miércoles, 8 de junio de 2011

El exTigre de Detroit Jim Northrup, estrella de la Serie Mundial de 1968, fallece a los 71 años.

Detroit. (AP). El antíguo jardinero de los Tigres, Jim Northrup, quien bateara un triple decisivo en el séptimo juego de la Serie Mundial de 1968, falleció este miércoles 08 de junio de 2011.
Su amigo por mucho tiempo Bill Wischman dijo que Northrup falleció luego de sufrir un ataque repentino en un centro asistencial de Grand Blanc.
Wischman dice que Northrup había estado delicado de salud por cierto tiempo y había estado en el centro cerca de un mes debido al Alzheimer.
Northrup pasó parte de 12 temporadas en Grandes Ligas.
Su triple del séptimo inning ante el pitcher Bob Gibson de los Cardenales de San Luis en el último juego de la Serie Mundial de 1968 rompió un empate sin anotaciones al empujan a Norman Cash y Willie Horton. Los Tigres ganaron 4-1.
También jugó para Montreal y Baltimore y después trabajó como locutor deportivo con la empresa Pass Sports en los años ’80 y ’90.
“Era un estudiante astuto del juego”, dijo Wischman, quién empleó a Northrup para la empresa noticiosa y se convirtió en amigo íntimo de él. “Amaba el juego”.
Northrup estaba muy involucrado con la comunidad y el trabajo de caridad, incluyendo su esfuerzo por ayudar a los huérfanos polacos, dijo Wischman.
El as de pitcheo de los Tigres Denny McLain, también amigo por muchos años, estaba calentando en el bullpen cuando Northrup bateó el triple decisivo.
“A Jimmy no le gustaba perder en nada”, McLain le dijo a Detroit Free Press. “Era competitivo hasta en la comida después del juego. El fue la espina dorsal emocional de nuestro equipo aquel año. Se molestaba contigo si te veía cordializando con los peloteros del equipo rival. Jimmy fue una gran razón por la que éramos un equipo duro de roer”.
Northrup nació en Breckenridge, Mich., y firmó con los Tigres en 1960 como agente libre amateur. Detroit lo cambió a Montreal en 1974.
Debutó en Grandes Ligas en 1964. En 1392 juegos, despachó 153 jonrones, empujó 610 carreras y bateó para .267.
Además de tener Alzheimer, Northrup también resistió la artritis reumatoide por muchos años, dijo Wischman.
“A pesar de estar tan enfermo, nunca se quejó”, dijo el amigo.
Northrup es sobrevivido por su esposa Patty, sus hijos Kamil, Azaria, Jim, Paige y Kate, y 7 nietos.

Traducción: Alfonso L. Tusa C.

El antíguo grande liga José Pagán fallece a los 76 años.

Pittsburgh(AP) José Pagán quién empujara la eventual carrera ganadora del séptimo juego de la Serie Mundial de 1971 ha fallecido en su hogar de Sebring, Florida este martes 07 de junio de 2011...
Los Piratas anunciaron el deceso luego de enterarse a través de la familia Pagán. No fueron informadas las causas de la muerte.
Hubo un momento de silencio antes del juego nocturno de este miercoles 08 de junio de 2011 ante Arizona en el PNC Park.
Pagán llegó a la Gran Carpa con los Gigantes de San Francisco en 1959 y fue cambiado a Pittsburgh en 1965, ayudó a la franquicia a ganar la Serie Mundial de 1971. Su doble en el octavo inning del séptimo juego le dio a Pittsburg ventaja de 2-0 sobre los Orioles y terminaron ganando 2-1.
En su carrera de 15 años en las mayores, Pagán también jugó con Filadelfia. Bateó para .250 con 52 jonrones y 372 carreras empujadas antes de retirarse en 1973. Se desempeñó como tercera base, short stop y jardinero izquierdo a lo largo de su carrera.
Nació el 05 de mayo de 1935 en Barceloneta, Puerto Rico. Le sobreviven su esposa de 53 años, Luz, sus hijos, José A y José R, sus hermanos, Ángel, Israel y Luis, 6 nietos y 4 biznietos.

Traducción: Alfonso L. Tusa C.

martes, 7 de junio de 2011

Los peloteros sienten un amor especial por sus guantes

No hay nada parecido al vínculo que un grande liga tiene con su guante. Algunos les dan al suyo un nombre especial, algunos toman medidas extraordinarias para extender la vida útil del guante…uno incluso arriesgó su vida para rescatar su guante del peligro

Mike DiGiovanna. 05-06-2011.

El pasado diciembre, Bobby Wilson se casó con una mujer que conoció en 2004 mientras jugaba béisbol de ligas menores en Cedar Rapids, Iowa. Pero el catcher de reserva de los Angelinos admite que ella no fue su primer amor.
Wilson recordó que su primera alma gemela tenía un agradable bronceado, piel gruesa y una esencia embriagadora que encontró intoxicante. Fueron inseparables por 5 años.
Su esposa no está celosa. Porque el objeto del afecto de Wilson era una mascota Rawlings que él obtuvo cuando tenía 5 años de edad.
“Ese guante no se apartó de mi lado en 5 años”, dice Wilson, de 28 años. “La llevaba a la escuela conmigo. Cuando regresábamos a casa, jugábamos béisbol hasta que llegaba la hora cenar. El guante me acompañaba cuando iba a dormir”.
“Para ser honesto, pienso que dormí con mi primer guante cada noche del primer año que lo tuve. La mayoría de los niños de esa edad tienen un osito teddy. Yo tenía mi guante de béisbol”.
Pocas conexiones son más profundas e íntimas que el vínculo entre los peloteros y sus guantes. No es una herramienta que se adquiere, es una extensión de la mano, una pieza de artesanía de cuero en la que se confían los peloteros para tomar roletazos, atrapar elevados, recibir rectas de 95 millas y, en el caso de los pitchers evitar que las líneas golpeen sus caras.
Los jugadores de beisbol son únicos en este respecto. Los jugadores de hockey son muy delicados con sus palos, prefieren ciertas curvaturas de hojilla o grados de flexibilidad y los personalizan con mucha cinta plástica. Pero como los bates de béisbol, los palos de hockey se rompen y a menudo duran solo unos pocos juegos.
.Un buen guante, uno que calce a la medida, puede durar toda una carrera.
“Si eres un samurai, el guante es equivalente a la espada”, dice Wilson.
Algunos peloteros le dan nombres a sus guantes, los tratan como si tuvieran personalidades y sentimientos.
El guante actual de Torii Hunter, el jardinero de los Angelinos, es llamado “Coco”. Antes de Coco, estuvieron Sheila, Vanity, Susan y Delicious, un guante que usó en las ligas menores.
“Muchas veces cambio de guante”, dice Hunter. “Cuando ella es irrespetuosa y hace lo que no se supone debe hacer, como perder las pelotas, la dejo a un lado y elijo otra”.
¿Cómo escoge los nombres de los guantes?
“Cuando veo una hermosa mujer en la televisión o en una revista”, dice Hunter, 35, “ese es el nombre del guante”.
Hunter ha usado el mismo modelo “Trapeze” de Rawlings en toda su carrera, lo reemplaza cada dos o tres años. Usó cuatro guantes mientras ganó sus 9 Guantes de Oro. Se cambió a Coco el pasado agosto, cuando se mudó del jardín central al derecho.
Mizuno, Rawlings y Wilson son las fábricas de guantes más grandes, cada una ofrece una variedad de modelos que oscila en precios de 75 $ a 400 $. La mayoría de los grandes ligas reciben gratis por los menos dos guantes nuevos cada primavera.
Los peloteros usan los juegos de entrenamientos primaverales para determinar cual guante utilizarán en la temporada regular y cual será su repuesto si se rompe el favorito. Los guantes que no son escogidos usualmente se dejan a un lado o son firmados y donados a eventos de caridad.
“Es como una relación, tu sabes”, dice Hunter. “Empiezas a salir con una chica, te quedas con ella un par de veces, sabes que es la indicada para ti. Después de un año, te sientes cómodo y determinas si es la apropiada. Así que este año sabré si Coco se queda conmigo o no”.
Si piensas que esto es un poco irracional, entonces sería interesante que consideraras los métodos que utilizan los peloteros para acondicionar un guante nuevo de la manera que a ellos les gusta. Esto puede incluir doblarlo bajo un colchón, sumergirlo en agua y lanzarlo en una secadora de ropa, meterlo en un horno microondas, cubrirlo con espuma de afeitar, manejar un carro sentado sobre el guante, y golpearlo contra una pared con un bate de beisbol.
Cuando encuentran un guante con el que se sienten a gusto, uno en el que confían, no les gusta dejarlo.
El antíguo jugador del cuadro de los Atléticos de Oakland Mike Gallego estaba tan apegado a su guante de 8 años que arriesgó su vida para rescatarlo cuando el terremoto de Loma Prieta en 1989 estremeció el Candlestick Park de San Francisco antes de un juego de Serie Mundial.
“La luz se fue, había una confusión total, la gente gritaba, ‘¡Salgan, salgan!’”, recuerda Gallego, ahora el coach de tercera base de los Atléticos. “Chocábamos con las cosas, corríamos sobre las sillas y tratábamos de salir del estadio”.
“Cuando iba a mitad de camino, podía ver el estacionamiento por la puerta, me di cuenta ‘¡Dios mio, mi guante! Di la vuelta y fui contra la corriente de personas que salia, hacia el clubhouse, al otro extremo del local”.
“Fue un arranque en blanco. En ese momento, no pensé, era puro instinto. Agarré el guante y regresé afuera”.
Gallego estimaba mucho a su guante Rawlings modelo RYX-Robin Yount, nombrado como el antíguo astro de los Cerveceros de Milwaukee, porque era la talla perfecta 11 pulgadas desde la palma hasta la punta del dedo índice, para ser usado en las tres posiciones del infield que él jugaba, shortsop, segunda y tercera. De verdad era único en su especie.
Ocho años antes del terremoto, la Rawlings le dijo a Gallego que la compañía había dejado de producir el modelo porque Yount ya no jugaba en el infield.
“Les dije que todavía lo usaba”, dice Gallego, 50. “Y ellos dijeron, ‘Más te vale cuidarlo mucho, porque ese es el último’”
Gallego le ha cambiado las trenzas y ha remendado el guante varias veces. Le aplicó acondicionador de cuero cuando era necesario. Cuando viajaba, le colocaba una pequeña pelota plástica en su interior para que no se aplastara en la maleta.
El bate de Gallego no tenía mucho poder; bateó .239 con 42 jonrones en 13 temporadas de Grandes Ligas. Pero su guante, dice él, “me llevó a las Grandes Ligas. Y eso fue lo que me mantuvo ahí”.
El antíguo campocorto de los Angelinos Gary DiSarcina, usó el mismo guante Mizuno por 11 temporadas. Él dice que le gustaba porque era un poco más pesado que el anterior que tuvo, lo cual lo ayudaba a bajar las manos hacia el terreno en una mejor posición para fildear.
“Era un buen guante de calidad, la mejor herramienta que pude haber adquirido”, dice DiSarcina, 43, asistente especial del gerente general de los Angelinos Tony Reagins. “Si hubiera sido carpintero, ese hubiese sido mi martillo. Si hubiera sido médico, ese hubiese sido mi bisturí”.
El guante, ahora retirado, descansa en el escritorio de DiSarcina en la oficina de su hogar en Massachussets.
“Está desgastado, desteñido, lleno de tierra y alquitrán de pino, oloroso, apestoso, crujiente… cuando lo veo, no puedo creer que lo usé tanto tiempo”, dice DiSarcina. “Necesitó dos o tres operaciones a través de los años. Pero se sentía como…un guante. Esa es la mejor manera de describirlo. Fue más que un manto de seguridad”.
El guante del coach de primera base de los Cachorros de Chicago Bob Dernier podría ganar un premio por servicio contínuo. Un compañero de equipo de ligas menores se lo dio en 1979. Jugó con el guante a lo largo de sus 10 años en Grandes Ligas (1980-1989) y lo ha seguido usando en su carrera como coach.
El guante, un Mizuno para jardineros, está tan plano como un budare, degradado hasta un bronce muy claro en algunos puntos y decolorado en otros, tambien está cuarteado, doblado y reseco.
“Mírame. Le estoy dando un gran abrazo mientras hablamos. Eso es lo que siento por este guante. Es como una parte de mí”, dijo Dernier, 54, antes de un juego hace poco en Dodger Stadium. “Necesita un poco de cuidado, pero se siente bien por dentro”.
Hunter, el jardinero de los Angelinos, conocido por sus atrapadas acrobáticas, nunca coloca su guante en el suelo y raramente lo deja fuera de su vista.
“De vez en cuando durante la práctica de bateo, mientras hago swing. Me volteo, miro mi guante y le digo, ‘¿Estás bien?’, dice Hunter. “Eso es muy personal. Ese guante me trajo a las Grandes Ligas. Me gano la vida con él”.
Los jugadores que no pueden abandonar su guante favorito extienden su vida reacondicionándolo.
Nori Itoh, un empleado de la Mizuno, va a Estados Unidos desde Japón cada primavera parar trabajar con los guantes. Entre los guantes que Itoh ha salvado, está uno usado por el jardinero de los Medias Blancas de Chicago Juan Pierre.
Su apodo: Old faithful. (Viejo creyente)
“¿Recuerdas como en las películas soplan a una momia y esta se vuelve polvo? Así estaba el guante de Juan el invierno pasado cuando se lo entregaron a Nori”, dice Jim Guadagno, el director de promociones de Mizuno.
“Hizo algo parecido a un procedimiento quirúrgico. Unió partes que parecían separadas por siempre de sus complementos. Cosió parches en el guante. Remendó donde pudo, utilizó algo de pega en algunas areas. Fue como revivir a alguien”.
En 2001, Pierre obtuvo a “Old Faithful”, el primer guante que tenía con su nombre bordado en el pulgar, y desde entonces lo ha usado.
“Cada año será algo así como, ‘Este es el último año’, pero todavía sigo usando el guante”, dice Pierre.
Wilson, el catcher de los Angelinos, ha usado mascotas Mizuno como profesional, pero todavía tiene aquella primera mascota Rawlings, la cual ha guardado en un baúl en la casa de sus padres en Seminole, Florida.
Cada primavera, él abre una caja que contiene una mascota nueva, toma un largo suspiro, y regresa a su primera mascota.

Traducción: Alfonso L. Tusa C.

sábado, 4 de junio de 2011

Una noche para recordar para un niño que no renunció

ESPN Boston. 04-06-2011.

Boston. Tal vez esto nunca hubiese ocurrido, Tommy Hottovy caminando hacia el clubhouse de los Medias Rojas de Boston con lo que el catcher Jarrod Saltalamacchia llamó una de las sonrisas más grandes que haya visto, luego corriendo del bullpen hacia el montículo para debutar en Grandes Ligas este viernes 03 de junio de 2011, si Tom y Linda Hottovy no hubieran estado ahí el día traumático cuando Tommy dijo que no lanzaría nunca más.
Esto ocurrió en Parkville, Mo., al norte de Kansas City. Tommy Hottovy tenía 6 años, lanzaba en un juego de niños. Golpeó a un bateador con un pitcheo, y luego tambien al siguiente, entonces empezó a llorar. El entrenador salió al montículo para preguntarle que pasaba.
“Sé que eso duele mucho”, dijo el niño desconsolado. “No quiero pitchear más porque los lastimé”.
Linda Hottovy rie ampliamente mientras cuenta la historia. “Recuerdo que lloró todo el trayecto de regreso a casa, ‘No pitchearé más’”.
El momento pasó. Tommy Hottovy regresó al montículo y desde entonces rehusó abandonarlo, a través de seis temporadas parciales en Doble A y un año de ausencia del juego debido a una cirugía Tommy John para reconstruirle el codo.
¿Hubo algún momento cuando él perdió la esperanza?
“Tommy Hottovy no”, dijo Linda Hottovy.
“Nunca ha sido alguien que renuncie”, dijo Tom Hottovy Sr. “Tenía un presentimiento de que este año algo iba a hacer clic, por su dedicación”.
Entonces el jueves por la noche, llegó la llamada telefónica, su hijo estaba al otro lado de la línea. “Hola Papá ¿Qué vas a hacer el fin de semana?”
El primer pensamiento de Tom Hottovy Sr., fue que su nuera, Andrea, con 34 meses de embarazo, tal vez necesitaba ayuda.
Pero su hijo le dio la noticia: Lo habían llamado de Grandes Ligas, algo imposible para un tipo que llegó al entrenamiento primaveral sin pertenecer al roster de 40 peloteros, sin siquiera una invitación al campamento.
Eso ocasionó una explosión de alegría en Parkville. Los Medias Rojas, en uno de esos actos de generosidad que los distingue de otros equipos, reservaron los boletos aereos y una habitación de hotel para Tom y Linda. Otros dos hijos, Tim y Nicole, ambos más jóvenes que Tommy, tambien fueron, igual que un pequeño grupo de amigos, incluyendo sus entrenadores de secundaria, Steve McDaniel y Dave Baker.
Otros amigos organizaron fiestas en Parkville para ver el juego en televisión en un bar deportivo, “con fuegos artificiales y cornetas”, dijo Linda. Andrea Hottovy, no pudo viajar por su estado, pero asistió a la reunión de amigos, y hablaba con Linda por telefono cuando se abrió la puerta del bullpen en el sexto inning y Hottovy, No 68, trotó hacia el montículo.
“Voy a tratar de olvidarme de todo”, había dicho antes del juego. “Voy a hacer una fotografía mental de donde estoy, luego la borraré y me pondré a trabajar”.
Hottovy, un zurdo que lanza por el lado del brazo, enfrentaba al zurdo David DeJesus, con Coco Crisp en primera base. Con el primer envío de Hottovy, Crisp robó segunda, ahora estaba en posición de anotar para aumentar la ventaja de Oakland a dos carreras.. Pero Hottovy indujo a DeJesús a batear un rodado a manos de Dustin Pedroia. El inning terminó, así fue su primer sabor de las Grandes Ligas.
Después, se paró fuera del clubhouse de los Medias Rojas, y posó para las fotografías con su familia y amigos. Otra hermana, Holly, estaba pendiente por llegar el sábado.
¿Qué tan nervioso estuvo?
”Le preguntamos”, dijo Linda Hottovy. “Estaba tranquilo cuando hizo su primer pitcheo. Pero cuando se volteó y vio a toda esa gente, se dijo, ‘Ay Dios mío’”.
Pero esta noche, esa fue la última cosa que Tommy Hottovy vio cuando salía del montículo: Toda esa gente aplaudiendo.
Para él.

Traducción: Alfonso L. Tusa C.

jueves, 2 de junio de 2011

La otra cara de Sparky Anderson

Steve Henson. 30 de mayo de 2011.

No hubo funeral para Sparky Anderson cuando falleció el pasado noviembre. Tampoco hubo velatorio. Nadie de la familia del legendario manager de beisbol asistió a las ceremonias inaugurales que se efectuaron en su honor en Cincinnati y Detroit. Y nadie apellidado Anderson se apareció en una cena realizada en su honor la semana pasada en Los Angeles.
Muchos en el mundo del béisbol están perplejos por su deseo, cuando estaba moribundo, de que su deceso adoleciera de la vigilia tradicional. Para entender las razones hay que empezar por reconocer que Sparky Anderson y George Anderson, el nombre de pila de Sparky, eran dos caras muy distintas de una misma persona. George decidió como serían los últimos rituales de Sparky hace años.
Cuando él y su esposa visitaron a un amigo moribundo en un hospital, llegó un cura para aliviar al amigo pero vio la cara familiar al otro lado de la habitación y empezó a hablar de béisbol con excitación. George se sintió muy mal. Había sido un católico devoto toda su vida, a menudo se levantaba temprano para ir a misa. Pero en ese momento decidió que no habría servicio eclesiástico cuando falleciera.
George siempre estuvo comprometido a poner primero a su familia. Sparky era sociable, amigable y un símbolo del diamante como manager de los Rojos entre 1970 y 1978 y los Tigres de 1979 a 1995, pero a un costo familiar para muchos de los que hacen del beisbol una carrera. Permanecía inmerso en la temporada 9 meses al año e incapaz de decir no a los organizadores de caridad, periodistas, amigos y antíguos peloteros.
A veces todo había ocurrido cuando él llegaba a casa, a veces reconocía vagamente en que se habían convertido sus hijos y ellos podían vagamente entender en que se convertiría él. Pero una vez que se quitó el uniforme por última vez y abandonó la caseta de transmisión por su bien, se transformó de nuevo en George. Estuvo de vuelta en el lugar común junto a sus dos hijos y su hija, y pasó mucho tiempo con sus nietos, sobrinos y sobrinas. Cuando falleció el 04 de noviembre de 2010, aún bajo el humo grueso de la demencia, él sabía quién quería ser después de muerto.
Sería George Anderson.

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La tentativa de la cena Rod Dedeaux Award de la semana pasada fue noble, y que le dieran el honor a Anderson no fue planificado: El difunto Dedeaux, quién ganó 11 títulos nacionales como entrenador de béisbol de USC, había sido el mentor de Sparky en su niñez, lo recaudado fue a beneficio de Major League Baseball Urban Youth Academy. Pero el evento confirmó que George tomó la decisión acertada para su familia.
Joe Morgan, Tom Seaver, Doug Harvey, Vin Scully y otros recordaron a Sparky, el apodo que George adoptó como un enérgico manager de ligas menores en los años ’60 y como persona hasta que se retiró como uno de los managers de Grandes Ligas más exitosos de todos los tiempos.
Un funeral y un velatorio hubiesen incluido un desfile de personalidades beisboleras de renombre pagando tributo a Sparky, una cena Dedeaux Award magnificada por 10. Ellos pensarían que hacían lo correcto. Desconocían algo mejor. Eso hubiera sido de muy mal gusto para Carol, la esposa de George, de 57 años, y sus hijos.
Los días finales de George fueron todos dedicados a la familia. A su lado estaba su hijo mayor, Lee, cuyo cabello largo y rebeldía, en un tiempo cuando su conservador padre dirigía a los Rojos con reglas muy estrictas en los años ’70, fue descrito en el excelente libro de Joe Posnanski The Machine (La Maquina)
Lee Anderson, un exitoso contratista de la industria concretera y hombre de integridad, aún lleva su cabello hasta más allá de los hombros a los 52 años. George no sólo aprendió a aceptarlo, llegó a quererlo porque los mechones de su hijo tenían las mismas tonalidades de canas prematuras como las suyas.

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Mi conocimiento de los Anderson viene de ser su vecino desde los años ’60. Jugué en un equipo infantil con Lee. Mi mamá y Carol Anderson vendían tortas y panes juntas para recaudar dinero para la Liga Infantil. Después fui entrenador del hermano menor de Lee, Albert, y su primo Mike Sheehan, quien se ha mantenido como mi amigo de toda la vida. Conocí a George y concocí a Sparky. Luego conocí a George otra vez.
A través de nuestros 40 años de conocernos sólo me dirigí a él como Mr. Anderson. He sido un periodista deportivo toda mi carrera y nunca escribí una historia sobre él hasta ahora. Nunca le dije cual era mi profesión. ¿Por qué complicar una buena amistad con ese tipo de información? Para Mr. Anderson, yo era el muchacho de la vecindad que el llamaba Stevie, el que entrenaba adolescentes año tras año como voluntario. Eso era algo que él podía respetar.
Después de las poco frecuentes temporadas cuando su equipo no iba a los playoffs, él ayudaba en nuestra liga de invierno. Se aparecía con sus pantalones manchados de pintura, bateaba muchos roletazos y elevados y les ponía apodos divertidos a los muchachos. Mientras fungía como coach envié un corredor a tercera, después del inning meneó la cabeza y dijo, “Nunca dejes que te hagan el último out en tercera base, Stevie. Nunca”.
Los muchachos se amontonaban en su camión de estacas y viajábamos a las granjas de Oxnard y Fillmore para efectuar juegos. Los equipos rivales nos veían acercarnos al campo y pestañeaban: El hombre del cabello cano era reconocido de inmediato, y los niños hacían una fila para pedirle que les autografiara los guantes antes de jugar.
Los días como esos hacían difusa la línea entre George y Sparky. Estaba ahí por amor a su hijo y por su devoción al juego. Nadie lo llamaba Capitán Garfio y nadie esperaba que se llevara el banderín. El béisbol puede ser un simple placer, y Mr. Anderson disfrutaba recordándose a si mismo de eso, lejos de la luz pública en Thousand Oaks.

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Los días inaugurales en Detroit y Cincinnati esta temporada fueron odas al manager más exitoso de ambas ciudades. Los Tigres izaron una bandera con su nombre en Comerica Park y retirarán su número 11 el 26 de junio de 2011. Los Rojos habían retirado su número 10 en 2005. Ambos equipos están usando etiquetas en sus uniformes que dicen: “Sparky”.
Todos son homenajes para un manager cuyas 2.194 victorias clasifican en el sexto puesto de todos los tiempos. Cuando él estaba vivo, la ceremonia que Anderson disfrutó más, además de su inducción al Salón de la Fama, ocurrió el 29 de enero de 2006, en una pequeña escuela privada ubicada a una cuadra de su hogar. California Lutheran University bautizó su nuevo estadio de béisbol como el campo George “Sparky” Anderson. Fue apropiado debido a que su relación de más de 40 años con la escuela fue una mezcla ecuánime de George y Sparky.
George hacía caminatas mañaneras alrededor de la pista de la universidad con longevas secretarias y abnegados profesores de la universidad. Sparky organizaba un torneo del golf con celebridades cada año a fin de recaudar dinero para el programa de beisbol.
George se sentaba ocasionalmente tranquilo en la esquina del dugout dunrante las prácticas, y se acercaba marginalmente a los talentosos jugadores de la Division III para susurrarle consejos. Sparky se aparecería en un juego de Cal Lutheran en febrero antes de dirigirse a los entrenamientos primaverales y firmaba autógrafos hasta que el sol se ocultaba tras las montañas de Santa Monica.

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Dennis Gilbert, ejecutivo de los Medias Blancas de Chicago y antiguo superagente de Barry Bonds y otros peloteros, probó los pasapalos antes de sentarse a la mesa de la cena Dedeaux Award. Estaba disgustado porque no había asistido ningún miembro de la familia Anderson, pero lo entendía.
Sparky se sentía incómodo en lugares como este”, dijo Gilbert. “Hubiera dicho, ‘No quiero ser una mosca verde’”.
Esa hubiera sido la conversación de George. Proteger el jardín de su patio de esas molestas moscas verdes, era un reto que asumía con seriedad. Sparky habría atendido con todo gusto a los asistentes a la cena Dedeaux Award; George los habría evitado con educado saludo.
Sparky era un orador ameno, sencillo y profundo, sabía que cometía errores gramaticales pero así hablaba. Era muy bueno improvisando sobre la vida más que de béisbol. Ahí era cuando la sensibilidad de George se colaba en el mensaje.
Un hijo de Lance Parrish, quien fue receptor de los Tigres mientras Anderson era el manager, entre 1979 y 1986, jugaba en Biola University, otra pequeña escuela privada del Sur de California. Anderson fue al banquete de bienvenida del equipo invitado por Parrish hace unos años. El entrenador le preguntó a Anderson si podía decir unas palabras.
“Él saltó ante la oportunidad, lo cual me sorprendió de alguna manera porque eso no estaba en el programa”, dijo Parrish a The Sporting News. “Abrió su corazón a todos. Habló de la importancia de ser una buena persona y de trabajar por la gente y hacer lo correcto”.
“Pienso que no habló ni dos palabras de béisbol, pero les hizo saber a todos lo que sentía en su corazón. Fue una gran noche”.
Una de las premisas de sabiduría favoritas de Anderson era simplemente ser agradable. “No cuesta nada ser agradable con la gente”, dijo. “Es algo que puedes dar gratis y vale más que un millón de dólares”.
Desde que murió, eso es lo que todos querían expresar. Sus antiguos peloteros y amigos necesitaban un lugar y un momento para decir cosas agradables de un hombre que admiraban: el gran manager Sparky Anderson. Unos pocos fueron capaces de hacerlo gracias a la familia Dedeaux, quienes sabían muy bien la historia de un chico orejudo de 14 años que en 1948 vivía a una cuadra del campus de la USC y le preguntaba a Dedeaux si él podía ser el recogebates de los Trojans.
Dedeaux lo llamaba como lo hacía su madre: Georgie. En el transcurso de su carrera se convirtió en Sparky, una figura simbólica que perteneció primero al béisbol y segundo a la familia. Se retiró a los 61 años, joven para un manager, lo que le dio bastante tiempo para ajustar sus prioridades.
Los Anderson no necesitaron un funeral o un velatorio para recordar nada de eso. Su fortaleza como familia les aseguraba que Sparky se fue tranquilo. George Anderson descansa en paz.


Traducción: Alfonso L. Tusa C.