La nota de Facebook encendió una luz de alerta en el subconsciente. “Melvin Mora convoca rueda de prensa a las 5pm en el estadio José Bernardo Pérez”. De inmediato vinieron imágenes del sexto juego de la final 1993-94. La anécdota con John Carrillo al momento de firmar al profesional (“Déme lo que usted quiera. Voy a llegar más lejos que ellos”.). El tripleplay con los Orioles de Baltimore cuando dejó caer un elevado en el left field corto. EL bate de plata en 2004. Todas avanzaban, y el sexto juego seguía centelleando.
Quince minutos después, en el mismo sitio informaban que Mora anunciaba su retiro del beisbol profesional venezolano antes del último juego de los Navegantes del Magallanes en la temporada 2011-2012.
Aquel 30 de enero de 1994 decidí regresar de Cumaná a medianoche. Así tendría oportunidad de apreciar por televisión el sexto juego de la primera final Caracas-Magallanes.
Seguí imaginando que sin Mora ni José Altuve, Magallanes debía reforzarse con pitcheo abridor y relevista para el round robin.
A medida que se acercaban las 5:30 pm, sentía una especie de hormigueo entre la espalda y el pecho. Caracas ganaba la serie 3 juegos a 2 y aquel enfrentamiento podía significar el título para los Leones.
Me senté frente al televisor cuando informaban las alineaciones. Los caraquistas frotaban sus manos. “Urbano Lugo nos va a dar ese título”. Me quedé mirando a Carlos mientras decía que Juan Carlos Pulido siempre lanzaba bien contra el Caracas.
En la antesala del juego, Dámaso Blanco exprimió todas las emociones de Endy Chávez en tributo a los consejos y alegrías que le había proporcionado Melvin Mora. Con voz entrecortada y un manantial en los ojos, Mora elogió a Endy y reconoció las observaciones de Dámaso al principio de su carrera.
Dudaba que Pulido mantuviera a raya a los Leones, aún cuando al cierre del tercer episodio el juego seguía 0-0 a favor de una inmensa tensión emocional. Carlos me hizo saltar con un manotazo en la espalda. “Ya vas a ver que ganaremos”.
Cuando el forcejeo llegó al sexto inning con la pizarra cuajada de arepas, reconocía la gran labor de Pulido, sin embargo Lugo se mantenía tan imbateable que resultaba difícil visualizar como le anotarían una carrera. Omar Vizquel vino a consumir turno con hombre en tercera y 2 outs, soltó una línea entre center y right field, de esas con etiqueta para llegar hasta la base de la pared. Allí me dije, “Hasta aquí llegó Pulido.” En televisión Delio Amado León comentaba la peligrosidad del batazo. En radio Carlos Tovar Bracho empezó una escalada sónica tras las huellas del impacto. Mientras la pelota se aproximaba a la grama empezó a dibujarse una sombra a un costado de la pantalla, las voces de Delio Amado y Carlos Tovar se entrecruzaron al tiempo que las tonalidades marrones de un guante aparecian en el plano inmediato posterior, la silueta del jardinero flotando sobre la grama reventó las gargantas de la narración. León prodigaba el coraje y la determinación del jardinero central. Tovar Bracho atragantó sus adjetivos entre la emoción de dibujar como la pelota aterrizaba en el pundonor para jugar beisbol de aquel muchacho llamado Melvin Mora. La jugada me hizo creer que había una sustancia en aquel equipo, lo que llevan en el alma los ganadores. Aún así el juego llegó 0-0 al cierre del noveno.
Lo único que se escuchaba era los latidos cardíacos de quienes veían el juego. Carlos García largó doblete a la izquierda y las emociones fluyeron con más intensidad. El Almirante llegó a la antesala con elevado de sacrificio de Oscar Azocar. Luego de los boletos intencionales de Luis Raven y Chris Hatcher, sirvieron la escena para un elevado de Álvaro Espinoza relativamente corto a la izquierda. Carlos García se desprendió con toda su determinación hacia el plato y entró de cabeza con el mensaje de la gloria. La celebración magallanera galvanizó sobre el plato del José Bernardo Pérez, el primero que salió a abrazar al Almirante sobre el “home” fue Melvin Mora.
Antes de empezar el juego Mora se dirigió a la concurrencia y habló de la entrega como pelotero y técnico de Carlos García. “El fue quién me enseñó lo que significa el compromiso, el respeto y el pundonor de ponerse la franela magallanera”.
En el noveno inning del juego que significó la clasificación del Magallanes, García sacó a Mora de emergente. Me pareció una escena de “El Campo de los Sueños”, sobre todo al momento del swing y la trayectoria que tomó la pelota. Luego al momento de la defensiva siguió en el ambiente la recordada película cuando Endy lo llamó para que cubriera el center field, su posición original con el Magallanes.
Alfonso L. Tusa C.
viernes, 30 de diciembre de 2011
jueves, 15 de diciembre de 2011
El calor de La Habana
Luego de más de cinco meses recibí un libro de béisbol que Mike Lynch me había enviado a fin de analizarlo para la web page Seamheads.com. Es una novela escrita por Darryl Brock sobre el pitcher sordo Luther Taylor de los Gigantes de Nueva York.
La historia se ubica a medio camino entre la ficción y la realidad. La escritura emerge del corazón apoyada en un conocimiento que bucea en las profundidades más remotas del juego. Cada seña emitida por el personaje principal, despliega un ambiente especial que dibuja los diamantes de béisbol y la intimidad de la vida privada de Taylor en trazos de alta dimensión narrativa
Los Gigantes de John McGraw de comienzos del siglo XX, contaban entre sus lanzadores a Taylor, mas una lesión en su brazo de lanzar lo llevó al retiro.
La narrativa de Brock dibuja un ambiente de béisbol tan profundo que cada página deja pezrrubia en las manos y cada línea resuena sobre la grama de los jardines con emociones atrapadas en la más legítima de las expresiones del juego, una competitividad que destila a través de las ganas de regresar al juego de Taylor, quién siente que su brazo ha recuperado la fuerza. Son impresionantes las pinturas de las manifestaciones cubanas por el juego. Los aficionados llaman a John McGraw el “mono amarillo” en recuerdo del color del uniforme que usaba cuando años atrás fue a jugar una serie en la isla. También sorprenden a Taylor cuando le gritan “¡el sordo!” y éste disfruta la efusividad luego de consultar su diccionario bilingüe. Brock recorre las calles y el malecón de La Habana con detalles de alguien que siente la ciudad en el alma.
Brock sorprende con todas esas tonalidades encarnadas de su pincel en las particularidades de aquel béisbol de otros tiempos. Al referir como McGraw recogió dinero de sus peloteros para apostarlo y motivar a sus jugadores, me hizo recordar cuando jugábamos las caimaneras en el solar de asfalto frente a la casa y los muchachos decían: “vamos a jugar a los refrescos”. Entonces se veían las jugadas más escalofriantes. Una vez uno de los muchachos corrió hasta la calle y casi se lo lleva un carro. En la novela, Taylor desde el cajón de coach empieza a gritar “Mamá” al pitcher de los Rojos de La Habana hasta que lo saca de concentración y allí aprovecharon los Gigantes para marcar una rayita. La manera como el escritor mezcla los pormenores del juego con las intimidades de los peloteros crea una atmósfera de tensión que sólo termina en la última página del libro.
En paralelo ocurre una historia apasionante que arrastra el tono emotivo de la novela hasta transmutarlo en suspenso. Brock maneja muy bien los conocimientos de cultura cubana, esto le permite llenar de imagenes expresivas el transcurso de los episodios.
Alfonso L. Tusa C.
La historia se ubica a medio camino entre la ficción y la realidad. La escritura emerge del corazón apoyada en un conocimiento que bucea en las profundidades más remotas del juego. Cada seña emitida por el personaje principal, despliega un ambiente especial que dibuja los diamantes de béisbol y la intimidad de la vida privada de Taylor en trazos de alta dimensión narrativa
Los Gigantes de John McGraw de comienzos del siglo XX, contaban entre sus lanzadores a Taylor, mas una lesión en su brazo de lanzar lo llevó al retiro.
La narrativa de Brock dibuja un ambiente de béisbol tan profundo que cada página deja pezrrubia en las manos y cada línea resuena sobre la grama de los jardines con emociones atrapadas en la más legítima de las expresiones del juego, una competitividad que destila a través de las ganas de regresar al juego de Taylor, quién siente que su brazo ha recuperado la fuerza. Son impresionantes las pinturas de las manifestaciones cubanas por el juego. Los aficionados llaman a John McGraw el “mono amarillo” en recuerdo del color del uniforme que usaba cuando años atrás fue a jugar una serie en la isla. También sorprenden a Taylor cuando le gritan “¡el sordo!” y éste disfruta la efusividad luego de consultar su diccionario bilingüe. Brock recorre las calles y el malecón de La Habana con detalles de alguien que siente la ciudad en el alma.
Brock sorprende con todas esas tonalidades encarnadas de su pincel en las particularidades de aquel béisbol de otros tiempos. Al referir como McGraw recogió dinero de sus peloteros para apostarlo y motivar a sus jugadores, me hizo recordar cuando jugábamos las caimaneras en el solar de asfalto frente a la casa y los muchachos decían: “vamos a jugar a los refrescos”. Entonces se veían las jugadas más escalofriantes. Una vez uno de los muchachos corrió hasta la calle y casi se lo lleva un carro. En la novela, Taylor desde el cajón de coach empieza a gritar “Mamá” al pitcher de los Rojos de La Habana hasta que lo saca de concentración y allí aprovecharon los Gigantes para marcar una rayita. La manera como el escritor mezcla los pormenores del juego con las intimidades de los peloteros crea una atmósfera de tensión que sólo termina en la última página del libro.
En paralelo ocurre una historia apasionante que arrastra el tono emotivo de la novela hasta transmutarlo en suspenso. Brock maneja muy bien los conocimientos de cultura cubana, esto le permite llenar de imagenes expresivas el transcurso de los episodios.
Alfonso L. Tusa C.
lunes, 12 de diciembre de 2011
Tim Lincecum inspira hablar sobre Sandy Koufax.
Con lanzamientos que los bateadores rivales consideran “difíciles”, el derecho de los Gigantes tiene el potencial para dominar.
John Lowe. Detroit Free Press.
Tim Lincecum, el magnífico derecho de los Giagntes de San Francisco, nació en 1984. Como 20 años después de que Sandy Koufax dejó marca de 25-5 con los Dodgers de 1963, luego en el primer juego de la Serie Mundial ponchó a los cinco primeros Yanquis.
“¿Cómo se puede ser tan sucio?” Preguntó Lincecum. En este caso “sucio” es un sinónimo de “superpoderoso”.
Koufax era sucio de la misma forma que Lincecum es ahora. Tenía una recta durísima, una curva afilada y mucho comando en sus pitcheos y en su esencia competitiva.
Yo era un seguidor de Lincecum cuando me enteré que él era seguidor de Koufax. El padre de Lincecum le transmitió la admiración por Koufax a su hijo.
Cuando hablé con Lincecum, el conocía el estilo de pitcheo de Koufax, pero quería saber más de los logros del hombre que es considerado por muchos como el mejor zurdo de todos los tiempos. Le recité algunos logros:
. Koufax dejó marca de 111-34 en los últimos cinco años de su carrera.
. En cada uno de esos cinco años Koufax lideró la Liga Nacional en efectividad.
. En tres de esos cinco años Koufax ganó el premio Cy Young. Había un solo Cy Young para ambas ligas. En las tres temporadas que lo ganó, Koufax ganó todos los 10 votos de primer lugar de electores de la Liga Americana, así como los 10 de la Liga Nacional. En esas tres temporadas tuvo de 60-60 en votos de primer lugar.
“Eso es insano”, dijo Lincecum al escuchar esto.
Luego le conté a Lincecum que Koufax ganó el séptimo juego de la Serie Mundial de 1965, en Minnesota, 2-0, con dos días de descanso, aún cuando su curva no le funcionó. Dejó a los Mellizos en tres imparables esencialmente a punta de rectas en los últimos episodios. “Ni siquiera sé como catalogar eso, salir adelante con sólo un pitcheo”, dijo Lincecum.
Hay otro punto de Koufax que tiene a Lincecum en ascuas.
“Sus no-hitters”, dijo Lincecum. “Lanzó cuatro. Me gustaría lanzar un no-hitter alguna vez, pero definitivamente estoy lejos de eso”.
“Si pudiera alguna vez, me gustaría sentarme y mirar algunos de sus juegos para ver como atacaba a los bateadores”.
Entonces le dije a Lincecum que Koufax es una de esas figuras inusuales cuya leyenda crece, lejos de palidecer, ante el escrutinio de sus números. Le dije que Koufax fue un caballero y un gran compañero. Dije que Koufax calificaba para unas líneas que escribió David Halberstam sobre el narrador Edward R. Murrow.
“Una de esas raras figuras legendarias que fueron tan buenas como su mito”.
Quizás Lincecum llegue a ese nivel.
La temporada pasada Lincecum tuvo un año grandioso, dejó marca de 18-5 y lideró la Gran Carpa con 265 ponches en 227 innings y una efectividad de 2.62. A los 24 años ganó el premio Cy Young de la Liga Nacional. Koufax no logró eso hasta 1963 cuando tenía 27 años.
Lincecum mostró su promesa como pitcher de primera categoría en Grandes Ligas y tiene el potencial para ser una fuerza dominante en el futuro y posiblemente iguale algunos de los logros de uno de los pitchers más difíciles de la historia del béisbol.
Ademá de su premio Cy Young, su aparición en el Juego de Estrellas y el título de ponchados, Lincecum ocupó el segundo lugar en efectividad en la Liga Nacional, tercero en innings lanzados, primero en ponchados por cada nueve innings (10.51), segundo en porcentaje de juegos ganados (.783) y primero en menos hits permitidos por cada nueve innings (7.22). Sucio, por cierto.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
John Lowe. Detroit Free Press.
Tim Lincecum, el magnífico derecho de los Giagntes de San Francisco, nació en 1984. Como 20 años después de que Sandy Koufax dejó marca de 25-5 con los Dodgers de 1963, luego en el primer juego de la Serie Mundial ponchó a los cinco primeros Yanquis.
“¿Cómo se puede ser tan sucio?” Preguntó Lincecum. En este caso “sucio” es un sinónimo de “superpoderoso”.
Koufax era sucio de la misma forma que Lincecum es ahora. Tenía una recta durísima, una curva afilada y mucho comando en sus pitcheos y en su esencia competitiva.
Yo era un seguidor de Lincecum cuando me enteré que él era seguidor de Koufax. El padre de Lincecum le transmitió la admiración por Koufax a su hijo.
Cuando hablé con Lincecum, el conocía el estilo de pitcheo de Koufax, pero quería saber más de los logros del hombre que es considerado por muchos como el mejor zurdo de todos los tiempos. Le recité algunos logros:
. Koufax dejó marca de 111-34 en los últimos cinco años de su carrera.
. En cada uno de esos cinco años Koufax lideró la Liga Nacional en efectividad.
. En tres de esos cinco años Koufax ganó el premio Cy Young. Había un solo Cy Young para ambas ligas. En las tres temporadas que lo ganó, Koufax ganó todos los 10 votos de primer lugar de electores de la Liga Americana, así como los 10 de la Liga Nacional. En esas tres temporadas tuvo de 60-60 en votos de primer lugar.
“Eso es insano”, dijo Lincecum al escuchar esto.
Luego le conté a Lincecum que Koufax ganó el séptimo juego de la Serie Mundial de 1965, en Minnesota, 2-0, con dos días de descanso, aún cuando su curva no le funcionó. Dejó a los Mellizos en tres imparables esencialmente a punta de rectas en los últimos episodios. “Ni siquiera sé como catalogar eso, salir adelante con sólo un pitcheo”, dijo Lincecum.
Hay otro punto de Koufax que tiene a Lincecum en ascuas.
“Sus no-hitters”, dijo Lincecum. “Lanzó cuatro. Me gustaría lanzar un no-hitter alguna vez, pero definitivamente estoy lejos de eso”.
“Si pudiera alguna vez, me gustaría sentarme y mirar algunos de sus juegos para ver como atacaba a los bateadores”.
Entonces le dije a Lincecum que Koufax es una de esas figuras inusuales cuya leyenda crece, lejos de palidecer, ante el escrutinio de sus números. Le dije que Koufax fue un caballero y un gran compañero. Dije que Koufax calificaba para unas líneas que escribió David Halberstam sobre el narrador Edward R. Murrow.
“Una de esas raras figuras legendarias que fueron tan buenas como su mito”.
Quizás Lincecum llegue a ese nivel.
La temporada pasada Lincecum tuvo un año grandioso, dejó marca de 18-5 y lideró la Gran Carpa con 265 ponches en 227 innings y una efectividad de 2.62. A los 24 años ganó el premio Cy Young de la Liga Nacional. Koufax no logró eso hasta 1963 cuando tenía 27 años.
Lincecum mostró su promesa como pitcher de primera categoría en Grandes Ligas y tiene el potencial para ser una fuerza dominante en el futuro y posiblemente iguale algunos de los logros de uno de los pitchers más difíciles de la historia del béisbol.
Ademá de su premio Cy Young, su aparición en el Juego de Estrellas y el título de ponchados, Lincecum ocupó el segundo lugar en efectividad en la Liga Nacional, tercero en innings lanzados, primero en ponchados por cada nueve innings (10.51), segundo en porcentaje de juegos ganados (.783) y primero en menos hits permitidos por cada nueve innings (7.22). Sucio, por cierto.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Merrit Ranew y Mickey Scott dos grandes peloteros que iluminaron la LVBP
Esta mañana revisando varios portales en Internet se me detuvo la mirada ante la necrología de beisbolistas en 2011. Específicamente en octubre, el 18 falleció en Valdosta, Georgia, aquel pundonoroso receptor Merrit Ranew quién reforzó en la temporada 1962-63 a La Guaira y en la 1967-68 a los Navegantes del Magallanes. Aún con los recuerdos del receptor burbujeando, la mirada se clavó en el 30 de octubre allí se congeló por varios segundos, Mickey Scott, un lanzador batallador como pocos en la LVBP, que reforzó a las Águilas del Zulia entre 1971 y 1975 y después regresó para la 1976-77, dejó de existir en Binghamton, New York.
Merrit Thomas Ranew nació el 10 de mayo de 1938 en Albany, Georgia. Fue firmado para jugar en el profesional en 1957 por el scout de béisbol y leyenda de Albany, Paul Eames. Firmó con los Bravos de Milwaukee como agente libre amateur. Debutó en 1962 con los Colt .45s de Houston. Luego pasó a los Cachorros de Chicago en 1963. En 1964 jugaba para los Bravos de Milwaukee. De allí pasó a los Gigantes de San Francisco antes de la temporada de 1965, los Gigantes lo negociaron a los Angelinos de California. En 1968 los Angelinos lo canjearon a los Yanquis de Nueva York y estos lo enviaron a los Pilotos de Seattle en 1969. Al final de esa temporada fue embalado hacia los Senadores de Washington. No llegó a jugar con San Francisco, Nueva Cork o Washington. En 5 temporadas en MLB dejó promedio ofensivo de .247, 8 jonrones y 54 carreras empujadas. Al campo dejó promedio de fildeo de .982, 686 outs y 67 asistencias.
El 11 de mayo de 1966 Ranew era el receptor de los Angeles de Seattle, en un juego ante los Mounties de Vancouver, Jim Coates lanzó una pelota alta y adentro que le pegó en el hombro al bateador de Vancouver, Ricardo Joseph, quién avanzó molesto hacia el montículo para ajustar cuentas con el pitcher, sólo que Ranew lo atacó y le rompió la barbilla. Una vez sofocado el zafarrancho vino a batear Tommy Reynolds y tocó la pelota por la línea de primera base, como Reynolds tratara de llevarse por delante a Coates, Ranew volvió a defender a su pitcher, pero Santiago Rosario quien estaba en el círculo de prevenido al bate corrió y le asestó un batazo en la cabeza a Ranew ocasionándole una cortadura muy profunda que generó sangrado interno en el cerebro y le paralizó el lado izquierdo de la cara.
Todavía recuerdo la barajita de Merrit Ranew de la Liga Venezolana de Béisbol Profesional. Eran unas barajitas editadas por la revista Sport Gráfico. Mis hermanos la compraban religiosamente todos los jueves. Tenían varios montones de barajitas pero eran muy celosos con ellas. Debía espera que se fueran para el liceo. Entonces las sacaba del gabinete del baño. Ranew aparecía en con un bate en posición de batear. La “m” del Magallanes de su gorra relumbraba frente a la tribuna central del estadio Universitario.
Cuando reforzó a La Guaira, Ranew participó en 42 juegos, 165 turnos al bate, 13 carreras anotadas, 35 imparables, 5 dobles, 3 jonrones, 19 carreras empujadas, .212 promedio al bate.
La primera vez que supe de Ranew fue en un artículo que escribió Carlitos González en homenaje póstumo a Isaías Látigo Chávez, entre otras cosas decía que el Látigo vino a relevar en un juego interligas contra el Licey (República Dominicana) y ponchó a Merrit Ranew con tres strikes seguidos.
Luego cuando Ranew vino con Magallanes recibió dos de los juegos más impresionantes del Látigo: un duelo de pitcheo, el 14 de octubre de 1967, ante Héctor Urbano y aquellos Tiburones de Luis Aparicio, Ángel Bravo, José Herrera, Merv Rettenmund y Remigio Hermoso, el Látigo terminó ganando 2-0 en labor completa, de 4 hits, sin boletos. Y otro desafío ante Roberto Muñoz y los Industriales del Valencia (Teolindo Acosta, Gustavo Gil, Aaron Pointer, Luis González, Alberto Cambero, Teodoro Obregón) el 28 de octubre de 1967. Volvió a ganar Isaías 1-0 en trabajo de 8.1 innings, 9 hits, 5 ponches.
Una vez retirado, Ranew fue un exitoso entrenador de caballos de carreras y hombre de negocios. Fue un ferviente cristiano. Le sobreviven su esposa Juanita, hijos, nietos, biznietos y hermanos.
Ralph Robert Scott (Mickey), nació el 25 de Julio de 1947 en Weimar Alemania. Fue seleccionado por los Yanquis de Nueva York de Newburgh Free Academy en la ronda 17 del draft de MLB de 1965. Fue el primer jugador de secundaria de la región de Mid-Hudson en el Hudson Valley, en ser seleccionado por un equipo de Grandes Ligas. El 18 de diciembre de 1969 fue cambiado a los Medias Blancas de Chicago por Pete Ward. Pasó 9 años en las ligas menores, principalmente con los Alas Rojas de Rochester de la Liga Internacional. En 1971, dejó marca de 9-1, con 9 salvados y 3.38 de efectividad en 54 juegos. Ese equipo dirigido por Joe Altobelli ganó el banderín. En 1974 dejó marca de 8-2, 17 salvados y 0.99 de efectividad en 57 juegos. En esos nueve años dejo marca de 60-32, 46 salvados y 3.46 de efectividad en 297 apariciones. “Mickey Scott era nuestro cerrador, el Mariano Rivera de nuestro equipo Alas Rojas. Lo hacía con un cambio de velocidad increíble. No tenía una gran recta, pero su cambio era sorprendente. Agarraba la pelota como si fuera a lanzar una recta y la tiraba bajita. Nadie sospechaba que era un cambio. Fue uno de los mejores cambios que vi en 20 años de carrera”. Su compañero Bobby Grich
Scott jugó para los Orioles de Baltimore, Expos de Montreal y Angelinos de California entre 1972 y 1977. En 133 juegos dejó marca de 8-7, 3.72 de efectividad, en 172 innings.
De su paso por la liga venezolana recuerdo que cada vez que estaba anunciado por las Águilas del Zulia, los contrarios sabían que si querían ganarle debían tener pitcheo y defensa casi perfectos. Como aquel juego del 19 de diciembre de 1971. Domingo de tizonazos en el Luis Aparicio el Grande de Maracaibo. Scott abrió por las Águilas y Steve Luebber por Magallanes. El juego se fue a extrainning. Luebber salió en el inning 11. Fue relevado por el zurdo Alan Closter. Scott continuó hasta el episodio décimotercero donde Gustavo Gil le abrió con infield-hit por la inicial. Jim Holt siguió con imparable que llevó a Gil a la antesala. Allí salió Scott y vino Bill Kirkpatrick, Ivan Murrell lo recibió con candelazo sobre la intermedia para empujar la única rayita del encuentro que le dio el triunfo al Magallanes. Así había que fajarse para ganarle al gran Mickey Scott, que en paz descanse junto a Merrit Ranew.
En la temporada de 1971-72 con las Águilas, dejó registro de 9-5, 5 salvados, 111.2 innings, 90 imparables, 21 carreras limpias, 67 ponches, 26 boletos, 1.69 de efectividad.
En 5 temporadas con las Águilas: 29-27, 6 salvados, 478.2 innings, 468 imparables, 149 carreras limpias, 216 ponches, 135 boletos, 2.80 de efectrividad.
Alfonso L. Tusa C.
Merrit Thomas Ranew nació el 10 de mayo de 1938 en Albany, Georgia. Fue firmado para jugar en el profesional en 1957 por el scout de béisbol y leyenda de Albany, Paul Eames. Firmó con los Bravos de Milwaukee como agente libre amateur. Debutó en 1962 con los Colt .45s de Houston. Luego pasó a los Cachorros de Chicago en 1963. En 1964 jugaba para los Bravos de Milwaukee. De allí pasó a los Gigantes de San Francisco antes de la temporada de 1965, los Gigantes lo negociaron a los Angelinos de California. En 1968 los Angelinos lo canjearon a los Yanquis de Nueva York y estos lo enviaron a los Pilotos de Seattle en 1969. Al final de esa temporada fue embalado hacia los Senadores de Washington. No llegó a jugar con San Francisco, Nueva Cork o Washington. En 5 temporadas en MLB dejó promedio ofensivo de .247, 8 jonrones y 54 carreras empujadas. Al campo dejó promedio de fildeo de .982, 686 outs y 67 asistencias.
El 11 de mayo de 1966 Ranew era el receptor de los Angeles de Seattle, en un juego ante los Mounties de Vancouver, Jim Coates lanzó una pelota alta y adentro que le pegó en el hombro al bateador de Vancouver, Ricardo Joseph, quién avanzó molesto hacia el montículo para ajustar cuentas con el pitcher, sólo que Ranew lo atacó y le rompió la barbilla. Una vez sofocado el zafarrancho vino a batear Tommy Reynolds y tocó la pelota por la línea de primera base, como Reynolds tratara de llevarse por delante a Coates, Ranew volvió a defender a su pitcher, pero Santiago Rosario quien estaba en el círculo de prevenido al bate corrió y le asestó un batazo en la cabeza a Ranew ocasionándole una cortadura muy profunda que generó sangrado interno en el cerebro y le paralizó el lado izquierdo de la cara.
Todavía recuerdo la barajita de Merrit Ranew de la Liga Venezolana de Béisbol Profesional. Eran unas barajitas editadas por la revista Sport Gráfico. Mis hermanos la compraban religiosamente todos los jueves. Tenían varios montones de barajitas pero eran muy celosos con ellas. Debía espera que se fueran para el liceo. Entonces las sacaba del gabinete del baño. Ranew aparecía en con un bate en posición de batear. La “m” del Magallanes de su gorra relumbraba frente a la tribuna central del estadio Universitario.
Cuando reforzó a La Guaira, Ranew participó en 42 juegos, 165 turnos al bate, 13 carreras anotadas, 35 imparables, 5 dobles, 3 jonrones, 19 carreras empujadas, .212 promedio al bate.
La primera vez que supe de Ranew fue en un artículo que escribió Carlitos González en homenaje póstumo a Isaías Látigo Chávez, entre otras cosas decía que el Látigo vino a relevar en un juego interligas contra el Licey (República Dominicana) y ponchó a Merrit Ranew con tres strikes seguidos.
Luego cuando Ranew vino con Magallanes recibió dos de los juegos más impresionantes del Látigo: un duelo de pitcheo, el 14 de octubre de 1967, ante Héctor Urbano y aquellos Tiburones de Luis Aparicio, Ángel Bravo, José Herrera, Merv Rettenmund y Remigio Hermoso, el Látigo terminó ganando 2-0 en labor completa, de 4 hits, sin boletos. Y otro desafío ante Roberto Muñoz y los Industriales del Valencia (Teolindo Acosta, Gustavo Gil, Aaron Pointer, Luis González, Alberto Cambero, Teodoro Obregón) el 28 de octubre de 1967. Volvió a ganar Isaías 1-0 en trabajo de 8.1 innings, 9 hits, 5 ponches.
Una vez retirado, Ranew fue un exitoso entrenador de caballos de carreras y hombre de negocios. Fue un ferviente cristiano. Le sobreviven su esposa Juanita, hijos, nietos, biznietos y hermanos.
Ralph Robert Scott (Mickey), nació el 25 de Julio de 1947 en Weimar Alemania. Fue seleccionado por los Yanquis de Nueva York de Newburgh Free Academy en la ronda 17 del draft de MLB de 1965. Fue el primer jugador de secundaria de la región de Mid-Hudson en el Hudson Valley, en ser seleccionado por un equipo de Grandes Ligas. El 18 de diciembre de 1969 fue cambiado a los Medias Blancas de Chicago por Pete Ward. Pasó 9 años en las ligas menores, principalmente con los Alas Rojas de Rochester de la Liga Internacional. En 1971, dejó marca de 9-1, con 9 salvados y 3.38 de efectividad en 54 juegos. Ese equipo dirigido por Joe Altobelli ganó el banderín. En 1974 dejó marca de 8-2, 17 salvados y 0.99 de efectividad en 57 juegos. En esos nueve años dejo marca de 60-32, 46 salvados y 3.46 de efectividad en 297 apariciones. “Mickey Scott era nuestro cerrador, el Mariano Rivera de nuestro equipo Alas Rojas. Lo hacía con un cambio de velocidad increíble. No tenía una gran recta, pero su cambio era sorprendente. Agarraba la pelota como si fuera a lanzar una recta y la tiraba bajita. Nadie sospechaba que era un cambio. Fue uno de los mejores cambios que vi en 20 años de carrera”. Su compañero Bobby Grich
Scott jugó para los Orioles de Baltimore, Expos de Montreal y Angelinos de California entre 1972 y 1977. En 133 juegos dejó marca de 8-7, 3.72 de efectividad, en 172 innings.
De su paso por la liga venezolana recuerdo que cada vez que estaba anunciado por las Águilas del Zulia, los contrarios sabían que si querían ganarle debían tener pitcheo y defensa casi perfectos. Como aquel juego del 19 de diciembre de 1971. Domingo de tizonazos en el Luis Aparicio el Grande de Maracaibo. Scott abrió por las Águilas y Steve Luebber por Magallanes. El juego se fue a extrainning. Luebber salió en el inning 11. Fue relevado por el zurdo Alan Closter. Scott continuó hasta el episodio décimotercero donde Gustavo Gil le abrió con infield-hit por la inicial. Jim Holt siguió con imparable que llevó a Gil a la antesala. Allí salió Scott y vino Bill Kirkpatrick, Ivan Murrell lo recibió con candelazo sobre la intermedia para empujar la única rayita del encuentro que le dio el triunfo al Magallanes. Así había que fajarse para ganarle al gran Mickey Scott, que en paz descanse junto a Merrit Ranew.
En la temporada de 1971-72 con las Águilas, dejó registro de 9-5, 5 salvados, 111.2 innings, 90 imparables, 21 carreras limpias, 67 ponches, 26 boletos, 1.69 de efectividad.
En 5 temporadas con las Águilas: 29-27, 6 salvados, 478.2 innings, 468 imparables, 149 carreras limpias, 216 ponches, 135 boletos, 2.80 de efectrividad.
Alfonso L. Tusa C.
jueves, 24 de noviembre de 2011
Un ganso en la barajita.
La primera vez que supe de Rich Gossage fue en las vacaciones de 1975. Aquel agosto me levantaba temprano, desayunaba y abuela me pedía que le hiciera varios mandados junto a mis primos Luis Alfredo y Luis José. Luego de comprar algunos víveres, nos deteníamos ante el kiosco de los periódicos y comprábamos varios sobres de barajitas de béisbol. Recuerdo a Richie Hebner, Pete Rose, Al Oliver, David Concepción, Wayne Twitchel y aquel tipo con la gorra roja de los Medias Blancas de Chicago. “Parece como si estuviera apretando los dientes”, dijo Luis José. A mi me parecía que estaba disimulando una sonrisa. Luis Alfredo me templó el brazo. Teníamos que regresar a casa antes de las once. Metí las barajitas en el bolsillo del pantalón y corrimos hasta el número 30 de la calle Ayacucho. Sabía que si quería jugar pelota en la tarde tenía que mantener buenas las relaciones con abuela.
Abuela nos esperaba en la puerta de calle y agarraba los víveres de mis manos con fuego en los ojos. No podía dejar de mirar las barajitas, eso era lo que molestaba más a abuela, por eso no había regresado más temprano. Después de almorzar, le tuve que rogar por más de 10 minutos para que nos dejara ir a jugar pelota. En el juego Luis Alfredo me tenía que llamar a cada momento. “Vamos, te toca batear”. Tenía los ojos soldados al respaldo de la barajita de Rich Gossage . Había un ganso con un guante de béisbol haciendo el wind up sobre un montículo. Metía la barajita en el bolsillo trasero del pantalón y agarraba el bate. Tan pronto como llegaba a una base o iba de regreso al dugout sacaba el montón de barajitas. Había una pregunta debajo del dibujo del ganso. “¿Cuál es el apodo de Rich Gossage?” Empecé a preguntarme porque lo llamaban “Ganso”. Tal vez porque usaba una almohada de plumas de ganso. Quizás porque le gustaba volar alto. Por cierto el ganso lucía muy dominante sobre el montículo.
Cada vez que trataba de leer las estadísticas del reverso de la barajita me tocaba batear o teníamos que ir a servir al campo. Sólo pude ver el primer equipo de ligas menores, de la liga de novatos, por eso pensé que era un aspirante más para llegar ala GranCarpa.Cada momento libre que tenía en el juego corría a esconderme detrás de un gran árbol de jabillo y miraba el reverso de la barajita. Los números no eran muy impresionantes pero algo en su sonrisa me decía que aquel tipo tenía mucho béisbol desde su gorra hasta sus zapatos. De vez en cuando el viento soplaba tan fuerte que parábamos el juego. Una vez, Luis Alfredo me dijo que varias barajitas estaban volando en el viento. Dejé el guante en el suelo y comencé una gran carrera. Logré alcanzar las barajitas en el límite con la calle, un carro marcó un frenazo que dejó un reguero de humo sobre el pavimento. El conductor estaba muy molesto conmigo, pero yo sólo estaba pendiente de las barajitas.
Luis Alfredo me fue a buscar a la calle y me dijo que los muchachos me estaban esperando para continuar el juego. Como le dije que no regresaría hasta que recuperara la última barajita de la calle, los muchachos me sacaron del juego. No me importó porque había encontrado unas barajitas en las ramas de una mata de mango. Moneé la mata y agarré las barajitas una por una. La barajita del Ganso con aquella gorra de los Medias Blancas estaba en la rama más alta.
Alfonso L. Tusa C.
Abuela nos esperaba en la puerta de calle y agarraba los víveres de mis manos con fuego en los ojos. No podía dejar de mirar las barajitas, eso era lo que molestaba más a abuela, por eso no había regresado más temprano. Después de almorzar, le tuve que rogar por más de 10 minutos para que nos dejara ir a jugar pelota. En el juego Luis Alfredo me tenía que llamar a cada momento. “Vamos, te toca batear”. Tenía los ojos soldados al respaldo de la barajita de Rich Gossage . Había un ganso con un guante de béisbol haciendo el wind up sobre un montículo. Metía la barajita en el bolsillo trasero del pantalón y agarraba el bate. Tan pronto como llegaba a una base o iba de regreso al dugout sacaba el montón de barajitas. Había una pregunta debajo del dibujo del ganso. “¿Cuál es el apodo de Rich Gossage?” Empecé a preguntarme porque lo llamaban “Ganso”. Tal vez porque usaba una almohada de plumas de ganso. Quizás porque le gustaba volar alto. Por cierto el ganso lucía muy dominante sobre el montículo.
Cada vez que trataba de leer las estadísticas del reverso de la barajita me tocaba batear o teníamos que ir a servir al campo. Sólo pude ver el primer equipo de ligas menores, de la liga de novatos, por eso pensé que era un aspirante más para llegar ala GranCarpa.Cada momento libre que tenía en el juego corría a esconderme detrás de un gran árbol de jabillo y miraba el reverso de la barajita. Los números no eran muy impresionantes pero algo en su sonrisa me decía que aquel tipo tenía mucho béisbol desde su gorra hasta sus zapatos. De vez en cuando el viento soplaba tan fuerte que parábamos el juego. Una vez, Luis Alfredo me dijo que varias barajitas estaban volando en el viento. Dejé el guante en el suelo y comencé una gran carrera. Logré alcanzar las barajitas en el límite con la calle, un carro marcó un frenazo que dejó un reguero de humo sobre el pavimento. El conductor estaba muy molesto conmigo, pero yo sólo estaba pendiente de las barajitas.
Luis Alfredo me fue a buscar a la calle y me dijo que los muchachos me estaban esperando para continuar el juego. Como le dije que no regresaría hasta que recuperara la última barajita de la calle, los muchachos me sacaron del juego. No me importó porque había encontrado unas barajitas en las ramas de una mata de mango. Moneé la mata y agarré las barajitas una por una. La barajita del Ganso con aquella gorra de los Medias Blancas estaba en la rama más alta.
Alfonso L. Tusa C.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


