martes, 21 de abril de 2015

La antígua estrella de la tercera base, Ryan Zimmerman reconoce a Pablo Sandoval

Brian MacPherson. 14-04-2015. Boston—Antes de que una lesión en el hombro complicara su futuro, Ryan Zimmerman de Washington, había pasado casi una década como uno de los mejores tercera base defensivos. Él ganó un guante de oro en 2009, y mediciones estadísticas avanzadas lo clasificaban consistentemente cerca del tope de los terceras base de la Liga Nacional durante el apogeo de su carrera. Baseball America hasta realizó comparaciones de él con Brooks Robinson cuando él fue la cuarta escogencia el el draft general, el cumplido más grande para un jugador de la esquina caliente. Zimmerman entiende la defensa de la tercera base como cualquier jugador, y ha visto lo suficiente de Pablo Sandoval para saber mirar más allá de las engañosas apariencias. “No hay mucho que él no haga bien allí”, dijo Zimmerman. “Es obviamente un tercera base defensivo por encima del promedio. Hacer lucir fáciles muchas jugadas. Desafortunadamente es foco de malos comentarios debido a sus proporciones físicas, pero se mueve muy bien en la antesala”. Antes que Sandoval saliera desde San Francisco hacia Boston, Zimmerman había jugado contra él en la Liga Nacional dado que este había llegado a las Grandes Ligas en 2008. Sus Nacionales enfrentaron a los Gigantes de Sandoval en la serie divisional de la Liga Nacional el pasado octubre, Sandoval solo bateó .211 en esa serie pero luego bateó sobre .400 en cada una de las dos siguientes series de play off, incluyendo la Serie Mundial contra Kansas City. “Como jugador de cualquier situación, él hace las jugadas y batea cuando es más importante, y siempre hay algo que decir de tipos como este”. Cuando los Medias Rojas firmaron a Sandoval, no lo hicieron solo por su bate ambidextro. Los terceras base de Boston han sido clasificados cerca de los últimos lugares entre los equipos de Grandes Ligas en varias categorías de mediciones estadísticas avanzadas en las últimas dos temporadas, incluyendo una marca de menos 18 en Defensive Runs Saved (Carreras salvadas por la defensiva) la última temporada. Sandoval fue cargado con un error el lunes (13 de abril) luego que un tiro suyo fuese a dar al dugout de los Medias Rojas, pero él ha demostrado sus cualidades. La estructura corporal de Sandoval le confiere una agilidad que le permite moverse como un atleta más delgado, especialmente con los toques y los roletazos lentos que van en su dirección. “Las personas siempre miran su complexión y asumen que él no va a tener la movilidad o disponer del alcance que posee”, dijo Zimmerman. “El hace un trabajo muy bueno con sus pies”. No se pensaría que el discutido físico de Sandoval le permitiría tener unos pies privilegiados, pero queda claro para Zimmerman que “Kung Fu Panda” tiene condiciones atléticas naturales. “Solo tienes que mirarlo en detalle”, dijo Zimmerman. “Mucho tiene que ver con su habilidad natural. Él tiene grandes instintos. Conoce el juego muy bien. Eso solo se logra practicando mucho”. Combina eso con unas manos que le permiten hacer atrapadas suaves ante botes inesperados que todos los terceras base tienen que manejar, y Sandoval pudiera ser el mejor tercera base defensivo de Boston desde los grandes días de Mike Lowell hace más de media década. “La tercera base es una posición donde hay que tener buenas manos”, dijo Zimmerman. “Muchas veces en el short o la segunda base, se puede buscar el bote más apropiado o acercarse a la pelota usando mucho los pies. En tercera, algunas veces la pelota es bateada con tanta fuerza que no se tiene oportunidad de hacer nada con los pies. Si no se tienen buenas manos, es un lugar muy duro para jugar”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 13 de abril de 2015

Ray Fosse aún sigue adolorido, pero no está amargado 43 años después del choque del Juego de las Estrellas.

Scott Miller. 11-07-2013. Oakland. Cuatro décadas después, Ray Fosse está parado en un túnel oscuro debajo del Coliseo. Todavía no puede levantar su brazo izquierdo por encima de su cabeza. Hace calor, es verano y el Juego de las Estrellas está cerca. Y él sabe lo que eso significa. Más preguntas. Más viajes a 1970, y el duodécimo inning en el Riverfront Stadium de Cincinnati. Más choque de cabeza. Más Pete Rose. Imagen retrospectiva del Juego de Estrellas de 1970: Liga Nacional 5, Liga Americana 4 (12 innings). ¿Quién dice que no hay repetición instantánea expandida en el beisbol? Las repeticiones del encontronazo Rose-Fosse se han expandido por 43 años hasta ahora. Es una de las jugadas más vistas de la historia del beisbol. Y el resultado nunca cambia. ¿Todavía hay dolor? “Como un cuchillo encajado en mi hombre”, dijo Fosse de 66 años. “Porque es hueso contra hueso. Y artritis, y la edad, y todo lo que pasó”. Hagamos una pausa aquí por un momento para hacer una aclaratoria importante. Él no está amargado. Está en su temporada 28 como analista de radio y televisión de los Atléticos. Se aproxima a su cuadragésima temporada en total en el beisbol. Y sonríe mucho. Ha estado casado con Carol por 43 años, tienen hijas y nietos y muchas, muchas sonrisas. “Soy afortunado”, dijo. “Bendecido” Nada de amargura. De ninguna manera. Pero lo que Fosse quisiera hacer es aclarar la verdad sobre lo ocurrido aquella calurosa noche, en referencia a la historia revisionista de Rose. Eventualmente, él piensa que escribirá algo sobre esa noche. Si no un libro, por lo menos un artículo, o tal vez algo en los medias de comunicación. “No pretendo hacer de esto una disputa con Pete, pero desde entonces no se han dicho muchas verdades de este episodio”, dijo Fosse, quien representaba a los Indios de Cleveland en ese Juego de Estrellas. “Lo cual es muy odioso” La manera como Rose ha contado la historia a través de los años mediante entrevistas y programas radiales es que él, Fosse y el pitcher Sam McDowell habían salido la noche antes del Juego de Estrellas y terminaron en la casa de Rose donde estuvieron hasta las 4 o 5 am. La manera como Fosse dice que pasó es que, si, los tres hombres salieron a cenar la noche antes del juego. Pero con sus esposas. Pete y Karolyn. Sam y Carol. Ray y Carol. Y se despidieron alrededor de la 1 a.m. Ray y Carol se habían casado hacía solo tres meses, en abril. Y el Juego de Estrellas era un asunto de bajo perfil. No había Home Run Derby. Tampoco Futures Game. Los jugadores llegaban el domingo en la noche, trabajaban el lunes en la tarde y participaban en el juego el martes por la noche. McDowell y Rose eran viejos amigos. Fosse estaba en su primera temporada en las mayores. “No había nada de la fanfarria que tienen ahora con todas las fiestas y cosas”, dijo Fosse. “Nosotros terminamos saliendo a cenar esa noche porque porque no había nada más en el ambiente. Y hablamos de beisbol, y Pete dijo, ‘De todo lo que quieres hablar es de Johnny Bench’” “Bien, por supuesto. Porque Johnny Bench era un jugador de la Liga Nacional. Yo sabía que él era un gran pelotero”. “El asunto es que, regresamos al hotel a la 1 a.m., porque había juego el martes en la noche. No fue a las 4 a.m., como algunas veces, él ha dicho. Él ha dicho, ‘Oh, estuvimos fuera hasta las 4 o 5 de la mañana. Éramos amigos’” Esta es la parte que todavía molesta a Fosse, alrededor de los límites del dolor del una vez hombro roto, todos estos años después. Que Rose minimice su golpe a la carrera de Fosse queriendo hacer pasar la jugada como algo que ocurrió entre amigos. Casi como si todo fuese una pequeña broma fraternal que se convirtió en algo indeseado. “Él se equivoca al recordar, y tal vez porque soy afortunado de que mi esposa y yo hemos estado casados por más de 43 años desde ese verano, y ellos no”, dijo Fosse. “Pete y Sam ya no están con sus esposas. Y no sé si solo olvida o lo hace intencionalmente, o lo que sea. Pero esas son algunas de las realidades”. A los 23 años ese verano, Fosse estaba en la plataforma de lanzamiento de lo que parecía ser una brillante carrera. Tenía 16 jonrones y 45 carreras empujadas en 78 juegos hasta el receso. Después del receso, con el dolor apretando su hombro, bateó dos jonrones y empujó 15 carreras en 42 juegos. Los rayos-X que le tomaron inmediatamente después que Rose lo revolcara para anotar la carrera ganadora de la Liga Nacional aquella noche, fueron negativos. Entonces no había resonancia magnética. Por lo que Fosse simplemente descansó y luego jugó cuando la agonía se redujo a una simple cuchillada en el hombro. No se hizo otra rayos-X hasta 1971, cuando el dolor todavía lo mataba, le mostraron que tenía una fractura y un hombro separado. Pero había soldado en parte. La parte equivocada. “Una vez soldado, impropiamente, no vas a hacer nada con eso”, dice Fosse. Rose nunca se acercó a Fosse después. Los dos han hablado, dice el antíguo cátcher, solo dos veces desde entonces. Fue a comienzos de la temporada de 1971 cuando Rojos e Indios jugaron un juego de exhibición, la primera vez que se cruzaron sus caminos después de la jugada. Como los rayos-X no mostraron que el hombro estaba fracturado y separado, Fosse fue el cátcher de los Indios el jueves cuando empezó la segunda parte de 1970, dos días después que Rose lo había arrollado. Rose dijo que había perdido tres juegos con una cadera adolorida. De cualquier forma, Rose estaba corriendo mientras Fosse estaba en los jardines durante la práctica de bateo antes del juego de exhibición entre Indios y Rojos a principios de 1971 cuando Rose lo llamó. “Él dijo ‘Hey,estás comenzando lento’”, dijo Fosse. “Esas fueron las únikcas palabras que oi de él desde el Juego de Estrellas hasta que me retiré 10 años después. Eso fue todo. Nunca tuvimos juegos interligas. ‘Hey,estás comenzando lento’” “Claro que sí. Porque tenía un hombro fracturado y separado, y el dolor estaba ahí, y todavía está ahí 43 años después”. Ray Fosse fue cambiado a los Atléticos en 1973 y ganó dos Series Mundiales; ahora es narrador de los juegos de Oakland. (USATSI) Hubo otro encuentro breve entre los dos hombres, a mediados de la década de 1980, cuando Buddy Bell jugaba para los Rojos. Fosse, estaba retirado y vivía en el area de la bahía, iba a San Francisco cuando los Rojos iban a jugar con los Gigantes, para visitar a su antíguo compañero de quipo y amigo. Rose era el manager-jugador de Cincinnati. “Hablamos brevemente”, dijo Fosse. “Todo se debió, dice él a que yo traté de bloquear el plato, simplemente. Como cátcher, me posicioné hacia donde la pelota fue lanzada por Amos Otis. Yo estaba sobre la línea. Porque si mu hubiera quedado en el plato, pierdo la pelota por metro y medio y no estuviéramos hablando hoy. Porque habrían dicho, ‘¿Caramba por qué esquivaste la jugada?” “Eran tiempos diferentes. No digo que sea bueno o malo. Me enseñaron que como catcher, a recibir la pelota y plantarme para el contacto. Y lo que veo, cuando revisas la repetición. Que he visto millones de veces, es que el empieza un deslizamiento de cabeza y me ve, si o no…él está en Cincinnati, su patio. Charlie Hustle. “Doy dos vueltas sobre mi cuerpo, y él regresa a mirar, entonces Dick Dietz lo agarra, otros dos tipos lo agarran y él no regresa. Estoy de rodillas con todos los jugadores de la Liga Americana y Earl Weaver, el masajista viene, el dolor me estaba matando, y me tomaron rayos-X después del juego”. Fosse fue cambiado a los Atléticos antes de la temporada de 1973, luego fue readquirido por Cleveland en 1976. Los Marineros lo obtuvieron de Cleveland en 1977, jugó unos juegos con los Cerveceros en 1979 y eso fue todo. Ël fue dos veces al Juego de Estrellas, ganó dos guantes de oro, ganó dos anillos de Serie Mundial en 1973 t 1974 y, probablemente lo más importante de todo, fue a jugar en la Oakland natal de su esposa antes que llegara la tragedia familiar. “Haber ido de un equipo del cual sabíamos no íbamos a ganar, hasta un equipo que ganó un campeonato y luego ganó dos más”, dijo Fosse de la negociación Cleveland-Oakland. “Ser parte de eso, y luego mi difunto suegro, el padre de mi esposa, tuvo un ataque cardíaco antes de empezar la temporada de 1975… es como si Dios dijera, ‘Vamos a enviarte a Oakland por tres años, vas a jugar ahí, tu esposa va a disfrutar con su padre, tu suegro va a disfrutar el beisbol, él fue un gran aficionado, y después él pasará a mejor vida por un ataque al corazón y luego vas a ser cambiado de vuelta a Cleveland’”. “Vamos. Esa es la forma como lo veía. Tuve tres maravillosas temporadas con mi suegro. Él era un gran golfista, un tremendo granjero italiano del valle, una gran persona, y después fui cambiado de vuelta a Cleveland”. Su suegro asistió a los juegos de serie Mundial de Oakland contra los Mets y los Dodgers. Entonces la vida cambió de nuevo. Hoy, los Fosse alternan su tiempo entre su hogar de Oakland (durante la temporada) y su casa de Scottsdale, Ariz. Quizás él no habría escogido este nicho particular en la historia del beisbol, pero lo ha aceptado. Pasa sus días mirando hacia adelante, no hacia atrás. “En conclusión, ser capaz de jugar 11 años en las Grandes Ligas, narrar juegos por 28, y jugar otros tantos años en ligas menores… eso hace 40 años de beisbol profesional”, dijo Fosse. “Ha sido mi vida y no la cambiaría por nada del mundo”. “Trabajar con un conjunto de beisbol, ser capaz de trabajar para un equipo, pienso que es especial. No cambiaría nada. Quizás si cambiaría algo que ocurrió a mediados de julio. Él aún recuerda hablar con el difunto Gary Carter en el Juego de Estrellas de Oakland en 1987. “En este túnel donde estamos parados ahora”, dijo Fosse, que vio a Carter. “Que tengas un gran juego”, le dijo Fosse. “Lo que te pasó a ti no me ocurrirá a mí”, le respondió Carter a Fosse. “Él estaba pensando, ‘No me voy a involucrar en una colisión de Juego de Estrellas’”, dice Fosse. “Eso es algo que siempre estuvo en mi mente. Pero era un poco tarde, 1987, 17 años”. “Una época diferente. Pero los muchachos pensaban en eso, veían el choque una y otra vez. Cuando se ven los momentos especiales del juego, y el choque número uno en el plato, aparece la jugada. Es parte de eso”. Lo divertido hoy es, han pasado suficientes años de eso, y cuando Fosse trabaja en los clubhoeses antes de una transmisión, siempre se presenta a los jugadores preparándose para el juego de esa noche de Oakland como, “Soy Ray Fosse, un narrador de televisión”. No dice, “Hola, Soy Ray Fosse, un antíguo pelotero”. Y ¿saben lo que él siempre recibe? “Ellos dicen, ‘¡Hey, tu eres el tipo!’”, dijo Fosse. “Eso ocurre. Porque estos peloteros de hoy están tan alejados de aquel tiempo, ni siquiera está en su mente quién soy yo. Y yo no hablo de eso”. “Pero una vez que ven la jugada, ellos dicen, ‘Tú eres el tipo’”. Lo ha sido por 43 años. El cabello y el bigote son grises ahora, pero la memoria permanece fresca. Y en varias ocasiones cuando mueve el brazo en la dirección equivocada o si sencillamente tiene un mal día o noche, también permanece el dolor. El hombre todavía adora venir al estadio cada día. El entusiasmo es evidente en sus transmisiones. También es evidente en su fácil y rápida sonrisa. “Ha sido bueno”, dijo Fosse de sus más de cuatro décadas en el beisbol. “No lo cambiaría por nada del mundo”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 6 de abril de 2015

El Cy Young que nunca fue

05-11-2014. Owen Watson. The HardBall Times A Mike Norris, de acuerdo, le fue robado el premio Cy Young de la Liga Americana en 1980. (via John Morgan) Hace dos años, cuando los Atléticos de Oakland se encontraban inmersos en la intensidad de una remontada de septiembre que culminaría con el título de la división Oeste de la Liga Americana en el último día de la temporada, yo había ido a una tienda de comestibles cercana a mi vecindario en Oakland. Iba para el juego de los Atléticos ese día y entré allí para comprar algún bastimento en mi ruta al estadio. Detrás de mí en la cola estaba un hombre mayor quién notó mi gorra de los Atléticos, empezamos a hablar del equipo. Discutimos la trayectoria de la temporada, si podíamos ganar la división, como nuestros abridores y el bull pen estaban lanzando muy bien en la recta final, tópicos normales de aficionados, hasta que él sacó su cartera para pagarle al cajero. “¿Quieres ver algo? Me preguntó, luego de entregarle un billete de veinte al cajero. Sacó una barajita de beisbol de su cartera y me la ofreció. Estaba bien desgastada: el cartón se había suavizado, los bordes estaban doblados y rasgados, y el anverso estaba desteñido, como una película en Technicolor de hace décadas que fuese colocada en el estante de un almacén y se hubiesen olvidado de ella. Pude leer el nombre, a pesar de la decoloración. “Mike Norris”. Lei la barajita. ¿Este es usted? “Así es”, dijo él. Comparé al tipo flaco del bigote delgado en la barajita con el hombre parado frente a mí. El parecido era evidente, pero el no lucía como un antíguo pitcher de Grandes Ligas, o lo que yo pensaba de como debía lucir un antíguo pitcher de Grandes Ligas. No era muy alto, no tenía una complexión particularmente fuerte, y sus brazos era de tamaño normal, tal vez un poco largos. Al momento, no pensé en preguntarle porque llevaba una barajita de beisbol de si mismo para mostrarla a extraños. No pensé en preguntarle porque usaba muletas permanentes, o porqué estaba en la tienda, o qué transpiró en los 31 años entre la foto del él a mitad de windup en la Topps de 1981 en mi mano y aquel día de septiembre de 2012. No pensé en preguntarle nada, porque había volteado la barajita y veía la línea de su temporada de 1980. Los números: 22 victorias, 284.1 innings lanzados, 180 ponches, 2.53 de efectividad, 1.04 de WHIP. Veinticuatro juegos completos. Fue un año de ensueño: del tipo que solo llega cuando un joven, delgado derecho con talento de primera ronda tiene la epifanía, el click, y es casi imbateable desde entonces. “Santo cielo”, dije. Mas adelante ese día, luego del juego, me fui a casa para revisar su temporada de 1980 a profundidad, una temporada que siguió haciéndose mejor y mejor mientras avancé en las estadísticas. Por las medidas tradicionales, su temporada fue ejemplar; por sabermetría, fue mejor. Entre los pitchers de la Liga Americana, él se ubicó así: -Tercero en Fielding Independent Pitching (Fildeo independiente del pitcheo) - Primero en Adjusted Pitching Runs (Carreras ajustadas de pitcheo) - Primero en Adjusted Pitching Wins. (Victorias ajustadas de pitcheo) - Primero en Wins Above Replacement en pitcheo (Victorias por encima de reemplazo) Sin embargo, había un número que sobresalía más que cualquier otro en la página de su perfil en Baseball Reference: un CYA-2 bajo la sección “Premios”. Al marcar en el link, vi la votación del Cy Young de la Liga Americana de 1980 por primera vez, y las palabras que Mike Norris dijo temprano en el día resonaron en mi cabeza. “Me robaron”, me había dicho, tomó la barajita para mirarla, como si hubiera algo de lo que se hubiera perdido en los 30 años que había estado en su cartera. “Debí haber ganado el Cy Young”. Fue una votación muy cerrada. Steve Stone, abridor de los Orioles de Baltimore y ganador de 25 juegos, empató con Norris con 13 votos de primer lugar. Quienes no votaron por Norris para ganar lo colocaron muy abajo en la elección (Stone recibió 10 votos de segundo lugar por siete de Norris), lo cual le dio una cantidad menor de puntos totales para determinar la entrega del premio a Stone.res electores dejaron a Norris fuera de la votación. Sin embargo, la carrera no fue cerrada. La campaña de 1980 no fue un caso como el de la carrera por el Cy Young de este año (2014) entre Felix Hernández y Corey Kluber, en la cual las estadísticas de ambos pitchers están separadas por márgenes milimétricos. Norris había aventajado a Stone en cada categoría de pitcheo en 1980, excepto dos: victorias y porcentaje de victorias. Stone jugó para un equipo que ganó 100 juegos; Norris jugó para un equipo que ganó 83. Como resultado, Stone tuvo marca de 25-7 y Norris 22-9. Aparentemente esas fueron las únicas estadísticas que los votantes tomaron en cuenta. A través de los dos años transcurridos desde que conocí a Morris en aquella tienda de comestibles de Oakland, no he podido dejar de regresar al Cy Young de la Liga Americana en 1980. ¿Qué fue de Norris después de 1980? O más importante aún ¿Por qué no he oído más de él, la víctima de uno de los escamoteos más grandes de la historia del Cy Young? Empecé por el comienzo. Mike Norris fue seleccionado en la escogencia 24 de la primera vuelta del draft amateur de 1973 por los Atléticos de Oakland en el City College de San Francisco. Su primera apertura con el equipo de Grandes Ligas de los Atléticos fue en 1975, y en los próximos cuatro años tuvo relativamente poco éxito, dejó números de 12-25 con 4.67 de efectividad y 1.53 de WHIP hasta la conclusión de la temporada de 1979. Muchos de los reveses que Norris sufrió pueden ser atribuidos a la actuación del equipo, el cual, luego de ganar tres series Mundiales seguidas entre 1972 y 1974, pasó por una seria etapa de reconstrucción mientras Norris ascendía en la clasificación. Despues de ganar 98 juegos en 1975, Oakland perdió 74 juegos en 1976, 98 en 1977, 93 en 1978, y 108 en 1979. Algo cambió en 1980 para los Atléticos y Norris, cuando la rotación de abridores estaba llena de jóvenes ases bajo el mando del nuevo manager Billy Martin: Rick Langford ganó 19 juegos con 3.26 de efectividad (así como 28 juegos completos), Matt Keough ganó 16 con 2.92 de efectividad (20 juegos completos), y Norris emergió como el mejor de todos. Steve McCatty y Brian Kingman redondearon la rotación, cada uno lanzó más de 210 innings y tuvo efectividad por debajo de 4.00. Bajo Martin, los primeros tres abridores lanzaron un combinado de 824.1 innings en 1980, se convirtieron en el último equipo con tres lanzadores que pitchearon por lo menos 250 innings cada uno con efectividad por debajo de 3.30. La pesada carga de trabajo de los abridores vendría a formar parte del estilo de dirigir de Martin, coloquialmente conocido como “Billyball”, y fue la sospechada causa de que todos los cinco abridores de la rotación de 1980 tuvieran sus carreras recortadas debido a lesiones en los años venideros. Como Norris le diría a L.A.Times en 2011 respecto a las visitas de Billy Martin al montículo, “Si le decías que estabas cansado, te miraba como si fueras poco hombre”, dijo Norris. “Por eso le decía que se fuera de ahí”. Y casi siempre, Martin se iba de ahí. El joven derecho Norris, lanzaría 284.1 episodios en su especial temporada de 1980, la segunda cantidad más alta en la Liga Americana. El punto más alto de la temporada, para aquellos inclinados a los exigentes y dolorosos maratones de fortaleza atlética, fue un juego de 14 innings ante Jim Palmer y los lideres Orioles. Norris cubrió la distancia, permitió 12 imparables, dos boletos, y dos carreras limpias, enfrentó 51 bateadores. Finalmente se apuntó la victoria luego que Antonio Armas bateara un jonrón con las bases llenas en el cierre del décimocuarto inning. Hacia el final de la temporada, el rumor del Cy Young perseguía al nuevo as de la rotación. Luego de su apertura final de 1980, un triunfo 11-3 sobre los Medias Blancas de Tony LaRussa en el cual Norris lanzó su quinto juego completo seguido, LaRussa diría, “Este muchacho que nos venció hoy tiene que ser el candidato principal del Cy Young. Martín fue más allá, luego de la victoria dijo “…si ellos no pueden tomar su decisión basados en lo que él ha hecho hasta ahora, nunca lo harán”. El derecho terminaría la temporada con logros sobresalientes: de las 33 aperturas que hizo, 24 fueron juegos completos, incluyendo cinco en extra-inning de 11, 14, 10, 11 y 11 episodios. Agenció una tasa de porcentaje de boletos de 7.3 (la mejor de su carrera), ganó el primero de sus dos guantes de oro (el único pitcher de los Atléticos que ha ganado ese premio), y terminó entre los tres mejores de la Liga Americana en WHIP, hits por cada nueve innings lanzados, innings lanzados, ponches, victorias y Fielding Independent Pitching. Con sólo las estadísticas, Norris parecía el seguro ganador del Cy Young. Stone terminó fuera de los cinco mejores de la Liga Americana en la mayoría de las categorías de arriba (WHIP, H/9, IP, Ks, y FIP); en algunos casos, ni siquiera estuvo entre los 10 mejores (WHIP, FIP). Parecía haber un claro ganador al final de la temporada. Como diría Norris en septiembre de 1980, “…basado en mis estadísticas, no hay duda de que he hecho un mejor trabajo que él”. Sin embargo, Norris no ganó el Cy Young. Tres votantes llegaron tan lejos como dejarlo fuera completamente de la elección. Esos miembros de la BBWAA eran de Kansas City, Detroit y Anaheim. Norris tuvo una marca combinada de 5-1, con 1.41 de efectividad y 0.92 de WHIP contra Reales, Tigres y Angelinos en 1980. No es un secreto que el prejuicio de las victorias y el porcentaje de victorias ha dominado la elección del Cy Young hasta hace muy poco, pero ¿cuales fueron las otras razones por las cuales el premio le fue entregado a Stone en vez de a Norris? Existe la posibilidad de un prejuicio hacia Baltimore y la Costa Este. Empezando en 1973, los pitchers de los Orioles ganaron cuatro de los próximos siete premios Cy Young: Jim Palmer en 1973, 1975 y 1976, junto a Mike Flannagan en 1979. Los votantes pudieron haber condicionado sus elecciones, debido a que Baltimore fue una franquicia exitosa durante los años ’70. Stone también abrió el Juego de las Estrellas por la Liga Americana y lanzó tres innings perfectos, y los Orioles eran los favoritos de la Liga Americana desde el comienzo de la temporada. Stone también estaba al final de su carrera, y Norris empezaba la suya. Como diría Norris al conocerse la decisión del Cy Young, “Me parece que pensaron que Steve era quien más merecía el premio. Puedo aceptar eso… Tengo muchos años por delante. Espero poder ser considerado otro año”. No habría otro año como 1980 para Norris. Con la pesada carga de trabajo de Martin, no sorprende que todos los cinco abridores de Oakland en 1980 se hayan desvanecido con una variedad de asuntos de codo y hombro en las temporadas siguientes. Langford tuvo sólo dos temporadas exitosas más antes de ser dejado libre en 1985, Keough nunca más superaría los 100 innings lanzados en una temporada luego de 1982, McCatty estaba acabado a los 31 años, y Kingman tambien después de 1982. Para Norris, se trató de la confluencia de dos influencias dañinas que afectaron su carrera luego de su gran temporada: la aparición de una lesión en el nervio de su hombro de lanzar y la epidemia rampante de cocaína que plagó al beisbol a comienzos de los ’80. 1981 fue una temporada interrumpida por una huelga con mucho tiempo libre para actividades extracurriculares y una pérdida de fuerza en el hombro, seguida por una temporada de 1982 que vio la introducción de “Billyball” en todos los niveles de la organización de los Atléticos luego que a Martín le fuera entregada la responsabilidad de las operaciones de beisbol en Oakland. En 1982, los pitchers jóvenes estaban lanzando juegos completos en el lugar de los abridores de Grandes Ligas durante los juegos del entrenamiento primaveral, lo cual llevó a una falta de preparación para los exigentes cotejos de nueve innings que los esperarían a partir del juego inaugural. Norris llegó a la lista de incapacitados con tendinitis de hombro en junio de 1982 como el resto del cuerpo de lanzadores, sufría bajo la intensa carga de trabajo, y tuvo cirugía en el hombro en noviembre de 1983 luego que el dolor y la inefectividad habían arreciado. Su lesión también aumentó su dependencia de las drogas, lo cual lo sacó de la liga y lo llevó a rehabilitación de las drogas. Tendría un corto regreso en 1990 con los Atléticos y lanzó bien, pero fue dejado en libertad luego de solo 27 innings de trabajo. Dos años después de nuestro encuentro en la tienda, decidí que era el momento de preguntarle a Norris por su carrera, la carrera por el Cy Young de 1980, y su vida actual. Durante el mes que anduve buscándolo, encontré unas pocas sorpresas, incontables historias sobre leyendas e inquilinos del Salón de la Fama, y un programa para jóvenes en riesgo que usa al beisbol como herramienta para movilidad social y hábitos de salud. Con una rápida investigación, hallé que el antíguo as ahora lidera un programa llamado Mike Norris School for Baseball and Wellness, una sociedad con una institución sin fines de lucro en el Area de la Bahía que busca comprometer a los jóvenes urbanos mediante un curriculum de beisbol y ejercicios/dieta apropiados. El programa está en las etapas iniciales de su sociedad con la institución sin fines de lucro Peacemakers, Inc., pero sirve como programa post escuela para ayudar a los niños ante algunas de las repercusiones negativas de vivir en areas urbanas de bajos ingresos. A partir de ahí, llamé a números que resultaron estar desconectados, envié correos electrónicos a direcciones que nunca respondieron, y llamé a la institución sin fines de lucro y dejé un mensaje. Pocos días después, conseguí una pista, hablando con el fundador, Hank Roberts. Habló algo del gran trabajo de guía que la organización está haciendo en Oakland y condados vecinos. Dijo que me pondría en contacto con Mike. Minutos después recibí una llamada. “Es Mike Norris”. Dos días despues, me senté frente a él en un café de Oakland. Es más alto de lo que recuerdo. Sus manos son grandes. Tiene la sonrisa fácil y los modales afables de alguien quién ha sido entrevistado miles de veces. Luce en toda su esencia, como un pitcher de Grandes Ligas. Por las próximas tres horas, hablamos de su primera aparición en las ligas menores, del agarre de su screwball, de cuando Dave Winfield lo atacó luego de acercarle la pelota. Me cuenta de un Rickey Henderson de 19 años y una discusión con Bob Gibson. Discutimos de su School of Baseball and Wellness, un programa de compromiso para la juventud de Oakland. Cuando nos despedimos, hacemos planes para reunirnos de nuevo. Luego de salir del café, camino a casa y me siento en mi escritorio. Sacó el reproductor de cintas, lo reviso y tengo tres horas de historias, presionó el botón play. He lanzado nueve innings, pero regresaré para el décimo. Apenas comenzamos. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

jueves, 12 de febrero de 2015

Emilio Cueche primer pitcher venezolano en derrotar a Cuba en una Serie del Caribe.

Siempre ha significado un reto vencer al equipo cubano en cualquier categoría de béisbol. A las representaciones venezolanas les ha significado una especie de monstruo inexpugnable del cual alcanzan los dedos de las manos y pies para cuantificar las veces que han logrado resistir las duras batallas hasta tocar el tesoro de la victoria. Las Series del Caribe, en su primera etapa, resultaron fatales para las novenas venezolanas en su enfrentamientos ante los cubanos. Desde 1949 hasta 1953 Venezuela salió derrotada en los primeros diez encuentros ante Cuba. Entonces llegó el primer juego de la Serie de 1954, efectuada en el estadio Sixto Escobar de San Juan, Puerto Rico. Pastora de Occidente, en representación de Venezuela versus Alacranes de Almendares por Cuba, 18 de febrero. Almendares llegó ganando 5-1 al noveno episodio. Allí tronaron los maderos de Johnny Temple, Wally Moon, Luis Camaleón García y Luis Oliveros para que Pastora se llevara la primera victoria venezolana ante Cuba en Series del Caribe. Ralph Beard se apuntó el triunfo, con salvado para Howie Fox. Junior Walsh cargó con el revés. En el Almendares había peloteros como: Willie Miranda, Forrest Jacob, Angel Scull, Sam Chapman. Héctor Rodríguez, Julio Bécquer y Ray Orteig. El 11 de febrero de 1955, en la Serie del Caribe efectuada en el estadio Universitario de Caracas, Magallanes por Venezuela enfrentaba al Almendares de Cuba. Joe Hatten por los cubanos y Emilio Cueche por Venezuela se trenzaron en trepidante duelo de lanzadores. La pizarra permanecía en blanco hasta el séptimo episodio, entonces hubo una jugada polémica en primera base y el juego permaneció detenido unos 45 minutos debido a disturbios de fanáticos que saltaron al terreno a reclamar por la sentencia del árbitro. Al reanudar las acciones Cuba se había adelantado en el marcador y ganó 1-0. Cueche apenas permitió 2 imparables. El 14 de febrero de 1955, Cueche salió con 2 dias de descanso a enfrentar nuevamente a Hatten y Almendares. Los cubanos salieron adelante en el segundo inning mediante boleto a Héctor Rodríguez (pasó a tercera cuando Bob Skinner no pudo atrapar un envío de Cueche intentando sorprenderlo en primera base) y elevado de sacrificio de Gus Triandos. Magallanes igualó en el cierre de la tercera entrada con sencillo de Skinner, por error de Lee Walls pasó a la intermedia, Luis St. Clair salió de segunda a primera y Skinner llegó a tercera. Luego de boleto a Cueche, Alfonso Carrasquel elevó a la izquierda para que Skinner marcar la igualada al pisa y corre. Cuba pareció despegarse en la parte alta del cuarto tramo, a través de sencillos de Rocky Nelson y Rodríguez, más cuadrangular de Gus Triandos. Magallanes descontó una en el cierre de la entrada con triple de Pablo García y rodado por tercera base de Dalmiro Finol. En el cierre del quinto St. Clair abrió con imparable. Cueche siguió con otro petardo a la derecha. Carrasquel se apareció con imparable a la derecha para remolcar a St. Clair, pero Cueche fue revenmtado en el plato con tiro de Mejías a Triandos a Rodríguez a Triandos. En la jugada Carrasquel ancló en la antesala. Jack Lorhke siguió con triple que trajo a Carrasquel con el empate. George Wilson salió de segunda a primera sin que se moviera Lorhke. Luego Pablo García descargó imparable al bosque izquierdo que impulsó a Lorhke con la ventaja. En el cierre del sexto marcaron otra rayita, Camaleón García detapó doblete, Skinner explotó a Hatten con infieldhit por el campocorto. Vino a relevar Raul Sánchez. St. Clair la rodó por segunda, mientras èl era out en primera, Camaleón anotaba. En el noveno epìsodio Almendares amenazó, pero Cueche apretó el brazo. Rodriguez empezó con triple, Triandos abanicó el tercer strike, Earl Rapp negoció boleto, Willie Miranda corrió por él. Cueche ponchó a Carlos Paul y retiró a Juan Vistuer con rodado a la inicial. Así se concretaba el primer triunfo de un pitcher venezolano ante un equipo cubano en Series del Caribe. Luego de esa victoria Ramon Monzant lanzando para Industriales del Valencia en la Serie de 1958 (Estadio Sixto Escobar, San Juan Puerto Rico) venció 8-1 a los Tigres de Marianao el 11 de febrero. Mike Fornieles cargó con la derrota. En la Serie de 2014, escenificada en el estadio Nueva Esparta, Margarita. Daryl Thompson lanzando para Magallanes venció 8-5 al Villa Clara el 2 de febrero. Y en la Serie de 2015 escenificado en el estadio Hiram Bithorn, San Juan, Puerto Rico. Cesar Valdez venció 6-2 a Vegueros de Pinar del Rio. Y. Yera salió derrotado. Alfonso L. Tusa C.

lunes, 9 de febrero de 2015

El juego de sufrir y esperar.

La pelota saltó rauda del bate, Felipe recogió el madero contra su pecho. La cinta adhesiva zumbaba tangencial en la pelota como un cigarrón azuzado por ráfagas de aire caliente. Apenas percibí el comienzo del grito de Felipe. La diáspora de piedras sobre el asfalto propulsó la pelota y en menos de dos segundos acentuó su trazo sobre el lienzo inmaculado que dibujaba el sol en la mañana de arbustos y pajaritos libando el rocío en sus hojas desde la calle Bolívar hasta un lugar indefinido al fondo del solar paralelo al cañaveral de la curva donde la calle La Florida se convierte en Pichincha. De pronto oscureció, un alambre ígneo fluyó por mi pómulo izquierdo, solté el guante y me llevé las manos a los ojos. ¡Hermano! ¿Qué te pasó, hermano? Seguro papá me va a dejar sin merienda ni cine varios días. Mientras regresábamos a casa, apenas si veía el porche, sentía un tropel de punzadas entre el pómulo y el ojo izquierdo. En menos de tres minutos mamá consiguió unas hojas de mango y la puso a hervir en agua. Tomó mi rostro entre sus manos, sus ojos parecían a punto de vaciarse, sus palabras tasajeaban el oxígeno. ¡Muy bonito quedaste ahora! Vas a pasar un buen tiempo sin jugar pelota. En el mismo tono de voz, quizás más cortante, papá sentenciaba a Felipe a una semana sin cine y ese sábado pasaban una película que él esperaba hacía mucho tiempo, “Al maestro con cariño”, con Sidney Poitier. A pesar del cataplasma de hojas hervidas de mango en el ojo, me detuve un momento frente a papá. No sabía como hablar con él. Cuando él tenía aquella mirada incandescente, apenas si yo podía enhebrar las palabras. Papá yo fui quien no movió rápido el guante. Yo le dije que bateara duro. Solo después de dos días de tristeza profunda, papá accedió a que fuéramos al cine, aunque el levantamiento de la pena fue solo por esa noche. Pasamos la próxima semana encerrados en la casa esperando las ocho de la noche para escuchar los juegos del Magallanes. Casi siempre perdían por falta de pitcheo, deficiencias defensivas o incapacidad para dar el batazo oportuno. Apenas cuando lanzaba el Látigo Chávez, el equipo lucía diferente y hasta ganaba. Por eso nuestra prisión parecía de doble seguridad. Al terminar la temporada, el balance siempre era negativo, ante las bromas que recibía de mis amigos en la escuela, le preguntaba a Felipe cuando había sido la última vez que Magallanes ganó el campeonato. 1955 era un año remoto para mí. Habían pasado más de 10 años. Como nos viera muy tristes, casi sin movernos en el porche, papá intentaba llevar alguna palabra de esperanza. El próximo año será mejor. Mucho después supe que en aquel año de 1955 los Dodgers de Brooklyn habían ganado la Serie Mundial luego del sufrimiento y la ignominia de perder año tras año ante los poderosos Yanquis de Nueva York. Doris Kearns escribió un libro titulado “Wait ‘till next year” (Espera hasta el año que viene) donde refiere los pormenores de todos esos años cuando su padre la consolaba ante las sucesivas derrotas de los Dodgers ante los Yanquis en la Serie Mundial. Entonces llegó aquella jugada fantasmal de Sandy Amorós ante un peligrosísimo batazo de Yogi Berra y el liderazgo incansable de un segunda base llamado Jackie Robinson. Cuando el abismo parecía más profundo, llegó 1969, una mañana de febrero o marzo vi a Felipe ladeando la cabeza frente a las páginas deportivas, Magallanes había cambiado de dueño y de sede. Sin embargo las bromas de los caraquistas y aficionados de otros equipos sonaban lapidarias. Ni que se muden a jugar en Yankee Stadium…ni que contraten a Roberto Clemente… quizás cuando el hombre llegue a la luna y los Mets ganen la Serie Mundial ese equipo tenga alguna oportunidad de rozar el trofeo de campeón de la liga venezolana. Cuando le pregunté a Felipe si estaba de acuerdo con esas sentencias, me respondió que Magallanes tenía quince años sin ser campeón y que debía demostrar muchas cosas que hasta ahora le había costado mucho ejecutar sobre el diamante. Bajé la cabeza y me fui a buscar información de Roberto Clemente en la revista Sport Gráfíco. Una noche de julio a eso de las 10 vi a Felipe frotarse las manos, el Apolo 11 estaba por llegar a la luna, en el momento cuando Neil Armstrong marcó su bota espacial sobre el polvo de El Mar de la Tranquilidad, emitió un grito tan duro y aplaudió hasta que me levanté asustado. ¡Bueno ya se dio la primera condición! el rostro de Felipe burbujeaba a escasos centímetros del televisor. Hacia finales de septiembre y principios de octubre la conducta de Felipe me resultaba incomprensible, llegaba del liceo sumergido en el Sport Gráfico, papá debía arrancarle la revista de las manos para que fuese a cenar, una noche lo escuché murmurar algo así como, de verdad son milagrosos esos Mets. Al día siguiente lei en la página deportiva de El Nacional que los Milagrosos Mets habían ganado la división este de la Liga Nacional desplazando a los favoritos Cachorros de Chicago de Ernie Banks, Ron Santo, Billy Williams, Ferguson Jenkins, Glenn Beckert, Don Kessinger. Luego dejarían en el camino a los Bravos de Atlanta de Henry Aaron y en la Serie Mundial, aun burbujean las dos atrapadas de Tommie Agee, la visión de Ron Swoboda rodando por la grama del jardín derecho en una jugada fantasmal y el pitcheo de Tom Seaver, Jerry Koosman, Gary Gentry, Nolan Ryan y Tug McGraw, habían despachado en cinco juegos a los archi favoritos Orioles de Baltimore de Brooks y Frank Robinson, Miguel Cuellar, Boog Powel, Paul Blair, Mark Belanger, Andy Etchebarren, Elrod Hendricks, Jim Palmer, Dave McNally. Tan pronto se consumó el out 27 de esa Serie Mundial, vi a Felipe hablar solo, y hasta en las madrugadas lo escuchaba, ¡ajá ya el hombre llegó a la luna y ganaron los Mets, ahora falta ver si es verdad que Magallanes va a ganar el campeonato! En aquella temporada 1969-70, los expertos y entendidos del juego apenas si asomaban a los Navegantes como un equipo con posibilidades de clasificar, los grandes favoritos para acceder a las instancias decisivas eran La Guaira y Caracas. Sin embargo sobre el terreno de juego, los hechos fueron otros y el 01 de febrero de 1970 cuando Delio Amado León anunciaba en el noveno episodio de un juego diurno, que estaba montada la olla para el hervido de tiburones, apenas si me dio tiempo levantar el radio cuando me sumergieron en un tambor de agua en la calle Ayacucho de Cumaná. Entonces, en la Serie del Caribe, nos quedamos mudos con el jonrón de Armando Ortíz ante el flamante premio Cy Young de la Liga Americana, Miguel Cuellar y aquella jugada cardíaca de Dámaso Blanco, que desactivó el squeeze play intentado por Santos Alomar. Entonces vino aquella inmensa sequía de los ’80 e inicios de los ’90, varios años con la película de la mudez ante la derrota y de aguantar el chaparrón ¿y tú todavía sigues a ese equipo? Apenas sobrevivía las chanzas con cada imagen recuperada de aquellos largos días de espera a que el hematoma bajase en mi pómulo, a que las manchas coloradas desaparecieran de mi esclerótica izquierda. El acceso hasta aquellos días de los ’60 era más fácil mediante la voz de Lulú cantando “To Sir with love” (Don Black, Mark London.1967) (Al Maestro con cariño). “If you wanted the sky…I would write across the sky in letters… That would soar a thousand feet high… To sir, with love…”Veía el radio ubicado en un lugar estratégico del cuarto, Felipe conectaba un cable desde la antena hasta la reja de la ventana para sintonizar mejor la emisora. Entonces en medio de los falsetes de entonaciones y silbidos de la canción, él empezaba a doblarse sobre las rodillas flexionadas, el guante en la mano izquierda, la mirada clavada en la pared del frente cual si la pelota fuese hacia él en un roletazo incandescente, metía la mano en el guante, llevaba el brazo a la altura de la oreja y lanzaba. Eso, es lo que tienes que hacer, fijar la vista en la pelota hasta que la tengas en el guante, así evitarás otro morado en la cara. En asuntos de afición beisbolera trataba siempre de dirigir el tema hacia las Grandes Ligas o el beisbol amateur, pero siempre me acorralaba la echadera de broma de las tres eliminaciones seguidas de comienzos de los ’80. Luego vino el período de Tommy Sandt, la primera clasificación terminó en una barrida contundente de las Águilas del Zulia en una semifinal directa. El año siguiente al menos el buque ganó dos juegos en la semifinal ante La Guaira, en una de las derrotas alcancé a una banda de trompetas y saxofones acompañada de un coro que mostraba un cántico nostálgico y melancólico, propio de quienes recuerdan momentos gratos. Luego vino otra experiencia con el periodista Rodolfo J. Mauriello en la gerencia general. Se abrió un horizonte de grandes esperanzas con el anuncio de Felipe Rojas Alou como manager. Toda su experiencia, conocimiento del juego en todos sus niveles y circunstancias, hacía abrigar al menos la posibilidad de regresar a una final. Solo se llegó a una semifinal todos contra todos sin pena ni gloria y otra eliminación. En ese momento no lo apreciábamos, pero el equipo había empezado su evolución. Tanto le rogué a Felipe que saliéramos a practicar en el solar de asfalto, que una mañana sabatina cuando papá salió con mamá en viaje de trabajo hacia Caripe de El Guácharo, luego de revisar muy bien los restos del hematoma y que hubiesen desaparecido las venitas rojas en mi esclerótica izquierda, asintió con la cabeza. Pero solo con la condición de que: cuando te diga que es suficiente, nos regresamos a casa. Mi alegría burbujeaba en tropel en mis pies y manos, atiné a decir, está bien, cuando volaba sobre la baranda del jardín con mi visión enmarcada en aquel espacio de superficie oscura rodeado de matorrales. El primer roletazo casi llega al mismo pómulo, en el último instante moví el guante con una agilidad desconocida y Felipe se quitó las manos de la cara. Caramba chico, me vas a matar de un susto. Solo silbando la canción de “Al maestro con cariño”, recobró la tranquilidad y seguimos practicando. Hacia inicios de los ’90 resultaba todo un acertijo dinámico, conocer hasta donde llegaría el Magallanes ese año, en octubre siempre hay grandes expectativas, en aquellas temporadas, los sueños se desvanecían a mediados de enero. Entonces llegó la campaña 1992-93 y el equipo llegó a la final, pero hasta ahí, luego vino una barrida estrepitosa propinada por las Águilas del Zulia. Entonces vinieron a mi mente los Orioles de Baltimore que en sus inicios debieron esperar desde 1954 hasta 1966 para alcanzar un título de Serie Mundial, solo que desde 1979 hasta 1993 habían transcurrido 14 años. Entonces vino a mi mente un libro escrito por Herbert F. Crehan y James W. Ryan. Lightning in a bottle. The Sox of ’67. Allí se habla de la gesta de los Medias Rojas de Boston y su Sueño Imposible de 1967. Pasaron 21 años desde su última presencia en la Serie Mundial (1946) para regresar a ella luego de una temporada fantástica. Sin embargo en la calle sólo escuchaba el martillo de los caraquistas en referencia al “traje de quinceañera” que estrenaría Magallanes aquella temporada 1993-94. Mientras el equipo avanzaba en la temporada, sentía el tic tac de una bomba de tiempo, ¿se quedarían en la ronda eliminatoria? Pero se notaba cierta obstinación en los jugadores y mucha entrega de los pitchers. Dudaba de la experiencia del manager nuevo Tim Tolman, aunque conocía la liga como jugador. Por eso me sorprendí con algo de incredulidad cuando Magallanes trascendió a la final, nada más y nada menos que ante los Leones del Caracas. Entonces arreció más el cuento de los quince años, sobre todo cuando perdieron el primer juego, y dos días después la portada de Meridiano decía: “El segundo por el pecho”. Entonces vino la reacción y cuando el Caracas ganó el quinto alguien dijo que el buque olía a formol. Y llegó aquel sexto juego de pólvora y adrenalina de dientes desintegrados de Pulido y Lugo de un fantasma llamado Melvin Mora que atrapó una pelota imposible y de un Carlos García aplastado en el plato por la felicidad de sus compañeros y el éxtasis de la afición. Allí me vino a la mente los Filis de Filadelfia, los Whiz Kids de Richie Ashburn y Robin Roberts que fueron barridos por los Yanquis en 1950 y regresaron en 1980 para ganar la Serie Mundial ante Kansas City de la mano de Mike Schmidt, Pete Rose y Steve Carlton. Existen mil mundos de diferencia entre el sufrimiento relacionado a los seres queridos de cada persona y lo que se pueda sentir por el desempeño del equipo deportivo donde juega o tiene sus simpatía enfocadas. Quizás resulte absurdo hacer esta comparación, sin embargo hay cierta conexión en los momentos cuando se ve al equipo fallar con las circunstancias que nos dislocan la vida cuando nuestros familiares pasan momentos difíciles. Seguramente la diferencia en latidos cardíacos y pulso sanguíneo es abismal, pero por más que se niegue, la ansiedad tiene mucha similitud. Mientras en las noches veía al Magallanes fallar los fundamentos del juego a lo largo de la temporada 2014-15, en los días me enfrentaba a las dificultades de Miguelín para adaptarse a las reglas de la maestra de segundo grado, una veces sin argumentos, otras veces debía ir a conversar con la maestra porque el niño reclamaba un derecho válido. Notaba como el equipo de beisbol empezaba a dar lo mejor de sí por avanzar a los play offs y lo conseguía. Sin embargo sentía que faltaba algo y no podía clasificar ese momento como sufrimiento porque Magallanes venía de ganar el campeonato dos veces seguidas. Algo muy distinto a lo ocurrido en los diez años comprendidos entre 2002 y 2012, donde el equipo llegó a dos finales, en la primera de ellas encajó una derrota muy dolorosa al permitir alrededor de 8 carreras mientras el bull pen se derrumbaba y nunca se trajo a otros pitchers abridores tomando en cuenta que ese era un juego de vida o muerte. La otra fue la tercera entre Caracas y Magallanes en la cual tuvo mucha incidencia el jonrón de Gregor Blanco ante Francisco Rodríguez, allí probablemente cambió la orientación de la brújula de la serie. Ver al equipo fallar luego de dos campeonatos, deja la duda de si fue un parpadeo de una temporada o el inicio de otro período de sufrimiento. Y aunque pueda estar conforme con todo lo que dieron los peloteros en el campo, eso dista mucho de sentirme orgulloso de esa actuación. Alfonso L. Tusa C.