lunes, 30 de noviembre de 2015

El Almirante Carlos García en la cubierta del Salón de la Fama del buque magallanero.

Pocas veces he experimentado esa electricidad mientras sigo un juego de beisbol, aquel atardecer del 30 de enero de 1994 mis ojos permanecieron soldados por más de tres horas a la ebullición de un desafío donde los Navegantes del Magallanes enfrentaban lo que en tennis se conoce como match point, los Leones del Caracas dominaban la final tres juegos a dos y sus jugadores afirmaban que Magallanes olía a formol. Había decidido viajar desde Cumaná en el autobús de las diez de la noche para tener oportunidad de ver el juego completo por televisión. Llegué a la habitación donde me hospedaba en Los Teques y de inmediato dejé el equipaje en el cuarto y estuve más de diez minutos bajo la ducha tratando de sacarme el trasnocho. Un mezcla de esa nostalgia espesa que se siente cuando una temporada esta a punto de terminar y el equipo de tus simpatías está a punto de despedirse sin lograr su objetivo amenazaba con invadir mis reflexiones, esta vez la mezcla era más corrosiva porque estaba presente el fantasma de quince años sin alcanzar las mieles del campeonato. Urbano Lugo y Juan Carlos Pulido se enzarzaron en un incandescente duelo de pitcheo cuyo momento cumbre hasta aquel cierre del noveno inning había sido la atrapada fantasmagórica de Melvin Mora en el sexto episodio, ante batazo de Omar Vizquel que amenazaba volver trizas el maderamen del barco. Así apareció el cierre del noveno episodio, la adrenalina fluía desde el diamante del José Bernardo Pérez hasta los confines más remotos del beisbol. Al observa a Carlos García acercarse a la caja de bateo quería tener una especie de teléfono invisible para decirle que la sacara del estadio. Tragué saliva siete veces y me levanté varias infinitas veces de la silla… La primera vez que supe de Carlos García fue a través de una columna Extrainning, en la segunda mitad de la década de los ’80. Rodolfo J. Mauriello tenía por filosofía seguir a los peloteros desde que eran novatos desconocidos, decía que solo así se ganaba un espacio infranqueable a la hora de solicitar una entrevista con esos peloteros cuando alcanzaban el nivel de estrellas o cuando menos se hacían de un nombre respetable. Mauriello hablaba de las virtudes de un muchacho de Ciudad Bolívar que había firmado Carlos Loreto en Mérida. Le llamaba mucho la atención la intensidad y la pasión con que el novato hacia las jugadas en el campocorto y la obstinación con que corría las bases, parecía un vendaval desbordado de finales de agosto en los mares del sur. En ese Extrainning, Mauriello se atrevió a sugerir que en García, Magallanes podría tener uno de los cimientos que le permitiría salir de los momentos difíciles atravesados en los años ’80. Mientras observaba a Carlos García intentar controlar sus emociones al escuchar su ingreso al templo inmortal magallanero, resultó inevitable revivir la ansiedad de aquel comienzo del cierre del noveno inning del 30 de enero de 1994, la tarde hacía rato se había transmutado en noche y el frío no impedía que sudara a borbotones y casi me quemara las manos de tanto templarlas. Urbano Lugo miraba las señas del cátcher con intensidad de fiera perseguida. Lamenté desconocer alguna técnica telepática para transmitirle a García las señas que emergían de los dedos marcados con adhesivo del receptor. Intenté detener la trayectoria de la pelota en los envíos de Lugo para descifrar la rotación de las costuras rojas. Empuñaba las manos en mi bate astillado de todas las caimaneras en el solar de asfalto y sentía mil martillazos de swings mal ejecutados. Sabía que ese no era el caso del Almirante, quien venía de otra gran temporada de Grandes Ligas con los Piratas de Pittsburgh, y de seguro imitaría a Roberto Clemente. En los momentos más oscuros cuando parecía que el Magallanes difícilmente saldría de aquella sequía de grandes momentos, ocurrió el surgimiento del juego agresivo y estudiado de aquel jugador joven a comienzos de la temporada 1992-93, cuando el buque experimentaba un temporal que amenazaba con destrozarlo en medio de un balance de 6 victorias por 14 derrotas. Al incorporarse Carlos García al equipo, empezó una seguidilla de 11 victorias que llevó al Magallanes a las primeras posiciones. Allí empezó a gestarse el título de Almirante, la leyenda que se confundía con el día a día de la bitácora mediante desplazamientos impensables en las bases que desconcertaban al pitcher y el cátcher contrarios, con jugadas en el hueco en su posición original de campocorto que transformaban en outs imparables cantados, el uniforme pintado de arcilla y su voz a un costado del manager se empezaba a escuchar desde una silla donde esperaba su turno al bate sin perder el mínimo detalle del juego. Recuerdo un artículo de Cristobal Guerra en la página deportiva de El Nacional con ocasión del round robin de la temporada 1990-91 donde lamentaba que Rodolfo Mauriello no estuviese en la redacción del diario para que escribiese con legítima propiedad aquel texto sobre un juego donde Carlos García había demostrado sobre el terreno todas las virtudes que Mauriello había visualizado en él desde sus días como novato. Y mucho más adelante, incluso luego de haberse retirado como jugador activo, encontré un dato en la página de SABR (Society of Authors for Baseball Research) que ilustraba el talante de liderazgo que Carlos García también mostró en su estadía con los Piratas de Pittsburgh. Aparecía en una lista de peloteros que habían conectado un jonrón que resultó ser la única carrera del juego para darle la victoria a su equipo. Cuando sonó el impacto de la madera sobre la pelota a través de la televisión me quedé petrificado contra la pared, tenía dudas de si la trayectoria llevaba demasiado arco o era una línea recta intensa, rauda y trepidante. En fracciones infinitesimales de segundo visualicé todas las posibilidades; cuando regresé a la pantalla del televisor le pelota se estrellaba contra la pared del jardín izquierdo y la narración de Carlos Tovar Bracho por radio se intercalaba con la descripción de Delio Amado León por televisión. Me sentía en un túnel fantástico en el cual la única salida la marcaba el ambiente del estadio. Cuando vi a Carlos García titubear al tomar la palabra luego de conocer su ingreso al Salón de la Fama magallanero, regresé a una tarde en el hotel Ucaima de Valencia, yo bajaba en el ascensor y hubo una parada en el tercer piso, me resultó impresionante la mano estirada, el apretón y el saludo cálido de alguien a quien conocía por el beisbol pero era la primera vez que compartía en persona con él; me pareció compartir con un pelotero de otras épocas, Carlos García sonrió, saludó y compartió algún parecer sobre el juego que empezaría en unas tres horas ante los Leones del Caracas, siempre muy centrado en las posibilidades de su equipo y muy respetuoso del rival. Al momento cuando cada quien tomó su rumbo en la recepción del hotel, me pareció despedir a un amigo de toda la vida, esa actitud dentro y fuera del campo hace de García un personaje muy particular en el beisbol y en Magallanes, especie en extinción que muestra los caminos casi olvidados de la armonía. Hasta estos instantes sigo ignorando quien corrió más rápido, en el momento que salió el batazo, escuché un rumor que repercutía desde varias cuadras a la redonda, la carrera de García desde el plato simulaba un torbellino que arrasaba el infield, en simultanea yo corría alrededor del cuarto con la esperanza de que mientras más vueltas diera, García podía llegar más lejos con su batazo, recuerdo unas tres vueltas sobre la cama, la silla y cerrando las puertas de entrada y del baño, cuando vi que el Almirante estaba sobre la segunda base con algún amago para impulsarse hacia tercera, respiré profundo. Comenzaba el cierre del noveno inning con hombre en posición anotadora y sin outs, me imaginaba que el manager Tim Tolman olvidaría el toque de pelota. Si, pasé un rato preguntándome si García emprendería otra vertiginosa carrera para robarse la antesala, luego rebobiné cuando noté que el próximo en el turno era Oscar Azocar, con un bateador de sus características, era muy probable que García aguardara. Ahora recordaba y entendía mejor el artículo de un periódico de Pittsburgh donde el periodista hablaba del respaldo de la afición de los Piratas por un segunda base joven que era muy estimado por su nivel defensivo, al punto de generar algún tipo de comparación con Bill Mazeroski. El periodista se inspiró en el ambiente de un bar deportivo de la ciudad con fotografías de Roberto Clemente, Willie Stargell, Steve Blass, Kent Tekulve, Manny Sanguillén. Y aún cuando los entendidos y los aficionados de Pittsburgh reconocían que los peloteros clave de aquel equipo a principios de los años ’90 eran Barry Bonds, Bobby Bonilla, Jay Bell, Andy Van Slyke, Mike LaValiere, había una especie de acuerdo tácito en que el toque de estabilidad del equipo tenía mucho que ver con Carlos García, ese talante de liderazgo, del gesto o la jugada apropiada en el momento preciso, llevaba a muchos a comentar que no veían esa actitud en los Piratas desde los días del gran Roberto Clemente. Mientras Azocar se ubicaba en el plato, yo no podía dejar de mirar la media pantalla que enfocaba los movimientos de García en la intermedia, aparentemente permanecía pegado a la base, sin embargo Urbano Lugo volteaba cada tres segundos hacia atrás, el silencio atenazaba cada segundo de la noche. El próximo lanzamiento rompió en cascada la inercia del momento, Azocar impactó la pelota y salió un elevado que aun que iba en dirección al jardín derecho, era relativamente corto y se conocen las virtudes del brazo de Bob Abreu. Cuando vi que García se montaba en la base y arrancaba hacia tercera, cerré los ojos y sostuve mi frente con la mano izquierda. Por un momento pensé en el extrainning, pero la voz ahogada de Delio Amado León estalló en la quietud de la habitación y “García llega quieto a la antesala, ahora si es verdad que el estadio parece un reverbero al rojo vivo. Hombre en tercera y un out, vamos a ver que decide el manager Phil Regan”. Me levanté de la silla de un salto, la carrera de la victoria estaba muy cerca, pero aún había que anotarla, en algún momento de emoción llegué a imaginar que García podía desprenderse en un intento de robo de “home”, pero reaccioné de inmediato, había demasiado en juego y aquel era un equipo de gran participación. Varios años despues leí en un libro las declaraciones que Carlos García le dio al autor un año después de aquel juego: “No todo el mundo tiene corazón para jugar una final. Cuando di el doble y llegué a segunda, sentí que teníamos el juego. El fly de Azocar no fue tan profundo, pero yo sabía que Abreu no tenía buena ubicación. Tomé el riesgo pensando en el público y la posibilidad de ganar”. Los próximos minutos me levanté, salí y entré a la habitación, fui al patio, entré y salí del baño unas siete veces y regresé al patio para arrancar unas guayabas pintonas que visualicé entre los reflejos de la luna. Phil Regan, manager del Caracas, ordenó a José Centeno pasar intencionalmente a Luis Raven y Chris Hatcher; cada uno de esos lanzamientos parecieron durar una eternidad, luego Regan salió para traer a relevar a Donald Strange y Tolman respondió con Andrés Espinoza como emergente por Eddy Díaz. Son muy escasos los momentos de beisbol donde haya sentido un fuego gélido mezclado con hielo carbonizante, un coctel más potente que cualquier mezcla de bebidas espirituosas, cerré por un momento los ojos y me pareció atravesar un laberinto en medio de la oscuridad sin tropezar con ningún obstáculo. Cuando Espinoza entró al cajón de bateo sentí un ruido de hierros oxidados y retorcidos en el lado izquierdo del pecho, me quedé mirando la franela, que yo sepa no sufro del corazón. La pelota describió una parábola que apenas llegó a la zona media del jardín izquierdo, cuando Wilfredo Romero atrapó la esférica, me resignaba a esperar el próximo bateador, entonces Carlos García se desprendió en una arrancada de carrera de cien metros planos, en medio de la tensión del momento, el tiro de Romero fue apresurado. Casí me caigo de la silla mientras veía como García se aproximaba al plato donde el cátcher esperaba. Empecé a sentir un hormigueo en la piel que estalló en espinas cuando ante la llegada de la pelota, García se lanzó a lo largo de su humanidad desde unos dos metros antes de llegar al “home”. Empecé a mirar el televisor desde varios ángulos. En el momento cuando Carlos García hizo contacto con la goma del plato y el árbitro abrió los brazos me quedé petrificado unos instantes, de inmediato aprecié el embalaje de toda la tripulación desde el dugout, Melvin Mora fue el primero que se lanzó a celebrar con el Almirante sobre el “home” pronto un buque humano navegaba sobre la euforia del estadio y el país entero, habían forzado el séptimo juego. Los corrientazos de ese momento me hicieron salir a la calle donde las caravanas se confundían con infinitos fuegos artificiales. Alfonso L. Tusa C.

Joe Black, pionero de pitcheo de los Dodgers, fallece a los 78 años.

Richard Goldstein. The New York Times. 18-05-2002 Joe Black, el pitcher de los Dodgers de Brooklyn quien fuese el primer Novato del año de la Liga Nacional en 1952, el año cuando se convirtió en el primer pitcher afroamericano en ganar un juego de Serie Mundial, falleció ayer en Scottsdale, Ariz. La causa fue cáncer de próstata, reportó Associated Press. Black tenía 28 años de edad cuando se unió a los Dodgers, a solo dos años de salir de las Ligas Negras. Tenía una gran recta, se convirtió en el as del relevo del equipo. Dejó marca de 15-4 con 15 salvados y 2.15 de efectividad como novato, apareció en 56 juegos para los Dodgers ganadores del banderín. Él abrió solo dos veces durante la temporada regular, pero el manager de los Dodgers, Charlie Dressen le dio a Black al responsabilidad de abrir el primer juego de la Serie Mundial contra los Yanquis en Ebbets Field. Un derecho delgado, Black lanzó para llevar a los Dodgers a una victoria 4-2, una actuación de un juego completo en la cual superó al as derecho de los Yanquis, Allie Reynolds. Black realizó otra buena actuación en el cuarto juego, enfrentando de nuevo a Reynolds, pero esta vez los Yanquis ganaron 2-0. Él empezó el séptimo juego también, enfrentó a Eddie Lopat, pero fue el pitcher perdedor en una victoria de los Yanquis 4-2. Los Dodgers dominaron la Liga Nacional durante los años ’50, pero Black pronto se agravó de una vieja lesión en el brazo y nunca se acercó a la forma de su temporada de novato. Apareció en 34 juegos en 1953, principalmente en relevo, pero cuando los Dodgers y los Yanquis se encontraron de nuevo en la Serie Mundial ya él no era una figura importante. Pitcheó brevemente como relevista en un juego. Black fue a los Rojos de Cincinnati durante la temporada de 1955, luego lanzó para los Senadores de Washington, y se retiró después de la temporada de 1957 con marca vitalicia de 30-12 y 25 salvados. Black nació en Plainfield, N.J., donde fue un atleta todo terreno en la secundaria. Pero cuando se graduó a comienzos de los años ’40, su sueño de jugar beisbol en las ligas mayores fue alterado. “Los buscadores de talento no me hablaban, tu sabes”, recordó él en una entrevista en “Good Morning America” de ABC en 1997, en el quincuagésimo aniversario de cuando Jackie Robinson rompió la barrera de color en Grandes Ligas al unirse a los Dodgers. “Ellos decían, ‘Los tipos de color no juegan beisbol’. Yo dije: ‘¿Estás loco? Me has visto jugar’”. “Yo odiaba a las personas blancas. No podía entender eso”, recordó Black. “Soy estadounidense. No podía jugar beisbol, el pasatiempo número 1”. En una entrevista para “The Boys of Summer'' de Roger Kahn (Harper & Row, 1971), Black dijo que cuando supo que no tenía oportunidad de jugar en la mayores, sacó un álbum de su gaveta que contenía fotos de sus héroes beisboleros, todos ellos blancos, y empezó a romperlo. Pero conservó una foto de Hank Greenberg para retener algo de su sueño. Black sirvió en la armada durante la segunda guerra mundial, y estaba lanzando para los Elite Giants de Baltimore en las Ligas Negras cuando Branch Rickey firmó a Robinson en un contrato con la organización de los Dodgers en 1945. “Cuando Rickey firmó a Jackie, yo tenía 18 años otra vez”, recordó Black en la entrevista de ABC. “Empecé a soñar. Y eso es lo que pasó con la mayoría de los muchachos de las Ligas Negras. Te olvidabas de tu edad. Decías, ‘Si Jackie lo hace, yo puedo hacerlo’”. Black fue un graduado de Morgan State en Baltimore, enseñó en el sistema de la escuela Plainfield y fue ejecutivo por mucho tiempo para Greyhound.. Tambien sirvió como oficial del Baseball Assistance Team, una organización que provee ayuda para antíguos peloteros necesitados. Black sirvió como consultor de Major League Baseball y trabajó en relaciones comunitarias para los Diamondbacks de Arizona. Le sobreviven un hijo, Joseph, y una hija, Martha. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Mark Liptak entrevista a Mike Andrews

White Sox Interactive.com (09-2002) Él se aecrca a los sesenta años de edad, pero quitele el cabello gris y el antíguo segunda base de los Medias Blancas, Mike Andrews aun parece de treinta. Hablar con él por teléfono hace parecer que puede salir y hacer el dobleplay o conectar una línea entre left y centerfield. Andrews llegó a los Medias Blancas antes de la temporada de 1971 y fue parte importante en la recuperación de los desastres de 1968, 1969 y 1970. Tambien dejó su marca durante la campaña de 1972 que salvó a la franquicia de la extinción, o aún peor, de ser mudada a Milwaukee. Andrews estuvo también en primera fila en la controversial temporada de 1973 que vió la implementación del bateador designado y vio la destrucción de un año prometedor debido a las lesiones y las disputas salariales con un vicepresidente inexperto y duro. Luego de salir del beisbol en una tormenta de controversia, durante y después de la Serie Mundial, Andrews primero estuvo en el negocio de los seguros pero luego encontró su verdadero llamado para ayudar a otros a través de "The Jimmy Fund". Esa organización es una de las más establecidas, viejas y más queridas de la nación que ayuda mediante caridad a víctimas de cáncer, especialmente niños, a través del Dana-Farber Research Institute de Boston. Mike se tomó hora y media de su trabajo para hablar acerca de jugar contra los Medias Blancas en la última carrera clásica por el banderín de la historia del beisbol, acerca de jugar para Chuck Tanner, acerca de ser compañero de Dick Allen, acerca del día cuando el antíguo infielder de los Medias Blancas, Don Buford, golpeó a un fanático en el campo en Comiskey Park, y acerca de sus buenas obras en "The Jimmy Fund"... ML: Mike llegaste para tu fortuna en 1967. Ese fue el año cuando los Medias Rojas, Tigres, Mellizos y Medias Blancas se fajaron por el banderín hasta la última semana de la temporada. Los Medias Rojas tenían toleteros como George Scott, Tony Conigliaro y Carl Yastrzemski. Los Tigres ofrecían a Al Kaline, Norm Cash y Willie Horton. Los Mellizos contaban con Harmon Killebrew, y Bob Allison. Los Medias Blancas, y no hay falta de respeto, tenían tipos como Ken Berry, Al Weis, J.C. Martin y Pete Ward. Desde la óptica de un equipo rival ¿Cómo veías a los Medias Blancas en la carrera? ¿Qué veías desde el otro lado del terreno? MA: “Lo que ellos tenían era un esfuerzo total de equipo, un grupo de peloteros que se fajaban y siempre daban el el cein por ciento. Ellos también tenían tipos como Gary Peters, Joe Horlen, Tommy John y Juan Pizarro. Ese cuerpo de lanzadores era el mejor. En los Medias Rojas teníamos a Jim Lonborg y los demás. Gary Bell contribuyó luego que lo conseguimos en un cambio y José Santiago ayudó, pero los Medias Blancas tenían el mejor pitcheo. Estos tipos lanzaban principalmente sinkers y costaba mucho levantarles las pelotas. Comiskey Park también los ayudaba. La grama del cuadro interior tenía como cuatro pulgadas de altura y las rayas de cal tenían inclinaciones hacia adentro, al menos eso es lo que oía, para mantener los toques de los Medias Blancas en territorio bueno. Ellos eran un buen equipo. Respecto a esa última semana, los muchachos de los Medias Rojas veían el calendario y pensaban que los Medias Blancas tenían todo para ganar”. ML: 1968, 1969, y 1970 fueron en colectivo los tres peores años en la historia de los Medias Blancas. Perdieron más de 300 juegos en ese período. El 1 de diciembre de 1980 te enteraste que tú y Luis Alvarado fueron cambiados a los Medias Blancas por Luis Aparicio. No podías haber estado muy feliz con ese cambio ¿o sí? MA: “¡No lo estaba! Debí haberlo sabido porque justo el día anterior Dick O’Connell, el geremnte general de los Medias Rojas dijo en los periódicos que ‘Andrews es intocable’. Ese fue el beso de la muerte. El día siguiente estoy sentado en casa jugando cartas con un amigo cuando oigo en la radio que he sido cambiado. Mi primer pensamiento fue, ‘¡Dios mío! Los Medias Blancas era un equipo malo, el estadio se estaba deteriorando, no tenían ningún respaldo de la afición, era terrible…especialmente vieniendo de Boston”. ML: ¿Cambio tu estado mental luego de hablar con Roland Hemond y Chuck Tanner? MA: “Tenía que cambiar. Yo estimaba mucho a esos tipos. Si no podías jugar para Chuck Tanner no podría jugar para nadie. Vi lo que esos tipos trataban de hacer ycuando fui al entrenamiento primaveral, miré alrededor y vi mucho talento, especialmente esos jóvenes del bullpen, Terry Forster y Goose Gossage. Me dije ‘esto no es tan malo’. Esos tipos, Hemond y Tanner hicieron que ocurriera. Me refiero a que lo que me habían dicho era que los dueños estaban cerca de la bancarrota y ellos tenían un vicepresidente/gerente general llamado Stu Holcomb quien no era muy bueno”. ML: En 1970 los Medias Blancas ganaron 56 juegos. En 1971, ganaron 79, una sorprendente mejoría. ¿Cuánto de eso se debió a la actitud positiva de Tanner y como era jugar para él? MA: “Chuck fue la persona más positiva que conocí. Aún si las cosas iban mal, si perdíamos cinco o siete juegos en fila, él estaría en el camerino diciendo, ‘esta bien, vamos a darle la vuelta a esto’. Chuck era un gran hombre de beisbol. Como dije, si no podías jugar para él, no podías jugar para nadie. Yo venía de Boston donde Dick Williams podía pasar una semana sin decirte hola. Dick era un buen manager, solo que él no era persona de agradar a los demás. Cuck siempre estaba siendo positivo y tratando de hacer las cosas mejor. Recuerden que Chuck también era un tipo grande, él podía intimidarte con su presencia física. He aquí como era él. Estábamos en el camerino y Pat Kelly, quien también era un tipo grande, estaba en una mala racha. Estaba deprimido. Tanner se acerca a él y ve que Pat está teniendo un momento difícil. Chuck lo toma por los hombros, lo levanta del piso, lo lleva al casillero y gruñe. ‘¡Pat…sonríe!’ Todos los muchachos en el camerino empiezan a reir, Pat asoma una sonrisa… problema resuelto”. ML: Con la muerte del antiguo cátcher de los Dodgers Johnny Roseboro en agosto, recordé la infame pelea que él tuvo con el pitcher de los Gigantes Juan Marichal. Tú viste personalmente otro incidente como ese cuando Don Buford de los Orioles se aprximó al montículo con su bate contra el pitcher Bart Johnson de los Medias Blancas a finales de mayo de 1971. ¿Qué recuerdas de eso? MA: “Recuerdo eso vívidamente porque lo vi todo desde segunda base. Era un doblejuego de Memorial Day y Bart le lanzó una pelota pegada a Buford. Buford se dirigió hacia el montículo con su bate. Aunque yo no pensaba que Buford iba a usar ese bate. Sol ocurrió que él empesó a caminar hacia el montículo y pienso que él no se había dado cuenta de que aun tenía el bate en la otra mano. Don jugó futbol americano en USC. Si él iba a hacer algo, no necesitaba un bate. De todas formas no pasó nada y Don siguió en el jardín izquierdo. Los fanáticos de los Medias Blancas de esa parte del estadio le hicieron pasar momentos muy duros. Pocos innings después él estaba en el cículo de prevenidos al bate viendo el juego cuando veo que un fanático salta sobre la barda y se dirige hacia él. Este borracho estaba avanzado en su camino cuando un grupo de tipos empezó a gritarle a Don que tuviera cuidado. Buford se volteó, vio al tipo, y lo enfrentó. Lo tiró al piso con ujn golpe. Ahí fue cuando algunos compañeros de Don salieron del dugout y vencieron al tipo. Él sangraba desde la cara hasta los pies. Despues oi que cuando llevaron al tipo al servicio médico del estadio para atenderlo, los médicos se voltearon un momento y ¡el tipo desapareció!” ML: Vamos a 1972, un año especial para los Medias Blancas y mi favorito personal de los cuarenta y dos años que he visto al equipo. Todos tenían grandes esperanzas al acercarse la temporada, aunque fue retrasada por la primera huelga que causó cancelación de juegos. Sin embargo, no pienso que alguien haya visualizado la magia que ocurriría esa temporada y que empezó con Dick Allen. Veías a Allen todos los días. ¿Qué tan buen jugador era él? MA: “Dick era tan bueno si no mejor que cualquiera que haya visto. Como bateador puro, su temporada de 1972 fue una actuación tan dominante como cualquiera que haya visto. (Nota del autor: Allen terminaría la temporada casi ganando la triple corona. Lideró la liga con treinta y siete jonrones, ciento trece carreras empujadas, un porcentaje de slugging de .603 y noventa y nueve boletos. Lideró a los Medias blancas con ,308 de promedio de bateo, empujó diecinueve carreras ganadoras, robó diecinueve bases, anotó noventa carreras y estuvo a solo .0005 puntos de liderar a todos los primeras base de la Liga Americana en fildeo. Fue quien recibió más votos para el equipo del Juego de Estrellas y recibió el premio al jugador más valioso esa temporada). Yo jugué con carl Yastrzemski en 1967 y sé la clase de temporada que tuvo, pero parte de ella fue porque los pitchers le estaban dando buenos pitcheos para batear, lo cual yo no entendía. Con Dick, muy temprano en la temporada, los pitchers decían, no vamos a dejar que nos batee. No le estaban dando nada bueno y ¡aún así el tuvo una gran temporada! Vi muchas veces cuando Dick le hacía swing a muchos lanzamientos afuera y los bateaba muy lejos”. ML: Hablemos de algunos incidentes específicos de esa temporada. Este fue un momento increíble para mí y probablemente tú tengas uno de los grandes comentarios de todos los tiempos sobre esto. 4 de junio de 1972 (Juego 1/Juego 2). Los Medias blancas vencen a los Yanquis en el primer juego de una doble cartelera en Comiskey Park. En el segundo juego los Medias blancas pierden en el noveno inning. Bill Melton camina, tú bateas imparable, y Allen sale para batear de emergente por Rich Morales. El manager de los Yanquis, Ralph Houk trae a tu antiguo compañero y compañero de cuarto Sparky Lyle a lanzar. Los bullpen en ese tiempo estaban dentro del terreno, así que cuando Lyle viene, pasa cerca de ti que está en primera base. De acuerdo a una historia de Sports Illustrated de 1990 sobre el cierre del Comiskey Park original, tú supuestamente le dijiste, ‘¡Hey Sparky! ¡Estás metido en tremendo barrial ahora! ¿Cierto? MA: “Es verdad (risas). Sparky y yo éramos espítus libres y le dije eso. Pude haber estado respondiendo a algo que Sparky me dijo, pero no recuerdo”. ML: Para acortar la historia, Allen castiga el tercer envío casi muerto en una línea hacia los asientos de left center field para ganar el juego. Ustedes lo recibieron en el plato y los fanáticos se volvieron locos. Se resistían a abandonar el estadio. Yo lo sabía porque estaba sentado en los asientos del right field. Chuck tanner fue citado diciendo que todos podáin sentir la animación en el camerino de los Medias Blancas, era muy potente. ¿Has estado alguna vez alrededor de ese tipo de entusiasmo? MA: “Lo estuve cuando los Medias Rojas ganaron el banderín en 1967. Pero era tan excitante lo que estaba pasando con los Medias Blancas. La evolución de todo. Los aficionados de los Medias Blancas no habían visto un buen equipo por algunos años, había pasado mucho tiempo. Estábamos convocando grandes multitudes y los aficionados eran grandiosos”. ML: Hablas acerca de ocurrencias raras, el 31 de Julio en el Viejo Metropolitan Stadium de Minnesota, Allen descargó dos jonrones dentro del parque ante Bert Blyleven en una victoria 8-1. El jardinero central de los Mellizos, Danny Darwin fue el tipo quien se enredó persiguiendo ambos batazos. MA: “Eso es correcto, había olvidado eso. Dick podía correr, él tenía unos tremendos instintos beisboleros y se robó 19 bases ese año. Yo había estado alrededor de Yaz, quien trabajaba más duro que cualquiera que haya visto, pero Dick era un atleta natural. Una vez, los Medias Blancas estaban siendo criticados porque Allen estaba llegando al estadio casi antes de que empezara el juego. Pudo haber sido un tipo de los periódicos. Tanner le dijo, ‘Si un tipo puede batear cuarenta jonrones, empujar más de cien carreras y batear sobre .300, ¡él puede llegar justo antes del juego!” ML: Finalmente el 23 de agosto, yo estoy sentado en las gradas del jardín central justo cerca de donde Harry Caray transmitía el juego . Nueva York estaba de visita de nuevo y ahacia finales del juego, Allen largó su estacazo ante Lindy McDaniel. Sonó como un disparo de cañón. La pelota s estrelló alrededor de 3 metros de donde Caray quien se estaba volviendo loco. Él casi atrapó la pelota en su red- Nunca olvidaré ver al jardinero central de los yanquis, puede haber sido Bobby Murcer, ¡mientras el golpeaba la pared y la pelota seguía subiendo! ¡Un batazo inmenso! ¿Qué pensabas en el dugout? MA: “No estaba tan sorprendido porque recuerdo leer en The Sporting News cuando Dick aún estaba en Filadelfia, que el bateó como dieciocho de sus veinte jonrones entre los anuncios de 380 pies del Shibe Park. Él podía batear pelotas muy lejos. Dick era un gran pelotero, pero yo siempre temía que él perdiera el interés y eso fue lo que ocurrió. Él amaba el juego pero no se sentía cómodo con algunas de las cosa periféricas asociadas al beisbol, como tener que atender a los medios de comunicación”. ML: Los Medias Blancas se mantuvieron fajados con los Atléticos hasta mediados de septiembre y terminaron cinco juegos y medio por detrás. Pero estoy seguro que ustedes todavía piensan que podían ganar la división. MA: “Pensábamos que podíamos. Recuerdo estar sentado al lado de Dick en una gira, pienso que veníamos o íbamos para Texas y hablábamos de eso. Oakland tenía que ir a Detroit y jugar un par de doble juegos. Pensábamos que si ellos dividían o tal vez perdían tres de los cuatro, podíamos alcanzarlos. Pero ellos los ganaron todos”. ML: 1973 fue un año que empezó con tremendas expectativas. Ese también fue el año cuando la Liga Americana agregó el bateador designado. Cuando empezó la temporada tu estabas en ese rol. ¿Cómo se sintió ser el primer bateador designado de los Medias Blancas? MA: “No solo fui el primer bateador designado de los Medias Blancas, sino que fui el segundo de la liga.Ellos tenían a alguien siguiendo eso. Nueva York jugaba en casa y ellos empezaron más temprano que nosotros. Era o Ron Blomberg o el tipo del equipo de los Yanquis que estuviera jugando quien fue el primero, entonces fui a batear. Para mí, el bateador designado fue una bendición. Tenía problemas para lanzar la pelota. Era como lo que le pasó a Steve Blass, Steve Sax y Cuck Knoblauch. Ellos lo llamaban ‘titubeos de lanzamiento’. Nadie sabe porque eso ocurre pero con las pelotas bateadas hacia mí cuando tenía un segundo o dos para pensar sobre eso. No podía hacer el disparo. Cuando tenía que moverme y lanzar, no tenía problemas. Tampoco tenía problemas en las prtácticas. Ser bateador designado fue grandioso para mí porque eso me estaba carcomiendo. Empecé muy caliente y Sports Illustrated hizo una historia sobre mí llamada ‘Super DH’ o algo por el estilo, pero yo sabía que estaba consiguiendo varios imparables fáciles en ese tiempo. Eso no duró”. ML: Lo que empezó como una gran temporada terminó en desatre y disensión. Los Medias Blancas tenían una ventaja de cinco juegos a finales de mayo, entonces fueron plagados por las lesiones. Ellos usaron la lista de incapacitados treinta y cinco veces ese año. Tipos como Allen, Ken Henderson y Brian Downing estuvieron muy lesionados y varios peloteros tuvieron serios problemas de contrato. Tipos como tú, Stan Bahnsen, Ed Spiezio, Jay Johnstone y Rick Reichart jugaron sin contrato o fueron despedidos lo cual destruyó cualquier profundidad que tuviera el equipo. ¿Qué estaba pasando? MA: “El problema era el gerente general Stu Holcomb. Se suponía que él manejara el equipo de balompié del dueño pero cuando eso fracasó ellos tenían que encontrarle algo a él y lo hicieron Vicepresidente/Gerente general. Él no manejó las cosas bien para nada. Yo sabía que Stan dijo que no iba a pitchear a menos que consiguiera un nuevo contrato. Él ganó veintiun juegos en 1972 así que los Medias Blancas finalmente llegaron a un acuerdo con él. A Reichardt lo habían puesto en asignación. Yo hablaba con los Medias Blancas para un nuevo acuerdo. Los Medias Blancas no me iban abajar el salario y estábamos casi listos para firmar cuabdo Holcomb vio los papeles y dijo algo como ‘Andrews no ha dao lo que esperábamos de él’. Yo estaba teniendo problemas especialmente con mis lanzamientos. No estaba jugando mucho y era una mala situación. Fui a hablar con Chuck (Tanner) y le dije, ‘esto no está bien, ¿puedo ser liberado? Chuck me dijo, ‘Mike no te culpo, déjame ver que puedo hacer’. Chuck fue capaz de conseguir que me dejaran en liberta y terminé firmando con Oakland”. (Nota del autor: Andrews terminó el año con los Atléticos y jugó en la Serie de Campeonato de la Liga y la Serie Mundial cuando la controversia lo alcanzó de nuevo.En el segundo juego contra los Mets, Andrews cometió dos errores que llevaron a los Mets a remontar el juego. Luego el dueño de los Atléticos, Charlie Finley, alegó que Andrews estaba lesionado y quería forzarlo a salir del equipo. Entonces el comisionado Bowie Kuhn estaba sorprendido de que el dueño intentara convertir a Andrews en un chivo expiatorio, y rechazó la solicitud de Finley. Los peloteros de Oakland también se unieron y apoyaron a Andrews durante su momento difícil lo cual generó titulares en las páginas deportivas a lo largo del país. Oakland ganó el campeonato en siete juegos pero en el receso entre temporadas los Atléticos dejaron en libertad a Andrews. Él jugó la temporada de 1975 en Japón antes de retirarse). ML: Cuentame de tu relación con “The Jimmy Fund” en Boston. Entiendo que has estado involucrado con esa organización de caridad por más de veinte años. MA: “He estado asociado con esto por veinticuatro años. Supe de esto por primera vez cuando llegué a los Medias Rojas a finales de 1966. En aquellos días los anuncios no eran permitidos en las barandas ni las paredes de los estadios, en Fenway park la excepción era el anuncio de “The Jimmy Fund” en el jardín derecho. Ese era el único anuncio permitido. El Jimmy Fund arrancó con los viejos Bravos de Boston y los dueños del teatro Variety Club en el area de Boston. El Dr. Sidney Farber era un científico investigador del cáncer en el Children’s Hospital de Boston. Su sueño era construir un edificio de investigación donde él y otros doctores pudieran trabajar acerca del cáncer, con prioridad en los niños. Los Bravos y el Variety Club decidieron apoyar sus esfuerzos. Luego que los Bravos se fueron de Boston, Tom Yawkey, el dueño de los Medias Rojas decidió continuar la sociedad. Eso fue en 1952, por lo que el próximo año se cumplirán cincuenta años de la asociación entre el equipo y esta caridad. Hasta lo que sé ningún equipo deportivo ha tenido una conexión tan íntima con cualquier tipo de organización caritativa por tan largo período de tiempo. El difunto Ted Williams fue un gran entusiasta de la organización y eso ayudó mucho. Este año nada más hemos recaudado treinta y cinco millones de dólares para promover la investigación del cáncer y el Dana – Farber Institute siempre está entre las primeras cinco instituciones de cáncer de la nación”. ML: Mike, ¿Qué haces en la organización? MA: “Soy el director y primer vocero de la organización. Es un trabajo de más de cuarenta horas pero lo amo. Cuando empecé con la caridad a medio riempo sabia que esto era muy gratificante para mí. Hacemos varias cosas para promover la caridad y su misión. Tenemos torneos de golf, torneos de pesca, algo que llamamos el ‘scooper bowl’ en el cual donde por una donación, puedes venir a una fiesta de helados gigantes y por supuesto tenemos un número de enlaces con los Medias Rojas. Tenemos una función donde por una donación, puedes almorzar con los peloteros actuales. Tenemos un desayuno con los dueños y tomadores de decisiones. Ahí es donde el dueño Larry Lucchino y el manager de campo Grady Little se unen a los fanáticos para hablar de lo que está ocurriendo. Cualquier aficionado se puede unir a nosotros y ellos les pueden decir que tienen en mente, bueno o malo”. ML. The Jimmy Fund parece incrustado en el entramado del area de Boston. No se puede ver un juego en Fenway Park sin ver ese aviso en el jardín derecho- Es una relación especial ¿no? MA: “Es sorprendente. Ciertamente los Medias Rojas han sido un apoyo muy visible por mucho tiempo pero recuerda que los dueños del teatro Variety Club han sido una gran ayuda por años. En los años cincuenta, ellos pasaban una película corta en todos los teatros acerca del instituto de investigación y luego pasaban un pote para las donaciones. Muchos de esos dueños tenían contactos y conocían personas en Hollywood por lo cual había actores como Jimmy Cagney, Joan Crawford, John Wayne y Humphrey Bogart quienes hacían peticiones para el fondo en la pel´´icula. Puede ir a nuestra página web y ver esas tomas que hicieron para nosotros. La Massachusetts Police Association tambien adoptaron a The Jimmy Fund como su caridad y han hecho grandes contribuciones por muchos años”. ML: ¿Cuánto tiempo quieres seguir como parte de la organización? MA: “Siempre estaré con ella de alguna manera. Este es el momento más emocionante. He hablado con los doctores y los investigadores y están convencidos de que con los avances médicos, ellos creen que encontraran la cura para todos los tipos de cáncer en los próximos veinte años. Jugue beisbol de ligas menores y mayores por más de trece años y lo disfruté, pero eso no se compara con la satisfacción que obtengo con mi trabajo. Este es un milagro de vida o muerte”. Traducción: Alfonso L. Tusa C. Nota del traductor: Números de Mike Andrews con Navegantes del Magallanes, temporada LVBP 1965-66: 32 J, 108 Vb, 12 CA, 30 H, 1 2b, 1 3b, 9 CE, .278 .AVE

lunes, 23 de noviembre de 2015

Álvaro Espinoza aterriza en el Salón de la Fama de los Navegantes del Magallanes, este diciembre de 2015.

Aladar casi se cayó de su silla en el acto de presentación de los Navegantes del Magallanes para la temporada 2015-16. El integrante del comité histórico del Salón de la Fama del equipo, Juan José Ávila, anunciaba el trío de ingresos de esa ocasión, el primero resultó el campocorto valenciano de grandes logros desde Grandes Ligas (Minnesota, Yanquis) hasta su paso por los Tigres de Aragua y después su momento cumbre en LVBP como integrante fundamental de los equipos magallaneros que ganaran tres campeonatos en la década de los años ’90. Nunca había olvidado el episodio del salto al profesional de Álvaro y Roberto Espinoza hacia finales de la década de los años ‘70. Como nativos de Valencia, se hubiese pensado que el Magallanes pudiese haber tenido la primera opción para firmar a los hermanos, sin embargo terminaron firmando con los Tigres, y por algún tiempo se escucharon lamentos en los entornos magallaneros, porque se decía que eran prospectos de gran talento. A lo largo de toda la década de los ’80 Aladar notó como a pesar de que Roberto llegó al Magallanes junto a Wolfgang Ramos en el cambio que llevó a Manuel Sarmiento a los Tigres en 1983; Álvaro seguía dando lo mejor de sí con los Tigres pero sospechaba en su interior que había algo que no le dejaba dar todo su potencial como pelotero, un extra, un componente de esos que llaman inexplicables, incomprensibles, intangibles. Los expertos sabían que el nivel de juego mostrado por Álvaro Espinoza con los Mellizos de Minnesota y los Yanquis de Nueva York, podía perfectamente ejecutarlo en la liga venezolana, pero no lograban entender porque no lo hacía. Había un componente entre líneas en esas aseveraciones, todos los seguidores del beisbol sabían que Espinoza siempre había entregado lo mejor de su juego en cada una de sus actuaciones con los Tigres. El punto tenía que ver con estados mentales, con sentirse a gusto, con disfrutar lo que se hace, con desplazarse en el ambiente donde se siente la pureza del oxígeno diluirse en los pulmones. Y nadie podía negar la entrega y el coraje de Álvaro con los Tigres, por algo lograron subcampeonatos en las temporadas 1984-85, 1987-88 y 1988-89. En las dos últimas finales se fajaron al menos hasta el sexto juego, siempre dando lo mejor, siempre forcejeando con todos los recursos, si no podía aportar con el bate, Álvaro brillaba en la defensiva. En la temporada 1991-92 no se uniformó con los Tigres, y cuando se enteró del cambio que lo llevó al Magallanes para la 1992-93 expresó su alegría porque era el equipo donde había querido jugar toda su vida, luego lamentó mucho su ausencia debido a una lesión y prometió incorporarse al equipo lo más cerca posible del inicio en la siguiente temporada. Aladar no estaba muy seguro de eso, porque siempre la vida tiene guardadas sorpresas no muy agradables. Por eso pasó todos los meses previos a la temporada 1993-94 siguiendo al milímetro la actividad de Espinoza con los Indios de Cleveland en la temporada de 1993, sabía que a pesar de lo discreto de sus números ofensivos, Espinoza tenía varios ases bajo la manga para mostrar en su primera temporada con Magallanes, eso si, prefirió no comentarlo con nadie, para que la sorpresa fuese más grande y satisfactoria. Aladar presentía muchas jugadas de alto calibre de esa combinación que Magallanes tendría en segunda base: Carlos García-Alvaro Espinoza. La intermitencia de esas imágenes hacia trastabillar a Aladar en el borde de la silla donde escuchaba el anuncio de Ávila, Espinoza representaba sin dudas uno de los campocortos más determinantes en la historia del equipo del timón y el astrolabio, sobre todo por como junto a Carlos García resultó decisivo en la transformación de la configuración del equipo para alcanzar triunfos clave en la conquista de un campeonato que parecía inaccesible. Era hora de reconocer formalmente toda esa entrega y pundonor mostrados sobre el terreno de juegos en extrainnings, juegos de desempate, instancias de clasificación o eliminación, tantos momentos de adrenalina y sobresalto rematados por una sonrisa de satisfacción que desde ya Aladar palpaba en el rostro emocionado de Juan José Ávila y en las respiraciones aceleradas de aquella mañana valenciana. Se habló de un homenaje sencillo para el acto de exaltación, Aladar sonrió, jamás podrá ser sencillo el homenaje para un par de peloteros que representaban la mitad del equipo y un gerente general que llevaba el día a día de las jornadas del buque en las venas. Si, cada juego donde aparecían Espinoza y Carlos García en la alineación magallanera parecía el séptimo de la Serie Mundial, todo entrega, todo intensidad, todo coraje, el fulgor se percibía en la voz alterada del narrador más pausado. Álvaro parecía tener el detonante de una mecha pletórica de grandes jugadas y un empeño infinito por defender el equipo. Como en aquel juego ante el Caracas, donde Ugueth Urbina le pegó un pelotazo y se dirigió al montículo a reclamar, el pitcher caraquista lo recibió con un puñetazo en la cara y ambos fueron expulsados del juego, a partir de ese momento el juego tomó una intensidad de vértigo y Magallanes se fajó a sangre y fuego hasta vencer al eterno rival en una demostración de compromiso y vergüenza deportiva pocas veces vista sobre un terreno de beisbol. Se notaba una motivación, una disposición extra en la mirada y los movimientos de los peloteros. Uno de sus lideres había salido golpeado del juego y ellos lo cobrarían con la victoria. Aquella demostración de equipo había sorprendido a Aladar, hacía mucho tiempo que no existía en el Magallanes ese sentimiento de solidaridad y pertinencia entre los jugadores, eso que recibe denominaciones de mística, sintonía, llevar las letras del equipo en el pecho más allá de el nombre cosido al uniforme; ahora lo veía y la mayor parte del tiempo era convocado sobre el propio terreno de juego, Aladar no dudaba que también en el dugout, por los gestos serenos pero muy firmes de aquel shortstop quien luego de la jugada más sorprendente retomaba de inmediato la secuencia del juego para comentar o señalar a sus compañeros la particularidad de un bateador o la inminencia de una jugada que muchos parecían haber obviado. Había vivido momentos muy tristes durante todas esas temporadas cuando el barco parecía ir a la deriva y mientras los pitchers y corredores contrarios pegaban pelotazos o gritaban improperios, desde la cubierta del buque reinaba el silencio, la resignación, la sumisión. Aladar seguía intentando mantener el equilibrio sobre aquella silla plegable a un costado del sector izquierdo del estadio José Bernardo Pérez, aunque el anuncio de Juan José Ávila fue muy preciso y concreto, un vendaval de imágenes atravesó las sienes de Aladar en fragmentos de segundo, todas de alta tensión, todas de momentos clave, muchas escenificadas en el diamante edificado a pocos metros de ahí. Como aquella seguidilla de 13 juegos bateando imparables donde Álvaro Espinoza confirmaba su disposición de aportar alma, corazón y vida a la causa de un Magallanes que venía de ser barrido en la serie final de la temporada anterior y presentaba una deuda de quince años sin ganar un campeonato, por lo cual las esperanzas e ilusiones de los aficionados parecían diluirse cada vez que el equipo perdía dos o tres juegos en fila. Sólo que la obstinación y el empeño de jugadores como Espinoza, templaban esa incredulidad de título con cada gesto, atrapada al campo, o batazo a la profundidad de los jardines. Tal fue la inquietud de Aladar por saldar una discusión interna a raíz del anuncio del Salón de la Fama magallanero que tan pronto llegó casa se sumergió en los libros de estadísticas beisboleras que guarda en un tramo más hacia la parte inferior de su biblioteca. Primero se fue al Total Baseball Sixth Edition de John Thorn, Pete Palmer, Michael Gershman and David Pietrusza, allí encontró los siguientes guarismos de Álvaro Espinoza en la temporada de 1989 con los Yanquis de Nueva York: 142 G, 503 AB, 51 R, 142 H, 23 2b, 1 3b, 41 RBI, .282 AVG.. Luego recaló en la guía de medios de los Navegantes del Magallanes de la temporada 1996-97 de Giner García y Emil Bracho, en la temporada 1995-96, Espinoza tuvo los siguientes números: 31 J, 107 VB, 11 CA, 40 H, 5 2b, 1 3b, 3 HR, 21 CI, .374 AVG. Quizás no exista ninguna comparación entre un beisbol y otro, sin embargo es insoslayable la presencia y determinación y el empeño de Espinoza por dejar lo mejor sobre el terreno. Mientras se suministraban los detalles del acto a realizarse en algún momento de diciembre, Aladar volteó varias veces hacia los muros de porcelana blanca donde brillan las figuras del Salón de la Fama magallanero, de ninguna manera el acto de este año iba a ser sencillo, tendría toda la emotividad de los anteriores. Alfonso L. Tusa C.

Larry Jaster, el maestro de los Dodgers.

19-10-2012. Frank Jackson. The Hard Ball Times. En la historia del beisbol, siempre hay actuaciones que desafían los pronósticos. Cualquier día, un bateador mediocre puede tener un gran juego contra un pitcher élite, o un pitcher mediocre puede dominar a un toletero. Más difícil de explicar es el fenómeno de ciertos lanzadores quienes habitualmente dominan a ciertos equipos. Un pitcher estrella que domina a un equipo débil no sorprende a nadie, pero cuando un pitcher relativamente oscuro domina a un equipo poderoso, entonces hay que prestar atención. No hay discusión con el hecho de que los Yanquis fueron el equipo dominante de la Liga Americana desde 1955 hasta 1961, al ganar el banderín cada año a excepción de 1959. Aún así durante ese período, ellos fueron tratados con rudeza por Frank Lary, un pitcher de los Tigres quien tuvo marca de 27-10 contra ellos durante esas temporadas. El éxito de Lary voló en la cara de los pronósticos, pero durante el período de su dominio sobre los Yanquis, él fue uno de los mejores pitchers de la Liga Americana. Durante ese período 1955-1961, lideró la liga en victorias (117), juegos completos (115), innings lanzados (1799,2) aperturas (242), y bateadores enfrentados (7569). Ganó 21 juegos en 1956 y 23 en 1961. En 1958, su mejor temporada contra los Yanquis, tuvo marca de 7-1 contra ellos. Despues de 1961, Lary estuvo plagado con lesiones en el hombro. Los próximos cuatro años, tuvo marca de 11-23 con los Tigres, Bravos, Mets y Medias Blancas. Se retiró a los 35 años. Así que podemos decir que Lary fue un buen pitcher quien fue grande cuando lanzaba contra los Yanquis. Él sobreactuaba, pero no mucho. La N y la Y intercaladas parecían motivarlo a lanzar mejor. Así ¿cuantas motivaciones necesitaríamos tomar en cuenta para Larry Jaster de los Cardenales, quien lanzó cinco blanqueos contra los Dodgers en 1966? Yo no llegaría tan lejos como para decir que él salió de la nada, pero probablemente pareció de esa forma para los fanáticos de los Dodgers. Jaster hizo su debut en septiembre de 1965, así que todavía era novato en 1966. Su futuro lucía brillante luego de tres victorias en juegos completos en septiembre de 1965 y una efectividad de 1.61. Esto había sido inesperado, porque su registro con los Oilers de Tulsa AA había sido 11-13 con 3.09 de efectividad. En 1966, los Dodgers ganaron el banderín mientras los Cardenales terminaron con 83-79, bueno para el quinto puesto en una liga de diez equipos. Sacando los cinco juegos que lanzó Jaster, los Dodgers tuvieron marca de 10-3 contra los Cardenales. Así que los Dodgers no fueron dominados por Nelson Briles, Al Jackson, Ray Washburn, ni siquiera por Bob Gibson. Los cinco blanqueos de Jaster lo igualaron en el liderato de la liga con Jim Bunning, Jim Maloney, Larry Jackson, Bob Gibson y Sandy Koufax. El último, en particular, estuvo formidable, comandó la liga en juegos completos y triunfos (27), efectividad (1.73) y ponches (317). Fue otra temporada de premio Cy Young para Koufax. Tambien fue su última temporada, aunque nadie lo sabía en ese momento. Afortunadamente para Jaster, cada vez que el subió al montículo contra los Dodgers, nunca tuvo que enfrentar a Koufax. Eso no significa que los pitchers con quien rivalizó fueron fáciles presas. Estos son los detalles de cada juego: Blanqueo No. 1 – 26 de abril, cinco hits, victoria 2-0 ante Claude Osteen en Dodger Stadium. Blanqueo No. 2—3 de julio, 3 hits, victoria 2-0 ante Don Drysdale en Dodger Stadium. Blanqueo No. 3 – 29 de julio, cinco hits, victoria 4-0 ante Don Dryadale en Busch Memorial Stadium. Blanqueo No. 4 – 19 de agosto, cinco hits, victoria 4-0 ante Claude Osteen en Dodger Stadium. Blanqueo No. 5 – 28 de septiembre, cuatro hits, victoria 2-0 ante Don Sutton en Busch Memorial Stadium. Todos los pitchers que él derrotó fueron oponentes meritorios. Drysdale y Sutton están ambos en el Salón de la Fama. Drysdale tuvo un año bajo (13-16 con efectividad de 3.42) en 1966. Algunos especularon que su famosa huelga dual con Koufax esa primavera lo había afectado. Sutton estaba en su año de novato (12-12 con 2.91 de efectividad), y Claude Osteen estaba a mitad de camino en una carrera de 18 años en la cual tuvo casi 400 decisiones (196-195). En 1966, tuvo marca de 17-14 con 2.85 de efectividad. No tener que haber enfrentado a Koufax fue una ventaja para Jaster, pero pienso que eso no desmerita lo que él logró esa temporada. Cuarenta y cinco innings de blanqueo en una temporada contra cualquier equipo es noticia resaltante aún si el equipo es sotanero. En 2012, por supuesto, cinco blanqueos habrían puesto a Jaster al tope de la lista de MLB. De hecho, sus seis juegos completos lo habrían puesto al frente de esa categoría con Justin Verlander. Contra el resto de la Liga Nacional en 1966, Jaster no estuvo ni de cerca impresionante. Sacando las victorias y los innings lanzados de sus conquistas ante los Dodgers, tuvo marca de 6-5 con 4.64 de efectividad. Jaster apareció cuando el pitcheo era el nombre del juego, y los Dodgers no eran ni de lejos la fuerza ofensiva que habían sido en años pasados. Los Dodgers de 1966 batearon .256, el promedio de la liga, pero luego de eso estuvieron por debajo del promedio. Fueron octavos de la liga en carreras anotadas con 606, superando solo a los Cardenales y los Mets. Ellos empataron a los Cardenales en el octavo lugar en jonrones con 108, superando solo a los Mets con 98. Fueron blanqueados doce veces además de sus careos contra Jaster. Un pitcheo destacado mantuvo a los Dodgers en la pelea y al final les significó el banderín; con solo la producción promedio de carreras, ellos podían ganar el banderín. Aquel banderín de la Liga Nacional de 1966 llegó al último fin de semana de la temporada, cuando los Dodgers se encontraron en Filadelfia, necesitaban solo una victoria para asegurar. El viernes en la noche, Chris Short de los Filis logró su victoria 19, al vencer a Claude Osteen, 5-3. El juego del sábado fue suspendido por lluvia, lo cual ocasionó un doble juego el día siguiente. En el primer juego, Chris Short regresó en relevo para llevarse su vigésimo triunfo luego que los Filis anotaron dos carreras en el cierre del octavo inning para alcanzar una victoria 4-3. En el segundo juego su compañero Jim Bunning estaba fajado por su victoria 20, pero su rival era Sandy Koufax, regresando de un corto descanso, había vencido a los Cardenales 2-1 el jueves previo, un día después del blanqueo final de Jaster. Koufax emergió victorioso con margen de 6-3 y los Dodgers enfilaron hacia casa para enfrentar a los Orioles en la Serie Mundial. Si Koufax no hubiese ganado ese juego, los Dodgers hubiesen terminado con marca de 93-68. Los Gigantes habrían tenido que jugar un juego de reposición contra los Rojos para ver si podían empatar a los Dodgers, y si lo hubiesen hecho, habría un playoff contra los Dodgers. Así que la victoria de Koufax le ahorró un dolor de cabeza a los Dodgers. Te puedes imaginar la euforia de los Dodgers luego de la disputada victoria final en Filadelfia. No tengo que imaginarla, la vi en persona. Junto con otras 23.214 almas, asistí a aquella doble cartelera final en 1966. La euforia, sin embargo fue efímera. Si no recuerdas la debacle de los Dodgers en la Serie Mundial de 1966, puedes haber oído de ella. Los Orioles de Baltimore habían terminado nueve juegos por delante de los Mellizos para conseguir el primer banderín del equipo, pero aún eran el batacazo. Los abridores de Baltimore despacharon a los Dodgers en cuatro seguidos. Los pitchers de los Dodgers no se derrumbaron, mantuvieron a los Orioles en diez carreras limpias y un promedio de bateo de .200. Pero las dos carreras que los Dodgers marcaron en el tercer inning de su primer juego terminaron su anotación en la Serie. Jim Palmer, Wally Bunker y Dave McNally lanzaron tres blanqueos seguidos en los juegos del segundo al cuarto. Los Dodgers batearon para .142 en la Serie, y sus 33 innings en blanco fue un record de Serie Mundial. ¿Habían los Orioles contratado a Jaster como coach de pitcheo honorario o que? Los Dodgers debieron haber ponderado que su destino hubiera sido diferente si ellos hubiesen sido capaces de manejar a Larry Jaster. Su último blanqueo el 28 de septiembre dolió de verdad. Si ellos hubieran asegurado al banderín antes del último día de la temporada, pudieron haber comenzado la Serie con Koufax, lo cual les aseguraría que él pudiera regresar en el cuarto juego. ¿Hubiese hecho eso una diferencia? El resultado pudo haber sido el mismo pero al menos no hubiesen sido humillados. El éxito de los Orioles fue el primero de una corrida de apariciones en la Serie Mundial desde finales de los años ’60 hasta comienzos de los ’80, pero para Larry Jaster, no hubo segundo acto. Había tenido su pico en su año de novato. En 1967 y 1968 tuvo marcas de 9-7 y 9-13. Los Cardenales no lo protegieron para el draft de expansión realizado después de la temporada de 1968, y Jaster se encontró como miembro de la escuadra inaugural de los Expos de Montreal. Como pitcher abridor de los Expos en el juego inaugural en casa el 14 de abril de 1969, Jaster hizo el primer envío de un juego de beisbol de Grandes Ligas efectuado fuera de Estados Unidos. Los Expos vencieron a los Cardenales 8-7, pero Jaster no estuvo lo suficiente en el juego para apuntarse la victoria. Una curiosa nota a pie de página de su única temporada en Montreal fue su desempeño con el madero: de 19-8, bueno para .421 de promedio. Eso fue suficiente para Jaster y la historia del beisbol. Ganó un juego para los Expos en 1969 y un juego en 1970 y otro en 1972 para los Bravos. Durante ese lapso, sus innings lanzados en Grandes Ligas disminuyeron desde 77 hasta 22.1 hasta 12.1. Pasó cinco temporadas con la organización de los Bravos pero más con su equipo filial de AAA en Richmond que en Grandes Ligas. Lanzó su último juego en las mayores a la edad de 28 años y se retiró como pelotero a los 30. Normalmente, cualquiera con una marca de Grandes Ligas de 35-33 y efectividad de 3.64 no tendría un gran espacio en los anales del beisbol. Aquellos cinco blanqueos contra los Dodgers (tuvo siete en su carrera) hicieron de Larry Jaster la excepción. Los Dodgers no eran un equipo bateador, pero ganaron el banderín en 1966, así que el logro de Jaster merece estar en los libros. Acerca de Frank Jackson Frank Jackson escribe de beisbol, cine e historia, algunas veces de todo a la vez. Él ha visitado 47 estadios de Grandes Ligas, muchos de los cuales aún existen. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Dave Parker batalla con el Parkinson y hace las paces con su pasado beisbolero.

Mike Bass, Especial para Bleacher Report. 01-04-2015. Una mujer toma una foto con su teléfono celular de Dave Parker y dice, “Te ganaste la primera foto de mi teléfno nuevo” Parker dice, “No pudiste haber escogido un mejor objetivo”. Es temprano en la tarde sabatina en el show de autógrafos de los suburbios de Chicago. El fin de semana inaugural de March Madness domina la escena deportiva de la nación, pero esto es diferente. Esto es personal. Las marcas de los patrones se alinean para el mejor, más gritón, más malo, más extravagante, más orgulloso beisbolista de finales de los años ’70. Un hombre saca una fotografía de Parker anotando ante el cátcher Carlton Fisk en el Juego de Estrellas de 1977 y dice que casi le pidió a Fisk que firmara en su nalga. Parker dice, “Él usaría toda la tinta firmando mi nalga”. La revolución que era Dave Parker hacía incomodar a algunas personas. Especialmente en Pittsburgh. Y cuando los años ’70 se convirtieron en ’80, y las lesiones a veces mantenían al primer beisbolista de un millón de dólares por año fuera de forma o de la alineación, la animosidad crecía mientras su productividad caía. Hubo el divorcio de los Piratas y la admisión de uso de cocaína en los juicios de drogas del beisbol en 1985, pero también un renacimiento de vuelta a casa en Cincinnati. Otro divorcio, esta vez de los Rojos, lo que trajo otra resurgencia, esta vez como bateador designado en la Liga Americana. Un hombre abre el programa de la Serie Mundial de 1988 en la foto de los Atléticos de Oakland y señala a Parker. Parker dice, “Yo puedo ser el tipo mejor parecido de la foto”. Por casi 20 años, su voz de metal pesado resonó en los camerinos. Su personalidad se convirtió en la del equipo. Él usaba la adulación y el ridículo, te la juraba y juraba contigo, te hacía reir y te hacía mejor. Un hombre le pide a Parker que pose para una foto de celular y se toma un tiempo para buscar el mejor ángulo. Parker dice, “No es tan difícil hacerme lucir bien”. El hablaba en la manera como jugaba. Competía con agresividad y hablaba con fruición. Las palabras algunas veces alienaban a la ciudad de clase trabajadora que ayudó a ganar una Serie Mundial. Al final, las acciones lo conectaron con los compañeros que lo experimentaban cada día, lo veían fajarse con las operaciones y correr sobre los cátchers sin miedo a las repercusiones. Solo habría repercusiones. A él le gustaría saber si ellos eran más severos de lo que cualquiera notara en ese momento. Le gustaría saber si jugar tan duro le causó los temblores en su mano derecha. Le gustaría saber si jugar tan duro le causó que su voz se suavizara, sus palabras se hicieran menos pronunciadas, que su balance empezara a fallar. Le gustaría saber si jugar tan duro le causó el mal de Parkinson. Él sabe que jugar tan duro no lo llevó a Cooperstown. Y eso es duro para él. Especialmente ahora. “Me habría gustado haber estado en el Salón de la Fama cuando pude haberlo disfrutado apropiadamente”, dice él. “No es que no pueda ahora, pero el mal de Parkinson tendría algo que decir al respecto”. Parker fue diagnosticado hace dos años cuando fue a una revisión física. El doctor notó un temblor en su mano derecha. Era el mal de Parkinson. Él le dijo al mundo el verano pasado que tenía la enfermedad, la cual ataca las células nerviosas cerebrales y afecta el movimiento. Cerca de un millón de personas en los Estados Unidos tiene el mal de Parkinson. No hay cura. No hay manera de parar el progreso de la enfermedad. Tampoco hay tiempo de duración. La única manera de ayudar es manejar los síntomas. Su estado mental: “Tengo que aceptar este reto y tratar de vencerlo”. No hay rabia en sus palabras, ni amargura. Y si se conoce a Parker, se sabe que él no tiene problema en expresar descontento. Pero luego de jugar alrededor de dos décadas y luego vivir a través de más de dos décadas desde entonces, él ha hecho las paces con mucho de lo que le molestaba en el beisbol. Se ha reconciliado con los Piratas de Pittsburgh y ya no está molesto con Marge Schott y Pete Rose en Cincinnati. Pero él todavía no sabe porque los votantes el Salón de la Fama no lo escogen. “¿Es que no se fajaba? ¿Todo el tiempo? Él insiste en que lo hacía. Está muy orgulloso de eso. No había sutilezas, ni rubor. Si un cátcher bloqueaba el plato, Parker volvía a ser el mariscal de campo de la secundaria Cincinnati Courier Tech. El estima que tal vez hubo siete u ocho colisiones en el plato durante su carrera. ¿Recuerdan el encontronazo en el plato con el cátcher de los Mets, John Stearns en junio de 1978? ¿Dónde Parker se rompió el hueso malar? Stearns mantuvo la pelota pero Parker dice que no recordaba eso al principio. No podía recordar si fue quieto o out. En retrospectiva, Parker insiste en que tuvo una concusión. “Nadie lo diagnosticó entonces”, dice él. “Se decía que la campana había sonado, y había que seguir”. Una vez que su mandíbula soldara lo suficiente, el regresó en dos semanas, usaba un casco híbrido de futbol y beisbol que lo protegería y terminó una temporada de jugador más valioso. “Es un juego físico”, dice él. “Tuve algunas lesiones en la cabeza. Al ser tocado en la cabeza al lanzarme en segunda base para ejecutar un robo, ese tipo de cosas ocurre todo el tiempo en el beisbol. Así que pudiera ser una acumulación de impactos en la cabeza”. En diciembre de 2012, él introdujo un reclamo de compensación laboral en California por lesiones surtidas, incluyendo múltiples en la cabeza. Aún espera por una respuesta. Aún, él no puede imaginar jugar el juego de otra manera que como lo jugó. Él no responsabiliza a MLB por las colisiones en el plato o está de acuerdo con el esfuerzo por restringirlas. Altera lo que es natural, dice él, y podrías incrementarla posibilidad de las lesiones. “¿Qué van a hacer ellos, ponerle faldas a los muchachos? Dice Parker como reverencia a otro hombre espectáculo de los años ’70 en Pittsburgh, el linebacker Jack Lambert, quien usaba una línea similar acerca de las reglas para proteger a los quarterbacks. “Esa es una reacción espontanea”. Así que si las colisiones le ocasionaron lesiones de cabeza que ayudaron a producirle el mal de Parkinson, así será. Dr. Rajeev Kumar tiene un mensaje para Parker. “Si ve a Dave dele mis mejores deseos y dígales que atesoro su barajita de beisbol”. Kumar es un experto en mal de Parkinson y director médico del Rocky Mountain Movement Disorders Center en Denver. Él y Parker no se conocen. Y, desafortunadamente, no puede decirle a Parker exactamente cual papel jugaron las lesiones de cabeza en el desarrollo de su enfermedad. “Esa es una pregunta que nadie puede responder en este momento”, dice Kumar. “Lo que sabemos es que hay una correlación estadística entre las lesiones anteriores de cabeza y el riesgo incrementado de subsecuente desarrollo del mal de Parkinson. Pero en individuos, no se puede decir que tanto puede influir eso. Tal vez ninguna, dice el Dr. James C. Beck, Ph.D y vicepresidente de asuntos científicos para la Parkinson's Disease Foundation. Él dice que normalmente hay un 0.6 porciento de oportunidad de contraer el mal de Parkinson (aunque Kumar dice que está alrededor del 1 porciento). Beck y Kumar concuerdan en que otro factor probablemente es más significativo: la hermana mayor de Parker tiene el mal de Parkinson. Ella tiene 66 años y ha tenido la enfermedad por siete años hasta ahora, de acuerdo a Parker. Beck dice que un padre o hermano con el mal de Parkinson dobla el riesgo normal a 1.2 porciento. Kumar dice que el riesgo se triplica hasta 3 o 4 porciento. “Algunas personas dicen que es hereditario”, dice Parker. “Pero nadie sabe lo suficiente acerca de la enfermedad para tomar una determinación de ese tipo. Es una enfermedad relativamente desconocida. Pero si está en tus genes, ¿qué puedes hacer?” Hasta ahora, Parker ha tratado de atacar al mal de Parkinson por la vía natural. Temía que los medicamentos le produjeran efectos colaterales. La dieta y los ejercicios le han ayudado. Mírenlo. Tiene 62 años pero no parece tan viejo. Aún es La Cobra. “No sabes por cuanto tiempo durarán las células cerebrales”, dice Parker. “Me lo tomo día a día. Me dicen que me mantenga activo. Por eso estoy tratando de establecer una rutina vigorosa de ejercicios”. Solo ahora, están empeorando los temblores. Su balance es preocupante. Está planeando ver a un especialista por primera vez. Está abierto a tomar medicamentos. Solicitará ayuda para su habla. Su voz se entiende perfectamente en persona si estás cerca de él, pero el tiempo de respuesta es un poco lento. “Es algo difícil de ver”, dice el antiguo compañero en los Rojos, Eric Davis, quien llama a Parker su “segundo padre” y a quien Parker llama “mi hijo del beisbol”. “Cuando piensas en Dave, piensas en La Cobra. Yo pienso en mi papá. Pienso en la física detrás de La Cobra”. La primera vez que Davis notó el efecto del mal de Parkinson en Parker fue en la inducción al Salón de la Fama del compañero en los Rojos Barry Larkin. “Estábamos en Cooperstown. Fue duro. Pero eso nunca me va a detener de estar alrededor de él o de acercarme o llamarlo y ver como le va”. Parker fue una especie de superhéroe para él. Un fenómeno. Hay una leyenda de ligas menores, él bateó una pelota en West Virginia que fue recuperada 150 millas más tarde luego que aterrizara en un camión de carbón que finalmente se paró en Columbus, Ohio. Con los Piratas, un año, él descosió la cubierta de una pelota. Literalmente. Él ganó dos títulos de bateo (1977, 1978), un MVP (1978), tres guantes de oro y una Serie Mundial con los Piratas. Eso no fue suficiente para complacer a Pittsburgh. Él se convirtió en el primer beisbolista en promediar más de un millón de dólares al año, incluyendo dinero diferido, cuando firmo un acuerdo de cinco años antes de la temporada de 1979. Y eso fue mucho para complacer a Pittsburgh. Su contrato llegó luego de una temporada de jugador más valioso, pero eso lo distanció de la ciudad. Con el paso de los años, los fanáticos le lanzaron un bate, una media llena con tuercas y tornillos, una batería de nueve voltios y más. Los Piratas estaban en camino a una Serie Mundial en 1979, pero Parker era negro e impetuoso y ahora el pelotero más rico del juego, y él se preguntaba si esa combinación había funcionado contra él. Y a medida que las lesiones afectaron sus condiciones y productividad durante el resto de su tiempo en Pittsburgh, la animadversión empeoró. De ambos lados. “Cualquier pìonero va a pagar el precio”, dice Parker. “Jackie Robinson pagó el precio por ser el primer afroamericano em las Grandes Ligas. Yo revolucioné el salario en MLB, y pagué el precio por ser el primero. Durante aquel tiempo en Pittsburgh, cuando las industrias del carbón y el acero no estaban bien, las personas no se podían identificar con alguien quien tuviese un salario de más un millón de dólares por jugar un juego de niños. Esa es una de las razones por las que me puse el zarcillo (por la serie Mundial de 1979) para simbolizar fuerza. Sé que pagué el precio, para hacérselo más fácil al que viniese detrás de mí, siempre tuve eso en mi mente”. Parker se fue después de la temporada de 1983, pero él y los Piratas chocarían otra vez.. Durante el juicio al beisbol por cocaína que estremeció el juego, él admitió usar la droga recreacionalmente desde 1979 hasta finales de 1982. Los Piratas entonces reclamaron su dinero en la corte. Parker insiste en que el no cometió fraude, señalando a su título de bateo ese primer año del contrato. Ellos se arreglaron fuera de la corte. Hoy, la animosidad ha desaparecido. Hay dueños diferentes a los que fueron por su dinero. Él ha servido como instructor especial para el equipo. Aparece regularmente en los festivales de los Piratas. “Voy a Pittsburgh alrededor de cinco veces y hago cosas con la organización”, dice él. “Cualquier problema que ellos tuvieran conmigo está definitivamente borrado y perdonado. Me tratan como a la realeza cuando esty en Pittsburgh. Si llego a ingresar al Salón de la Fama, lo haré como un Bucanero”. ¿Por qué la transformación? “Le tomó algún tiempo madurar a ambas partes”, dice él. “Aceptarme como soy, y yo aceptarlos a ellos como son”. Él ha hecho las paces con muchos. Tomemos a Pete Rose. Los Rojos cambiaron a Parker a Oakland después de la temporada de 1987. Él predijo que los Rojos terminarían terceros o cuartos. El entonces manager Rose criticó el liderazgo de Parker. Parker dijo que era un chivo expiatorio, Rose un agresor por la espalda. Hoy, Parker elogia a Rose. Ellos tienen un “nexo especial”, dice Parker. Estar en el círculo de prevenidos cuando Rose rompió el record de hits de Ty Cobb de todos los tiempos, permanece como uno de los momentos más grandes de la carrera de Parker. “Yo estaba un poco molesto, pero yo y Pete somos buenos amigos”, dice Parker. “Nunca dejamos de tener buen trato. Él dijo lo que tenía que decir, yo dije lo que tenía que decir, y la vida continuó”. Él hasta ha disculpado a la dueña de los Rojos Marge Schott, quién lo llamó despectivamente “million-dollar n----r”. “Yo soy cristiano”, dice Parker. “Yo disculpo, y la disculpé”. Ahora, los Rojos lo inducirán en su Salón de la Fama en agosto”. Esto significa mucho para él. Él creció cerca del viejo Crosley Field. Iba a los juegos y abría las puertas de los taxis por un cuarto de dolar o dos en propinas. Vendía las pelotas que eran bateadas fuera del viejo parque de los Rojos. Veía e idolatraba a las estrellas afroamericanas Frank Robinson y Vada Pinson. Él espera que la ceremonia sea emocionante. Ha visto el museo del Salón de la Fama de los Rojos y dice que es “muy agradable”. Excepto… “Ellos solo tienen una exhibición mía. Con la producción que tuve aquí, pensé que estaría más de una vez ahí”. Él debió haber perdido las otras, dice el director ejecutivo del Salón de la Fama de los Rojos. Contó tres en total. Y eso fue antes de la nueva exhibición en la ciudad de los Rojos. Walls, quien había pasado algún tiempo de calidad con Parker durante la inducción de Larkin al Salón de la Fama de Cooperstown hace un par de años, fue el afortunado quien llamó a Parker y le dijo de su selección para el Salón de los Rojos. “Él es de habla suave ahora, y estaba muy humilde y sorprendido hasta cierto grado”, dice Walls. “Para un tipo como este ser honrado en su ciudad natal, y tal vez porque ha pasado cierto tiempo, esto significa mucho, significa más…Si se hace eso inmediatamente, no sé si todos lo aprecian a plenitud. El tiempo cura muchas cosas y te hace poner las cosas en perspectiva”. En cuatro años con Cincinnati, Parker promedió 27 jonrones, 108 carreras empujadas y 158 juegos. Él probó que lo podría hacer de nuevo cuando estaba relativamente sano. Él rápidamente se encargo del camerino. Davis recuerda tener 21 años y encontarse con Parker por primera vez en el entrenamiento primaveral, ver a Parker salir de su Porsche. “Yo estaba nervioso porque ese era Dave Parker, era La Cobra”, dice Davis. “Nunca lo había visto en persona, pero si lo había visto por televisión y había aprendido y respetado su juego y lo idolatraba. Y entonces tuve el atrevimiento de presentarme, y él me disparó como una bala. ‘S—t, sé quien eres muchacho. No te puedes presentar por tu cuenta. Solo ven conmigo, y vas a estar bien’. Y nunca me fui de su lado hasta que lo cambiaron”. En 1985, Parker terminó segundo de Willie McGee en la carrera por el premio al jugador más valioso. Si algo todavía molesta a Parkers acerca de su estadía en Cincinnati es eso. Nada contra McGee, dice Parker. El jardinero de San Luis lideró la liga en bateo (.353) con los Cardenales camino hacia los playoffs. Parker lideró la liga en carreras empujadas (125) y terminó segundo en jonrones (34) y quinto en bateo (.312) para los Rojos que llegaron segundos. Parker culpa al columnista Dick Young de Nueva York y a otros periodistas quienes le pasaron factura por el juicio de la cocaína. “Eso pudo haber hecho la diferencia para el Salón de la Fama, dos MVP, un par de títulos de bateo”, dice Parker. “Así que ese MVP fue vital”. Parker inició una fundación para el mal de Parkinson el año pasado. Esta basada en Cincinnati, pero el está extendiéndose y trabaja con organizaciones de Florida y Pittsburgh. Él también quiere ayudar a traer el beisbol al centro de la ciudad, traer a los afroamericanos de vuelta al juego. Una academia a través del programa RBI de MLB está en los planes de su nueva vecindad. “Yo bajé de nivel y me salí de mi gran lugar para mudarme al otro lado de la calle de esta academia”, dice Parker. “El beisbol parece seguirme”. El lugar nuevo es agradable. Por el momento. Él está retirado, vendió sus franquicias de pollos Popeye’s, y pasa los fines de semana con los nietos. Planea mudarse otra vez, a Florida esta vez, tal vez el próximo año. Luego de este invierno brutal, su esposa Kellye está lista para un clima mas caliente y quiere coordinar con sus niños. Parker llama a Kellye “mi roca”. Han estado casados por 30 años, y ella tiene en parte el crédito de que él dejara de usar cocaína. “Estaba planeando casarme”, dice él, “y no quería que eso fuera parte de mi vida”. Él dice que ella se acercó a su mal de Parkinson de la manera que él lo hizo: Esto es lo que es, y vamos a hacer todo lo que necesitemos para pelear con eso. Muchos compañeros antíguos y amigos del beisbol se están acercando. El antiguo compañero en los Piratas y Angelinos Bert Blyleven, cuyo padre falleciera luego de batallar con el mal de Parkinson por casi 20 años, dejó un mensaje telefónico para él. El antíguo jardinero de los Rojos Kal Daniels pudo hablar con él por teléfono. Y eso le impactó. “Él quería agradecerme por enseñarle los fundamentos del beisbol y ayudarlo”, dice Parker. “La conversación se puso tan sentimental que casi lloré. Tenía lágrimas rodando en mi cara. Eso hace que todo valga la pena”. Hubo un homenaje para Parker el noviembre pasado en Cincinnati. Antiguos Rojos y Piratas asistieron, desde Davis hasta Daniels, desde Al Oliver hasta Larry Demery. Parker estaba muy emocionado de que Buddy Bell hubiese encontrado tiempo entre sus deberes como vicepresidente/asistente al gerente general de los Medias Blancas, pero Cincinnatio también es el hogar de Bell, y Parker fue “uno de los mejores compañeros que tuve”, una “dosis de medicina cada día” en el clubhouse de los Rojos y “un líder natural” quien “se relacionaba con todos”. “Cuando te haces un poco viejo y miras las cosas en retrospectiva, te das cuenta de lo que ciertas personas significan para ti”, dice Bell. “Él es un buen amigo y es una muy buena persona, y yo quería ayudar de alguna manera”. Ver a Parker tener que lidiar con el mal de Parkinson, dice Bell, fue descorazonador. Ver como se estaba fajando con eso, sin embargo, fue ver al antíguo Dave Parker. “Él nunca te hacía sentir incómodo”, dice Bell. “Jugaba acerca de eso un poco. Él aún tiene esa intensidad, esa inteligencia que siempre tuvo”. Larkin mencionó a Parker muchas veces en su discurso del Salón de la Fama. Él recordó llegar a los Rojos por primera vez en 1986, y Parker lo tomó de la mano y lo llevó al casillero de su ídolo, David Concepción. Parker presentó a Larkin y dijo, “Él se hará cargo de tu posición”. “Pops, me inculcaste algo ese día”, dijo Larkin de Parker en ese discurso. “Fue acerca de la confianza. Aprecio eso”. Un hombre le pide a Parker que le firme “Cobra” y “78 MVP” y le dice a Parker, “Deberías estar en el Salón de la Fama” Parker dice, “Me siento burlado”. Firmar autógrafos por una hora o más es más difícil de lo que Parker había imaginado. Puede hacerlo por 10 o 15 minutos en el hogar, nada del otro mundo. Él usa un brazalete de goma en su muñeca derecha escrito en letras mayúsculas, “Lo que sea que haga falta para vencer al mal de Parkinson”. La mano derecha no tiembla, mientras empuña el bolígrafo o marcador. Firma metódicamente, con orden, con cuidado. Él disfruta claramente interactuar con los aficionados. Ellos le cuentan sus historias. Son fanáticos de los Rojos, de los Piratas, de Parker. Él sonríe con ellos con calidez, sinceramente, dice unas pocas palabras. Ellos dicen “Gracias por las memorias, hombre” y “gracias por ser tú”. Parker pregunta si debería escribir “Reds H of F” en una foto de él con el uniforme de Cincinnati y el hombre acepta con alegría. Parker solo desea que pudiera ser más símple. Solo “H of F”. Sus quince años de elegibilidad con los periodistas han pasado. Él se pregunta si su exclusión fue personal. ¿Fue por los juicios de drogas de 1985? ¿Por ser extrovertido? Le gustaría saber si el juego le pasó factura, por qué nadie lo firmó en 1992, por qué nadie le dio la oportunidad de llegar a los 3000 hits para asegurar una invitación a Cooperstown, en vez de quedarse a 288 imparables de la marca. Si, él tenía 40 años cuando terminó la temporada de 1991, venía de un año decepcionante, pero había sido bateador designado del año las dos temporadas anteriores. “Te encuentras con tipos que llegan cerca de marcas importantes como yo, con los 3000 hits, ellos te dejan colgando”, dice Parker. “Hay una especia de red de buenos chicos viejos en ese respecto. Yo jugué con tipos en la última etapa de su carrera, y les permitieron llegar a los 3000 hits. Les permitieron alcanzar sus marcas importantes. Hubo tipos en la liga que participaron en un juego de estrellas como despedida, y les decían que le iban a lanzar. Yo no tuve esa oportunidad”. Él ha encontrado respaldo en Pittsburgh y Cincinnati, pero ¿podrá encontrar el último respaldo de su carrera de beisbol? Él dice que los periodistas no aprecian como el resistió las lesiones en la rodilla, brazo y otras para hacer lo que hizo. Entonces, otra vez, en su primera ronda con el Comité de la Era de Expansión, también pasó sin éxito. En diciembre, tres managers fueron escogidos en la Clase de 2014. Cero jugadores. Cero Parker. Davis no puede imaginar un Salón de la fama sin Parker. Y no puede digerir que los jugadores de hoy no sepan de Parker o de lo que él significó para el juego, que no les importe la historia del juego, la historia negra del juego que Parker trató de enseñarle a Davis. “Él siempre hablaba de eso, de sentirse orgulloso de si, sentir ogullo por lo que hizo Jackie, sentir orgullo por lo que hizo Martin Luther King, sentir orgullo en como crear un legado”, dice Davis. “Y eso es todo lo que pensaba de su legado”. Y él sabe que el Salón de la Fama significa mucho para Parker, aún si su segundo padre no pueda disfrutarlo ahora debido al mal de Parkinson. La próxima inducción de la Era de Expansión será en 2017. El Dr. Kumar dice que los primeros 10 años después del diagnóstico del mal de Parkinson una persona puede llevar una vida relativamente normal. Parker estaría alrededor del final de eso cuando el comité se reuna de nuevo. Mientras tanto, Parker sigue con su vida y enfrenta su enfermedad. Abril es el mes de conciencia del mal de Parkinson, y Parker trata de ayudar. Como solo él puede. “Yo estaba en una clínica de beisbol, y uno de los muchachos de secundaria dijo, ‘¿Como te afecta el mal de Parkinson?’” dice Parker. “Le dije en broma, ‘Bien, puedo hacer una merengada. Todo lo que tienes que hacer es poner el vaso en mi mano’”. Mike Bass fue reportero deportivo y columnista del Cincinnati Post cuando Parker jugaba para los Rojos a mediados de los años ’80. Bass también escribió la biogarfía no autorizada Marge Schott: Unleashed, la cual observó la controversia que involucró a la antigua dueña de los Rojos y a Parker. Traducción: Alfonso L. Tusa C. .

La muerte de Mike Flanagan, gran pitcher de los Orioles, deja sombra de duda.

Un año después del suicidio del antiguo Oriol, la esposa describe su larga pelea con la depresión. 18-08-2012. Dan Rodricks “¿Alguna vez viste a Mike cuando venía del montículo después de un buen inning?”, pregunta Alex Flanagan, viuda del inquilino del Salón de la Fama de los Orioles quién cometió suicidio hace un año. “Él siempre tenía la cabeza gacha”. Eso provoca una memoria vívida del No. 45, el pitcher inteligente quien estudiaba todo y burló a muchos de los 11.684 bateadores que enfrentó en 18 temporadas de ligas mayores. Él era el zurdito de cabello largo con bigote quien ganó el premio Cy Young de la Liga Americana en la temporada de Serie Mundial de los Orioles en 1979. Él era muy reflexivo en el montículo, y Alex tiene razón sobre la conducta de Mike durante su caminata hacia el dugout después de la mayoría de sus 2770 innings: cabeza gacha, serio, ponderando lo que había hecho bien o no tan bien. Tal vez era modestia, o una manera taciturna que había desarrollado en su nativa Nueva Inglaterra. Pero tal vez Mike era reservado y lleno de dudas, también. “La mayoría de las personas no lo creerán”, dice Alex, en su primera entrevista desde la muerte de su esposo, “pero pienso que Mike nunca creyó en si mismo. Él se sentía como una falla. Y había momentos cuando se odiaba y sentía que era una farsa, que solo había tenido suerte…Él era autodestructivo con su humor, eso era parte de su encanto, pero eso era un disimulo de la inseguridad”. Quizás exageramos con la caminata de la cabeza gacha. Ciertamente, otros pitchers se han manejado de esa manera. Pero considerando como terminó la vida de Mike el año pasado a la edad de 59, con un disparo el 24 de agosto en el terreno de su casa de campo en Baltimore County, todo se hace el objeto de reflexión y preguntas. Aquellos de nosotros quienes éramos sus amigos, yo fui compañero de pesca de Mike por 20 años, hemos estado tratando de entender, buscando pistas en las cosas que decía y hacía. La persona más cercana a él, por supuesto, era Alex. Ella veía a un Mike Flanagan de duda y dolor que el resto de nosotros no veía. Él tenía presiones financieras, dice ella, en parte por una ausencia de ingresos estables entre los trabajos como vicepresidente de operaciones de beisbol de los Orioles y como comentarista en las transmisiones de los juegos, eso lo llevó a refugiarse en su ahorros y la pensión de jugador. Él expresó resentimiento por la manera como fue tratado después de perder su trabajo en la oficina principal en 2008. Preguntó si yo quería escribir un libro acerca “el deceso de una gran franquicia de beisbol”, luego dejó la idea en el aire después que empezó a trabajar como narrador de los Orioles en 2010. Esos asuntos, presiones monetarias y disgustos de carrera, fueron las explicaciones que aparecieron en el momento inmediato posterior a la muerte de Mike. Pero parecieron muy simples. “El público quería una razón del porqué Mike se mató a si mismo”, dice Alex. “Ellos querían estar al tanto y culpar a algo a alguien. Necesitaban una razón para un acto irracional, y yo lo entiendo porque he pasado por todas estas preguntas”. Ausente lo que ella llama “una respuesta definitiva para una pregunta imposible”, Alex comparte observaciones acerca de Mike, esperando aportar detalles faltantes. Primero que todo, dice ella, él estaba deprimido, y por mucho tiempo. “Él solía hablar de las sombras”, dice ella en el recibo de la casa de campo, un par de perros y algunas cajas de embalaje en los alrededores. “Él diría, ‘Algunas veces viene esta sombra a mi vida’, y él no veía nada bueno, solo estas sombras…Él veía el mundo en blanco y negro, sin color”. Ella dice que Mike vio a un psiquiatra por 20 años, pero le gustaría saber si él y su doctor fueron capaces de identificar la fuente de las sombras. “Mike siempre quería ser el que le daba las buenas noticias a la gente”, dice ella, sugiriendo que él no había sido cándido con su doctor. “Él nunca quería ser el portador de malas noticias”. Especialmente de si mismo. “Mike no hablaba o compartía mucho con nadie, lo cual es lo que yo quería de él más que nada”, dice Alex. “Él nunca fue totalmente capaz de abrirse. Estaba avergonzado de no ser perfecto, tenía miedo de lastimar a alguien”. De todas la veces que fui a pescar con él, él siempre capturaba más truchas que yo, pero nunca alardeaba, Mike raramente se abría acerca de los problemas, y yo no le preguntaba. Él algunas veces ventilaba bervemente las frustraciones de tratar de hacer a los Orioles una franquicia ganadora otra vez. Él compartió su infelicidad acerca de su estado en la organización después de su paso como vicepresidente. Él expresó molestia y tristeza de que la viuda de Elrod Hendricks, el querido cátcher y coach de bull pen de los Orioles, dijera que el equipo trató a su esposo, amigo de mucho tiempo de Mike, muy pobremente en las semanas previas a su ataque cardíaco fatal en diciembre de 2005. Pero la mayor parte del tiempo cuando estaba conmigo, Mike era afable y divertido, contaba docenas de historias sobre sus compañeros desde los años ’70 y ’80. Ciertamente nunca mencionó problemas de dinero o ver a un psiquiatra. Alex regresa a la caminata de Mike hacia el dugout, cabeza gacha, aún luego de ponchar a los tres bateadores del inning. Algo lo perseguía, y ella está convencida que eso tenía que ver con su niñez en New Hampshire. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Armado con intensidad, Mike Hampton de Colorado, se toma su labor monticular muy en serio.

John Henderson. The Denver Post. Baseball Digest, Agosto 2001. Era el final de los días de perros del entrenamiento primaveral. Mike Hampton parado frente a su casillero, tenía una mirada intensa más apropiada para una carrera por el banderín a finales de septiembre. Un puñado de jubilados y turistas habían visto en HiCorbett Field de Tucson como los Marineros de Seattle lo habían castigado en su última aparición de la primavera. En 24 horas, solo necesitarías media docena de conexiones en tu computadora para encontrar el box score en internet, eso quedaba a conciencia de cada quien. Peo se podía leer el box score en la cara de Hampton: Los medios también lo harían ese día. Si alguna vez alcanzaban su casillero. “¡Apúrense!” soltó Hampton. “¡Tengo un humor de perros!” Un enjambre de reporteros y cámaras lo rodeó. Hampton, uno de los mejores pitchers del beisbol no estaba siendo juzgado. Era más o menos como, “Es primavera. ¿Cuál es el problema? Lo bueno era que solo era primavera, ¿no, Mike? ¿Será fácil dejar esto atrás? ¿Qué tan cortante estabas? Hampton miró entre la muchedumbre. “Estuve muy regado”, dijo él. “Sentí bien el brazo. Fue lo único positivo de todo”. “¿Realmente importa si tienes una mala salida en el entrenamiento primaveral? Hampton se enfocó en el autor de la pregunta. “Me importa cada día que lanzo, hasta cuando le lanzo a mi hijo en el patio”, dijo Hampton. Desde que Coors Field abrió su cámara de horrores en 1995, los Rockies necesitaron un pitcher especial. Los egos frágiles no aplican para esto. Los Rockies buscaban la intensidad requerida para mantener a raya una efectividad que tendía a subir. Ellos encontraron eso en un pequeño barril de pólvora llamado Mike Hampton. Este es el tipo de intensidad que llevó al antíguo ganador de 20 juegos a golpear un recipiente de agua fría en Coors Field después de una apertura para los Mets en abril de 2000. Eso lo llevó a caminar 3 millas de vuelta a su hotel luego de su próxima apertura en San Francisco donde él encontró su marca en 2-4 y efectividad 6.52 y los aficionados de Nueva York más encima de él. Seis meses después , la intensidad lo llevó a una marca de 15-10 y al quinto juego de la Serie de campeonato de la Liga Nacional ante los Cardenales de San Luis. Hampton lanzó un juego completo, un blanqueo de 3 imparables para llevar a los Mets a la Serie Mundial y convertirse en el jugador más valioso de esa serie de campeonato. Los Mets lo podían ver venir. Por lo menos, aquellos quienes lo notaban se acercaron a él mientras el juego avanzaba. “Ese era otro tipo de enfoque diferente al que yo había visto”, dijo el pitcher de los Mets, Bobby M. Jones. “Él no decía nada. La tv estaba encendida, pero él no la miraba. Era como si estuviera mirando a través del televisor”. Los Rockies están contentos de tener un pitcher de intensidad como Hampton para liderar un cuerpo de lanzadores que ha tenido un historial de problemas para contener las demostraciones ofensivas en el estadio de Colorado. Coors Field ha tenido su cuota de competidores. Todd Helton criticó a rolando Arrojo por querer salir del juego luego de ser golpeado por un linietazo. Dante Bichette una vez lanzó su bate a las tribunas luego de una mala práctica de bateo. Luego está Hampton. Pónganse a un lado amigos. Él se molesta luego de hacer un out. Él usa sus ganchos en sus días de reposo en caso de que el manager necesite un corredor emergente. “Él tiene este refrán: ‘No te metas conmigo’”, dice el abridor zurdo Brian Bohannon. “Cuando él esta listo para lanzar, esta listo para lanzar. No hay duda de eso. Cuando él está en el montículo, es tan feroz como cualquiera. Nunca está feliz con nada. Siempre puede estar haciéndolo mejor. El cielo lo ayude si entrega un out al hacer swin”. En una ocasión, Hampton era peor. Mucho peor. Él recuerda esos días con una sonrisa, lo cual es común si estás alrededor de Hampton lo suficiente. Él se ha mezclado en el apretado clubhouse de los Rockies con el aire de un tipo quién ha estado alrededor de su equipo por más tiempo que solo unos pocos meses. “A través del tiempo he mejorado respecto a eso”, dijo Hampton. “Pero cuando empecé, yo era solo un idiota. ‘No hables conmigo desde que llegue al estadio, hasta el momento cuando termine mi trabajo. No quiero que me mires’. Pero es algo en lo que he mejorado. Haces tu tarea, no tienes que ser un idiota. Cerca de una hora antes que el juego empiece, afronto mi juego”. Un coach de pitcheo no le enseñó esto a Hampton. Fue su esposa. Kautia Hampton ha conocido a Mike desde que ella era la anotadora del equipo junior de beisbol en Crystal Lake High School en Homosassa, Florida. Hace casi tres años, mientras él estaba con los Astros de Houston, ella le mostró la ley. “Mi esposa dijo, ‘Hey no la tomes conmigo. Yo no hice nada’”.dijo Hampton. “No vas a lanzar nada mejor si eres cruel con nosotros’. Me gusta levantarme, desayunar, jugar con mis hijos, payasear, luchar con mi hijo mayor. El menor está llegando a esa edad. Paso tiempo con la familia, los llevo al estadio. Ahí es cuando me enfoco”. Eso ha funcionado hasta ahora. Sus compañeros lo pueden decir. En sus primeras diez aperturas de 2001, Hampton tuvo marca de 7-1 con un blanqueo y 2.65 de efectividad. “Él actúa en los días cuando no lanza”, dijo el relevista Mike DeJean. “Él bromea. Siempre tiene algo en curso. Hora y media antes de salir a calentar, se puede notar la ósmosis y verlo cambiar. Tiene una visión tipo túnel. Sus ojos parecen dardos. Se enfoca en lo que hace, hacia donde va”. Hampton no se lamenta por su período de intensidad experimental. Cuando creció, esto llegó con el territorio. Caminó a los ocho meses. Cuando tenía cinco años, Hampton lanzaba tan duro que tenía que jugar con niños de 8 años. En octavo grado les dijo a todos que jugaría beisbol profesional. En el río Crystal, el podía zambullirse, hacer saltos adelante y atrás, y jugar a la defensa lo suficientemente bien para ganar el interés de los reclutadores de Notre Dame, Miami (Fla.) y Florida State. Su padre Mike Sr.(o Big Mike como lo llamaba el pequeño Mike) ciertamente ayudó. Él entrenó la mayoría de sus equipos juveniles y su hijo nunca fue acusado de tratamiento favorable. Una vez una línea golpeó a Hampton en la naríz haciéndole sangrar por las fosas nasales. Papa lo llevó a la fuente de agua. Lo limpió y lo llevó de vuelta al montículo. Hampton tenía siete años. Una vez tuvo que sentarse solo en el carro por habérsele llamado la atención por no fajarse. Su padre era dueño del Cedar Key Fish and Oyster Bar, el cual pertenecía a la familia desde 1962, y hacía que su hijo se levantara a las 6:30 cada mañana para filetear pescado por 4.50$ la hora. Nadie en el mundo de Hampton tiene más crédito que sus padres. Cuando su madre Joan, sufrió un ataque hace unos años, Hampton les construyó una casa más grande detrás de la pequeña. Hampton aun mantiene su casa vacacional en Homosassa, donde ve a su alma mater jugar futbol cada viernes en la noche. Él tiene la vida n perspectiva. También tiene el trabajo en perspectiva, lo cual ha ayudado en su primera temporada con los Rockies. En su primera inauguración el año pasado con los Mets, sufrió una caída dramática. Caminó un tope de su carrera de nueve en una derrota 5-3 ante los Cachorros de Chicago en Tokyo. “Tratar de impresionar a las personas”, dijo Hampton. “Ese era mi punto. Estaba tratando de ser el tipo, el salvador, él que trataría de llevarlos a la Serie Mundial. Eso era presión. Eso era presionante”. Hampton fue asediado por los medios en el clubhouse de Coors Field luego que los Rockies regresaron del entrenamiento primaveral. Las preguntas no han cambiado mucho desde entonces. Hampton sorprendió al mundo y firmó la versión de los pitchers de Hades el 9 de diciembre. “¿Cómo te las arreglarás para lanzar en la altitud? Sientes la misma presión que sentiste el año pasado el día inaugural?” Hampton lo maneja con la diplomacia calmada de un tipo que pocas de las influencias externas penetren su psique. La única persona a quién le da amplio espacio está rondando en el casillero a su lado. Gage, de cinco años, usa un uniforme de los Rockies de Colorado y pregunta si pueden regresar al salón de ejercicios. No podemos, dice su padre. Es tiempo de irnos. Primero, sin embargo Hampton le aplica una llave de lucha a Todd Helton. “Hey Gage”, dijo Hampton. “¿Debo golpearlo?” Soltó Hampton. Helton es afortunado de que Hampton no le aplicara esa llave en el juego”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

Jim Rice un héroe a gran escala para un niño pequeño

25-07-2009, Greg Garber. ESPN.com Fort Myers, Fla. _ No son las 9 a.m., pero ya hay señales e que este será un poco común dia agradable de marzo en City of Palms Park. Es soleado y hay 25 grados de temperatura, los pájaros cantan, las flores se abren y Jim Ed Rice está, inexplicablemente, riendo. Sosteniendo una taza de café humeante, él entra al extenso camerino que es el hogar de los Medias Rojas de Boston durante el entrenamiento primaveral. “Días”, el antíguo toletero de los Medias Rojas dice, parece sentirlo. “¿Como les va?” Rice, 56, es a menudo descrito por los medios como reservado, hasta irritable. Él no concede entrevistas, pero ha aceptado sentarse con un panel de ESPN para discutir un simple, día de catarsis en su carrera que tuvo poco que ver con beisbol. Hace seis meses, fue anunciado que Rice había sido elegido al Salón de la fama en su décimaquinta y final aparición en las tarjetas de votación. Un total de 412 de los 539 votantes de la Baseball Writers' Association of America sufragaron por Rice, algún 76.4 porciento, 1.4 porciento, o siete votos, más del mínimo requerido para entrar a Cooperstown, N.Y. “Si no hubiera sido porque tenía la décimaquinta vez en la cabeza, probablemente habría dicho, ‘Hey, mis números no eran lo suficientemente buenos”, dijo Rice. “Y pienso en ciertas situaciones donde ves tipos que están en el Salón de la Fama, bien, algunos tipos del Salón de la Fama no deberían estar en el Salón de la Fama”. “Tus números son mejores, pero no puedes regresar y pensar en eso porque no estás votando. No puedes llorar por la leche derramada, solo lo dejas pasar. No está en tus manos”. Cuando el bate, a menudo un R206, 35 pulgadas, 32 onzas de madera cruda Louisville Slugger, estaba en sus manos, Rice era un bateador tremendo. En 16 temporadas con los Medias Rojas, bateó 382 jonrones, empujó 1451 carreras y bateó para .298. Por tres temporadas seguidas (1977-79), bateó más de 35 jonrones y 200 hits. En su temporada de jugador más valioso de la Liga Americana en 1978, el bateó .315, produjo 46 jonrones y 139 carreras empujadas y porcentaje de slugging .600, números que parecen más grandes en el retrovisor de las recientes revelaciones de esteroides. Seis veces, Rice estuvo entre los primeros cinco más votados en la carrera por el jugador más valioso de la Liga Americana. Rice dijo sentirse honrado por ser parte del ahora certificable triunvirato de Medias Rojas en el Salón de la Fama que también incluye a Ted Williams y Carl Yastrzemski. “Miro en la historia de los Medias Rojas, que tienen tres jardineros izquierdos en el Salón de la Fama”, dijo Rice. Eso es lo que veo más que cualquier otra cosa. Y miro que nadie en los Medias Rojas ha usado mi número. Asi que eventualmente mi número será retirado con los otros dos tipos (los Medias Rojas planean retirar la camiseta con el número 14 de Rice el martes en Fenway Park). Cuando se habla de la historia de los Medias Rojas, y se tiene tres inquilinos del Salón de la Fama que juegan en el jardín izquierdo, eso no es tan malo”. Todos los números y honores son buenos a su manera, dijo Rice. Pero cuando él piensa en su carrera de beisbol, el momento del cual se siente más orgulloso no es un estacazo sobre la cerca o una atrapada para salvar el juego o una victoria para asegurar un banderín. No, el momento que persiste en su memoria se formó hace casi 27 años, un momento y lugar casi olvidados cuando él simplemente hizo lo correcto, y pudo haber salvado la vida de un niño pequeño en el proceso. Un asiento ideal. Tom Keane, como muchos habitantes de Nueva Inglaterra, disfrutaba el beisbol, pero adoraba los Medias Rojas. El entrenaba a sus hijos en la Pequeñas Ligas y ocasionalmente, los llevaba a uno de sus lugares favoritos del planeta, Fenway Park. El 7 de agosto de 1982, Keane manejó desde Greenland, N.H., con sus hijos Jonathan, 4, y Matthew, 2, para un juego contra los Medias Blancas de Chicago. Mediante un amigo, él había conseguido tres boletos con el vicepresidente ejecutivo de los Medias Rojas, Haywood Sullivan. Cuando el acomodador les mostró los asientos, en la segunda fila del Field Box No. 29, justo a la izquierda del dugout de los Medias Rojas, Keane estaba sorprendido. La grama lustrosa, el Monstruo Verde, ellos estaban muy cercanos. “Estaba en realidad justo ahí”, Keane recordó recientemente. “Era un asiento que todo el mundo soñaba conseguir cuando tenían niños pequeños y querían llevarlos cerca de la acción. Era justo ideal”. “Obviamente, mientras nos sentamos aquí hoy, lo que hizo Jim Rice salvó la vida de Jonathan. Me refiero a que tenía un niño pequeño con la parte izquierda del cráneo abierta y sangrando profusamente. Si continuaba sangrando, sabe Dios que hubiera pasado”. Los Medias Rojas, al calor de una intensa carrera por el banderín, estaban a 2.5 juegos de los Cerveceros de Milwaukee en el este de la Liga Americana. Temprano en el juego, Rice había bateado un doble de dos carreras y el marcador estaba igualado 2-2 en el cuarto inning. El segunda base Dave Stapleton, el jugador favorito de Jonathan, vino al plato contra el pitcher de Chicago, Richard Dotson. Stapleton hizo swing retrasado y bateó un foul hacia la tribuna a la derecha del plato. Keane no vio la pelota, pero oyó un sonido de ruptura. Pensó que la pelota había golpeado el lateral del dugout. Hasta que él oyó el grito atenuado, retardado de su hijo. “Me volteé inmediatamente y la cara de Jonathan estaba llena de sangre”, dijo Keane, forzando la memoria. Rice, parado con su pie izquierdo en el primer escalón del dugout, no podía ver exactamente donde había ido la pelota pero oyó el sonido apagado, el “oooh” de la multitud, y el horrendo silencio que siguió. “Tratas de alzar la vista y ver si hay alguien golpeado”, dijo Rice, “y entonces cuando hay alguien golpeado es cuando reaccionas, especialmente cuando hay sangre involucrada”. En retrospectiva, Rice cree, que cubrió la distancia en alrededor de una docena de pasos y menos de 10 segundos. “Jim Rice estaba ahí con sus brazos inmediatamente”, dijo Keane, “Me refiero a que llegó inmediatamente”. Rice, un padre de dos niños pequeños, estaba pensando una cosa. “Mi hijo”, dijo él. “Solo alguien, yo, haciéndome cargo de mi hijo, levantando a mi hijo y llevándolo al clubhouse”. Rice, sin dudar, levantó a Jonathan y lo llevó en un santiamén al dugout. El doctor de los Medias Rojas, Arthur Pappas, quien estaba sentado al otro lado del dugout, se movió desde su asiento hasta el salón de los masajistas, donde encontró a Rice. “Vi a un niño inconsciente”, recuerda Pappas. “había sangre en su cara, su cabeza, había sangre saliendo de su nariz y su boca, todos indicativos de una herida significativa de cabeza”. En minutos, Jonathan fue llevado por la ambulancia al Children’s Hospital, a solo una milla de distancia. Su cráneo estaba fracturado y había perdido mucha sangre. Jonathan vivió una cirugía delicada y fue dado de alta cinco días después luego de visitas de Stapleton y Tony LaRussa, quien era entonces manager de los Medias Blancas. En el mundo litigante de hoy, Rice podría no haber actuado tan rápidamente. De hecho, después el fue increpado por el masajista Charlie Moss, quien temía que Jonathan pudiera haber sufrido un ataque cardíaco y creía que cualquier movimiento brusco podría haber causado dificultades. Para el momento cuando llegaran los técnicos médicos de emergencia o los enfermeros de la ambulancia y aplicaran sus protocolos, podría haber sido muy tarde. “Obviamente, mientras estamos sentados hoy aquí, lo que Rice hizo salvó la vida de Jonathan”, dijo Keane. “Me refiero a que tienes a un niño pequeño, con la parte izquierda de su cráneo fracturada y abierta, sangrando profusamente. Si seguía sangrando, sabe Dios lo que habría pasado”. “Pudo haber pasado lo peor”. Ocho meses después, Jonathan se reunió con Rice. El 5 de abril, él lanzó la primera pelota en Fenway para abrir la temporada de 1983. Más que talento. Jonathan Keane tiene ahora 31 años. Es un tipo comprometido, vive en un aireada casa en Raleigh, N.C., y trabaja a través de Internet. Dice que no hay efectos relacionados al accidente. “Jugar beisbol fue más un talento que un regalo. La reacción para salvar la vida de alguien, eso es algo completamente diferente”. Jim Rice, Pregúntele si hay alguna evidencia de la pelota que partió su cráneo y el se inclina hacia adelante y hala hacia atrás sus mechones marrones. Ahí, apenas visible sobre su ojo izquierdo, está el leve asomo de una cicatriz. “Él es un héroe en mi mente”, dijo Jonathan de Rice, aunque admite que no recuerda nada de aquel día de agosto hace 27 años. “Él es alguien que salvó mi vida, y doy gracias a Dios de que él estuviese ahí”. Lo cual trae la pregunta: Con más de 32000 personas en el estadio, aficionados, jugadores, empleados de los Medias Rojas, ¿Por qué solo Rice respondió? ¿Qué hay incrustado en su ADN que lo haría involucrarse en tan complicada circunstancia? Si se busca algo de contexto, considere esto: Durante su carrera, Rice dos veces levantó a su compañero caído luego que sufriera una lesión en la rodilla, al deslizarse en el plato en Yankee Stadium y jugar en el jardín derecho contra los Indios de Cleveland, y lo llevó a atención médica. No existe video del rescate de Jonathan por Rice y solo una imagen ha sobrevivido; un fotógrafo del Boston Herald capturó el momento. Rice, cargando al pequeño Jonathan en sus grandes brazos, lo lleva hacia el dugout. El semblante de la cara de Rice es triste, pero determinado. Esto, sugiere su conducta, es lo que se debe hacer. Por estos días, Rice trabaja como analista de NESN, la estación de los Medias Rojas.. Cuando él regresa a Fenway Park, Rice casi siempre recuerda visitar el dugout del equipo de casa, donde cuelga la fotografía. Nunca falla en volver ahí. En Florida, le mostraron la foto de nuevo. “Me veo cargando a mi hijo”, dijo suavemente. “Me veo siendo un padre, siendo alguien que es capaz de pensar en otros. Si ese fuera mi hijo, quisiera que alguien reaccionara de la misma manera”. “Jugar beisbol fue más un talento que un regalo. La reacción para salvar la vida de alguien, eso es algo completamente diferente”. Greg Garber es escritor de ESPN.com Traducción: Alfonso L. Tusa C.