Zachary Levine. Astros/MLB.
Kissimmee, Fla. Bob Aspromonte, un miembro original de los Colt .45 de Houston, lanzará la primera pelota el 10 de abril de 2012 para conmemorar el aniversario 50 del primer juego de la franquicia Astros/ Colt .45.
Aspromonte bateó de 4-3 con tres carreras anotadas en aquel juego, una victoria 11-2 sobre los Cachorros de Chicago en Colt Stadium. Jugó siete años con la franquicia luego de ser tomado de los Dodgers en el draft de expansión.
Él iniciará un desfile de 13 exAstros autores de grandes momentos en la historia de la franquicia. Los 13 subirán al montículo para los Viernes de Remembranzas donde los Astros usarán uniformes de distintas épocas.
Este es el calendario de primeros lanzamientos.
Abril 10: Bob Aspromonte
Abril 20: Larry Dierker
Mayo 4: Rusty Staub
Mayo 18: Nolan Ryan (juego vs. los Rangers de Ryan)
Junio 1: J.R. Richard
Junio 22: Joe Morgan
Julio 6: Jose Cruz
Julio 27: Mike Scott
Ago. 10: Jeff Bagwell
Ago. 17: Brad Ausmus
Ago. 31: Shane Reynolds
Sept. 14: Jeff Kent
Sept. 21: Craig Biggio
lunes, 26 de marzo de 2012
jueves, 15 de marzo de 2012
Látigo indeleble
Hace unos años vi una película donde unos muchachos entierran en el jardín de su casa una botella con varios papeles donde escribieron sus experiencias de la época. Juegos, amistades, noviazgos, monedas, letras de canciones, envoltorios de caramelos y hasta arena de mar. En la noche soñé que tenía una botella de kolita sifón, aquella sabrosísima gaseosa que envasaban frente al parque Ayacucho cumanés, en medio de la agitación de mis amigos metimos un pedazo de pabilo de un papagayo, varios mechones de cabello de la chica que espiábamos, un gurrufío, un envoltorio de aeromint, un pedazo de pelota de goma, y un papel que fui a sacar debajo del colchón de mi cama. Mis amigos se quejaban que cuarenta años después ya no íbamos a vivir allí, que a lo mejor cualquier jardinero obstinado empezaba a cavar y rompía la botella, o quién sabe que iba a ser de nuestras vidas.
Aquel papel dibujó los rayos de luz que atravesaban la persiana el mediodía del 16 de marzo de 1969. El locutor anunció en la radio “Zingara. Bobby Solo”. “Prendi questa mano zingara. Dimmi pure che destino havro…” Una fanfarria atravesó la canción. “Extra de NotiRumbos. En el peor accidente aereo que se recuerde en Venezuela perecieron todos los ocupantes de la aeronave de Viasa con destino a Estados Unidos. Entre los pasajeros se encontraba el dueño de Cardenales de Lara Antonio Herrera y los peloteros Carlos Santeliz e Isaías Látigo Chávez. Del baño llegó un ruido metálico. Cuando me asomé dos líneas escarlata surcaban las mejillas de Felipe. La afeitadora rebotó en el grifo y cayó en el bidet. Se enrrolló la mano en papel higiénico y se agarró del marco de la puerta. Ya no iba a saber más de aquel muchacho que lo retrasó en el mandado de su mamá cuando un mediodía se quedó oyendo en la radio que un pitcher de Distrito Federal se había fajado con el equipo de Nueva Esparta por 13 episodios y aunque perdió el juego, ponchó 18 y estuvo a punto de ganar. Felipe me pasó la mano por los hombros mientras ladeaba la cabeza. Se paró sin retirar el papel de su mejilla. Abrió el gabinete y sacó una barajita de un compartimiento secreto. Se quedó mirando la foto del Látigo y refirió como se lió a puñetazos con un muchacho que intentó arrebatarle la barajita de su héroe.
Pregunté si ese era el pitcher que él y Jesús Mario decían que transformaba aquel Magallanes mediocre de mediados de los años sesenta. Felipe se untó un dedo con saliva y lo masajeó en la herida. “El Látigo no sólo transformaba aquel Magallanes, cuando él pitcheaba el equipo era capaz de ganarle al Caracas, La Guaira o a cualquier equipo de Grandes Ligas”.
Jesús Mario contó que venía saliendo de un examen de reparación cuando escuchó que el Látigo había debutado en Grandes Ligas y aunque San Francisco perdió con los Cachorros, el Látigo había dominado a Ron Santo y Ernie Banks. “La noticia que llegaba del radio de una casa, me tranquilizó y me hizo tener esperanzas en que había hecho un buen examen”.
Le pregunté a Felipe si el Látigo era el pitcher que los había hecho saltar por todo el cuarto, y ni les importó el regaño de papá, ni que estaba reforzando a los archirivales Leones del Caracas, porque había retirado 25 bateadores en fila de los Industriales del Valencia. Felipe asintió y bajó la cara. ¿Cómo iba a hacer para volver a escuchar o ver un juego del Látigo?
No quise salir a jugar con mis hermanos. Papá se sentó conmigo en la cama. Me dijo que la vida es muy dura a veces y hay que respirar profundo y seguir adelante, aún con lágrimas en los ojos. Seguramente podría ver varios juegos del Látigo. “Si buscas en los ‘Sport Gráfico’ de tus hermanos y registras en los periódicos, encontrarás todos los juegos que quisiste ver del Látigo, y muchos que ni te imaginaste. Y si le preguntas a quienes lo vieron actuar dentro y fuera del campo, por supuesto que completarás la escena de ese juego”. Reclamé que mi sueño había sido asistir a un juego en vivo en el estadio Universitario, con las tribunas repletas, la sirena abrasando el ambiente y la punta del spike izquierdo del Látigo apuntando hacia el cielo. Papá me dio dos palmaditas en el hombro y un abrazo.
Unas noches atrás se me paralizó el dedo sobre el control al ver las imágenes de la película. Estaban sacando la botella del jardín cuarenta años después. Los papeles estaban fracturados, las monedas corroídas y la arena de mar era un polvillo apenas perceptible. Aquella noche me levanté varias veces. Es la única vez que he continuado un sueño. Mis amigos se quedaron mirando lo desgastada que estaba la litografía de la kolita Sifón. Sólo la podía leer quién había visto su estado original. Del pabilo sólo quedaban motas segmentadas. Los mechones de cabello parecían transparentes. El gurrufío se deshizo al primer movimiento. Del envoltorio de Aeromint sólo quedó la tirita azul que servía para abrir el paquete. El fragmento de pelota despedía vahos húmedos. Y el pedazo de papel se quebró en dos mitades al sacarlo de la botella. A duras penas lo juntamos sobre la grama. En letras desteñidas apareció el encabezado “La última entrevista de Isaías “Látigo” Chávez”. A pie de página decía Sport Gráfico y el número de la página.
Alfonso L. Tusa C.
Aquel papel dibujó los rayos de luz que atravesaban la persiana el mediodía del 16 de marzo de 1969. El locutor anunció en la radio “Zingara. Bobby Solo”. “Prendi questa mano zingara. Dimmi pure che destino havro…” Una fanfarria atravesó la canción. “Extra de NotiRumbos. En el peor accidente aereo que se recuerde en Venezuela perecieron todos los ocupantes de la aeronave de Viasa con destino a Estados Unidos. Entre los pasajeros se encontraba el dueño de Cardenales de Lara Antonio Herrera y los peloteros Carlos Santeliz e Isaías Látigo Chávez. Del baño llegó un ruido metálico. Cuando me asomé dos líneas escarlata surcaban las mejillas de Felipe. La afeitadora rebotó en el grifo y cayó en el bidet. Se enrrolló la mano en papel higiénico y se agarró del marco de la puerta. Ya no iba a saber más de aquel muchacho que lo retrasó en el mandado de su mamá cuando un mediodía se quedó oyendo en la radio que un pitcher de Distrito Federal se había fajado con el equipo de Nueva Esparta por 13 episodios y aunque perdió el juego, ponchó 18 y estuvo a punto de ganar. Felipe me pasó la mano por los hombros mientras ladeaba la cabeza. Se paró sin retirar el papel de su mejilla. Abrió el gabinete y sacó una barajita de un compartimiento secreto. Se quedó mirando la foto del Látigo y refirió como se lió a puñetazos con un muchacho que intentó arrebatarle la barajita de su héroe.
Pregunté si ese era el pitcher que él y Jesús Mario decían que transformaba aquel Magallanes mediocre de mediados de los años sesenta. Felipe se untó un dedo con saliva y lo masajeó en la herida. “El Látigo no sólo transformaba aquel Magallanes, cuando él pitcheaba el equipo era capaz de ganarle al Caracas, La Guaira o a cualquier equipo de Grandes Ligas”.
Jesús Mario contó que venía saliendo de un examen de reparación cuando escuchó que el Látigo había debutado en Grandes Ligas y aunque San Francisco perdió con los Cachorros, el Látigo había dominado a Ron Santo y Ernie Banks. “La noticia que llegaba del radio de una casa, me tranquilizó y me hizo tener esperanzas en que había hecho un buen examen”.
Le pregunté a Felipe si el Látigo era el pitcher que los había hecho saltar por todo el cuarto, y ni les importó el regaño de papá, ni que estaba reforzando a los archirivales Leones del Caracas, porque había retirado 25 bateadores en fila de los Industriales del Valencia. Felipe asintió y bajó la cara. ¿Cómo iba a hacer para volver a escuchar o ver un juego del Látigo?
No quise salir a jugar con mis hermanos. Papá se sentó conmigo en la cama. Me dijo que la vida es muy dura a veces y hay que respirar profundo y seguir adelante, aún con lágrimas en los ojos. Seguramente podría ver varios juegos del Látigo. “Si buscas en los ‘Sport Gráfico’ de tus hermanos y registras en los periódicos, encontrarás todos los juegos que quisiste ver del Látigo, y muchos que ni te imaginaste. Y si le preguntas a quienes lo vieron actuar dentro y fuera del campo, por supuesto que completarás la escena de ese juego”. Reclamé que mi sueño había sido asistir a un juego en vivo en el estadio Universitario, con las tribunas repletas, la sirena abrasando el ambiente y la punta del spike izquierdo del Látigo apuntando hacia el cielo. Papá me dio dos palmaditas en el hombro y un abrazo.
Unas noches atrás se me paralizó el dedo sobre el control al ver las imágenes de la película. Estaban sacando la botella del jardín cuarenta años después. Los papeles estaban fracturados, las monedas corroídas y la arena de mar era un polvillo apenas perceptible. Aquella noche me levanté varias veces. Es la única vez que he continuado un sueño. Mis amigos se quedaron mirando lo desgastada que estaba la litografía de la kolita Sifón. Sólo la podía leer quién había visto su estado original. Del pabilo sólo quedaban motas segmentadas. Los mechones de cabello parecían transparentes. El gurrufío se deshizo al primer movimiento. Del envoltorio de Aeromint sólo quedó la tirita azul que servía para abrir el paquete. El fragmento de pelota despedía vahos húmedos. Y el pedazo de papel se quebró en dos mitades al sacarlo de la botella. A duras penas lo juntamos sobre la grama. En letras desteñidas apareció el encabezado “La última entrevista de Isaías “Látigo” Chávez”. A pie de página decía Sport Gráfico y el número de la página.
Alfonso L. Tusa C.
jueves, 8 de marzo de 2012
Los Yanquis de la mediocridad tuvieron su propio extraño carisma
Dan Barry. The New York Times. 25-02-2012
En alguna parte entre el interminable espiral de aspiraciones de Long Island, un padre se sienta en la sala, toma varias veces de su cáliz de cerveza mientras considera las distintas amenazas financieras que se ciernen sobre su castillo de clase media. Por otro lado, en el piso de arriba, su hijo mayor pondera asuntos más urgentes mientras yace sobre el piso de su habitación, atrapado en la fiebre juvenil que lo envuelve:
El pantalón blue jean sucio y ajustado; las pelotas grises de originales medias blancas, los suplementos rotos de comiquitas; la dispersión de varias monedas de colección, algunas de las cuales costaban más del doble de su valor. Hasta el aire, cargado de un sándwich de boloña perdido y olvidado, pasan desapercibidos.
Larguirucho, con dientes prominentes, acostumbrado a las chanzas diarias, el muchacho analiza con fruición pilas de pequeños documentos rectangulares desperdigados frente a él, busca respuestas a porque le ha sido negada la oportunidad de seguir un equipo campeón. Está confundido más allá de la confusión que implica tener 11 años.
Gracias a la herencia del padre que está sentado en planta baja, él aupa con cada gramo de su cuerpo a un perenne equipo de mitad de la tabla: Los Yanquis de Nueva York.
Mientras escribo esto, oigo el clamor público a través del continente, los gritos de molestia en ciertos lugares de largo sufrimiento: las colinas mojadas de lluvia de Seattle, el desastre del Distrito de Columbia, la zona norte de Chicago, el lago de Cleveland. Hasta Boston, forzado por dos recientes victorias de Serie Mundial a ocultar el estatus de perdedor meticulosamente cultivado por varias generaciones, tiene su lugar.
¿Los Yanquis de Nueva York un equipo de mitad de la tabla? ¡No puede ser!
Ah, pero la citada documentación fue desplegada en el piso de aquella habitación en el verano de 1969, y el muchacho todavía la tiene. Así es, todavía la tengo guardada en una caja de zapatos Rockport cuya ubicación permanecerá en secreto: cientos de barajitas viejas de béisbol, salvadas con empeño de los esporádicos frenesíes de limpieza que barrieron nuestro hogar del desorden natural.
La mayoría de las barajitas valen menos de la mitad del valor de las monedas de colección; algunas hasta tienen marcas de deterioro por fuego. (Es extraño como no recuerdo haberle quemado los ojos al jardinero de los Angelinos de California Rick Reichart con una lupa). Mantengo las barajitas como evidencia, junto con las guía de medios de aquellos Yanquis que ilustran la casi olvidada era pre Steinbrenner, Mike Burke, y unos pocos recortes de periódicos de comienzos de 1969, cuando Mickey Mantle, mi ídolo roto, anunció que no podía jugar más, noté entonces, que el Mick nunca se adaptaría por completo a un trabajo sin grama.
Las barajitas de los Yanquis de mi colección, son como exhibiciones de fotografías sospechosas, preparadas para presentarlas ante lo Corte de Beligerancia. Desde Jake Gibbs, un catcher sin bate, hasta Walt Williams, un jardinero sin cuello, ellas confirman mi estatus de fanático de un equipo de mitad de la tabla. Aquí está Bill Robinson, un supuesto fenómeno, bateando .196; aquí está Steve Whitaker, otro, bateando un poco mejor. Aquí está el primera base Joe Pepitone mostrando su peluquín de juegos diurnos. Aquí está el segunda base Horace Clark, quién esquivaba tanto los contactos corporales que a menudo fallaba los relevos hacia primera base de potenciales dobleplays.
Aquí están Roger Repoz y Rubén Amaro, Andy Kosco y Charley Smith, Fred Talbot y Hal Reniff, Frank Tepedino y Gene Michael y Joe Verbanic y Thad Tillotson y Johnny Callison y Danny Cater y Curt Blefary y Jerry Kenney y Jimmy Lyttle y Celerino Sanchez, pobre Celerino Sanchez, y muchos otros que usted no recuerda.
Tan hueco como pueda sonar, estos fueron mis héroes. Sufría y aupaba a cada uno de ellos mientras fallaban en el Broadway del béisbol, Yankee Stadium, enfrentaban dos oponentes cada vez que salían al campo: El equipo de turno de la Liga Americana y los Yanquis del pasado. Los Yanquis de mi padre.
¿Quién sabe cuando un niño empieza a ser consciente del béisbol? Empecé a seguir el juego a los 7 años, en el invertido año de 1965. Mi madre venía de la rural Irlanda, donde el deporte significaba fútbol, rugby, lanzamientos y sangre; ella veía al béisbol como algo pastoral, cási como cortar la grama, sólo que con uniforme. Aún así, se hizo conocedora de nuestra afición central por los héroes post-Mantle, Bobby Murcer, Mel Stottlemyre, Roy White y Steve Hamilton, porque era esposa y madre, resolvió mantener la paz doméstica que ocasionalmente lograba alcanzar.
Mi padre en cambio era un neoyorquino hasta la médula, sin importar cuantas veces la ciudad le diera la espalda. Creció en medio de la Depresión, fue de tropiezo en tropiezo, nunca permaneció lo suficiente en una escuela para desarrollar amistades, nunca encontró raíces urbanas. Terminó la secundaria de noche, obtuvo su educación superior en el ejército durante la guerra de Corea, y regresó a trabajar en Wall Street, literalmente en la calle, como vendedor de puerta en puerta.
Pero atesoraba su pisacorbatas de los Yanquis como un anillo de diamantes. Eso le daba un toque de elegancia a sus camisas manchadas de sudor, sus zapatos de suelas gastadas, sus carreras. Un niño de padres alcohólicos, cuyas opciones de crianza incluían amarrarlo a un árbol del patio, él ahora aupaba al mejor equipo de béisbol en el día y socializaba con los peloteros en la noche en Toots Shor’s o el Copa con aquella pandilla de Billy Martin, Whitey Ford y Mickey Mantle. Todos ganadores.
Cuando yo tenía 7 años, sabía que Mickey Mantle había nacido el 20 de octubre de 1931, diez días después que mi padre. Que mi padre había visto a Don Larsen lanzar su juego perfecto en la Serie Mundial de 1956. Que Ruth predijo un jonrón en la Serie Mundial de 1932; que Gehrig fue el hombre más sortario en la faz de la tierra, pero no completamente; que DiMaggio una vez bateó imparables en 56 juegos seguidos; que Berra era el mejor y Maris era el mejor y Mantle era el mejor, siempre, aún con las piernas lesionadas
Y de pronto, los Yanquis perdieron la Serie Mundial de 1964 en siete juegos. Regresarán hijo, porque, son ganadores, no segundones. Los mejores, los mejores, mejores absolutos.
Pero justo cuando tenía la edad para entender mejor el béisbol, en la primavera de 1965, mi preciosa herencia se rompió en pedazos como algún pequeño juguete de una tienda de descuentos: los reverenciados y de repente mediocres Yanquis de Nueva York.
Las estadísticas, incluyendo aquellas del revés de aquellas barajitas, contaban el condenado cuento.
En 1965, cuando tenía 7 años, los Yanquis terminaron bajo .500 por primera vez desde 1925, 6 años antes que naciera mi padre.
En 1966, cuando tenía 8 años, terminaron en último lugar por primera vez desde 1912, tan lejos en el tiempo que entonces se llamaban los Highlanders, tenían un equipo con nombres como Hippo Vaughn, Cozy Dolan y Klondike Wilson.
Y en 1967, cuando tenía—si lo adivinaron—9 años, ellos de nuevo perdieron muchos más juegos de los que ganaron y completaron un trío de descalabros desconocido en la organización desde los días de Woodrow Wilson.
De hecho, los Yanquis de Nueva York de mis años formativos estuvieron plagados de fallas y mediocridad, con ocasionales relumbrones de competitividad, por 11 temporadas consecutivas. Este período fue tan negativo, tan impropio de los Yanquis, que hay que regresar a tiempos prehistóricos para hallar algo parecido, esto es aquellos años oscuros anteriores a la adquisición de Babe Ruth en 1919, dos décadas que son generalmente desestimadas en la narrativa histórica del equipo como un tipo de entrenamiento primaveral frustrado.
Es cierto que los Yanquis pronto pasarían por una sequía aún mayor: la era Mattingly, podría llamarse, cuando la impresionante carrera del corazón de león Don Mattingly, el Sísifo del Bronx, coincidió con 13 años de futilidad, entre 1982 y 1994, que no terminó hasta que el equipo clasificó para los play offs de 1995. Pero la anterior década de fallas, mi década, todavía estaba fresca en la memoria colectiva de los Yanquis. De muchas maneras, esto preparó a los aficionados del equipo para su descenso a las humillaciones sostenidas.
Como el colapso de otros imperios antes de éste, la caída de los Yanquis ha sido sometida a un intenso escrutinio académico, aunque al final las causas son esencialmente las mismas: envejecimiento, autosatisfacción, prejuicio. En 1965, los Yanquis adquirieron a un buen catcher defensivo de nombre Doc Edwards, quién saludó a sus nuevos compañeros con efusividad, pero de inmediató reconoció que aquellos hombres vendados a su alrededor ya no eran los famosos, dominantes Yanquis de años pasados.
“Ya no eran los Mickey Mantle y Whitey Ford y el Roger Marias que conocimos”, dijo Edwards. “Ellos habían alcanzado un punto de sus vidas donde todos estaban adoloridos. No se puede reemplazar a muchos purasangres con ponys, y en mi caso, un caballo de ocasión. No se puede hacer eso”.
No se puede hacer. Pero yo no entendía eso. ¿No eran los mismos los apellidos de los box scores de cuando el equipo dominaba octubre? ¿El sólo hecho de usar el uniforme de rayas no le imbuía a los peloteros el poder de Ruth y la gracia de DiMaggio? No sabía, por ejemplo, que Mantle estaba pagando el precio por años de abuso alcohólico, o que Ford y Elston Howard, a los 36 años, eran los Matusalén del béisbol.
Debido a las curiosidades del tiempo, y a las alianzas heredadas, me convertí en fanático de un equipo segundón. Y estoy muy agradecido.
De otra manera, no habría apreciado la necesidad de encontrar equilibrio cuando el mundo está patas arriba, como cuando una monja llevó un televisor al salón de sexto grado del Cyril and Methodius School para que viéramos un evento más espiritual que la visita papal de 1965: la Serie Mundial de 1969, que fue ganada por el otro equipo de Nueva York.
Los una vez sotaneros Mets estaban arriba, los una vez invencibles Yanquis estaban abajo, y los hijos e hijas de aquellos abandonados hacía una década por Dodgers de Brooklyn y los Gigantes de Nueva York secaron sus lágrimas y volvieron al estadio. Encasillado entonces como un yanquista perdedor, aprendí a ser buen deportista; a ver las maravillas del béisbol más allá de las algunas veces claustrofóbicas barras de las rayas del uniforme de los Yanquis.
A comprender por completo los poderes restauradores inherentes a la derrota, o la profunda resonancia del cliché que invitaba a esperar hasta el próximo año. Mientras otras familias se vinculaban a la victoria, mi familia se vinculaba a la derrota, un sentido persuasivo de estar fuera de lugar que se agudizaba por el conocimiento de la grandeza que hubo alguna vez.
Los nativos de Nueva Inglaterra de seguro recordarán donde estaban cuando sus amados Medias Rojas ganaron el banderín en 1967. Yo nunca he olvidado un domingo de principios de esa temporada, en junio, cuando los Yanquis ganaron el primer juego de una doble cartelera contra los Tigres de Detroit, e iban por la barrida.
¡Imagínense! ¡Ganar el doblejuego significaba acercarse más a jugar para .500, donde reside la mediocridad oficial! ¡Existía la posibilidad!
Mi hermano menor y yo entrábamos y salíamos de la casa en carreras infantiles, veíamos un inning en televisión, luego íbamos a jugar en la grama de enfrente, veíamos un inning en blanco y negro, jugábamos un inning en colores, y molestábamos a nuestro padre sobre lo que nos habíamos perdido. Fritz Peterson, el pitcher de los Yanquis, había permitido 6 carreras temprano en el juego, pero el equipo reaccionó hasta que con un out en el noveno inning, Jake Gibbs rompió el libreto y bateó un jonrón como emergente para empatar el juego.
Nuestro momento a la Bobby Thomson: ¡un batazo que se escuchó alrededor de la sala!
Ahora la modesta fortuna de nuestro equipo dependía del relevista Dooley Womack, cuyo nombre nunca nos pareció tonto; era sólo Dooley Womack. Mantuvo el juego igualado a través del décimo, undécimo y duodécimo innings, mientras las sombras del atardecer se adentraban sobre la grama de nuestro estadio, y nuestras peticiones telepáticas fallaron una vez más en mejorar las actuaciones de tipos como Bill Robinson (roletazo) y Steve Whitaker (roletazo para dobleplay).
Entonces, en la parte de arriba del décimo tercer inning, los Tigres llenaron las bases, y vino a batear con dos outs su segunda base, Dick McAuliffe, con aquel estilo de bateo gloriosamente excéntrico, con las piernas totalmente abiertas, nosotros lo imitábamos cuando jugábamos chapita. Dick McAuliffe. No era precisamente lo que se llamaba una amenaza. No era un Al Kaline o un Norman Cash. Sólo Dick McAuliffe.
Bien, bateando a la zurda, Dick McAuliffe le sacó un jonrón con las bases llenas a Dooley Womack por las gradas del jardín derecho.
Casi 45 años después, todavía recuerdo el dolor que me causó la derrota de aquel juego inconsecuente: el deprimente momento del contacto de McAuliffe; el marcador final, 11-7, números que en otros contextos son considerados sortarios; la sensación de insignificancia, muerte súbita en nuestra sala; y la reflexión de que el equipo de mi niñez simplemente no era lo suficientemente bueno, y nunca lo sería. Y estoy agradecido.
Los contínuos descalabros de los Yanquis hacían del juego de béisbol algo dulce. Se convirtió en un tipo de agente aglutinador para una familia suburbana que necesitaba una distracción compartida, un recurso siempre a la mano para cambiar la conversación. Cuando mi padre perdía su trabajo, o su compostura; cuando las discusiones domésticas de nuestro hogar subían tanto de tono que toda la vecindad las disfrutaba (Todos eran fanáticos de los Mets); cuando los perros se deslizaban debajo de la cerca y se escapaban de nuevo, siempre había algo como esto:
Papá, ¿viste que los Yanquis van a conseguir a Rocky Colavito?
Papá, ¡mira como levanto el pie alto como Lindy McDaniel!
Papá ¿sabés qué? ¡Bobby Murcer es un Todos Estrellas!
Papá, aquí dice que Mickey Mantle va a participar en el juego de los veteranos. ¿Podemos verlo juntos?
Cuando Chris Chambliss acabó con la década de sinsabores de los Yanquis con un jonrón para terminar el juego que envió al equipo a la Serie Mundial de 1976, yo era un estudiante de primer año en la universidad y tenía 18 años, técnicamente un hombre, quién brincó de su silla con la pasión de un niño de 11 años en el instante cuando la pelota se llevó la cerca.
Pero en los años siguientes, mientras los Yanquis volvieron a coleccionar campeonatos de Series Mundiales como yo una vez coleccionaba monedas, mi sangre Yanqui batallaba contra mi naturaleza de apoyar equipos débiles. Había sido condicionado por las burlas y el béisbol a resistir, a no dominar. Me encontré aupando por momentos a equipos de pequeños mercados, como los Mellizos de Minnesota, y equipo de cinturón oxidado, como los Tigres, como una manera de honrar a mi padre: fanático de los Yanquis de toda la vida, un subestimado toda la vida.
La familia hace tiempo se fue de Long Island. La madre irlandesa se marchó, y el padre de los Yanquis también. De vez en cuando abro la vieja caja de zapatos, agarro unos cuantos rectángulos de cartón, y despliego mi orgullosa herencia ante mí.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
En alguna parte entre el interminable espiral de aspiraciones de Long Island, un padre se sienta en la sala, toma varias veces de su cáliz de cerveza mientras considera las distintas amenazas financieras que se ciernen sobre su castillo de clase media. Por otro lado, en el piso de arriba, su hijo mayor pondera asuntos más urgentes mientras yace sobre el piso de su habitación, atrapado en la fiebre juvenil que lo envuelve:
El pantalón blue jean sucio y ajustado; las pelotas grises de originales medias blancas, los suplementos rotos de comiquitas; la dispersión de varias monedas de colección, algunas de las cuales costaban más del doble de su valor. Hasta el aire, cargado de un sándwich de boloña perdido y olvidado, pasan desapercibidos.
Larguirucho, con dientes prominentes, acostumbrado a las chanzas diarias, el muchacho analiza con fruición pilas de pequeños documentos rectangulares desperdigados frente a él, busca respuestas a porque le ha sido negada la oportunidad de seguir un equipo campeón. Está confundido más allá de la confusión que implica tener 11 años.
Gracias a la herencia del padre que está sentado en planta baja, él aupa con cada gramo de su cuerpo a un perenne equipo de mitad de la tabla: Los Yanquis de Nueva York.
Mientras escribo esto, oigo el clamor público a través del continente, los gritos de molestia en ciertos lugares de largo sufrimiento: las colinas mojadas de lluvia de Seattle, el desastre del Distrito de Columbia, la zona norte de Chicago, el lago de Cleveland. Hasta Boston, forzado por dos recientes victorias de Serie Mundial a ocultar el estatus de perdedor meticulosamente cultivado por varias generaciones, tiene su lugar.
¿Los Yanquis de Nueva York un equipo de mitad de la tabla? ¡No puede ser!
Ah, pero la citada documentación fue desplegada en el piso de aquella habitación en el verano de 1969, y el muchacho todavía la tiene. Así es, todavía la tengo guardada en una caja de zapatos Rockport cuya ubicación permanecerá en secreto: cientos de barajitas viejas de béisbol, salvadas con empeño de los esporádicos frenesíes de limpieza que barrieron nuestro hogar del desorden natural.
La mayoría de las barajitas valen menos de la mitad del valor de las monedas de colección; algunas hasta tienen marcas de deterioro por fuego. (Es extraño como no recuerdo haberle quemado los ojos al jardinero de los Angelinos de California Rick Reichart con una lupa). Mantengo las barajitas como evidencia, junto con las guía de medios de aquellos Yanquis que ilustran la casi olvidada era pre Steinbrenner, Mike Burke, y unos pocos recortes de periódicos de comienzos de 1969, cuando Mickey Mantle, mi ídolo roto, anunció que no podía jugar más, noté entonces, que el Mick nunca se adaptaría por completo a un trabajo sin grama.
Las barajitas de los Yanquis de mi colección, son como exhibiciones de fotografías sospechosas, preparadas para presentarlas ante lo Corte de Beligerancia. Desde Jake Gibbs, un catcher sin bate, hasta Walt Williams, un jardinero sin cuello, ellas confirman mi estatus de fanático de un equipo de mitad de la tabla. Aquí está Bill Robinson, un supuesto fenómeno, bateando .196; aquí está Steve Whitaker, otro, bateando un poco mejor. Aquí está el primera base Joe Pepitone mostrando su peluquín de juegos diurnos. Aquí está el segunda base Horace Clark, quién esquivaba tanto los contactos corporales que a menudo fallaba los relevos hacia primera base de potenciales dobleplays.
Aquí están Roger Repoz y Rubén Amaro, Andy Kosco y Charley Smith, Fred Talbot y Hal Reniff, Frank Tepedino y Gene Michael y Joe Verbanic y Thad Tillotson y Johnny Callison y Danny Cater y Curt Blefary y Jerry Kenney y Jimmy Lyttle y Celerino Sanchez, pobre Celerino Sanchez, y muchos otros que usted no recuerda.
Tan hueco como pueda sonar, estos fueron mis héroes. Sufría y aupaba a cada uno de ellos mientras fallaban en el Broadway del béisbol, Yankee Stadium, enfrentaban dos oponentes cada vez que salían al campo: El equipo de turno de la Liga Americana y los Yanquis del pasado. Los Yanquis de mi padre.
¿Quién sabe cuando un niño empieza a ser consciente del béisbol? Empecé a seguir el juego a los 7 años, en el invertido año de 1965. Mi madre venía de la rural Irlanda, donde el deporte significaba fútbol, rugby, lanzamientos y sangre; ella veía al béisbol como algo pastoral, cási como cortar la grama, sólo que con uniforme. Aún así, se hizo conocedora de nuestra afición central por los héroes post-Mantle, Bobby Murcer, Mel Stottlemyre, Roy White y Steve Hamilton, porque era esposa y madre, resolvió mantener la paz doméstica que ocasionalmente lograba alcanzar.
Mi padre en cambio era un neoyorquino hasta la médula, sin importar cuantas veces la ciudad le diera la espalda. Creció en medio de la Depresión, fue de tropiezo en tropiezo, nunca permaneció lo suficiente en una escuela para desarrollar amistades, nunca encontró raíces urbanas. Terminó la secundaria de noche, obtuvo su educación superior en el ejército durante la guerra de Corea, y regresó a trabajar en Wall Street, literalmente en la calle, como vendedor de puerta en puerta.
Pero atesoraba su pisacorbatas de los Yanquis como un anillo de diamantes. Eso le daba un toque de elegancia a sus camisas manchadas de sudor, sus zapatos de suelas gastadas, sus carreras. Un niño de padres alcohólicos, cuyas opciones de crianza incluían amarrarlo a un árbol del patio, él ahora aupaba al mejor equipo de béisbol en el día y socializaba con los peloteros en la noche en Toots Shor’s o el Copa con aquella pandilla de Billy Martin, Whitey Ford y Mickey Mantle. Todos ganadores.
Cuando yo tenía 7 años, sabía que Mickey Mantle había nacido el 20 de octubre de 1931, diez días después que mi padre. Que mi padre había visto a Don Larsen lanzar su juego perfecto en la Serie Mundial de 1956. Que Ruth predijo un jonrón en la Serie Mundial de 1932; que Gehrig fue el hombre más sortario en la faz de la tierra, pero no completamente; que DiMaggio una vez bateó imparables en 56 juegos seguidos; que Berra era el mejor y Maris era el mejor y Mantle era el mejor, siempre, aún con las piernas lesionadas
Y de pronto, los Yanquis perdieron la Serie Mundial de 1964 en siete juegos. Regresarán hijo, porque, son ganadores, no segundones. Los mejores, los mejores, mejores absolutos.
Pero justo cuando tenía la edad para entender mejor el béisbol, en la primavera de 1965, mi preciosa herencia se rompió en pedazos como algún pequeño juguete de una tienda de descuentos: los reverenciados y de repente mediocres Yanquis de Nueva York.
Las estadísticas, incluyendo aquellas del revés de aquellas barajitas, contaban el condenado cuento.
En 1965, cuando tenía 7 años, los Yanquis terminaron bajo .500 por primera vez desde 1925, 6 años antes que naciera mi padre.
En 1966, cuando tenía 8 años, terminaron en último lugar por primera vez desde 1912, tan lejos en el tiempo que entonces se llamaban los Highlanders, tenían un equipo con nombres como Hippo Vaughn, Cozy Dolan y Klondike Wilson.
Y en 1967, cuando tenía—si lo adivinaron—9 años, ellos de nuevo perdieron muchos más juegos de los que ganaron y completaron un trío de descalabros desconocido en la organización desde los días de Woodrow Wilson.
De hecho, los Yanquis de Nueva York de mis años formativos estuvieron plagados de fallas y mediocridad, con ocasionales relumbrones de competitividad, por 11 temporadas consecutivas. Este período fue tan negativo, tan impropio de los Yanquis, que hay que regresar a tiempos prehistóricos para hallar algo parecido, esto es aquellos años oscuros anteriores a la adquisición de Babe Ruth en 1919, dos décadas que son generalmente desestimadas en la narrativa histórica del equipo como un tipo de entrenamiento primaveral frustrado.
Es cierto que los Yanquis pronto pasarían por una sequía aún mayor: la era Mattingly, podría llamarse, cuando la impresionante carrera del corazón de león Don Mattingly, el Sísifo del Bronx, coincidió con 13 años de futilidad, entre 1982 y 1994, que no terminó hasta que el equipo clasificó para los play offs de 1995. Pero la anterior década de fallas, mi década, todavía estaba fresca en la memoria colectiva de los Yanquis. De muchas maneras, esto preparó a los aficionados del equipo para su descenso a las humillaciones sostenidas.
Como el colapso de otros imperios antes de éste, la caída de los Yanquis ha sido sometida a un intenso escrutinio académico, aunque al final las causas son esencialmente las mismas: envejecimiento, autosatisfacción, prejuicio. En 1965, los Yanquis adquirieron a un buen catcher defensivo de nombre Doc Edwards, quién saludó a sus nuevos compañeros con efusividad, pero de inmediató reconoció que aquellos hombres vendados a su alrededor ya no eran los famosos, dominantes Yanquis de años pasados.
“Ya no eran los Mickey Mantle y Whitey Ford y el Roger Marias que conocimos”, dijo Edwards. “Ellos habían alcanzado un punto de sus vidas donde todos estaban adoloridos. No se puede reemplazar a muchos purasangres con ponys, y en mi caso, un caballo de ocasión. No se puede hacer eso”.
No se puede hacer. Pero yo no entendía eso. ¿No eran los mismos los apellidos de los box scores de cuando el equipo dominaba octubre? ¿El sólo hecho de usar el uniforme de rayas no le imbuía a los peloteros el poder de Ruth y la gracia de DiMaggio? No sabía, por ejemplo, que Mantle estaba pagando el precio por años de abuso alcohólico, o que Ford y Elston Howard, a los 36 años, eran los Matusalén del béisbol.
Debido a las curiosidades del tiempo, y a las alianzas heredadas, me convertí en fanático de un equipo segundón. Y estoy muy agradecido.
De otra manera, no habría apreciado la necesidad de encontrar equilibrio cuando el mundo está patas arriba, como cuando una monja llevó un televisor al salón de sexto grado del Cyril and Methodius School para que viéramos un evento más espiritual que la visita papal de 1965: la Serie Mundial de 1969, que fue ganada por el otro equipo de Nueva York.
Los una vez sotaneros Mets estaban arriba, los una vez invencibles Yanquis estaban abajo, y los hijos e hijas de aquellos abandonados hacía una década por Dodgers de Brooklyn y los Gigantes de Nueva York secaron sus lágrimas y volvieron al estadio. Encasillado entonces como un yanquista perdedor, aprendí a ser buen deportista; a ver las maravillas del béisbol más allá de las algunas veces claustrofóbicas barras de las rayas del uniforme de los Yanquis.
A comprender por completo los poderes restauradores inherentes a la derrota, o la profunda resonancia del cliché que invitaba a esperar hasta el próximo año. Mientras otras familias se vinculaban a la victoria, mi familia se vinculaba a la derrota, un sentido persuasivo de estar fuera de lugar que se agudizaba por el conocimiento de la grandeza que hubo alguna vez.
Los nativos de Nueva Inglaterra de seguro recordarán donde estaban cuando sus amados Medias Rojas ganaron el banderín en 1967. Yo nunca he olvidado un domingo de principios de esa temporada, en junio, cuando los Yanquis ganaron el primer juego de una doble cartelera contra los Tigres de Detroit, e iban por la barrida.
¡Imagínense! ¡Ganar el doblejuego significaba acercarse más a jugar para .500, donde reside la mediocridad oficial! ¡Existía la posibilidad!
Mi hermano menor y yo entrábamos y salíamos de la casa en carreras infantiles, veíamos un inning en televisión, luego íbamos a jugar en la grama de enfrente, veíamos un inning en blanco y negro, jugábamos un inning en colores, y molestábamos a nuestro padre sobre lo que nos habíamos perdido. Fritz Peterson, el pitcher de los Yanquis, había permitido 6 carreras temprano en el juego, pero el equipo reaccionó hasta que con un out en el noveno inning, Jake Gibbs rompió el libreto y bateó un jonrón como emergente para empatar el juego.
Nuestro momento a la Bobby Thomson: ¡un batazo que se escuchó alrededor de la sala!
Ahora la modesta fortuna de nuestro equipo dependía del relevista Dooley Womack, cuyo nombre nunca nos pareció tonto; era sólo Dooley Womack. Mantuvo el juego igualado a través del décimo, undécimo y duodécimo innings, mientras las sombras del atardecer se adentraban sobre la grama de nuestro estadio, y nuestras peticiones telepáticas fallaron una vez más en mejorar las actuaciones de tipos como Bill Robinson (roletazo) y Steve Whitaker (roletazo para dobleplay).
Entonces, en la parte de arriba del décimo tercer inning, los Tigres llenaron las bases, y vino a batear con dos outs su segunda base, Dick McAuliffe, con aquel estilo de bateo gloriosamente excéntrico, con las piernas totalmente abiertas, nosotros lo imitábamos cuando jugábamos chapita. Dick McAuliffe. No era precisamente lo que se llamaba una amenaza. No era un Al Kaline o un Norman Cash. Sólo Dick McAuliffe.
Bien, bateando a la zurda, Dick McAuliffe le sacó un jonrón con las bases llenas a Dooley Womack por las gradas del jardín derecho.
Casi 45 años después, todavía recuerdo el dolor que me causó la derrota de aquel juego inconsecuente: el deprimente momento del contacto de McAuliffe; el marcador final, 11-7, números que en otros contextos son considerados sortarios; la sensación de insignificancia, muerte súbita en nuestra sala; y la reflexión de que el equipo de mi niñez simplemente no era lo suficientemente bueno, y nunca lo sería. Y estoy agradecido.
Los contínuos descalabros de los Yanquis hacían del juego de béisbol algo dulce. Se convirtió en un tipo de agente aglutinador para una familia suburbana que necesitaba una distracción compartida, un recurso siempre a la mano para cambiar la conversación. Cuando mi padre perdía su trabajo, o su compostura; cuando las discusiones domésticas de nuestro hogar subían tanto de tono que toda la vecindad las disfrutaba (Todos eran fanáticos de los Mets); cuando los perros se deslizaban debajo de la cerca y se escapaban de nuevo, siempre había algo como esto:
Papá, ¿viste que los Yanquis van a conseguir a Rocky Colavito?
Papá, ¡mira como levanto el pie alto como Lindy McDaniel!
Papá ¿sabés qué? ¡Bobby Murcer es un Todos Estrellas!
Papá, aquí dice que Mickey Mantle va a participar en el juego de los veteranos. ¿Podemos verlo juntos?
Cuando Chris Chambliss acabó con la década de sinsabores de los Yanquis con un jonrón para terminar el juego que envió al equipo a la Serie Mundial de 1976, yo era un estudiante de primer año en la universidad y tenía 18 años, técnicamente un hombre, quién brincó de su silla con la pasión de un niño de 11 años en el instante cuando la pelota se llevó la cerca.
Pero en los años siguientes, mientras los Yanquis volvieron a coleccionar campeonatos de Series Mundiales como yo una vez coleccionaba monedas, mi sangre Yanqui batallaba contra mi naturaleza de apoyar equipos débiles. Había sido condicionado por las burlas y el béisbol a resistir, a no dominar. Me encontré aupando por momentos a equipos de pequeños mercados, como los Mellizos de Minnesota, y equipo de cinturón oxidado, como los Tigres, como una manera de honrar a mi padre: fanático de los Yanquis de toda la vida, un subestimado toda la vida.
La familia hace tiempo se fue de Long Island. La madre irlandesa se marchó, y el padre de los Yanquis también. De vez en cuando abro la vieja caja de zapatos, agarro unos cuantos rectángulos de cartón, y despliego mi orgullosa herencia ante mí.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
martes, 6 de marzo de 2012
Un momento emocional para Varitek y su familia
Peter Abraham. The Boston Globe. 01-03-2012
Fort Myers, Fla. _ Jason Varitek tenía sus emociones controladas hasta que levantó la mirada y vio a muchos de sus compañeros alineados detrás de las sillas donde se sentaron sus padres.
Estaban Jon Lester y Clay Buchholz, dos de los cuatro pitchers a los que guió a lanzar sin hit ni carrera. Tim Wakefield, su compañero por 15 años quién había anunciado su retiro dos semanas antes, estaba ahí. También Josh Beckett, el tejano terco que insistía en que Varitek fuera su receptor.
Una docena o más estaban ahí, todos para rendirle homenaje.
Ahí fue donde lo sacudió la marea y por primera vez que alguno de ellos pueda recordar, su capitán, el pelotero más duro que conocían, rompió a llorar.
“Muchachos, ustedes no tienen idea de lo que esto significa”, dijo Varitek antes de hacer una pausa y enjugarse las mejillas.
Varitek habló desde un podio en frente del “home” de JetBlue Park, una nueva facilidad donde nunca jugará. Su esposa, Catherine, y sus tres hijas, Alexandra, Kendall y Caroline, se sentaron a pocos metros de distancia.
“Él ha estado muy emocional toda la semana”, dijo Catherine Varitek. “Es algo muy duro para él. Los muchachos significan mucho para él”.
Beckett dijo: “Es dificil ver llorar a un hombre. No tengo palabras para hablar de él y de lo que significó para nosotros”.
Los Medias Rojas le ofrecieron a Varitek un contrato de ligas menores y no le podían garantizar un puesto en el equipo grande. Él tenía ofertas de otros equipos pero no estaba dispuesto a cambiar de uniforme. Eso llevó a Varitek a ponerse un flux gris y pararse frente al plato donde hubiese querido agacharse a llamar el juego.
“Él estaba muy consciente de que está dejando un legado. Fue muy importante conocerlo”, dijo Scott Boras, el agente por mucho tiempo de Varitek. “Él lideraba un cuerpo de pitcheo y marcaba el paso de una organización, se identificaba con éste equipo”.
“Fue más que un uniforme, o un trabajo, o un lugar. Para él, se trataba de ser parte de la tela”.
Joe Varitek quién crió a Jason y otros tres hijos, dijo que era un momento de orgullo para su familia. Él y su esposa Donna, vieron a su hijo hablar con una cajita de toallas al alcance de la mano.
“Si lideras por ejemplo, que es lo que él hace, siempre es bueno ver a otras persones notarlo y reflexionar sobre eso”, dijo. “Es un gran sentimiento. Es algo que valoras toda la vida”.
El dueño John Henry dijo que ver retirarse a Varitek y Wakefield se sentía como el fin de una era para los Medias Rojas.
“Esto habla más de ellos, del tipo de persona que son, que de cualquier otra cosa.”, dijo. “Estos son dos jugadores extraordinarios que lo dieron todo. Cuando se tienen dos jugadores de su estatura que han sido parte de esta organización por tanto tiempo, cuando ellos se van, comienza un nuevo capítulo”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
Fort Myers, Fla. _ Jason Varitek tenía sus emociones controladas hasta que levantó la mirada y vio a muchos de sus compañeros alineados detrás de las sillas donde se sentaron sus padres.
Estaban Jon Lester y Clay Buchholz, dos de los cuatro pitchers a los que guió a lanzar sin hit ni carrera. Tim Wakefield, su compañero por 15 años quién había anunciado su retiro dos semanas antes, estaba ahí. También Josh Beckett, el tejano terco que insistía en que Varitek fuera su receptor.
Una docena o más estaban ahí, todos para rendirle homenaje.
Ahí fue donde lo sacudió la marea y por primera vez que alguno de ellos pueda recordar, su capitán, el pelotero más duro que conocían, rompió a llorar.
“Muchachos, ustedes no tienen idea de lo que esto significa”, dijo Varitek antes de hacer una pausa y enjugarse las mejillas.
Varitek habló desde un podio en frente del “home” de JetBlue Park, una nueva facilidad donde nunca jugará. Su esposa, Catherine, y sus tres hijas, Alexandra, Kendall y Caroline, se sentaron a pocos metros de distancia.
“Él ha estado muy emocional toda la semana”, dijo Catherine Varitek. “Es algo muy duro para él. Los muchachos significan mucho para él”.
Beckett dijo: “Es dificil ver llorar a un hombre. No tengo palabras para hablar de él y de lo que significó para nosotros”.
Los Medias Rojas le ofrecieron a Varitek un contrato de ligas menores y no le podían garantizar un puesto en el equipo grande. Él tenía ofertas de otros equipos pero no estaba dispuesto a cambiar de uniforme. Eso llevó a Varitek a ponerse un flux gris y pararse frente al plato donde hubiese querido agacharse a llamar el juego.
“Él estaba muy consciente de que está dejando un legado. Fue muy importante conocerlo”, dijo Scott Boras, el agente por mucho tiempo de Varitek. “Él lideraba un cuerpo de pitcheo y marcaba el paso de una organización, se identificaba con éste equipo”.
“Fue más que un uniforme, o un trabajo, o un lugar. Para él, se trataba de ser parte de la tela”.
Joe Varitek quién crió a Jason y otros tres hijos, dijo que era un momento de orgullo para su familia. Él y su esposa Donna, vieron a su hijo hablar con una cajita de toallas al alcance de la mano.
“Si lideras por ejemplo, que es lo que él hace, siempre es bueno ver a otras persones notarlo y reflexionar sobre eso”, dijo. “Es un gran sentimiento. Es algo que valoras toda la vida”.
El dueño John Henry dijo que ver retirarse a Varitek y Wakefield se sentía como el fin de una era para los Medias Rojas.
“Esto habla más de ellos, del tipo de persona que son, que de cualquier otra cosa.”, dijo. “Estos son dos jugadores extraordinarios que lo dieron todo. Cuando se tienen dos jugadores de su estatura que han sido parte de esta organización por tanto tiempo, cuando ellos se van, comienza un nuevo capítulo”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
viernes, 24 de febrero de 2012
Omar Bencomo Jr, pitcher de béisbol profesional atracado para arrebatarle el carro.
El sábado 18 de febrero de 2012 leí en la primera página de Ciudadanos, de El Nacional: “Pitcher de Magallanes herido en atraco”. Me fui a la página 7 y encontré que el pitcher relevista, quién pensé lanzaría este año con Magallanes, había sido víctima del hampa para despojarlo de su automóvil en la ciudad de Valencia. El atraco ocasionó la pérdida de un riñón y la incertidumbre de si Bencomo podrá iniciar la temporada de ligas menores en abril, o si podrá volver a jugar béisbol.
La temporada pasada revisé varias veces la actuación de Omar Bencomo con los Hot Rods de Bowling Green en la Midwest League Clase A, filial de los Rayas de Tampa Bay. A pesar de una marca de 4-5 y 3.97 de efectividad, se aprecia el principal valor de Bencomo, utilizado hasta ahora como relevista intermedio, un control afilado al punto de conceder sólo 13 boletos en 79.1 episodios en 2011 y un promedio de 1.1 boleto por cada 9 innings lanzados en sus 5 temporadas de ligas menores. En ese momento me pareció que podía ser un candidato a considerar para el bull pen de los Navegantes del Magallanes en la temporada 2011-12, al menos durante las primeras semanas.
Llamé a José Rafael Rodríguez para profundizar sobre los pormenores de las consecuencias del evento delictivo en la salud de Omar Bencomo y por consiguiente en la continuidad de su carrera en el béisbol profesional. Me confirmó que de acuerdo con el reporte médico, la situación de Bencomo es de cuidado, más se espera una recuperación progresiva. La pérdida del riñón no debería afectar su vida futura, a excepción de ciertas precauciones a guardar. La reconstrucción del colón también se espera que evolucione con toda normalidad.
En cuanto a la continuación de la carrera de Bencomo en el béisbol, es muy probable que a partir de junio empiece a lanzar pelotas. De ahí en adelante empezarán los trámites para buscar equipo en el béisbol de ligas menores, ligas independientes, Japón, Italia, España, México,etc.
“Bencomo había sido dejado en libertad por Tampa Bay, lo cual me resultó sorpresivo”, comentó Rodríguez.
Esperamos que la recuperación sea un éxito y que Bencomo sea al menos considerado dentro de los candidatos a integrar el bull pen de los Navegantes del Magallanes para la temporada 2012-13.
Alfonso L. Tusa C.
La temporada pasada revisé varias veces la actuación de Omar Bencomo con los Hot Rods de Bowling Green en la Midwest League Clase A, filial de los Rayas de Tampa Bay. A pesar de una marca de 4-5 y 3.97 de efectividad, se aprecia el principal valor de Bencomo, utilizado hasta ahora como relevista intermedio, un control afilado al punto de conceder sólo 13 boletos en 79.1 episodios en 2011 y un promedio de 1.1 boleto por cada 9 innings lanzados en sus 5 temporadas de ligas menores. En ese momento me pareció que podía ser un candidato a considerar para el bull pen de los Navegantes del Magallanes en la temporada 2011-12, al menos durante las primeras semanas.
Llamé a José Rafael Rodríguez para profundizar sobre los pormenores de las consecuencias del evento delictivo en la salud de Omar Bencomo y por consiguiente en la continuidad de su carrera en el béisbol profesional. Me confirmó que de acuerdo con el reporte médico, la situación de Bencomo es de cuidado, más se espera una recuperación progresiva. La pérdida del riñón no debería afectar su vida futura, a excepción de ciertas precauciones a guardar. La reconstrucción del colón también se espera que evolucione con toda normalidad.
En cuanto a la continuación de la carrera de Bencomo en el béisbol, es muy probable que a partir de junio empiece a lanzar pelotas. De ahí en adelante empezarán los trámites para buscar equipo en el béisbol de ligas menores, ligas independientes, Japón, Italia, España, México,etc.
“Bencomo había sido dejado en libertad por Tampa Bay, lo cual me resultó sorpresivo”, comentó Rodríguez.
Esperamos que la recuperación sea un éxito y que Bencomo sea al menos considerado dentro de los candidatos a integrar el bull pen de los Navegantes del Magallanes para la temporada 2012-13.
Alfonso L. Tusa C.
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