jueves, 12 de febrero de 2015

Emilio Cueche primer pitcher venezolano en derrotar a Cuba en una Serie del Caribe.

Siempre ha significado un reto vencer al equipo cubano en cualquier categoría de béisbol. A las representaciones venezolanas les ha significado una especie de monstruo inexpugnable del cual alcanzan los dedos de las manos y pies para cuantificar las veces que han logrado resistir las duras batallas hasta tocar el tesoro de la victoria. Las Series del Caribe, en su primera etapa, resultaron fatales para las novenas venezolanas en su enfrentamientos ante los cubanos. Desde 1949 hasta 1953 Venezuela salió derrotada en los primeros diez encuentros ante Cuba. Entonces llegó el primer juego de la Serie de 1954, efectuada en el estadio Sixto Escobar de San Juan, Puerto Rico. Pastora de Occidente, en representación de Venezuela versus Alacranes de Almendares por Cuba, 18 de febrero. Almendares llegó ganando 5-1 al noveno episodio. Allí tronaron los maderos de Johnny Temple, Wally Moon, Luis Camaleón García y Luis Oliveros para que Pastora se llevara la primera victoria venezolana ante Cuba en Series del Caribe. Ralph Beard se apuntó el triunfo, con salvado para Howie Fox. Junior Walsh cargó con el revés. En el Almendares había peloteros como: Willie Miranda, Forrest Jacob, Angel Scull, Sam Chapman. Héctor Rodríguez, Julio Bécquer y Ray Orteig. El 11 de febrero de 1955, en la Serie del Caribe efectuada en el estadio Universitario de Caracas, Magallanes por Venezuela enfrentaba al Almendares de Cuba. Joe Hatten por los cubanos y Emilio Cueche por Venezuela se trenzaron en trepidante duelo de lanzadores. La pizarra permanecía en blanco hasta el séptimo episodio, entonces hubo una jugada polémica en primera base y el juego permaneció detenido unos 45 minutos debido a disturbios de fanáticos que saltaron al terreno a reclamar por la sentencia del árbitro. Al reanudar las acciones Cuba se había adelantado en el marcador y ganó 1-0. Cueche apenas permitió 2 imparables. El 14 de febrero de 1955, Cueche salió con 2 dias de descanso a enfrentar nuevamente a Hatten y Almendares. Los cubanos salieron adelante en el segundo inning mediante boleto a Héctor Rodríguez (pasó a tercera cuando Bob Skinner no pudo atrapar un envío de Cueche intentando sorprenderlo en primera base) y elevado de sacrificio de Gus Triandos. Magallanes igualó en el cierre de la tercera entrada con sencillo de Skinner, por error de Lee Walls pasó a la intermedia, Luis St. Clair salió de segunda a primera y Skinner llegó a tercera. Luego de boleto a Cueche, Alfonso Carrasquel elevó a la izquierda para que Skinner marcar la igualada al pisa y corre. Cuba pareció despegarse en la parte alta del cuarto tramo, a través de sencillos de Rocky Nelson y Rodríguez, más cuadrangular de Gus Triandos. Magallanes descontó una en el cierre de la entrada con triple de Pablo García y rodado por tercera base de Dalmiro Finol. En el cierre del quinto St. Clair abrió con imparable. Cueche siguió con otro petardo a la derecha. Carrasquel se apareció con imparable a la derecha para remolcar a St. Clair, pero Cueche fue revenmtado en el plato con tiro de Mejías a Triandos a Rodríguez a Triandos. En la jugada Carrasquel ancló en la antesala. Jack Lorhke siguió con triple que trajo a Carrasquel con el empate. George Wilson salió de segunda a primera sin que se moviera Lorhke. Luego Pablo García descargó imparable al bosque izquierdo que impulsó a Lorhke con la ventaja. En el cierre del sexto marcaron otra rayita, Camaleón García detapó doblete, Skinner explotó a Hatten con infieldhit por el campocorto. Vino a relevar Raul Sánchez. St. Clair la rodó por segunda, mientras èl era out en primera, Camaleón anotaba. En el noveno epìsodio Almendares amenazó, pero Cueche apretó el brazo. Rodriguez empezó con triple, Triandos abanicó el tercer strike, Earl Rapp negoció boleto, Willie Miranda corrió por él. Cueche ponchó a Carlos Paul y retiró a Juan Vistuer con rodado a la inicial. Así se concretaba el primer triunfo de un pitcher venezolano ante un equipo cubano en Series del Caribe. Luego de esa victoria Ramon Monzant lanzando para Industriales del Valencia en la Serie de 1958 (Estadio Sixto Escobar, San Juan Puerto Rico) venció 8-1 a los Tigres de Marianao el 11 de febrero. Mike Fornieles cargó con la derrota. En la Serie de 2014, escenificada en el estadio Nueva Esparta, Margarita. Daryl Thompson lanzando para Magallanes venció 8-5 al Villa Clara el 2 de febrero. Y en la Serie de 2015 escenificado en el estadio Hiram Bithorn, San Juan, Puerto Rico. Cesar Valdez venció 6-2 a Vegueros de Pinar del Rio. Y. Yera salió derrotado. Alfonso L. Tusa C.

lunes, 9 de febrero de 2015

El juego de sufrir y esperar.

La pelota saltó rauda del bate, Felipe recogió el madero contra su pecho. La cinta adhesiva zumbaba tangencial en la pelota como un cigarrón azuzado por ráfagas de aire caliente. Apenas percibí el comienzo del grito de Felipe. La diáspora de piedras sobre el asfalto propulsó la pelota y en menos de dos segundos acentuó su trazo sobre el lienzo inmaculado que dibujaba el sol en la mañana de arbustos y pajaritos libando el rocío en sus hojas desde la calle Bolívar hasta un lugar indefinido al fondo del solar paralelo al cañaveral de la curva donde la calle La Florida se convierte en Pichincha. De pronto oscureció, un alambre ígneo fluyó por mi pómulo izquierdo, solté el guante y me llevé las manos a los ojos. ¡Hermano! ¿Qué te pasó, hermano? Seguro papá me va a dejar sin merienda ni cine varios días. Mientras regresábamos a casa, apenas si veía el porche, sentía un tropel de punzadas entre el pómulo y el ojo izquierdo. En menos de tres minutos mamá consiguió unas hojas de mango y la puso a hervir en agua. Tomó mi rostro entre sus manos, sus ojos parecían a punto de vaciarse, sus palabras tasajeaban el oxígeno. ¡Muy bonito quedaste ahora! Vas a pasar un buen tiempo sin jugar pelota. En el mismo tono de voz, quizás más cortante, papá sentenciaba a Felipe a una semana sin cine y ese sábado pasaban una película que él esperaba hacía mucho tiempo, “Al maestro con cariño”, con Sidney Poitier. A pesar del cataplasma de hojas hervidas de mango en el ojo, me detuve un momento frente a papá. No sabía como hablar con él. Cuando él tenía aquella mirada incandescente, apenas si yo podía enhebrar las palabras. Papá yo fui quien no movió rápido el guante. Yo le dije que bateara duro. Solo después de dos días de tristeza profunda, papá accedió a que fuéramos al cine, aunque el levantamiento de la pena fue solo por esa noche. Pasamos la próxima semana encerrados en la casa esperando las ocho de la noche para escuchar los juegos del Magallanes. Casi siempre perdían por falta de pitcheo, deficiencias defensivas o incapacidad para dar el batazo oportuno. Apenas cuando lanzaba el Látigo Chávez, el equipo lucía diferente y hasta ganaba. Por eso nuestra prisión parecía de doble seguridad. Al terminar la temporada, el balance siempre era negativo, ante las bromas que recibía de mis amigos en la escuela, le preguntaba a Felipe cuando había sido la última vez que Magallanes ganó el campeonato. 1955 era un año remoto para mí. Habían pasado más de 10 años. Como nos viera muy tristes, casi sin movernos en el porche, papá intentaba llevar alguna palabra de esperanza. El próximo año será mejor. Mucho después supe que en aquel año de 1955 los Dodgers de Brooklyn habían ganado la Serie Mundial luego del sufrimiento y la ignominia de perder año tras año ante los poderosos Yanquis de Nueva York. Doris Kearns escribió un libro titulado “Wait ‘till next year” (Espera hasta el año que viene) donde refiere los pormenores de todos esos años cuando su padre la consolaba ante las sucesivas derrotas de los Dodgers ante los Yanquis en la Serie Mundial. Entonces llegó aquella jugada fantasmal de Sandy Amorós ante un peligrosísimo batazo de Yogi Berra y el liderazgo incansable de un segunda base llamado Jackie Robinson. Cuando el abismo parecía más profundo, llegó 1969, una mañana de febrero o marzo vi a Felipe ladeando la cabeza frente a las páginas deportivas, Magallanes había cambiado de dueño y de sede. Sin embargo las bromas de los caraquistas y aficionados de otros equipos sonaban lapidarias. Ni que se muden a jugar en Yankee Stadium…ni que contraten a Roberto Clemente… quizás cuando el hombre llegue a la luna y los Mets ganen la Serie Mundial ese equipo tenga alguna oportunidad de rozar el trofeo de campeón de la liga venezolana. Cuando le pregunté a Felipe si estaba de acuerdo con esas sentencias, me respondió que Magallanes tenía quince años sin ser campeón y que debía demostrar muchas cosas que hasta ahora le había costado mucho ejecutar sobre el diamante. Bajé la cabeza y me fui a buscar información de Roberto Clemente en la revista Sport Gráfíco. Una noche de julio a eso de las 10 vi a Felipe frotarse las manos, el Apolo 11 estaba por llegar a la luna, en el momento cuando Neil Armstrong marcó su bota espacial sobre el polvo de El Mar de la Tranquilidad, emitió un grito tan duro y aplaudió hasta que me levanté asustado. ¡Bueno ya se dio la primera condición! el rostro de Felipe burbujeaba a escasos centímetros del televisor. Hacia finales de septiembre y principios de octubre la conducta de Felipe me resultaba incomprensible, llegaba del liceo sumergido en el Sport Gráfico, papá debía arrancarle la revista de las manos para que fuese a cenar, una noche lo escuché murmurar algo así como, de verdad son milagrosos esos Mets. Al día siguiente lei en la página deportiva de El Nacional que los Milagrosos Mets habían ganado la división este de la Liga Nacional desplazando a los favoritos Cachorros de Chicago de Ernie Banks, Ron Santo, Billy Williams, Ferguson Jenkins, Glenn Beckert, Don Kessinger. Luego dejarían en el camino a los Bravos de Atlanta de Henry Aaron y en la Serie Mundial, aun burbujean las dos atrapadas de Tommie Agee, la visión de Ron Swoboda rodando por la grama del jardín derecho en una jugada fantasmal y el pitcheo de Tom Seaver, Jerry Koosman, Gary Gentry, Nolan Ryan y Tug McGraw, habían despachado en cinco juegos a los archi favoritos Orioles de Baltimore de Brooks y Frank Robinson, Miguel Cuellar, Boog Powel, Paul Blair, Mark Belanger, Andy Etchebarren, Elrod Hendricks, Jim Palmer, Dave McNally. Tan pronto se consumó el out 27 de esa Serie Mundial, vi a Felipe hablar solo, y hasta en las madrugadas lo escuchaba, ¡ajá ya el hombre llegó a la luna y ganaron los Mets, ahora falta ver si es verdad que Magallanes va a ganar el campeonato! En aquella temporada 1969-70, los expertos y entendidos del juego apenas si asomaban a los Navegantes como un equipo con posibilidades de clasificar, los grandes favoritos para acceder a las instancias decisivas eran La Guaira y Caracas. Sin embargo sobre el terreno de juego, los hechos fueron otros y el 01 de febrero de 1970 cuando Delio Amado León anunciaba en el noveno episodio de un juego diurno, que estaba montada la olla para el hervido de tiburones, apenas si me dio tiempo levantar el radio cuando me sumergieron en un tambor de agua en la calle Ayacucho de Cumaná. Entonces, en la Serie del Caribe, nos quedamos mudos con el jonrón de Armando Ortíz ante el flamante premio Cy Young de la Liga Americana, Miguel Cuellar y aquella jugada cardíaca de Dámaso Blanco, que desactivó el squeeze play intentado por Santos Alomar. Entonces vino aquella inmensa sequía de los ’80 e inicios de los ’90, varios años con la película de la mudez ante la derrota y de aguantar el chaparrón ¿y tú todavía sigues a ese equipo? Apenas sobrevivía las chanzas con cada imagen recuperada de aquellos largos días de espera a que el hematoma bajase en mi pómulo, a que las manchas coloradas desaparecieran de mi esclerótica izquierda. El acceso hasta aquellos días de los ’60 era más fácil mediante la voz de Lulú cantando “To Sir with love” (Don Black, Mark London.1967) (Al Maestro con cariño). “If you wanted the sky…I would write across the sky in letters… That would soar a thousand feet high… To sir, with love…”Veía el radio ubicado en un lugar estratégico del cuarto, Felipe conectaba un cable desde la antena hasta la reja de la ventana para sintonizar mejor la emisora. Entonces en medio de los falsetes de entonaciones y silbidos de la canción, él empezaba a doblarse sobre las rodillas flexionadas, el guante en la mano izquierda, la mirada clavada en la pared del frente cual si la pelota fuese hacia él en un roletazo incandescente, metía la mano en el guante, llevaba el brazo a la altura de la oreja y lanzaba. Eso, es lo que tienes que hacer, fijar la vista en la pelota hasta que la tengas en el guante, así evitarás otro morado en la cara. En asuntos de afición beisbolera trataba siempre de dirigir el tema hacia las Grandes Ligas o el beisbol amateur, pero siempre me acorralaba la echadera de broma de las tres eliminaciones seguidas de comienzos de los ’80. Luego vino el período de Tommy Sandt, la primera clasificación terminó en una barrida contundente de las Águilas del Zulia en una semifinal directa. El año siguiente al menos el buque ganó dos juegos en la semifinal ante La Guaira, en una de las derrotas alcancé a una banda de trompetas y saxofones acompañada de un coro que mostraba un cántico nostálgico y melancólico, propio de quienes recuerdan momentos gratos. Luego vino otra experiencia con el periodista Rodolfo J. Mauriello en la gerencia general. Se abrió un horizonte de grandes esperanzas con el anuncio de Felipe Rojas Alou como manager. Toda su experiencia, conocimiento del juego en todos sus niveles y circunstancias, hacía abrigar al menos la posibilidad de regresar a una final. Solo se llegó a una semifinal todos contra todos sin pena ni gloria y otra eliminación. En ese momento no lo apreciábamos, pero el equipo había empezado su evolución. Tanto le rogué a Felipe que saliéramos a practicar en el solar de asfalto, que una mañana sabatina cuando papá salió con mamá en viaje de trabajo hacia Caripe de El Guácharo, luego de revisar muy bien los restos del hematoma y que hubiesen desaparecido las venitas rojas en mi esclerótica izquierda, asintió con la cabeza. Pero solo con la condición de que: cuando te diga que es suficiente, nos regresamos a casa. Mi alegría burbujeaba en tropel en mis pies y manos, atiné a decir, está bien, cuando volaba sobre la baranda del jardín con mi visión enmarcada en aquel espacio de superficie oscura rodeado de matorrales. El primer roletazo casi llega al mismo pómulo, en el último instante moví el guante con una agilidad desconocida y Felipe se quitó las manos de la cara. Caramba chico, me vas a matar de un susto. Solo silbando la canción de “Al maestro con cariño”, recobró la tranquilidad y seguimos practicando. Hacia inicios de los ’90 resultaba todo un acertijo dinámico, conocer hasta donde llegaría el Magallanes ese año, en octubre siempre hay grandes expectativas, en aquellas temporadas, los sueños se desvanecían a mediados de enero. Entonces llegó la campaña 1992-93 y el equipo llegó a la final, pero hasta ahí, luego vino una barrida estrepitosa propinada por las Águilas del Zulia. Entonces vinieron a mi mente los Orioles de Baltimore que en sus inicios debieron esperar desde 1954 hasta 1966 para alcanzar un título de Serie Mundial, solo que desde 1979 hasta 1993 habían transcurrido 14 años. Entonces vino a mi mente un libro escrito por Herbert F. Crehan y James W. Ryan. Lightning in a bottle. The Sox of ’67. Allí se habla de la gesta de los Medias Rojas de Boston y su Sueño Imposible de 1967. Pasaron 21 años desde su última presencia en la Serie Mundial (1946) para regresar a ella luego de una temporada fantástica. Sin embargo en la calle sólo escuchaba el martillo de los caraquistas en referencia al “traje de quinceañera” que estrenaría Magallanes aquella temporada 1993-94. Mientras el equipo avanzaba en la temporada, sentía el tic tac de una bomba de tiempo, ¿se quedarían en la ronda eliminatoria? Pero se notaba cierta obstinación en los jugadores y mucha entrega de los pitchers. Dudaba de la experiencia del manager nuevo Tim Tolman, aunque conocía la liga como jugador. Por eso me sorprendí con algo de incredulidad cuando Magallanes trascendió a la final, nada más y nada menos que ante los Leones del Caracas. Entonces arreció más el cuento de los quince años, sobre todo cuando perdieron el primer juego, y dos días después la portada de Meridiano decía: “El segundo por el pecho”. Entonces vino la reacción y cuando el Caracas ganó el quinto alguien dijo que el buque olía a formol. Y llegó aquel sexto juego de pólvora y adrenalina de dientes desintegrados de Pulido y Lugo de un fantasma llamado Melvin Mora que atrapó una pelota imposible y de un Carlos García aplastado en el plato por la felicidad de sus compañeros y el éxtasis de la afición. Allí me vino a la mente los Filis de Filadelfia, los Whiz Kids de Richie Ashburn y Robin Roberts que fueron barridos por los Yanquis en 1950 y regresaron en 1980 para ganar la Serie Mundial ante Kansas City de la mano de Mike Schmidt, Pete Rose y Steve Carlton. Existen mil mundos de diferencia entre el sufrimiento relacionado a los seres queridos de cada persona y lo que se pueda sentir por el desempeño del equipo deportivo donde juega o tiene sus simpatía enfocadas. Quizás resulte absurdo hacer esta comparación, sin embargo hay cierta conexión en los momentos cuando se ve al equipo fallar con las circunstancias que nos dislocan la vida cuando nuestros familiares pasan momentos difíciles. Seguramente la diferencia en latidos cardíacos y pulso sanguíneo es abismal, pero por más que se niegue, la ansiedad tiene mucha similitud. Mientras en las noches veía al Magallanes fallar los fundamentos del juego a lo largo de la temporada 2014-15, en los días me enfrentaba a las dificultades de Miguelín para adaptarse a las reglas de la maestra de segundo grado, una veces sin argumentos, otras veces debía ir a conversar con la maestra porque el niño reclamaba un derecho válido. Notaba como el equipo de beisbol empezaba a dar lo mejor de sí por avanzar a los play offs y lo conseguía. Sin embargo sentía que faltaba algo y no podía clasificar ese momento como sufrimiento porque Magallanes venía de ganar el campeonato dos veces seguidas. Algo muy distinto a lo ocurrido en los diez años comprendidos entre 2002 y 2012, donde el equipo llegó a dos finales, en la primera de ellas encajó una derrota muy dolorosa al permitir alrededor de 8 carreras mientras el bull pen se derrumbaba y nunca se trajo a otros pitchers abridores tomando en cuenta que ese era un juego de vida o muerte. La otra fue la tercera entre Caracas y Magallanes en la cual tuvo mucha incidencia el jonrón de Gregor Blanco ante Francisco Rodríguez, allí probablemente cambió la orientación de la brújula de la serie. Ver al equipo fallar luego de dos campeonatos, deja la duda de si fue un parpadeo de una temporada o el inicio de otro período de sufrimiento. Y aunque pueda estar conforme con todo lo que dieron los peloteros en el campo, eso dista mucho de sentirme orgulloso de esa actuación. Alfonso L. Tusa C.

lunes, 5 de enero de 2015

La actitud del pitcher

Luego de aquel séptimo episodio traumático del primer juego, me pareció bastante difícil que los Navegantes del Magallanes pudieran enderezar el rumbo en medio de una senda espinosa que se extendió por toda la temporada regular 2014-15. Aun cuando el equipo logró sobrevivir a los descalabros de esa instancia, observar que de alguna manera reaparecían en el primer juego del todos contra todos, hacía presumir momentos muy duros debido a que esta fase equivale a solo una cuarta parte de la anterior. El primer indicio de luces encendidas en el barco ocurrió en el cierre del segundo inning. Balbino Fuenmayor se embasó por error del antesalista Jonathan Herrera, Felix Pérez despachó imparable al jardín central. Cuando parecía que el error haría mella en el ánimo del pitcher Chris Leroux, éste se fajó con Oscar Salazar y lo obligó a roletear por las paradas cortas, dobleplay de Ronny Cedeño a Henry Rodríguez a Ramón Hernández. Con Fuenmayor en tercera, Leroux siguió su discurso de positivismo y dominó a José Gil con otro rodado a las paradas cortas. Observando la manera como José Álvarez hacía estragos en la alineación magallanera, visualicé un duelo de lanzadores, donde temía por como el desempeño de la defensiva y el bull pen podría afectar el trabajo de Leroux. Los pitchers pueden o no resistir a carecer de algún lanzamiento esencial o de alguna jugada de rutina, depende de la profundidad mental, de la disposición a salir delante de incendios que chamuscan los zapatos. Esa actitud la volvió a mostrar Leroux en el tercer inning. William Astudillo se poncha, más por wild pitch llega a la inicial. A continuación Gorkys Hernández suena imparable a la izquierda. Otra vez hombres en primera y segunda sin outs. Otra vez las fauces de la hecatombe en el ambiente. Niuman Romero toca la pelota y avanza a los corredores a tercera y segunda base. Leroux consigue que Ehire Adrianza la ruede por primera donde Ramón Hernández jugando adelantado toma la esférica y realiza el segundo out. En un turno muy disputado Alexi Amarista negocia boleto. Con las bases llenas, Leroux sigue empeñado en buscar la ruta victoriosa y Fuenmayor la rueda por tercera para salir de aquella turbulencia. En el quinto episodio, cuando Álvarez lucía más dominante, Juan Apodaca, un pelotero firmado a principios de temporada debido a la urgencia por la repentina carencia de receptores experimentados en la nómina navegante, fruto de la pupila y la dedicación investigadora del gerente Luis Blasini, siguió hasta el último milímetro una sinker y la devolvió esta vez sí, a las gradas de la derecha (en el inning anterior Jonathan Herrera había largado un batazo también hacia la banda derecha pero la pelota solo rebasó la pared sin tocar la franja amarilla que determina los cuadrangulares). La emoción contenida se reflejaba en cada paso del máscara mientras recorría las almohadilla, nadie mejor que el receptor para pulsar la intensidad de un juego y la tensión de sus lanzadores. La parte de abajo del quinto inning sirvió para ilustrar en detalle la presencia de Apodaca y el compromiso de Leroux. Luego de un out, Niuman Romero destapa doble a la izquierda, Adrianza recibe pasaje gratis. Cuando el transcurso del juego podía indicar el cansancio del lanzador, Leroux metió el brazo para dominar a Amarista con roletazo al short con el cual no se pudo hacer el out en segunda pero si el de primera. En medio de aquel nuevo vaporón, Leroux reiteró la responsabilidad que tiene un pitcher abridor en el logro de una victoria y quemó el madero de Fuenmayor en elevado al centro. Hacia el tercio final del partido, el manager Carlos García manejó a sus lanzadores como muy pocas veces lo ha hecho esta temporada y tuvo el tino de traer a Amalio Díaz en el séptimo episodio, luego de la gran disertación de Leroux. Díaz respondió al llevarse la entrada a paso de conga. Para el octavo El Almirante trajo al zurdo Junior Noboa para retirar a Amarista con elevado al centro. Luego vino Máximo Nelson para ponchar a Fuenmayor y a Pérez. Para el noveno llegó el cerrador Hassan Pena y aunque William Astudillo despachó imparable al centro, Pena dominó a Hernández con rodado por segunda base. Alfonso L. Tusa C.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Año viejo

Si es un día cualquiera ¿Por qué el ajetreo? ¿Por qué la ansiedad? ¿Por qué la sensación de nostalgia? ¿Por qué el desespero por buscar un lugar apartado donde purgar lágrimas y reflexionar balances? Desde siempre experimenté una efervescencia estomacal cuando escuchaba lñas primeras palabras de mamá al amanecer el 31 decembrino.- Había que viajar a Cumaná a mediodía. Apúrate que cuando tu papá salga de la oficina nos vamos. Podía sentir las garras de un monstruo al acecho y apenas escapa soltando la vista hacia el fondo del solar de asfalto, escenario de infinitos juegos de pelota. El 31 siempre fue laborable, lo cual aumentaba el encanto y la esperanza de muchas personas de poder resolver algún asunto relacionado a la celebración de la noche vieja antes del mediodía, de salir a la calle y sentir que siempre había una bodega o tienda abierta donde solventar aquella necesidad de última hora. Momentos antes de que papá saliera de la oficina, mis hermanos hablaban de un juego, si, un juego que comenzaría a las once de la mañana del 31 de diciembre de 1967. Papá apuró el paso hacia el Plymouth negro, aplastó el cigarrillo en el cenicero y giró la llave, un estruendo de carburador oxidado estremeció la calle. En el radio sonaba un himno muy familiar a mis hermanos: “En los deportes Radio Rumbos presente está…” Una sarta de trompetas acompañaba la voz del locutor comercial. Hoy les llevaremos el encuentro entre Leones del Caracas y Navegantes del Magallanes. Diego Seguí invicto en ocho salidas, enfrentará a Bill Fisher quién iniciara la campaña con los Tiburones de La Guaira. Papá presionó una de las teclas del radio y el juego desapareció entre las notas de “Por eso y muchas cosas… más…ven a mi casa esta Navidad…” Intenté articular algún reclamo para que volviera a sintonizar el juego, mis hermanos me persuadieron con la mirada. Cuando el Plymouth avanzaba raudo en las curvas de Tataracual un silbido estridente antecedió al desnivel del neumático izquierdo trasero. Papá sacó un triángulo rojo me indicó que lo colocara a unos veinte metros de distancia, luego se inclinó en el baúl y sacó el neumático de repuesto. Bajo la sombra de los jabillos perforada de aguijones solares, mis hermanos se fajaron con las tuercas, mientras yo rodaba el neumático pinchado hacia el baúl. Al regresar a la carretera había interferencias radioeléctricas y al tocar una tecla en medio de su atención al control del carro, papá sintonizó “…y es out en la goma amigos. Armando Ortíz ha lanzado perfecto a la mascota de Ed Herrmann para completar el dobleplay. Ortíz también es responsable de la carrera que mantiene el juego 1-1 al remolcar a Oswaldo Blanco con un triple. Al estacionar el Plymouth en la calle Ayacucho cumanesa, corrí en medio de la música a todo volumen de la casa de enfrente, hacia el pasillo de matas de cambur. Abuelo revisaba el grado de fermentación de los ponsigué en medio de una montaña de azúcar fundida al sol. ¡Qué va, esto no va a servir para esta noche! Me llamó mientras sacaba dos botellas de ron blanco del seibó de la sala. Sacó tres reales del bolsillo estrujado del pantalón de caqui. Anda a ver si consigues dos potes de leche condensada. Si no se pudo con el ron de ponsigué, por lo menos vamos a tener leche de burra. Con los tres reales apretados en la mano me dispuse a tomar camino de la copita, pensaba dobla en el callejón La Paz para registrar las bodegas de la calle Sucre hasta llegar al abasto Barlovento. Con los ojos cerrados tuve que emprender camino hacia la plaza Andrés Eloy Blanco, ese remanso de penumbras donde retumba el torio y el cobalto de su poesía. En la esquina de María Gómez, Pedro Augusto y Cuchillo de Mesa terminaban de llenar un tambor para jugar carnaval. Pedro subió el volumen de su radio portátil: “…Armando Ortíz sigue en una jornada de ensueño, acaba de sacar otro out en la goma, el solo es la razón de que Seguí no esté ganando este juego…” Ni loco me voy por ahí. Casi salí corriendo antes de que me vieran. Desde la esquina de la librería San Pablo oía una euforia desbordada sin que mis ojos percibiesen algo que la ilustrara. Un ulular lejano me hacía estirar el cuello hacia la esquina de la arepera “19 de abril”. “…jooooooooooonrooooooooooooon de Armando Ortíz, señores…él solo se ha echado al Magallanes al hombro con el guante y el madero para vencer a ese portento de pitcher que es Seguí. Magallanes 2…Caracas 1….” La ebullición de ese momento, las arepas en el aire, triquitraquis y silbadores entre la caña brava de las paredes rotas, el tropel de los carros que paraban a preguntar si había arepa de morcilla con chicharrón. Todo un ambiente festivo que atravesé por la urgencia, la efervescencia de conseguir la leche condensada para abuelo. Detrás de la catedral me vendieron los dos potes. Corrí por toda la calle Ayacucho y entré al pasillo justo cuando abuelo mezclaba las yemas de huevo con el ron blanco ¿En qué calle se habrá quedado jugando ese muchacho del carrizo? Alfonso L. Tusa C.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Ovación de primer triunfo.

La neblina bajaba en copos añiles sobre el valle de Cumanacoa. Ferdinando bajó un poco la voz cuando notó que Alfredo se acercaba, el roce de las patas de la silla sobre las baldosas de la cocina, indicaba que había terminado el desayuno o lo había interrumpido. No sé Justo, el Látigo Chávez ha hecho buenos relevos, ante los propios Leones del Caracas, tiró un juego completo ante los Tiburones de La Guaira; pero ¿ganarle al Caracas como abridor? ¿a ese equipo que tiene a César Tovar, Víctor Davalillo, Pete Rose y José Tartabull? Tú como que crees que hoy es el Día de los Inocentes. Apenas estamos a 27 de diciembre de 1964, mi hermano. Justo dio media vuelta, torció los ojos igualito que cuando Alfredo lo regañaba. Pasó el resto del día buscando algo en el escaparate, con tal fruición que parecía lo iba a desarmar tabla por tabla. Luego de responder varias veces al llamado de Alfredo, hubo de salir del escaparate cuando había visualizado el borde azul de lo que parecía una barajita apretujada entre la madera del fondo y el primer tramo del compartimiento donde guardaba su ropa. Alfredo abrió la puerta del cuarto. Tienes hasta hoy en la tarde para escribir tu carta a los Reyes Magos. Justo pasó todo el mediodía contemplando la barajita, la metía y la sacaba del bolsillo del pantalón de caqui. Reviró los ojos cuando Ferdinando lo sorprendió hablando solo y largó una carcajada que lo hizo agarrar la barajita, el lápiz y el papel emborronado. Sólo cuando Alfredo lo buscó en el jardín, Justo dejó de afincar el grafito sobre el papel. La cena semejaba una carrera de galgos desesperados. Ferdinando completó el bocado final y corrió hacia el radio del comedor, restos de papas fritas ilustraban la comisura de sus labios. Justo giró el sintonizador luego que Ferdinando subiera el interruptor en el cartón piedra que resguardaba los tubos del radio en la parte trasera. “…y el primer inning termina con 0 anotaciones para el Caracas. El público de la derecha canta ‘Isaías. Los Celis’. El Látigo de regreso al dugout se toca la visera y baja las escaleras. Este Caracas-Magallanes tiene un ambiente muy especial…” Justo terminó de garabatear la línea final en su papel emborronado y aprovechó el entreinning para ir a la oficina. Tropezó con la máquina de escribir y entregó el papel a Alfredo. ¿Qué es esto? La carta de los reyes. Pero estás retrasado, te dije que debían entregarla en la tarde. No importa, los reyes saben porque me tardé, ellos entienden. Las luces intermitentes del arbolito pintaban de verde y rojo la madera que envolvía las cornetas y los tubos del radio, un olor de hallacas recién hervidas llegaba de la cocina. Ferdinando subió el volumen. “El prometedor novato Isaías Chávez vence a los todopoderosos Leones del Caracas 5-1, apenas pudieron salvar la honra en el noveno episodio. La tribuna derecha canta ‘Isaías. Los Celis. Isaías. Los Celis. Ahí sale Isaías con su camiseta número cuatro de sus tiempos con Los Celis. El público está en el terreno. Su recta pasaba como un tren por el plato y su curva mareó hasta al propio Davalillo. Isaías va en hombros, esta vez el torero cortó rabo y melena”. Al día siguiente, Alfredo se sentó en la cama de Justo, pasó como cinco minutos tratando de despertarlo. Papá, déjame dormir. Los Reyes Magos me dijeron anoche que te habían enviado tu regalo anticipado, más fue el susto que me llevé, llegaron a eso de la medianoche con unos sonidos sospechosos. Hablaron con mucha intensidad, explicaron que nunca habían recibido una solicitud de ese tipo y tuvieron que aprenderse las reglas del béisbol una por una. Alfonso L. Tusa C.