Esta mañana revisando varios portales en Internet se me detuvo la mirada ante la necrología de beisbolistas en 2011. Específicamente en octubre, el 18 falleció en Valdosta, Georgia, aquel pundonoroso receptor Merrit Ranew quién reforzó en la temporada 1962-63 a La Guaira y en la 1967-68 a los Navegantes del Magallanes. Aún con los recuerdos del receptor burbujeando, la mirada se clavó en el 30 de octubre allí se congeló por varios segundos, Mickey Scott, un lanzador batallador como pocos en la LVBP, que reforzó a las Águilas del Zulia entre 1971 y 1975 y después regresó para la 1976-77, dejó de existir en Binghamton, New York.
Merrit Thomas Ranew nació el 10 de mayo de 1938 en Albany, Georgia. Fue firmado para jugar en el profesional en 1957 por el scout de béisbol y leyenda de Albany, Paul Eames. Firmó con los Bravos de Milwaukee como agente libre amateur. Debutó en 1962 con los Colt .45s de Houston. Luego pasó a los Cachorros de Chicago en 1963. En 1964 jugaba para los Bravos de Milwaukee. De allí pasó a los Gigantes de San Francisco antes de la temporada de 1965, los Gigantes lo negociaron a los Angelinos de California. En 1968 los Angelinos lo canjearon a los Yanquis de Nueva York y estos lo enviaron a los Pilotos de Seattle en 1969. Al final de esa temporada fue embalado hacia los Senadores de Washington. No llegó a jugar con San Francisco, Nueva Cork o Washington. En 5 temporadas en MLB dejó promedio ofensivo de .247, 8 jonrones y 54 carreras empujadas. Al campo dejó promedio de fildeo de .982, 686 outs y 67 asistencias.
El 11 de mayo de 1966 Ranew era el receptor de los Angeles de Seattle, en un juego ante los Mounties de Vancouver, Jim Coates lanzó una pelota alta y adentro que le pegó en el hombro al bateador de Vancouver, Ricardo Joseph, quién avanzó molesto hacia el montículo para ajustar cuentas con el pitcher, sólo que Ranew lo atacó y le rompió la barbilla. Una vez sofocado el zafarrancho vino a batear Tommy Reynolds y tocó la pelota por la línea de primera base, como Reynolds tratara de llevarse por delante a Coates, Ranew volvió a defender a su pitcher, pero Santiago Rosario quien estaba en el círculo de prevenido al bate corrió y le asestó un batazo en la cabeza a Ranew ocasionándole una cortadura muy profunda que generó sangrado interno en el cerebro y le paralizó el lado izquierdo de la cara.
Todavía recuerdo la barajita de Merrit Ranew de la Liga Venezolana de Béisbol Profesional. Eran unas barajitas editadas por la revista Sport Gráfico. Mis hermanos la compraban religiosamente todos los jueves. Tenían varios montones de barajitas pero eran muy celosos con ellas. Debía espera que se fueran para el liceo. Entonces las sacaba del gabinete del baño. Ranew aparecía en con un bate en posición de batear. La “m” del Magallanes de su gorra relumbraba frente a la tribuna central del estadio Universitario.
Cuando reforzó a La Guaira, Ranew participó en 42 juegos, 165 turnos al bate, 13 carreras anotadas, 35 imparables, 5 dobles, 3 jonrones, 19 carreras empujadas, .212 promedio al bate.
La primera vez que supe de Ranew fue en un artículo que escribió Carlitos González en homenaje póstumo a Isaías Látigo Chávez, entre otras cosas decía que el Látigo vino a relevar en un juego interligas contra el Licey (República Dominicana) y ponchó a Merrit Ranew con tres strikes seguidos.
Luego cuando Ranew vino con Magallanes recibió dos de los juegos más impresionantes del Látigo: un duelo de pitcheo, el 14 de octubre de 1967, ante Héctor Urbano y aquellos Tiburones de Luis Aparicio, Ángel Bravo, José Herrera, Merv Rettenmund y Remigio Hermoso, el Látigo terminó ganando 2-0 en labor completa, de 4 hits, sin boletos. Y otro desafío ante Roberto Muñoz y los Industriales del Valencia (Teolindo Acosta, Gustavo Gil, Aaron Pointer, Luis González, Alberto Cambero, Teodoro Obregón) el 28 de octubre de 1967. Volvió a ganar Isaías 1-0 en trabajo de 8.1 innings, 9 hits, 5 ponches.
Una vez retirado, Ranew fue un exitoso entrenador de caballos de carreras y hombre de negocios. Fue un ferviente cristiano. Le sobreviven su esposa Juanita, hijos, nietos, biznietos y hermanos.
Ralph Robert Scott (Mickey), nació el 25 de Julio de 1947 en Weimar Alemania. Fue seleccionado por los Yanquis de Nueva York de Newburgh Free Academy en la ronda 17 del draft de MLB de 1965. Fue el primer jugador de secundaria de la región de Mid-Hudson en el Hudson Valley, en ser seleccionado por un equipo de Grandes Ligas. El 18 de diciembre de 1969 fue cambiado a los Medias Blancas de Chicago por Pete Ward. Pasó 9 años en las ligas menores, principalmente con los Alas Rojas de Rochester de la Liga Internacional. En 1971, dejó marca de 9-1, con 9 salvados y 3.38 de efectividad en 54 juegos. Ese equipo dirigido por Joe Altobelli ganó el banderín. En 1974 dejó marca de 8-2, 17 salvados y 0.99 de efectividad en 57 juegos. En esos nueve años dejo marca de 60-32, 46 salvados y 3.46 de efectividad en 297 apariciones. “Mickey Scott era nuestro cerrador, el Mariano Rivera de nuestro equipo Alas Rojas. Lo hacía con un cambio de velocidad increíble. No tenía una gran recta, pero su cambio era sorprendente. Agarraba la pelota como si fuera a lanzar una recta y la tiraba bajita. Nadie sospechaba que era un cambio. Fue uno de los mejores cambios que vi en 20 años de carrera”. Su compañero Bobby Grich
Scott jugó para los Orioles de Baltimore, Expos de Montreal y Angelinos de California entre 1972 y 1977. En 133 juegos dejó marca de 8-7, 3.72 de efectividad, en 172 innings.
De su paso por la liga venezolana recuerdo que cada vez que estaba anunciado por las Águilas del Zulia, los contrarios sabían que si querían ganarle debían tener pitcheo y defensa casi perfectos. Como aquel juego del 19 de diciembre de 1971. Domingo de tizonazos en el Luis Aparicio el Grande de Maracaibo. Scott abrió por las Águilas y Steve Luebber por Magallanes. El juego se fue a extrainning. Luebber salió en el inning 11. Fue relevado por el zurdo Alan Closter. Scott continuó hasta el episodio décimotercero donde Gustavo Gil le abrió con infield-hit por la inicial. Jim Holt siguió con imparable que llevó a Gil a la antesala. Allí salió Scott y vino Bill Kirkpatrick, Ivan Murrell lo recibió con candelazo sobre la intermedia para empujar la única rayita del encuentro que le dio el triunfo al Magallanes. Así había que fajarse para ganarle al gran Mickey Scott, que en paz descanse junto a Merrit Ranew.
En la temporada de 1971-72 con las Águilas, dejó registro de 9-5, 5 salvados, 111.2 innings, 90 imparables, 21 carreras limpias, 67 ponches, 26 boletos, 1.69 de efectividad.
En 5 temporadas con las Águilas: 29-27, 6 salvados, 478.2 innings, 468 imparables, 149 carreras limpias, 216 ponches, 135 boletos, 2.80 de efectrividad.
Alfonso L. Tusa C.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
jueves, 24 de noviembre de 2011
Un ganso en la barajita.
La primera vez que supe de Rich Gossage fue en las vacaciones de 1975. Aquel agosto me levantaba temprano, desayunaba y abuela me pedía que le hiciera varios mandados junto a mis primos Luis Alfredo y Luis José. Luego de comprar algunos víveres, nos deteníamos ante el kiosco de los periódicos y comprábamos varios sobres de barajitas de béisbol. Recuerdo a Richie Hebner, Pete Rose, Al Oliver, David Concepción, Wayne Twitchel y aquel tipo con la gorra roja de los Medias Blancas de Chicago. “Parece como si estuviera apretando los dientes”, dijo Luis José. A mi me parecía que estaba disimulando una sonrisa. Luis Alfredo me templó el brazo. Teníamos que regresar a casa antes de las once. Metí las barajitas en el bolsillo del pantalón y corrimos hasta el número 30 de la calle Ayacucho. Sabía que si quería jugar pelota en la tarde tenía que mantener buenas las relaciones con abuela.
Abuela nos esperaba en la puerta de calle y agarraba los víveres de mis manos con fuego en los ojos. No podía dejar de mirar las barajitas, eso era lo que molestaba más a abuela, por eso no había regresado más temprano. Después de almorzar, le tuve que rogar por más de 10 minutos para que nos dejara ir a jugar pelota. En el juego Luis Alfredo me tenía que llamar a cada momento. “Vamos, te toca batear”. Tenía los ojos soldados al respaldo de la barajita de Rich Gossage . Había un ganso con un guante de béisbol haciendo el wind up sobre un montículo. Metía la barajita en el bolsillo trasero del pantalón y agarraba el bate. Tan pronto como llegaba a una base o iba de regreso al dugout sacaba el montón de barajitas. Había una pregunta debajo del dibujo del ganso. “¿Cuál es el apodo de Rich Gossage?” Empecé a preguntarme porque lo llamaban “Ganso”. Tal vez porque usaba una almohada de plumas de ganso. Quizás porque le gustaba volar alto. Por cierto el ganso lucía muy dominante sobre el montículo.
Cada vez que trataba de leer las estadísticas del reverso de la barajita me tocaba batear o teníamos que ir a servir al campo. Sólo pude ver el primer equipo de ligas menores, de la liga de novatos, por eso pensé que era un aspirante más para llegar ala GranCarpa.Cada momento libre que tenía en el juego corría a esconderme detrás de un gran árbol de jabillo y miraba el reverso de la barajita. Los números no eran muy impresionantes pero algo en su sonrisa me decía que aquel tipo tenía mucho béisbol desde su gorra hasta sus zapatos. De vez en cuando el viento soplaba tan fuerte que parábamos el juego. Una vez, Luis Alfredo me dijo que varias barajitas estaban volando en el viento. Dejé el guante en el suelo y comencé una gran carrera. Logré alcanzar las barajitas en el límite con la calle, un carro marcó un frenazo que dejó un reguero de humo sobre el pavimento. El conductor estaba muy molesto conmigo, pero yo sólo estaba pendiente de las barajitas.
Luis Alfredo me fue a buscar a la calle y me dijo que los muchachos me estaban esperando para continuar el juego. Como le dije que no regresaría hasta que recuperara la última barajita de la calle, los muchachos me sacaron del juego. No me importó porque había encontrado unas barajitas en las ramas de una mata de mango. Moneé la mata y agarré las barajitas una por una. La barajita del Ganso con aquella gorra de los Medias Blancas estaba en la rama más alta.
Alfonso L. Tusa C.
Abuela nos esperaba en la puerta de calle y agarraba los víveres de mis manos con fuego en los ojos. No podía dejar de mirar las barajitas, eso era lo que molestaba más a abuela, por eso no había regresado más temprano. Después de almorzar, le tuve que rogar por más de 10 minutos para que nos dejara ir a jugar pelota. En el juego Luis Alfredo me tenía que llamar a cada momento. “Vamos, te toca batear”. Tenía los ojos soldados al respaldo de la barajita de Rich Gossage . Había un ganso con un guante de béisbol haciendo el wind up sobre un montículo. Metía la barajita en el bolsillo trasero del pantalón y agarraba el bate. Tan pronto como llegaba a una base o iba de regreso al dugout sacaba el montón de barajitas. Había una pregunta debajo del dibujo del ganso. “¿Cuál es el apodo de Rich Gossage?” Empecé a preguntarme porque lo llamaban “Ganso”. Tal vez porque usaba una almohada de plumas de ganso. Quizás porque le gustaba volar alto. Por cierto el ganso lucía muy dominante sobre el montículo.
Cada vez que trataba de leer las estadísticas del reverso de la barajita me tocaba batear o teníamos que ir a servir al campo. Sólo pude ver el primer equipo de ligas menores, de la liga de novatos, por eso pensé que era un aspirante más para llegar ala GranCarpa.Cada momento libre que tenía en el juego corría a esconderme detrás de un gran árbol de jabillo y miraba el reverso de la barajita. Los números no eran muy impresionantes pero algo en su sonrisa me decía que aquel tipo tenía mucho béisbol desde su gorra hasta sus zapatos. De vez en cuando el viento soplaba tan fuerte que parábamos el juego. Una vez, Luis Alfredo me dijo que varias barajitas estaban volando en el viento. Dejé el guante en el suelo y comencé una gran carrera. Logré alcanzar las barajitas en el límite con la calle, un carro marcó un frenazo que dejó un reguero de humo sobre el pavimento. El conductor estaba muy molesto conmigo, pero yo sólo estaba pendiente de las barajitas.
Luis Alfredo me fue a buscar a la calle y me dijo que los muchachos me estaban esperando para continuar el juego. Como le dije que no regresaría hasta que recuperara la última barajita de la calle, los muchachos me sacaron del juego. No me importó porque había encontrado unas barajitas en las ramas de una mata de mango. Moneé la mata y agarré las barajitas una por una. La barajita del Ganso con aquella gorra de los Medias Blancas estaba en la rama más alta.
Alfonso L. Tusa C.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Voces de béisbol y ecología
Es el título de un texto que escribí inspirado en la primera vez que asistí a un juego del béisbol profesional venezolano. El pasado 30 de octubre se cumplieron 40 años de aquella tarde cuando esperé en Colinas de Bello Monte la llegada del Mercedes Benz de Rubén Campos. Ya casi eran las seis de la tarde y me quedé mirando a mamá. “Tranquilo ya tu tío va a venir”.
En el texto mezclé el desarrollo del juego desde la mirada de unos aficionados de la tribuna, los recuerdos de un niño de 10 años que en Cumanacoa conversaba emocionado con sus compañeros de quinto grado como sería ir al estadio Universitario, la experiencia de aquel niño convertido en profesional de la ecología treinta y tantos años después, debía dictar una charla de calentamiento global a niños de 10 años, sólo pudo llamar su atención al sacar de su cartera el ticket de aquel juego.
Desde el balcón del apartamento se veían las torres del estadio. Cuando empezaron a relumbrar oí una corneta en la calle. Allí estaba el blanco de la pintura del Mercedes chispeando la penumbra de la acera. Mamá me tuvo que agarrar para que no bajara corriendo. Entré al baño y el estómago me traicionó. El tío tocó la puerta y dijo que estábamos retrasados. Hice de tripas corazón y logré levantarme del retrete. Mamá me dio y un abrazo y papá me dijo que disfrutara al máximo.
Los aficionados de la tribuna discutían los pergaminos de los abridores; Aurelio Monteagudo y Jorge Lauzerique. Mencionaron el juego perfecto de Lauzerique en ligas menores y el paso de Monteagudo por varios equipos en Grandes Ligas y en la Liga venezolana. Hablaron de porque no estaba jugando Enzo Hernández. De que Lou Piniella (left fielder de La Guaira) había sido Novato del Año de la Liga Americana en 1969. Hablaron de los batazos de Jim Holt. Y de vez en cuando echaban una mirada a un incendio en El Ávila.
En el trayecto hacia el estadio hubo dos trancas. Tenía ganas de sacar el seguro de la puerta y caminar hacia las torres de luz. Rubén llevó el carro a un estacionamiento privado porque no quería que lo agarrara el jaleo del final del juego. La caminata hasta el estadio terminó siendo asfixiante para Rubén. “Tranquilo, si todavía ni siquiera han tocado el himno”.
Uno de los compañeros de quinto grado le pidió que se fijara en la pizarra que estaba detrás de las gradas del jardín central. “Un amigo mío fue al estadio y me dijo que la pizarra parecía un monstruo de la época de los dinosaurios”. Otro le dijo que tratara de ubicar a un coach trigueño de los Tiburones “Se llama Graciano Ravelo. El también tiene una academia de béisbol menor. Pregúntale por un pitcher que se llama Carlos Fragosa. Siempre lo veo en las páginas deportivas. Cuando no gana pierde por una o dos carreras”.
En la cola para comprar los boletos sólo los vendedores de naranjas y un tipo que gritaba “short stop del home club” con una bolsa de chapas en la mano, me tranquilizaron unos momentos. Entramos por la tribuna de tercera base y bajamos para sentarnos en los bancos de encima del dugout del Magallanes. La sirena encendía el ambiente mientras Monteagudo hacía sus envíos antes de empezar el juego.
Los niños de quinto grado se quedaron con los ojos de vidrio cuando el ecologista sacó el ticket amarillento de aquel juego. Les preguntó si sabían lo que era una marea negra. Los niños querían saber lo que había ocurrido en el juego y él les explicó que su padre iba a ir con él al estadio pero debido que se había producido una marea negra en la costa este de Estados Unidos, él iba a tener que escribir sobre eso para el periódico donde trabajaba y debería ir al estadio con su tío.
Lauzerique y Monteagudo se enfrascaron en un duelo de pitcheo que se decidió cuando Darrell Thomas aterrizó en el plato remolcado por sencillo de Ángel Bravo en el quinto inning. Hacia la parte final del juego un perro entró al jardín derecho y el propio Bravo estuvo un rato persiguiéndolo hasta que lo sacó del campo.
En el cierre del octavo cuando Lauzerique lanzaba con más intensidad y aumentaba la expectativa por ver si Magallanes podría reaccionar en el noveno, Rubén dijo que nos teníamos que ir para evitar el bululú de la salida del estadio. Me quedé con las ganas de ver aquel noveno inning. A cada rato mientras caminábamos hacia el estacionamiento privado volteaba hacia el estadio. En el radio del Mercedes escuché como Monteagudo sacaba el noveno inning. Me dije que si nos hubiésemos quedado quizás se hubiera empatado el juego. La tristeza por abandonar el estadio fue mayor que la de la derrota del Magallanes. Aún hoy puedo sentirla en todos sus aguijones.
Alfonso L. Tusa C.
En el texto mezclé el desarrollo del juego desde la mirada de unos aficionados de la tribuna, los recuerdos de un niño de 10 años que en Cumanacoa conversaba emocionado con sus compañeros de quinto grado como sería ir al estadio Universitario, la experiencia de aquel niño convertido en profesional de la ecología treinta y tantos años después, debía dictar una charla de calentamiento global a niños de 10 años, sólo pudo llamar su atención al sacar de su cartera el ticket de aquel juego.
Desde el balcón del apartamento se veían las torres del estadio. Cuando empezaron a relumbrar oí una corneta en la calle. Allí estaba el blanco de la pintura del Mercedes chispeando la penumbra de la acera. Mamá me tuvo que agarrar para que no bajara corriendo. Entré al baño y el estómago me traicionó. El tío tocó la puerta y dijo que estábamos retrasados. Hice de tripas corazón y logré levantarme del retrete. Mamá me dio y un abrazo y papá me dijo que disfrutara al máximo.
Los aficionados de la tribuna discutían los pergaminos de los abridores; Aurelio Monteagudo y Jorge Lauzerique. Mencionaron el juego perfecto de Lauzerique en ligas menores y el paso de Monteagudo por varios equipos en Grandes Ligas y en la Liga venezolana. Hablaron de porque no estaba jugando Enzo Hernández. De que Lou Piniella (left fielder de La Guaira) había sido Novato del Año de la Liga Americana en 1969. Hablaron de los batazos de Jim Holt. Y de vez en cuando echaban una mirada a un incendio en El Ávila.
En el trayecto hacia el estadio hubo dos trancas. Tenía ganas de sacar el seguro de la puerta y caminar hacia las torres de luz. Rubén llevó el carro a un estacionamiento privado porque no quería que lo agarrara el jaleo del final del juego. La caminata hasta el estadio terminó siendo asfixiante para Rubén. “Tranquilo, si todavía ni siquiera han tocado el himno”.
Uno de los compañeros de quinto grado le pidió que se fijara en la pizarra que estaba detrás de las gradas del jardín central. “Un amigo mío fue al estadio y me dijo que la pizarra parecía un monstruo de la época de los dinosaurios”. Otro le dijo que tratara de ubicar a un coach trigueño de los Tiburones “Se llama Graciano Ravelo. El también tiene una academia de béisbol menor. Pregúntale por un pitcher que se llama Carlos Fragosa. Siempre lo veo en las páginas deportivas. Cuando no gana pierde por una o dos carreras”.
En la cola para comprar los boletos sólo los vendedores de naranjas y un tipo que gritaba “short stop del home club” con una bolsa de chapas en la mano, me tranquilizaron unos momentos. Entramos por la tribuna de tercera base y bajamos para sentarnos en los bancos de encima del dugout del Magallanes. La sirena encendía el ambiente mientras Monteagudo hacía sus envíos antes de empezar el juego.
Los niños de quinto grado se quedaron con los ojos de vidrio cuando el ecologista sacó el ticket amarillento de aquel juego. Les preguntó si sabían lo que era una marea negra. Los niños querían saber lo que había ocurrido en el juego y él les explicó que su padre iba a ir con él al estadio pero debido que se había producido una marea negra en la costa este de Estados Unidos, él iba a tener que escribir sobre eso para el periódico donde trabajaba y debería ir al estadio con su tío.
Lauzerique y Monteagudo se enfrascaron en un duelo de pitcheo que se decidió cuando Darrell Thomas aterrizó en el plato remolcado por sencillo de Ángel Bravo en el quinto inning. Hacia la parte final del juego un perro entró al jardín derecho y el propio Bravo estuvo un rato persiguiéndolo hasta que lo sacó del campo.
En el cierre del octavo cuando Lauzerique lanzaba con más intensidad y aumentaba la expectativa por ver si Magallanes podría reaccionar en el noveno, Rubén dijo que nos teníamos que ir para evitar el bululú de la salida del estadio. Me quedé con las ganas de ver aquel noveno inning. A cada rato mientras caminábamos hacia el estacionamiento privado volteaba hacia el estadio. En el radio del Mercedes escuché como Monteagudo sacaba el noveno inning. Me dije que si nos hubiésemos quedado quizás se hubiera empatado el juego. La tristeza por abandonar el estadio fue mayor que la de la derrota del Magallanes. Aún hoy puedo sentirla en todos sus aguijones.
Alfonso L. Tusa C.
Ajustes pendientes
El juego de este martes 22 de noviembre de 2011 resultó una radiografía de la arboladura de la nave magallanera desde la final 2009-10, pasando por la 2010-11 y lo que va de esta. Hay claras diferencias con el equipo de la temporada anterior, me parece que la razón fundamental reside en el liderazgo de Carlos García desde el puente de mando del barco.
Sin embargo tanto en la serie fina (09-10)l como en lo que va de la actual temporada el equipo ha sufrido averías importantes en su cuerpo de abridores y relevistas. En enero de 2010 Jason Simontacchi y Jim Brower dejaron mucho que desear en sus aperturas y el Kid Rodríguez recibió un jonrón crucial de Gregor Blanco. Seguro, en el deporte (y la vida) hay que entender que los contrincantes se preparan tanto o más que nosotros, los errores forman parte de la existencia y debemos aprender de ellos.
Por eso cuando en la temporada actual se observa a un Magallanes en primer lugar a pesar de varias averías que persisten en el cuerpo de lanzadores (abridores y relevistas) hay que reconocer el trabajo motivador de Carlos García para lograr que la química prevalezca en los momentos difíciles, para juntos encontrar los tapones que terminen de achicar el agua.
Anoche Andy Van Hekken tuvo muchas dificultades para mantener una ventaja que llegó a ser de 5-0. Fue su última salida con el equipo y me sorprendió mucho cuando Carlos Feo dijo a través de la transmisión radial que “no me gusta decir esto, pero está flojito Van Hekken”. En un inning, el juego se puso 5-3. Allí comprendí que aquella podía ser una noche muy larga. Para estas alturas y viendo como había lanzado el zurdo en su última salida, no era descabellado esperar al menos una actuación similar. Quizás lo más rescatable de todo esto descanse en ese ánimo incansable de El Almirante por seguir adelante y alentar a sus peloteros tristes por cometer errores.
Más adelante vino a relevar Carlos Hernández y Luis Jiménez se la sacó para poner el juego 8-7. ¿Falta de concentración? ¿Talento con el madero de Jiménez? Quizás haya algo de las dos. O más de una que de la otra en cualquier dirección. Desde el lado navegante de seguro que todo el cuerpo técnico tendrá observaciones tanto para Hernández, como para cualquier otro relevista que haya lucido en otro lugar menos en el montículo.
Magallanes demostró su disposición a batallar hasta el último out cuando triple del “Pequeño Gran Hombre” José Altuve y doble de Jesús Flores igualaron el marcador a 9 en el noveno episodio. Luego vino al bate Adonis García, quinto bate, y tocó la pelota. Ignoro si la jugada fue ordenada. Carlos Feo indicó que le parecía que había sido decisión del bateador. Es una jugada muy discutible por cuanto hay corredor en posición anotadora y el quinto bate en turno, si no vas a batear con ése ¿entonces con quién? Más aún cuando el pitcher lucía indefenso. Es de esperar que esta avería también haya recibido el tiempo suficiente para impedir que el agua siga entrando por allí.
Alfonso L. Tusa C.
Sin embargo tanto en la serie fina (09-10)l como en lo que va de la actual temporada el equipo ha sufrido averías importantes en su cuerpo de abridores y relevistas. En enero de 2010 Jason Simontacchi y Jim Brower dejaron mucho que desear en sus aperturas y el Kid Rodríguez recibió un jonrón crucial de Gregor Blanco. Seguro, en el deporte (y la vida) hay que entender que los contrincantes se preparan tanto o más que nosotros, los errores forman parte de la existencia y debemos aprender de ellos.
Por eso cuando en la temporada actual se observa a un Magallanes en primer lugar a pesar de varias averías que persisten en el cuerpo de lanzadores (abridores y relevistas) hay que reconocer el trabajo motivador de Carlos García para lograr que la química prevalezca en los momentos difíciles, para juntos encontrar los tapones que terminen de achicar el agua.
Anoche Andy Van Hekken tuvo muchas dificultades para mantener una ventaja que llegó a ser de 5-0. Fue su última salida con el equipo y me sorprendió mucho cuando Carlos Feo dijo a través de la transmisión radial que “no me gusta decir esto, pero está flojito Van Hekken”. En un inning, el juego se puso 5-3. Allí comprendí que aquella podía ser una noche muy larga. Para estas alturas y viendo como había lanzado el zurdo en su última salida, no era descabellado esperar al menos una actuación similar. Quizás lo más rescatable de todo esto descanse en ese ánimo incansable de El Almirante por seguir adelante y alentar a sus peloteros tristes por cometer errores.
Más adelante vino a relevar Carlos Hernández y Luis Jiménez se la sacó para poner el juego 8-7. ¿Falta de concentración? ¿Talento con el madero de Jiménez? Quizás haya algo de las dos. O más de una que de la otra en cualquier dirección. Desde el lado navegante de seguro que todo el cuerpo técnico tendrá observaciones tanto para Hernández, como para cualquier otro relevista que haya lucido en otro lugar menos en el montículo.
Magallanes demostró su disposición a batallar hasta el último out cuando triple del “Pequeño Gran Hombre” José Altuve y doble de Jesús Flores igualaron el marcador a 9 en el noveno episodio. Luego vino al bate Adonis García, quinto bate, y tocó la pelota. Ignoro si la jugada fue ordenada. Carlos Feo indicó que le parecía que había sido decisión del bateador. Es una jugada muy discutible por cuanto hay corredor en posición anotadora y el quinto bate en turno, si no vas a batear con ése ¿entonces con quién? Más aún cuando el pitcher lucía indefenso. Es de esperar que esta avería también haya recibido el tiempo suficiente para impedir que el agua siga entrando por allí.
Alfonso L. Tusa C.
Cuarenta años de aquel desquite de Luis Tiant ante los Leones del Caracas
Las volutas de monóxido de carbono hacían un tren que llegaba hasta las rampas del garage. Papà se bajó del Plymouth Century. “¿Otra vez estás respirando ese humo? Vente para acá. Te vas a intoxicar y después no vamos a ir para Cumaná”. Corrí hacia la cocina, el desayuno frío develó los brazos en jarra de mamá. “Hasta que por fin te acordaste del desayuno”. Cuando el sol empujaba aquel domingo hacia las once de la mañana, Papá movió la palanca hacia “Drive” y el Plymouth desplazó sus neumáticos por el granzón del trecho de la calle La Florida que empalmaba con la calle Pichincha. “Sweet, sweet, sweet, sweet city woman…I can almost touch you..” Cuando terminó la pegajosa melodía, retumbó en la cabina del carro: “…en los deportes Radio Rumbos presente está…” Le rogué a Papá que dejara esa emisora. Mamá le lanzó una mirada de consentimiento. Me dijo que tendría que explicarle algunas cosas del juego que no entendía.
Al escuchar a Carlitos González decir que Luis Tiant era el pitcher de los Tiburones de La Guaira me trasladé a una noche de enero de aquel 1971 en la heladería del Chino Rincones. Caracas decidía con La Guaira el pase a la serie final* de la temporada de béisbol. Robert Marcano salió de emergente y le bateó un cuadrangular a Tiant para dejar en el terreno al Caracas. Cuando los equipos empezaron sus planes de importación la directiva felina decidió no traer a Tiant. Pedro Padrón Panza, viejo zorro beisbolero, sabía de toda la energía adicional que corre por los músculos de un deportista cuando enfrenta al equipo que lo cambió o dejó libre, por eso contrató a Luis Tiant para la contienda 1971-72.
Aquel 14 de noviembre de 1971**, Papá se detuvo en la bomba de gasolina entre Arenas y Río Arenas. Pasó como media hora hablando con su amigo Nino. Hasta fue a su casa a buscar un pedazo de queso Provolone. Cuando pensaba que me había perdido una parte importante del juego, la ignición del motor trajo la voz de Delio Amado León. “En el cierre del tercer inning viene a batear Barry Lersch. Se prepara Tiant, muestra el número hacia la tribuna central…ahí va una línea bajita por toda la raya de cal, Robert Marcano se zambulle y la atrapa en la malla del guante…” Me pegué del asiento delantero hasta que el Plymouth llegó a las curvas de El Palenque. Unos cien metros antes de llegar al puente de Quebrada Seca, un oso hormiguero atravesó la carretera y Papá frenó. “¿Qué es eso de que lo tienen en tres y dos?”
A la altura de la recta de los cocos, estaban dos muchachos con dos sartas de camacutos y guaraguaras. Papá se detuvo un momento y luego siguió. El cambio de velocidad quedó imperceptible bajo la vehemencia del narrador. “…es un linietazo bárbaro de Davalillo pero de frente al guante de Pipo Correa en el jardín derecho. Sigue Tiant sin permitir imparables. Sólo el inicialista Joe Lis se le ha embasado por boleto. Luego de siete entradas completas La Guaira 3, Caracas 0. Parece que Tiant está decidido a cobrar venganza de su antíguo equipo. Eso siempre pasa cuando un pelotero enfrenta al equipo que lo dejó libre. Es un asunto de honor y hasta de vergüenza. Aún está muy fresca la última temporada de Tiant con el Caracas”. Papá preguntó que era eso de “sin hits ni carreras”. Traté de explicarle pero se le dificultó entender lo que era un hit.
Por los alrededores de Tataracual, Papá hundió los frenos hasta dejar un reguero de negro humo hirviendo sobre el pavimento. Varios muchachitos se precipitaron sobre la ventanilla del Plymouth. Llevaban varios paquetes de papel de cuaderno cerrados con hilo de coser. Mamá escogió dos paquetes y entregó un par de monedas a los muchachos. Las líneas azules del papel crujieron en sus dedos. Varias medias lunas de piel rojiza llegaron a las manos de papá y las mías. “Estos maníces si son grandes Mamá”. “Se dice maníes y son semillas de merey”. Mientras descubría que las semillas de merey eran mejores que el maní, llegó otra oleada del juego. “Tovar batea un roletazo durísimo por el montículo, Tiant dobla hacia su derecha, lanza a primera, out. Parece todo un torpedero”. Carlitos González replicó. “Segunda intervención con el guante de Tiant, en el sexto inning capturó una línea de su rival Barry Lersch que llevaba etiqueta de hit”.
Entre los ecos remotos del aire marino y la frescura campestre afirmada por el canal de regadío que seguía las tortuosidades de la carretera, Papá insistió sobre lo que significaba lanzar sin hits ni carreras. Buscaba entre la vegetación de Los Ipures una imagen que me permitiera ilustrarlo. Hundió el cigarrillo en el cenicero y subió el volumen del radio. “Luego de ocho episodios completos esto sigue 3-0. Y ahora Tiant se detiene de camino al dugout y se pasa el índice por el cuello señalando hacia la tribuna caraquista. Esto le pone más intensidad al juego, amigos. Los caraquistas están entre tristes y furiosos. Sólo se oye la corneta de Lezama sobre el dugout de la izquierda”. En cada curva Papá bajaba la velocidad para evitar ir a dar con el carro en el canal del regadío.
Frente a la entrada de Boca de Sabana, Papá cruzó a la derecha y detuvo el Plymouth junto a una casa de barandas altas. Agarró unos papeles del cojín y dijo que ya venía. Mamá masculló que era domingo, que descansara del trabajo. Èl dio un portazo y gritó en el portón de la casa. La elocuencia de Carlos González y Delio Amado León más los gritos del público me mantenían pendiente del radio. “Tiant mira las señas del receptor. Viene el lanzamiento. Davalillo batea rolling por primera base, la toma Oswaldo Blanco y está consumada la venganza de Luis Tiant señores. No hit no run ante el Caracas. Allí están todos sus compañeros felicitándolo en el terreno. Hay fiesta en la tribuna guairista”. Papá giro la llave de ignición y se acercó al radio. “¿Por qué no me fuiste a llamar para oir el final del juego? Quería saber como termina un juego sin hits ni carreras”. Me quedé mudo y con la boca abierta. Me imaginaba el regaño que me daría si lo interrumpía en medio de una reunión de trabajo.
* Leones y Tiburones jugaban una de las series semifinales de la temporada 1970-71, entonces se jugaba mediante enfrentamientos directos. La Guaira había ganado el primer juego 5-4 en 10 episodios, Orlando Peña se impuso a Ed Sprague. En el segundo encuentro los salados volvieron a ganar 8-2, Larry Gura derrotó a Luis Peñalver. Y en el tercer desafío los escualos concretaron la barrida al vencer 12-10, Héctor Urbano se llevó la victoria y Luis Tiant la derrota.
** Ese juego de comienzos de la temporada 1971-72, Tiant ponchó 7 contrarios. El único corredor que se le embasó a Tiant fue el inicialista Joe Lis, en dos ocasiones por boleto. Lersch tambien lanzó completo, permitió 5 imparables, incluídos el doble de Lou Piniella y el jonrón de Robert Marcano, ponchó 6 y concedió 1 boleto.
Alfonso L. Tusa C.
Al escuchar a Carlitos González decir que Luis Tiant era el pitcher de los Tiburones de La Guaira me trasladé a una noche de enero de aquel 1971 en la heladería del Chino Rincones. Caracas decidía con La Guaira el pase a la serie final* de la temporada de béisbol. Robert Marcano salió de emergente y le bateó un cuadrangular a Tiant para dejar en el terreno al Caracas. Cuando los equipos empezaron sus planes de importación la directiva felina decidió no traer a Tiant. Pedro Padrón Panza, viejo zorro beisbolero, sabía de toda la energía adicional que corre por los músculos de un deportista cuando enfrenta al equipo que lo cambió o dejó libre, por eso contrató a Luis Tiant para la contienda 1971-72.
Aquel 14 de noviembre de 1971**, Papá se detuvo en la bomba de gasolina entre Arenas y Río Arenas. Pasó como media hora hablando con su amigo Nino. Hasta fue a su casa a buscar un pedazo de queso Provolone. Cuando pensaba que me había perdido una parte importante del juego, la ignición del motor trajo la voz de Delio Amado León. “En el cierre del tercer inning viene a batear Barry Lersch. Se prepara Tiant, muestra el número hacia la tribuna central…ahí va una línea bajita por toda la raya de cal, Robert Marcano se zambulle y la atrapa en la malla del guante…” Me pegué del asiento delantero hasta que el Plymouth llegó a las curvas de El Palenque. Unos cien metros antes de llegar al puente de Quebrada Seca, un oso hormiguero atravesó la carretera y Papá frenó. “¿Qué es eso de que lo tienen en tres y dos?”
A la altura de la recta de los cocos, estaban dos muchachos con dos sartas de camacutos y guaraguaras. Papá se detuvo un momento y luego siguió. El cambio de velocidad quedó imperceptible bajo la vehemencia del narrador. “…es un linietazo bárbaro de Davalillo pero de frente al guante de Pipo Correa en el jardín derecho. Sigue Tiant sin permitir imparables. Sólo el inicialista Joe Lis se le ha embasado por boleto. Luego de siete entradas completas La Guaira 3, Caracas 0. Parece que Tiant está decidido a cobrar venganza de su antíguo equipo. Eso siempre pasa cuando un pelotero enfrenta al equipo que lo dejó libre. Es un asunto de honor y hasta de vergüenza. Aún está muy fresca la última temporada de Tiant con el Caracas”. Papá preguntó que era eso de “sin hits ni carreras”. Traté de explicarle pero se le dificultó entender lo que era un hit.
Por los alrededores de Tataracual, Papá hundió los frenos hasta dejar un reguero de negro humo hirviendo sobre el pavimento. Varios muchachitos se precipitaron sobre la ventanilla del Plymouth. Llevaban varios paquetes de papel de cuaderno cerrados con hilo de coser. Mamá escogió dos paquetes y entregó un par de monedas a los muchachos. Las líneas azules del papel crujieron en sus dedos. Varias medias lunas de piel rojiza llegaron a las manos de papá y las mías. “Estos maníces si son grandes Mamá”. “Se dice maníes y son semillas de merey”. Mientras descubría que las semillas de merey eran mejores que el maní, llegó otra oleada del juego. “Tovar batea un roletazo durísimo por el montículo, Tiant dobla hacia su derecha, lanza a primera, out. Parece todo un torpedero”. Carlitos González replicó. “Segunda intervención con el guante de Tiant, en el sexto inning capturó una línea de su rival Barry Lersch que llevaba etiqueta de hit”.
Entre los ecos remotos del aire marino y la frescura campestre afirmada por el canal de regadío que seguía las tortuosidades de la carretera, Papá insistió sobre lo que significaba lanzar sin hits ni carreras. Buscaba entre la vegetación de Los Ipures una imagen que me permitiera ilustrarlo. Hundió el cigarrillo en el cenicero y subió el volumen del radio. “Luego de ocho episodios completos esto sigue 3-0. Y ahora Tiant se detiene de camino al dugout y se pasa el índice por el cuello señalando hacia la tribuna caraquista. Esto le pone más intensidad al juego, amigos. Los caraquistas están entre tristes y furiosos. Sólo se oye la corneta de Lezama sobre el dugout de la izquierda”. En cada curva Papá bajaba la velocidad para evitar ir a dar con el carro en el canal del regadío.
Frente a la entrada de Boca de Sabana, Papá cruzó a la derecha y detuvo el Plymouth junto a una casa de barandas altas. Agarró unos papeles del cojín y dijo que ya venía. Mamá masculló que era domingo, que descansara del trabajo. Èl dio un portazo y gritó en el portón de la casa. La elocuencia de Carlos González y Delio Amado León más los gritos del público me mantenían pendiente del radio. “Tiant mira las señas del receptor. Viene el lanzamiento. Davalillo batea rolling por primera base, la toma Oswaldo Blanco y está consumada la venganza de Luis Tiant señores. No hit no run ante el Caracas. Allí están todos sus compañeros felicitándolo en el terreno. Hay fiesta en la tribuna guairista”. Papá giro la llave de ignición y se acercó al radio. “¿Por qué no me fuiste a llamar para oir el final del juego? Quería saber como termina un juego sin hits ni carreras”. Me quedé mudo y con la boca abierta. Me imaginaba el regaño que me daría si lo interrumpía en medio de una reunión de trabajo.
* Leones y Tiburones jugaban una de las series semifinales de la temporada 1970-71, entonces se jugaba mediante enfrentamientos directos. La Guaira había ganado el primer juego 5-4 en 10 episodios, Orlando Peña se impuso a Ed Sprague. En el segundo encuentro los salados volvieron a ganar 8-2, Larry Gura derrotó a Luis Peñalver. Y en el tercer desafío los escualos concretaron la barrida al vencer 12-10, Héctor Urbano se llevó la victoria y Luis Tiant la derrota.
** Ese juego de comienzos de la temporada 1971-72, Tiant ponchó 7 contrarios. El único corredor que se le embasó a Tiant fue el inicialista Joe Lis, en dos ocasiones por boleto. Lersch tambien lanzó completo, permitió 5 imparables, incluídos el doble de Lou Piniella y el jonrón de Robert Marcano, ponchó 6 y concedió 1 boleto.
Alfonso L. Tusa C.
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