas semanas más tarde, los Rojos exhibieron su video de Sparky el día inaugural en Cincinnati, y hubo otro momento de silencio. Un mes después de eso, los Rojos regalaron a los aficionados estatuillas de bronce de Anderson en un juego en casa ante los Cardenales de San Luis. La promoción ocurrió el dia de cumpleaños de Tany Pérez, uno de los tres grandes miembros de la Gran Maquinaria Roja que acompañan a Sparky en Cooperstown.
Las anécdotas de Sparky emergían por todos lados en Cincinnati, lo propio ocurrió el domingo 26 de junio en Detroit. Nadie superó al manager de los Tigres Jim Leyland, quién habló de Anderson para Detroit News. “Él era toda una personalidad. Tenía el cabello blanco a los 35 años. Siempre llamaba la atención. Era un tipo carismático. Fue el Casey Stengel de los ’70 y los ’80 y fue un ganador. Es muy lamentable que no esté aquí para ver esto”.
Leyland recordó el primer entrenamiento primaveral de Anderson como manager de Grandes Ligas en 1970 con los Rojos. “Él tenía a Rose, Bench, Morgan, Pérez y todos los tipos de aquella alineación y le dijo al equipo, ‘Miren, estos son los muchachos que van a jugar, ellos son los que van a ganar para nosotros. Ustedes, los otros muchachos prepárense para el viaje y disfrútenlo”.
Él hablaba en serio, por cierto, y eso funcionaba (observen la Gran Maquinaria Roja de Anderson, dueña de más victorias que cualquier equipo durante los años ’70). Pero para los que no se llamaban Rose, Bench, Morgan y Pérez en aquellos Rojos, Anderson era considerado enemigo de la igualdad de oportunidades.
Ellos decían que él jugaba con sus peloteros favoritos.
A lo cual Anderson ladeaba la cabeza, respiraba profundo y se mantenía leal a sus convicciones.
A pesar de eso, Anderson nunca fue beligerante. Y, hablando de nunca, él nunca recibió premio alguno de Manager del Año en la Liga Nacional con los Rojos. Era considerado un manager de apretar botones. En sus días con Detroit, una vez Anderson me dijo que su trabajo más difícil en Cincinnati no era decidir cuan rápido sacar a un pitcher abridor, lo cual fortalecía su apodo de Capitán Garfio, sino tratar de evitar que explotaran los grandes egos en el clubhouse de los Rojos. Anderson dijo entonces: “Créeme, no existía ningún cariño espontáneo entre esos tipos”.
Leyland añadió: “Mucha gente no cree eso, pero es la verdad. Si eres manager y ganas y le gustas a los medios, entonces hiciste un gran trabajo y eres un gran manager. Si eres manager y ganas y no le gustas a los medios, entonces tienes buenos peloteros”.
“Así son las cosas. Ahí era donde Sparky era grande. Si, el tenía grandes peloteros, pero era muy exigente manejar la Gran Maquinaria Roja. Había muchos nombres grandes, grandes estrellas en ese equipo. Eso era lo que me impresionaba de Sparky, la manera como enfrentaba aquel escenario”.
Al final del día, Anderson era respetado hasta por muchos de sus detractores, debido a su estilo de hablar sin pelos en la lengua y a que se ubicaba entre los animadores más grandes de todos los tiempos.
Nunca olvidaré como, siendo alguien recién graduado de la Universidad que escribía de aquellos poderosos Rojos para el Enquirer, Anderson me trataba tan bien como a cualquier reportero veterano. Se sabe muy bien que era muy rara la ocasión cuando se reunía con un periodista (o persona) que no le agradara.
Una vez, a mediados de los años ’70, cuando había pocas reglas de cuanto tiempo podían permanecer los reporteros en los clubhouses, conversé con Anderson en su oficina hasta alrededor de 15 minutos antes de comenzar un juego. A él no le gustaba parar de hablar cuando la conversación era reconfortante. Comencé a ponerme nervioso, y tuve visiones de Pete, Tony, Joe o Johnny entrando a la oficina y gritando, “Mira, Sparky, sal de ahí y deja a ese muchacho tranquilo. Los árbitros están esperando por ti en el home para que lleves la tarjeta de la alineación”.
Cuando decidí decirle a Anderson que se acercaba el momento del primer lanzamiento, se levantó de su silla, agarró su camiseta mientras caminaba y me dijo mientras se la abotonaba al pasar por la puerta, “Si necesitas algo más, podemos hablar después”.
Típico Sparky.
Típico lo suficiente para permanecer mágico por siempre.

Traducción: Alfonso L. Tusa C.

martes, 12 de julio de 2011

Dick Williams revivió la popularidad de los Medias Rojas en Nueva Inglaterra.

Garry Brown. masslive.com. 09-07-2011.

AP.
En mis primeros días como periodista en Springfield, no cubríamos a los Medias Rojas regularmente.
Nadie se quejaba de eso, porque los patirrojos de finales de los ’50 y comienzos de los ’60 eran equipos horrendos, de ninguna manera eran comparables a los Yanquis de Nueva York.
Pero, en julio de 1967, empezamos a decirnos que quizás deberíamos prestarle atención a ese equipo. Después de todo, los jóvenes Medias Rojas, con un manager novato de 38 años, estaban jugando bien y seguían en la carrera por el banderín. En ese momento, por supuesto nadie esperaba que ganaran el banderín, pero parecían merecer nuestra atención, especialmente desde que el apostador Jimmy “The Greek” Snyder les había dado una oportunidad de triunfo de 100-1.
Fue en una noche de finales de julio cuando conocí a Dick Williams. Sus Medias Rojas estaban de vuelta en Fenway Park luego de una intensa gira, estaban en medio de una seguidilla de 10 victorias. Me enviaron a cubrirlos.
Antes del juego en el dugout, algunos miembros del cuerpo de periodistas que seguían a los Medias Rojas, esperaban que terminara la práctica de bateo. Encontré un puesto en el banco al lado de mi viejo amigo y colega, el nativo de Westfield, Ray Fitzgerald. En ese momento, él era un destacado periodista en ascenso, escribía columnas deportivas para el Boston Globe. Antes de que se fuera a ese trabajo, habíamos laborado juntos por 10 años en el departamento deportivo de The Springfield Union.
Ray me puso al tanto rápidamente de cómo era cubrir a los nuevos Medias Rojas. Como lo especificó, el manager daba mucho de que hablar, porque no le importaba arengar a sus peloteros en público, y no había reclamo de parte de ellos.
Al final de la práctica de bateo, Williams regresó al dugout. Bill Liston, un curtido veterano que cubría a los Medias Rojas para el ahora desaparecido Boston Traveler, le preguntó porqué seguía presionando sobre los problemas de peso de su primera base y toletero, George Scott.
“No me importa lo que él piense de eso”, dijo Williams. “Le dije que si no regresa al peso apropiado, no jugará. No estoy aquí para ganar un concurso de popularidad, estoy para ganar juegos”.
Esa cita del “concurso de popularidad” centelleó en mi memoria cuando leí este jueves 07 de julio de 2001 que Dick Williams había fallecido a los 82 años.
El estilo cáustico con el que dirigió a los Medias Rojas a su banderín del “Sueño Imposible” en 1967 eventualmente llevó a Williams al Salón de la Fama Nacional de Béisbol en Cooperstown, N.Y, donde fue inducido en 2008. Cuando ganó las Series Mundiales de 1972 y 1973 con los Atléticos de Oakland, y un banderín con los Padres de San Diego en 1984, era el mismo tipo enfocado en un objetivo.
El equipo más ganador que Williams dirigió, nunca llegó a la Serie Mundial. Eso fue en 1971, cuando sus Atléticos dejaron marca de 101-60, pero fueron barridos en la Serie de Campeonato de la Liga Americana (entonces a 5 juegos) por el poderoso Baltimore de Earl Weaver. Weaver y Williams habían sido rivales cuando dirigieron en la Liga Internacional AAA.
¿Funcionaría el estilo de la vieja escuela empleado por esos dos en el mundo de hoy plagado de superestrellas con sueldos excesivos? Le pregunté a Williams cuando vino a Fenway en 2007 para el cuadragésimo aniversario de su equipo “soñado”.
“¿Dirigir en la actualidad? No duraría dos días”, dijo él.
Aprendió el béisbol profesional de la manera más dura, jugó 10 temporadas como jugador del cuadro de ligas menores en el sistema de los Dodgers de Brooklyn, batalló hasta el final para llegar a las mayores como jugador del cuadro, de reserva.
En las menores, jugó un par de temporadas con Walter “Butsy” Fiala, un talentoso segunda base de West Springfield. Butsy se quedó atascado en las menores porque los Dodgers tenían a Jackie Robinson y Junior Gilliam por encima de él.
Williams jugó sus últimas dos temporadas en Grandes Ligas con los Medias Rojas, en 1963 y ’64. Se retiró a los 36 años cuando los patirrojos le ofrecieron la oportunidad de dirigir su equipo de Triple A, entonces asentado en Toronto.
Su nómina en 1965 y ’66 incluía a ocho peloteros que vivirían aquel “Sueño Imposible”, el jardinero Reggie Smith, lo jugadores del cuadro Joe Foy y Mike Andrews, los receptores Russ Gibson y Mike Ryan y los pitchers Gary Waslewski, Jerry Stephenson y Billy Rohr.
En aquellos años de Toronto, Williams también dirigió a un par de pitchers locales, Bill Spanswick de Enfield y Eddie Connolly de Pittsfield.
Los Maple Leafs de Toronto de 1966 terminaron un juego detrás de Rochester, un equipo dirigido por Weaver. En los play offs de la Liga Internacional, Rochester cayó en la primera ronda, y Toronto venció a Columbus en la final.
Ese campeonato convenció al gerente general de los Medias Rojas, Dick O’Connell de que su manager de Triple A estaba listo para dirigir en las Grandes Ligas. Es justo decir que la cultura beisbolera de los Medias Rojas cambió para siempre debido a la fe de O’Connell en Dick Williams.
En el invierno de 1968, Williams vino a Springfield como invitado de honor de un evento para recaudar fondos en el Hotel Kimball. El local abarrotado de aficionados, testimonia el revivido interés de la región por los Medias Rojas.
En total, Williams tuvo una carrera de 40 años en el béisbol profesional. En 22 temporadas como manager ganó 1571 juegos.
¿Concursos de popularidad? En todos esos años, él podría decir, con orgullo, que nunca ganó uno.
Ese fue Richard Hirschfeld Williams, mi tipo de manager de béisbol.


Traducción: Alfonso L. Tusa C.

Ausencia de acrobacia.

El beisbol como todo en la vida ha sufrido metamorfosis que a muchos les han parecido positivas y a otros no tanto. El bateador designado, la compresión de la zona de strike, la disminución de las distancias entre el plato y las cercas de los jardines, pelotas más salidoras, reducción de la altura del montículo de lanzar, son algunas de las modificaciones más significativas.
Sin embargo hay otras variaciones del juego que parecieran secundarias pero igual afectan su intensidad. Me refiero a las tertulias cada vez más frecuentes al llegar un corredor a una base, los pantalones cubriendo las medias sanitarias hasta la parte de abajo de los zapatos. Es un juego muy distinto al que conocí a finales de los años 60 cuando los peloteros corrían a todo lo que daban sus piernas, hasta con un flaicito a las manos del catcher.
Quizás una de las demostraciones que más extraño sea el pívot del segunda base en la jugada de dobleplay. Tal como lo expresara con melancolía el fotógrafo de béisbol Aldo Di Bari en el programa radial de Humberto Acosta y Cristóbal Guerra. Ahora la mayoría de los segundas base corren a un lado para evitar al corredor que viene de primera base. Aunque igual hacen el dobleplay, la jugada ha perdido aquel encanto de la acrobacia del salto de rana sobre la segunda y me parece que con el pívot se ganan (o ganaban) segundos valiosos en la ejecución de la jugada.
Nellie Fox, aquel singular camarero que hizo combinación con Luis Aparicio, refería alguna vez que cuando llegó nuevo a los Medias Blancas de Chicago preguntó cuales eran los atributos principales de un segunda base y le dijeron. Debe tener los nervios de quién camina en la cuerda floja, el arrojo de un ratero y la gracia de un bailarín.
Mis hermanos mayores hablaban mucho de las jugadas de un segunda base llamado Gustavo Gil. Primero con el Valencia Industriales conformó una de las combinaciones más efectivas de la LVBP junto a Teodoro Obregón, despues con los Navegantes del Magallanes integró otro tandem de altos kilates defensivos con Jesús Aristimuño. El tipo era muy bueno a la defensiva, pero lo que hacía a muchos elogiarlo era su pívot espectacular a la hora de manufacturar la doblematanza. Los narradores lo llamaban “El Maestro”, Delio Amado León llegó a decir cada vez que bateaban por sus predios “out por regla”. Mis hermanos Felipe y Jesús Mario lo llamaban “el astronauta” por la forma como flotaba sobre la intermedia en cada dobleplay. Ellos solo tenían las referencias gráficas de periódicos y revistas, además de la imaginación que armaban con la narración radial.
El primer juego de béisbol organizado que presencié, ocurrió en el Estadio Municipal de Cumaná, durante el Campeonato Nacional Juvenil escenificado en agosto de 1970. Cojedes versus Sucre. Aún siento el corazón retumbando hasta la punta de mis pies de un niño de nueve años. Cuando entré a la tribuna central, el tío Carlos tuvo que cerrarme la boca y templarme hacia las gradas. “¿Nunca había venido a un estadio?” Todo aquel concierto de verde y naranja mezclado con las luces que llegaban desde postes inmensos y un tipo gritando “El pool, segunda base visitador”, me encandilaban hasta quitarme la respiración. La primera jugada que recuerdo fue un roletazo invisible por toda la línea de tercera base. Justo Arias se lanzó de cabeza, agarró la pelota y lanzó a segunda, allí la tomó el camarero del estado Sucre, de apellido Millán, pisó y pivoteó para lanzar a primera, completaron el dobleplay, pero el corredor tropezó a Millán y este dio varias vueltas sobre la arcilla del abanico. Estuvo como cinco minutos recibiendo auxilio del masajista. El tío Carlos me dio dos palmadas en el hombro. “Tranquilo, el béisbol es así”.
Aún guardo en los archivos de la memoria el salto característico que daba Remigio Hermoso cuando recibía la pelota de Enzo Hernández para soltar la pelota hacia primera base. La narración de Musiú LaCavalerie dibujaba trazos de un practicante de kung fu o karate. Los pies desplegados en una zancada impresionante, el brazo derecho estirado hacia delante. “…Remigio devuelve a primera…dobleplay la jugada. Acabamos de ver una jugada de museo…arte puro…”
A través de un artículo de Sports Illustrated supe que Bobby Richardson cuando hacía combinación con Tony Kubek alrededor de la intermedia de los Yanquis de Nueva York de principios de los ’60, hacía cinco pivots distintos de acuerdo a la ubicación y la intensidad del batazo. Toda una sinfonía de esgrima y habilidad que estaba en el ambiente en cualquier juego de aquel equipo.
Mientras Luis Aparicio jugaba con los Medias Rojas de Boston le tocó darle algunos consejos a un segunda base novato llamado Doug Griffin. En una ocasión un corredor lo arrolló antes de completar el pívot y quedó todo adolorido en el polvo de arcilla. La próxima vez que ese corredor llegó a primera Griffin le pidió a Aparicio que le sirviera la pelota abajo “le arrancaré la cabeza a ese tipo”. Griffin trastabilló en el pívot y tocó el suelo con la mano antes de lanzar a primera, aún así el corredor se llevó un gran susto y largó un alarido.
Fox siempre llegaba al estadio consciente del riesgo que corría al jugar segunda base. En una ocasión un corredor entró con los ganchos por delante y lo impactó entre las medias sanitarias y el pantalón. La tela se abrió en jirones y algunos puntos carmesí difuminaron en el aire. Fox lanzó a primera. El corredor de segunda fue decretado quieto. Fox pasó un rato con las manos en las rodillas detrás de segunda base. El masajista y el manager estuvieron a punto de llevárselo al dugout. Aparicio habló con Fox y se quedaron mirando al pitcher. Al primer lanzamiento Fox entró y sorprendieron al corredor en segunda base.
Todo ese suspenso e intensidad que se troqueló en mis retinas aquella tarde en el estadio de Cumaná, aunque logré revivirlo muchas veces después. Ahora cada vez lo extraño más, a menos que aparezca uno de esos jugadores que juegan con las medias arriba y corren hasta con un bombito al catcher.

Alfonso L. Tusa C.